Tres enamorados miedosos

 

 

CUENTO MAYA

Recopilación de: Elisa Ramírez y Ma. Ángela Rodríguez

Tres enamorados miedosos

VIVÍA EN UN PUEBLO UNA MUCHACHA MUY bonita; tan bonita, que tres hermanos comenzaron a enamorarla. Ella los oyó a los tres y no sabía cómo decirles que no sin que se pelearan. Esto fue lo que se le ocurrió al fin:

Llegó el mayor a declararle su amor.

—¿De veras me quieres tanto? —le preguntó.

—Ay, niña. Tanto te quiero, tanto, que haría cualquier cosa que me pidieras.

—Bueno. ¿Irías a cuidar a un muerto en el cementerio?

—Sí.

—Ven en la noche, el muerto estará listo, lo llevarás al camposanto.

—Bueno.

Al rato llegó a declararse el segundo hermano.

—Haría lo que me pidieras, para que supieras cuánto me gustas.

—¿De veras?

—Claro.

—Pues esta noche harás como si fueras muerto.

Aceptó y le tomaron las medidas para hacerle su caja.

El tercer hermano llegó más tarde.

—Ay, niña, eres mi amor. Haría por ti lo que me ordenaras.

—¿Harías de diablito?

—De lo que pidas y mandes.

Lo citó para la noche.

Cuando llegó el que iba a hacer de muerto, lo amortajaron y lo metieron al ataúd.

Al rato llegó el que debía cuidarlo: le dio cuatro cirios y lo mandó al panteón con el difunto a velarlo.

Al más chico lo vistieron con un traje cubierto de latas agujeradas. Cada lata llevaba una vela encendida dentro. Le pusieron cuernos. Salió lanzando destellos y chispas; tintineaba al caminar.

—¿Y qué debo hacer? —preguntó.

—Ve al panteón y te pones a dar de brincos.

Llegó al panteón y, aunque con miedo, comenzó a saltar.

—¡Ave María Santísima, qué es eso! —gritó el que estaba velando. Se echo a correr.

—¡Jam, un diablo! —gritó el muerto y escapó.

—¡Un muerto que corre! —gritaba el diablito al emprender la huida.

El primero volteaba y veía que lo perseguían. No paró hasta llegar a su casa. Se aventó a su hamaca.

El segundo, para escapar del diablo, se escondió en la misma hamaca.

El diablo, con el susto, ni vio que el muerto venía delante de él, se fue a encontrarlo en su mismísima hamaca.

Cuando se dieron cuenta de la broma y de su miedo, dejaron en paz a la muchacha: ni la volvieron a ver; ni adiós le dijeron.

Fin.