El
Tonto de las Adivinanzas
Había una vez una viejita que tenía dos
hijos: uno vivo y otro tonto. Al mayor lo creían vivo porque era trabajador,
amigo de guardar su plata y de plantarse bien los domingos. El otro gastaba en
tonteras cuanto cinco le caía en las manos, y no le importaba un pito andar
hecho un candil de sucio; y le decían por mal nombre "El Grillo".
Un día llegó un vecino y le dijo que en
el pueblo andaba el cuento de que el rey ofrecía casar a su hija con aquel que
pusiera a Su Majestad tres adivinanzas que no pudiera adivinar, y que le
adivinaran otras tres que Su Majestad propondría.
Otro día se levantó el tonto muy de mañana
y dijo a la viejita:
--Mama, sabe que he ideado ir yo onde el
rey a ver si me gano l'hija. Quien quita que pueda yo sacarlos a ustedes de
jaranas.
--Jesús, apiate y mirá estas cosas,
--contestó la viejita al oir a su hijo. --Callate, tonto de mis culpas, y no me
volvás a salir con tus tonteras. Y lo trapió y le dijo unas cosas que no me
atrevo a repetir.
Pero el muchacho metió cabeza, y cuando la
viejita lo vio fue ensillando a Panda, su yegua. Entonces, como no había más
remedio, se puso a prepararle un almuerzo para el camino. Fue al solar a cortar
unas hojitas de orégano para echarle a una torta de arroz y huevo que le hacía,
pero como estaba medio pipiriciega no se fijó que en vez de orégano, cogía
unas hojas de una yerba que era un gran veneno.
-Por fin el hijo montó a Panda y dijo adiós
a su madre y a su hermano, que habían hecho todo lo posible por convencerlo de
que desistiera de su viaje.
La pobre viejita salió a la tranquera a
verlo irse y le dijo: --Que Dios te acompañe, hijó... Aquí nos dejás sólo
Dios sabe cómo. Vas a ver que con lo que vas a salir es con una pata de banco.
El muchacho no hizo caso y cogió el
camino. Al mucho andar sintió hambre, desmontó y sacó de sus alforjas el
almuercito que le hiciera su madre. Era en un lugar en donde no crecía ni una
mata de hierba. Sintió lástima al pensar que la pobre Panda iba a tener que
ayunar. Entonces, aunque le tenía mucha gana a la torta, la cogió y se la dio
a su yegua y él se comió un gallito de frijoles que bajó con bebida. Apenas
la yegua se tragó la torta, cuando cayó pataleando y enseguida murió a
consecuencia del veneno de las hojas con que la viejecita quiso dar gusto a la
torta, creyendo que eran de orégano.
El muchacho se sentó al lado de su bestia
a hacerle el duelo. En esto llegaron tres perros que se pusieron a lamer el
hocico a la difunta. ¡Para qué lo hicieron! En seguidita cayeron también
pataleando, y a poco murieron.
El tonto hizo un hueco para enterrar a
Panda y mientras la enterraba, llegaron siete zopilotes que hicieron una fiesta
con los tres perros. A poco los siete zopilotes pararon la vista y cayeron
tiesos.
Entonces, el tonto que no era tan dejado
como creían, secó sus lágrimas y se dijo: --No hay mal que por bien no
venga... Ya tengo mi primera adivinanza.
Siguió anda y anda y se encontró con una
vaca que se había despeñado y que estaba en las últimas. La acabó de matar y
halló entre su panza un ternerito que estaba para nacer. Lo sacó, asó parte
de la carne del animalito y se la comió. Siguió su camino y allá en el peso
del día, vio unas palmeras de coco cargaditas de frutas. Como tenía mucha sed,
subió a una, cogió unos cocos y bebió su agua.
Por fin llegó al palacio del rey se hizo
anunciar como un pretendiente a la mano de su hija. Los criados y los señores
se pusieron a hacerle burla:
¡Lo que no han podido personas
inteligentes lo va a poder este no-nos-dejes! --decían y se morían de risa.
El rey le hizo algunas reflexiones: Que si
no ganaba, lo ahorcaría y que esto y lo de más allá, pero él no hizo caso.
La princesa se horrorizó al imaginar que
tuviera que casarse con aquel tonto, y por un si acaso, le propuso que si se salía
con la suya, se comprometiera a calzarse (porque era descalzo) y vestirse como
los señores y, que si no, no habría nada de lo dicho. Y el tonto dijo que
bueno.
Se reunió un gran gentío en el salón del
palacio: el rey con su hija en su trono, los ministros, los duques, los
marqueses y cuanta persona que era gran pelota en el país. Y va entrando mi
tonto muy en ello y con mucha tranquilidad, como si estuviera en la cocina de su
casa, dijo: Allá te va la primera, señor rey:
"Torta mató a Panda, Panda mató a
tres; Tres muertos mataron a siete vivos".
El rey se puso a reflexionar y fue de
reflexionar como una hora, y no pudo dar en el chiste. Por fin se dio por
vencido. El tonto explicó: --Panda, mi yegua, murió a consecuencia de haberse
comido una torta envenenada; llegaron tres perros, le lamieron el hocico y
enseguida murieron; bajaron siete zopilotes, se comieron los perros y también
murieron.
Luego el tonto dijo: --Allá te va la
segunda: "Comí carne de un animal que no corría sobre la tierra, ni
volaba por los aires, ni andaba en las aguas".
Vuelta el rey a cavilar y al cabo de una
hora se dio por vencido. El muchacho explicó: --Encontré una vaca que se había
despeñado y que estaba boqueando, la acabé de matar y le saqué de la panza un
ternerito que estaba para nacer. Lo asé y comí de su carne.
Luego el muchacho dijo: --Allá te va la
tercera: "Bebí agua dulce que no salía de la tierra, ni caía del
cielo".
Tampoco pudo esta vez adivinar el rey, y el
tonto explicó: --Me bebí el agua de unos cocos y ya ves, señor rey, como al
mejor mono se le cae el zapote.
Le llegó el turno al rey de proponer sus
adivinanzas.
Mandó cortar a una chanchita el rabo y lo
puso entre una caja de oro que presentó al tonto y le preguntó: -¿Adivinás
lo que tengo aquí? --El se rascó la cabeza y al verse en este apuro, se dijo
en voz alta: --"Aquí fue donde la puerca torció el rabo..."
El rey casi se va de bruces.
¡Muchacho! ¿Cómo has hecho para
adivinar?
El tonto comprendió que de pura chiripa
había acertado, y como no era tan tonto, dijo haciéndose el misterioso: --Eso
no se puede decir... Eso es muy sencillo para mí...
Entonces el rey fue a su cuarto, cogió un
grillo que cantaba en un rincón, lo encerró entre su mano y se lo presentó. -¿Qué
tengo aquí?
El muchacho se puso a ver para arriba, y
viendo que nada se le ocurría, se dijo en voz alta: ¡Ah caray! ¡Y en qué
apuros tienen a este pobre grillo! (como a él lo llamaban "El
grillo"...)
El rey se hizo de cruces, la princesa
estaba en un hilo y la gente se volvía a ver, admirada.
--¡Muchacho de Dios! ¿Cómo has hecho
para adivinar?
Otra vez los aires misteriosos para
contestar:
--Muy fácil, pero no se puede decir...
Mandó a hacer el rey en un salón un altar
con cortinas de oro y plata, candelabros de oro, candelas de cera rosada,
floreros y muchos adornos, y sin que nadie lo viera, llenó un vaso de estiércol,
lo envolvió bien en un paño de oro bordado con rubíes y brillantes y lo colocó
en medio del altar. Hizo llamar al tonto y le preguntó:
¿A que no me adivinás qué tengo en este
altar?
--¿Qué puede ser? ¿~Qué puede ser?
--pensaba el muchacho sudando la gota gorda. --Lo que es ahora sí que no
adivino... Lo que me voy a sacar es que me ahorquen... --Luego, casi
desesperado, dijo: --Bien me lo dijo mi mama que buen adivinador de m... sería
yo.
El rey se quedó en el otro mundo.
--¡Muchacho! ¿Cómo has adivinado? --Y él
respondió: --¡Muy fácil! Si así me las dieran todas...
Inmediatamente se comenzaron los
preparativos para la boda. La princesa estaba que cogía el cielo con las manos.
La pobre no tenía nadita de ganas de casarse con aquel gandumbas.
Llamó al zapatero para que le tomara las
medidas a su futuro esposo de unos zapatos de charol, pero le aconsejó se los
dejara lo más apretados que pudiera. Lo mismo al sastre con el vestido y mandó
a comprar un cuello bien alto.
Cuando llegó el día del matrimonio, el
tonto fue a vestirse de señor, pero todo fue ponerse aquellas botas de charol y
comenzar a hacer muecas. Le pusieron tirantes, el cuello que casi no le dejaba
respirar y las mangas de la leva le quedaban tan angostas que se veía obligado
a tener los brazos tan encogidos que parecia un chapulín. Pero lo que no se
aguantó fue que le pusieran guantes. Cuando lo vieron fue sacándose la leva y
arrancándose el cuello y la corbata y tirando todo por la ventana. Los zapatos
de charol fueron a dar a un tejado.
--¡Adió! ¡Caray! --gritó al verse libre
de todas aquellas tonteras. --¿Yo por qué voy a andar a disgusto?
La princesa que estaba escondida detrás de
una cortina, ya no podía de tanto reir.
El muchacho se fue a buscar al rey y le
dijo:
--Mucho me gusta su hija, pero más me
gusta andar a gusto. Me comprometí a casarme con ella si me vestía de señor,
pero yo no sé cómo hacen para andar con los pies bien chimaos, con el pescuezo
metido entre esta baina, bien echados para atrás, que les tiene que doler la
caja del cuerpo... Prefiero volverme donde mi mama: allí ando yo como me da mi
gana; y si me quedo aquí tendré que pasar mi vida como un Niño Dios en
retoque. (*)
Entonces el rey le dio dos mulas cargadas
de oro y el tonto se volvió a su casa, donde lo recibieron muy contentos.
(*) Parece que esas sonrientes esculturas
que representan al Niño Dios, para retocarlas y trabajar sin dificultad, las
aseguran con un tornillo que les meten por detrás.