TÍO CONEJO BEBE MIEL Y COME QUESO

 

 

Así empezaba siempre a narrar Rigoberto:

 

 

Esto eran Tío Tigre, Tío Lión, Corroncholión y el Sapo que bailaban el bambuco todos cuatro.

 

Y luego, tras de darle una intensa chupada a su cosechero hundiendo las mejillas casi hasta juntarlas dentro de la boca y ablandar muy bien con los dedos la punta del tabaco para que diera más humo, continuaba:

Bueno, muchachitos. Una vez... iba Tío Conejo rastrojando por un cañero a la orilla de un camino y buscando algo que comer, aunque fueran raiciesitas de murrapa. Se conformaba con tan poca cosa porque sabía que no podía ir al platanar de Tío Hombre, ya que por esos lados lo estaban atisbando desde un andamio para matarlo con una escopeta de fisto, y a él lo horrorizaba el pensarse convertido en chuleta de guatín. Así que, sin comer platanitos ni arracachas desde hacía muchos días, iba tan pasado que la barriguita casi se le pegaba al espinazo. Estaba más delgadito que silbido de culebra y en comparación con él tenía más carne una guasca de amarrar quesitos.

De pronto, por entre unas pencas de platanilla Tío Conejo vio a un montañero quiba pal pueblo llevando una jíquera con masitas y un tarro de miel, y el patecera, babeándose y relamiéndose sólo de pensar en lo que llevaba el ñuco, se dijo:

– ¡Ah bueno y lo que lleva pa' la Nochebuena de su casa ese monta! ¡Lo que a Tío Hombre le robo yo esas cosas tan sabrosas o no me llamo Tío Conejo!

Entonces se puso a pensar cómo haría para cumplir su palabra y echarle a su estómago manjares tan exquisitos, y se le ocurrió lo más peligroso del mundo, lo más arriesgado de la pelota. Claro, con tanta gurbia como la que tenía el pobre, se veía obligado a hacer cualquier cosa.

Sin que se diera cuenta Tío Hombre, el Patecera se entró un poquito más pal monte y se las encumbró siguiendo la dirección que llevaba el montañero. Más adelantico dejó el rastrojo, salió al camino, y en medio de éste sé patasarribió haciéndose el muerto.

Cuando el montañero llegó a donde estaba Tío Conejo, apenas lo vio se detuvo a curiosearlo y entonces dijo como si le estuviera hablando a otro hombre:

– ¡Veeee un conejito muerto! ¡Qué pesar! ¿Quién lo mataría? ¿O sería que se murió de peste? Hijue el bueno pa' unos zamarros. Pero, ¿yo qué saco con un solo cuerito? No me alcanza. Porque pa' comer no sirve este guatincito, pues pudo ser apestado que se murió. Por cierto que está hasta muy flaquito. Se le pueden contar todas las costillitas.

Tío Hombre hizo a un lado con un caragüelo que llevaba a Tío Conejo y siguió su camino. Cuando iba más adelantico y así que ya no podía verlo, Tío Conejo se levantó con mañita, volvió a meterse entre el cañero, se las emplumó a todas las que tenía para salirle adelante al ñuco, y otra vez salió al camino haciéndose el muerto.

Cuando Tío Hombre llegó a donde él estaba y lo encontró, se detuvo observándolo y dijo:

– ¡Veeee otro guatincito muerto! ¡Qué cosa tan rara! Y ya van dos que me he topado. Los precisos para unos zamarros macuencos. Pero no los cojo. Seguramente por aquí anda una peste espantosa y lo fijo es que la llevo a la casa pa' que se me infesten todos los animales.

Haciéndole el asco lo apartó para un lado con el caragüelo y siguió su camino dejando otra vez metido a Tío Conejo. Pero éste no era de los que se daban por vencidos así como así, y mucho menos ahora que había seguido de cerca los quesitos y la miel y que con mayor razón se babeaba por esos manjares tan sabrosos.

Así que otra vez y apenas iba Tío Hombre medio lejitos y no lo podía ver, cogió el monte lo mismo que lo había hecho antes echándole travesía al montañero para salirle adelante y se le volvió a aparecer patasarribiado en medio camino como si estuviera muerto. Pero como había oído lo que dijera Tío Hombre de la peste, antes de salir del rastrojo se refregó unas moras maduras en toda la barriga para hacerle creer que eso era sangre y que se había muerto más bien matado que de pura enfermedad.

Cuando el montañero llegó a donde estaba Tío Conejo y lo vio, abrió tamaños ojos y muy sorprendido, como asustado o arisco de encontrar tanto guatín muerto, se le acercó de medio lado diciendo:

– ¡Veeee otro conejito muerto! Y ya van tres que me he topado. ¡Qué cosa más particular, hombre! Y no hay tal peste, sino que han sido matados por algún chandoso que anda por ahí haciendo ochas. Seguro que no reparé bien en los otros, porque a éste se le ve patente la sangrecita de los mordiscos. Yo siempre es que me vuelvo por los que dejé atrás. Voy a echarlo en la jíquera antes de que pase otro cristiano menos sorombático que yo y se lo lleve. Y para no cargar de vuelta con tanto joto, voy a esconder todo esto mientras vuelvo. Pueda ser que no se los haya llevado nadie. Qué bobada la mía no haberlos cogidos todos.

Y dicho y hecho: Recogió el montañero a Tío Conejo, que casi no respiraba, lo metió entre la jíquera en la que llevaba los quesos y el tarro de miel, y fue a esconder ésta debajo de un montón de chilcos que había en una chamba. Entonces el muy zopenco dejó allí todo y se volvió dizque a traerse los otros guatines.

Cuando Tío Hombre desapareció en una vuelta del camino, Tío Conejo, que lo estaba viendo por entre las cabuyas de la jíquera, se levantó a toda carrera, se salió como pudo de donde lo habían metido, se echó al hombro las cosas del montañero, y se abrió a todas las que tenía por un rastrojo abajo. Por allá muy lejos, al pie de un nacedero, se detuvo y sentándose muy contento sobre una raíz del árbol, comió quesito y bebió miel hasta que casi se revienta. Cuando estuvo que ya casi se lo tocaba todo con el dedo de puro lleno, vio que le sobraba mucha miel y entonces, pensando en meterles un buen susto a todos los demás animales del monte, se la echó encima y se puso a revolcarse en el hojarasquero que había debajo de los árboles. Todas las hojas y palitos secos que allí había se le pegaron al cuero y quedó grandote como un marrano, muy parecido a un erizo y más feo que el Enemigo Malo.

Entonces echó a correr y viendo a Tía Zorra que en esos momentos atisbaba a unos pobres pinches que le daban de comer a dos lempos de chamones, le gritó cambiando de voz:

– ¡A un lado, partida de enteleridos y rangalíes que aquí va el mismísimo Gran Charamusquín del Monte en persona!

Y Tía la Zorra y todos los animales que iba topando en su camino, salían como alma que persigue el Patas muertos de la terronera al ver eso tan raro que iba como rodando falda abajo.

Otro día les cuento, carajitos, el Cuento de Tío Conejo y el muñeco de cera –terminaba diciendo Rigoberto– mientras se levantaba medio entumecido para dirigirse al cuarto de los avíos en el cual, por una concesión especial para él, tenía su lecho con colchón de gualdrapas y costales. Y añadía, ya desde la puerta de su habitación, dirigiéndose a nosotros que subíamos la escala de la casa alumbrada por una vela que desde lo alto levantaba mi madre que nos esperaba:

– Muy juiciositos, muchachos. Y por ahora sepan y entiendan que esto eran Tío Tigre, Tío Lión, Corronchilón y el Sapo, que bailaban en bambuco todos cuatro.

Poco más tarde todos dormíamos soñando con las deliciosas picardías del zambito del Tío Conejo.

Euclides Jaramillo – Colombia