EL TEATRILLO DE DANIELA

Autor: José Luis Marqués Lledó

Daniela

 

Aquel  griterío infantil se oía desde todos los rincones de ese hermoso paseo que discurre paralelo al estanque del Parque del Retiro. Los gritos se alternaban con ovaciones,  producidas por los aplausos de las manitas infantiles de ochenta o cien chiquillos que asistían emocionados al teatro de títeres de Daniela.

En esta función, un muñeco llamado Pastorcillo perseguía al malvado Diablillo. Personaje siniestro y a la vez simpático que vestía todo de rojo; su rostro también rojo, lucía dos hermosos cuernecillos en su frente y dos orejas puntiagudas, lo mismo que su nariz. Se cubría con  una capa roja que envolvía todo su cuerpo.

El Pastorcillo, vestía una camisa blanca y un pantalón de pana. Llevaba una telita colgada del hombro que simulaba una manta, y en la mano un garrote que no hacía presagiar nada bueno. Su cara estaba salpicada de pecas y un gesto bonachón en su rostro lo  hacía merecedor del cariño de los niños.

En el pequeño escenario, se alternaban las persecuciones de los personajes. Unas veces era Diablillo, quien sigilosamente se acercaba por la espalda al Pastorcillo, mientras que en otro momento, era el Pastorcillo quien buscaba a Diablillo para atizarle un fuerte y merecido garrotazo por sus fechorías.

Ni que decir tiene que todos los niños, eran aliados del pastorcillo, al que ayudaban con sus gritos a localizar a su enemigo. ¡Ahí, ahí está! ¡Cuidado que viene! – gritaban las voces infantiles, dejándose la garganta en el empeño.

Los niños odiaban a Diablillo, como también odiaban a La Bruja o a cualquier muñeco malvado que Daniela quisiera sacar en sus múltiples funciones. Así era la vida en el pequeño teatrillo; unos personajes eran odiados y otros amados  según sus actos, aunque todo fuese de mentirijilla.

El Teatrito de Daniela, era ya muy famoso en el Parque del Retiro. Los niños acudían los sábados y los domingos exclusivamente para ver las funciones que se representaban cada día. Daniela extendía una enorme tela sobre el suelo para que los niños se sentaran sin mancharse. Ella pensaba en todo. Como era muy discreta, delante del teatrito, colocaba una cajita de cartón para que cada niño diera voluntariamente un donativo. A Daniela, no le gustaba pasar el plato, como se solía llamar a los artistas ambulantes cuando  pedían dinero; no,  ella no quería coaccionar a nadie. Delante de la cajita había un cartel que decía: “Si te ha gustado esta función y crees que mis artistas merecen tu donación, deposita aquí tu galardón”. A Daniela, le gustaba decirlo todo en verso, ella era así.

Daniela era una chica de catorce años que ayudaba con sus recaudaciones a la economía de su humilde y escasa familia, formada únicamente por su abuela y ella misma, ya que Daniela era huérfana; sus padres habían fallecido en un accidente de tráfico, cuando tenía tan solo tres añitos.

Era una niña muy responsable, durante la semana, asistía por las mañanas a un instituto del barrio de Moratalaz,  y por la tarde, además de estudiar y hacer sus deberes, escribía los guiones y ensayaba con sus muñecos, las funciones que pensaba representar al siguiente fin de semana. ¡Cuánto disfrutaba con su trabajo! Más que por los ingresos que obtenía, entre diez y veinte euros cada día, la satisfacción que le producía hacer felices a tantos niños. Daniela quería a los niños y estos la querían a ella.

Solía realizar unas cuatro representaciones cada uno de los dos días del fin de semana; algunas veces los aplausos de niños y no tan niños,  la obligaban a representar una quinta función. Al final terminaba agotada, pues además de la instalación y colocación de su teatrito y del “patio de butacas”, como ella le llamaba a la lona que ponía sobre el suelo terroso del parque,  había que añadir el tiempo que debía permanecer de pie,  metida en un pequeñísimo habitáculo, donde apenas se podía mover.

El esfuerzo que realizaba también con su voz, cambiándola constantemente, para dar vida a sus personajes; era un verdadero trabajo de ventrioquía que la dejaba medio ronca cada fin de semana.

Cuando terminaba la última función, Daniela, desarmaba todo; lo plegaba adecuadamente y lo metía en un pequeño carrito que llevaba ensamblado a su bicicleta. Lo tapaba con la tela que le servía para cubrir el suelo y lo ataba todo para no perder ninguna pieza. En una caja metía sus muñecos y los introducía también en su carrito. Recogía la recaudación que guardaba en una bolsa de cuero que colgaba de su cinturón.

Tras la recogida, Daniela se montaba en su bicicleta y pedaleaba sin cesar hasta llegar a su casa. Vivía en una planta baja que comunicaba con un patio que le servía para guardar su bicicleta.

¡Abuela! Ya estoy aquí – gritaba. Pues la abuela era un poquito sorda. ¿Qué tal te ha ido hoy, hija? – Le contestaba su abuela, dándole un abrazo. Muy bien, - contestaba siempre Daniela, con una amplia sonrisa hacia la anciana, a la que quería con toda su alma.

Tienes una tortilla y una raja de sandía para cenar. El pan, ya está encima de la mesa. ¡Muy bien abuela! Porque traigo un hambre que me comería hasta las piedras.

¿Cómo te han ido tus funciones hoy? – Le preguntaba su abuela.

¡Estupendamente! La historia del Príncipe Valiente y La Princesa Loira , les ha encantado; debo pensarme nuevos capítulos sobre esta historia. Ha tenido un éxito rotundo, abuela.

Ya lo sabía yo, cariño. Cuando me la contaste, me encantó. Eres toda una artista, querida. Estoy orgullosa de ti. ¿Si te pudiesen ver tus padres? – Decía la abuela emocionada, llenándosele los ojos de lágrimas. ¡Bueno, bueno, abuela que no quiero tristezas en esta casa! – Decía la niña abrazando a la anciana con todo su amor.

Pero lo que Daniela no sabía, es que ese fin de semana, había tenido unos espectadores de excepción, y no eran  precisamente niños, bueno, eso no era nada extraño, porque ella tenía en sus funciones muchos espectadores adultos; unos eran los   padres de los niños y otros eran transeúntes,  que simplemente paseaban por allí y se paraban a ver y a oír sus hermosas historias. Pero estos tres espectadores que habían asistido ese fin de semana a presenciar sus funciones, no eran precisamente aficionados al teatro de títeres. Entonces, ¿Qué buscaban? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Querrían acaso,  contratar a Daniela? ¿O tal vez eran policías que pretendían investigar sus actividades?

Naturalmente, la niña, metida en su mundo, no se había percatado. No había notado su presencia entre tanta gente. Ella, siempre estaba a lo suyo.

 

 

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El robo

 

Aquella tarde de sábado, Daniela pedaleaba tranquilamente camino de su casa, después de una agotadora jornada teatral. Iba circulando por el carril bici de la calle de O’Donell, por el que se cruzaba con otros ciclistas como ella, que aprovechaban la caída de la tarde, para hacer deporte ejercitando sus piernas. Como iba despacio, pensando en sus cosas, no se dio cuenta de aquella mujer mayor que caminaba indebidamente  por el mismo carril. Llevaba un bastón e iba algo encorvada, andaba despacio y su sentido del equilibrio no parecía muy estable. Por eso, cuando Daniela llegó a su altura e intentó sortearla, la mujer se  ladeó precisamente hacia el lado para el que también había girado la chica, con el fin de esquivarla.

Como resultado de esa maniobra, se produjo una colisión que dio con los huesos de la mujer por los suelos a la vez que también Daniela se caía de su bicicleta.

La generosidad de la niña hizo que ésta, se preocupara más de lo que le había sucedido a la señora que de sus propios daños, a pesar del dolor.

¡Por Dios! ¡Lo siento señora! ¡No sé como ha podido pasar! – Decía Daniela toda azorada con lágrimas en los ojos. Entre varios transeúntes y la propia niña, levantaron a la mujer. ¿Quiere que llame a una ambulancia? – Preguntaba la chiquilla. Yo la acompañó.

No, no, gracias. No me ha pasado nada, pero debes tener más cuidado, le decía, a pesar de que Daniela no había sido la culpable. Lo siento, lo siento mucho. – Se deshacía en disculpas la chiquilla.

La señora recogió su bastón de manos de la niña,  y después de despedirse, continuó su camino a paso más ligero y bastante más derecha que antes del accidente. En el fondo no es tan mayor. – Pensaba Daniela mientras observaba su caminar y recordaba su aspecto. No, realmente no le había parecido tan mayor.

Una vez que la mujer desapareció de su vista, la chiquilla se miró sus propias heridas. Sólo tenía unos pequeños arañazos en la rodilla a los que no dio importancia, aunque sí le dolían las magulladuras.

De pronto,  se acordó de su bicicleta, de su teatrito y de sus muñecos. Tan abstraída había estado en el accidente, que se le habían olvidado por completo sus propias cosas.

Cuando volvió la vista hacia el lugar donde se había caído de la bicicleta, se le formó inmediatamente un nudo en la garganta,  y en un santiamén sus ojos se llenaron de lágrimas. Su bici, con todo lo que llevaba, había desaparecido. No quedaba ni rastro.

Durante unos instantes, Daniela se quedó paralizada sin saber que hacer. La gente que había presenciado el accidente y que habían ayudado a levantarse a la mujer, se  habían ido marchando. Los transeúntes que pasaban ahora hacia un lado y hacia otro, eran distintos, seguramente, no habían visto nada.

Por fin reaccionó y comenzó a preguntar a la gente: preguntó al dueño de un kiosco, a la portera de una casa, a un anciano que estaba sentado en un banco, a dos niños que jugaban en la acera mientras sus madres compraban en un comercio cercano…

Pero el resultado fue siempre el mismo: no habían visto nada. Tan solo el kiosquero, recordaba, que tras el golpe, dos hombres habían levantado la bicicleta del suelo, y habían recogido todas las cosas que se cayeron de ella, pero no podía explicar lo que había ocurrido a continuación, porque él había estado siempre, más pendiente de las accidentadas, por si alguna necesitaba ayuda.

La chiquilla se echó a llorar y aunque varias personas intentaban consolarla, Daniela no encontraba consuelo.

¿Qué podría hacer ella ahora? ¿Cómo llevaría a cabo sus  funciones de teatro? Ya no podría hacer felices a sus niños, que la echarían de menos al principio, pero que  seguramente, pronto la olvidarían. Ni tampoco podría ayudar económicamente a su abuelita. ¿Cómo encontraría a sus queridos  muñecos? La bicicleta, aunque le tenía cariño, naturalmente, le importaba menos. Pero sus muñecos, ellos eran para ella como sus propios hijos, les tenía un amor especial.

Un policía que pasaba por allí, se paró al verla llorar y le preguntó qué le pasaba. Ella se lo contó entre sollozos,  ante la expectativa de que aquel agente de la autoridad, la ayudara a encontrar a los ladrones que se lo habían robado todo. Pero muy pronto, el policía la desengañó diciéndole, que si nadie podía describir a los malhechores, difícilmente se les podría encontrar.

 Niña, te recomiendo que vuelvas a tu casa y mañana vayas, con algún adulto, a la comisaría más próxima a poner una denuncia. Después es cuestión de suerte. – Le recomendó el policía.

¿Quieres que te acompañe a tu casa? No, no señor, no hace falta. Muchas gracias, pero prefiero volver a andando yo sola; a lo mejor, la encuentro por el camino. Daniela se secó las lágrimas con un pañuelo, y después sonrió a todos los presentes con esa cara de bondad que Dios le había dado, para mostrarles su agradecimiento. Gracias, muchas gracias de corazón. – Les dijo.

Todos se quedaron comentando lo sucedido, mientras la niña se alejaba camino de su casa, observando todos los rincones, recovecos y contenedores que halló a su paso, por si pudiesen haber arrojado parte de sus pertenencias allí. ¿Para qué querrían ellos a sus muñecos? – Se preguntaba.

En verdad, ese no había sido su día. ¿Qué le diría ahora a su abuelita? No quería disgustarla, pero tampoco le gustaba mentir. Tendría que contarle la verdad. No obstante intentaría animarse y animarla. Trabajaría componiendo coplillas que podría vender en el retiro a diez céntimos cada una, como hacían algunos artistas ambulantes como ella, y cuando hubiese ahorrado suficiente dinero, podría comprarse otros muñecos, construirse otro teatrito, aunque fuera de cartón y volver a ofrecer sus funciones. Eso sí, tendría que llevarlo todo andando y a cuestas,  porque una bicicleta costaba mucho dinero.

Volvió a acordarse  de sus muñecos. ¿Qué habría sido de ellos?

Diablillo, La Princesa Loira , El Príncipe Valiente, Nerea, El Pastorcillo y su Bruja; su entrañable bruja, que aunque fea, tenía una gracia especial que ella adoraba, con ese horrible grano en la punta de su nariz.

 De nuevo se le llenaron los ojos de lágrimas. Cuando llegó a su casa, no pudo disimular su disgusto. La abuela la abrazó, mientras le preguntaba lo ocurrido. Era evidente que algo le había sucedido con su bicicleta, porque había llegado sin ella. Se esforzó cuanto pudo por  consolarla, pero no tuvo éxito.

Después de un buen rato, Daniela se secó una vez más sus lágrimas, e intentó en medio de la congoja, explicar lo sucedido a su abuela, pero de momento le resultó imposible.

¡Vamos, vamos  pequeña! Todo tiene solución en la vida, cálmate y cuéntame lo que te ha pasado. Eso te tranquilizará.

Poco a poco, Daniela se fue calmando y cuando logró serenarse, comenzó a contarle a su abuela todo lo ocurrido, con pelos y señales. Sobre todo la pérdida de sus muñecos a los que quería como si fueran personajes reales.

La experiencia y astucia de su abuela, le abrió los ojos a la niña definitivamente. ¡Ella que se creía la única culpable! Querida, la señora que tú atropellaste, - le dijo, fue un cebo que te pusieron, querida; es decir, fue ella, la que provocó intencionadamente el accidente, para que mientras tanto,  sus compinches te robaran la bicicleta con tus muñecos. Seguramente pensaban que en el carrito llevabas el dinero de la recaudación. Daniela pensó para sí: ¡Qué lista es mi abuela! Ahora lo comprendía todo. ¡Qué tonta había sido!

Aquella mujer, se había levantado muy deprisa y casi sin ayuda, y ahora que recordaba con claridad, había estado a punto de dejarse olvidado su propio bastón. Su deformidad inicial, había desaparecido cuando la vio alejarse andando, más derecha que un huso, ¿o más bien corriendo? Ahora sí le cuadraba todo. Su abuela había dado en el clavo.

Pero, ¿Para qué querrían aquellos rufianes a sus muñecos? Posiblemente, su abuela tendría también razón; seguro que lo que buscaban era la recaudación. Era muy probable, que a los muñecos los hubiesen tirado en algún sitio y posiblemente también la bicicleta que no era de gran valor. ¡Se habrían llevado un gran chasco! – Penó Daniela. Pero… ¡Qué equivocada estaba!

El corrillo formado alrededor de Agripina, les facilitó la labor. Había que reconocer que su cómplice lo había hecho muy bien; la bicicleta ni la había rozado, y con destreza se había tirado encima de la muchacha,  arrastrándola al suelo con ella, y haciendo que pareciese  un verdadero accidente.

Agarra de ahí, rápido. – Dijo Petruso. Metámoslo todo en la furgoneta y vámonos de aquí cuanto antes, Luigi. Agripina se las sabe arreglar muy bien por sí misma. Dicho y hecho, los dos cómplices metieron la bicicleta con su carrito en una furgoneta que estaba aparcada allí mismo; se subieron en ella,  y partieron a gran velocidad,  sin que nadie se diese cuenta de ello. Todo el mundo estaba pendiente de las dos accidentadas.

La furgoneta sorteaba un tráfico muy denso a esa hora punta de la tarde. Iban camino del barrio de Lavapiés, en la parte antigua de Madrid. Mientras se dirigían hacia allí, Luigi comentó: no he visto nada que se parezca a una cartera o a una bolsa, donde se supone que debía llevar la recaudación, sólo esos malditos muñecos y las maderas que forman el escenario. Nada de valor.

No lo has podido ver todo, posiblemente esté en algún compartimento oculto o en el fondo del carrito, debajo de todo lo demás; no lo iba a llevar a la vista de todo el mundo. – Afirmó con rotundidad Petruso, que parecía el jefe de la banda.

No lo sé, pero eso me da mala espina, porque si es así, nuestro trabajo habrá sido en balde. ¿Para que queremos nosotros, toda esa chatarra si no encontramos el dinero? Ten paciencia, Luigi, ten paciencia. Cuando lleguemos a la nave, desarmaremos todo y lo buscaremos meticulosamente. Verás como aparece.- Afirmó Petruso.

 Al entrar en el barrio de Lavapiés, Petruso tuvo que conducir con sumo cuidado por la estrechez de las calles, hasta llegar a la calle Ave María. Una estrechísima calle, formada por edificios muy antiguos de Madrid; algunos de los cuales estaban a punto del derrumbe y otros habían sido ya derruidos. Allí convivían multitud de personas económicamente débiles, de todas las razas y nacionalidades.

Petruso entró en un pequeño patio que utilizaba a modo de garaje. Paró el motor y se apeó, lo mismo que hizo su compañero por el otro lado.

¡Descarguemos todo esto y registrémoslo! – Ordenó Petruso.

Así lo hicieron, después de cerrar la puerta del destartalado garaje,  para evitar las miradas curiosas de los transeúntes. Después de un buen rato de meticuloso registro, no encontraron el dinero que buscaban y se maldijeron por ello.

Luigi le dio una patada de rabia a la caja de los muñecos que los hizo saltar por los aires. ¿Y ahora que hacemos con esto? ¿Eh? – Preguntó

Nada, tirarlo, ¿qué vamos a hacer? Incluso la bicicleta es pequeña para nosotros y no nos vale. Aunque la vendamos, no nos darán apenas nada por ella. – Comentó Petruso.

Nada de eso. Aquí no se tira nada,  - dijo desde el fondo una voz femenina que sobresaltó a los dos delincuentes. Era Agripina que volvía después del accidente.

Por supuesto, su fisonomía era totalmente distinta a la de la abuelita desvalida que habíamos presenciado antes del golpe. Ésta era una mujer de unos 45 ó 50 años, que vestía con una ropa normal para su edad y que por supuesto caminaba y se desenvolvía con total normalidad. No hemos encontrado nada de dinero. – Le dijo Petruso. Ya lo suponía, era muy raro que el dinero, lo llevara en un carro, pero vosotros dos os empeñasteis y éste es el resultado. – Le contestó Agripina. Por eso, - siguió diciendo, con más motivo, nos debemos aprovechar de esos trastos que habéis tirado ahí.

 Lo mismo que esa niña lograba recaudar bastante dinero con las actuaciones de sus muñecos, ¿por qué no lo vamos a conseguir nosotros también? – Pero nosotros no sabemos, además habría que cambiar hasta el cartel del teatro, inventar las historias, imitar las voces y… - Y nada, no te rindas tan pronto, todo eso lo podemos hacer nosotros también; sólo necesitamos ensayar.  – Añadió con optimismo Agripina. Además las funciones las representaré yo con esos malditos muñecos, así que no os preocupéis tanto. ¿Y nosotros que haremos mientras? – Argumentó Luigi. ¿Vosotros? Vosotros haréis lo que habéis hecho siempre, sustraer carteras y bolsos a los papás que estarán embobados con sus hijos, viendo la función. Así tendremos doble recaudación: la que saquemos por las actuaciones y la que obtengáis vosotros con vuestros hurtos. ¡Negocio redondo! – Exclamó Agripina con una fuerte carcajada.

¡Pues es verdad, no se nos habría ocurrido nunca! ¡Qué lista es mi mujer! – Comentó Petruso. – Y qué lista es mi hermanita,  apostilló Luigi.

Pues venga, manos a la obra. Tú Petruso encárgate de hacer un cartel con el nombre de: TEATRITO DE AGRIPINA;  y tú Luigi, te dedicarás a  limpiarlo todo: el escenario, los muñecos, la caja de música, todo, absolutamente todo y debe quedar como la patena. ¿Entendido?

A sus órdenes mi capitán. Añadieron los dos hombres con sorna.

 

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Los muñecos

El primero en dar señales de vida fue El Príncipe Valiente, que aunque dolorido todavía, por los golpes recibidos, se dedicó a llamar a los demás: ¡Diablillo!,  ¡Princesita!, ¡Señora Bruja!, ¡Nerea!, ¡Pastorcillo!… Despertad. - Y volvía a repetir la retahíla de nombres.

Poco a poco,  estos se fueron incorporando y cobrando vida, una mágica vida. Siempre sus vidas  habían estado en manos de la niña, de su querida y amada niña, pero ahora tendrían que desenvolverse por sí mismos. ¿Qué habría sido de su amiga? ¿Qué habría sido de Daniela? ¡Qué susto y qué disgusto, se habría llevado! - Pensaban todos. ¡Pobre niña!

Pero eso no quedaría así; ellos la vengarían y harían que Daniela recuperase lo que era suyo, dando con los huesos de esos malhechores en la cárcel.

Debemos actuar pronto. – Manifestó el Príncipe Valiente. He oído las intenciones de esos indeseables y pretenden utilizarnos para robar a la gente. Si lo consiguen, los niños y las personas mayores odiarán a los teatritos de títeres y marionetas,  y ya jamás se acercarán a ver nuestras funciones. Tenemos que impedirlo.

¿Y que nos sugieres que hagamos? – Comentó la Bruja , sin mucha convicción.

Lo primero que haremos, será regrabar las cintas con canciones que hablen de los ladrones, que les acusen indirectamente. – Eso estaría muy bien – Comentó la Princesa Loira. ¿Y qué más? – Preguntó ansioso el Pastorcillo.

Después nos toca a nosotros. En lugar de seguir las instrucciones de esa…sinvergüenza, haremos lo contrario a lo que nos ordene. Por ejemplo, si a ti, Diablillo,  te manda perseguirme a mí y a mí que te dé garrotazos a ti, pues lo haremos al revés. Tú me darás de garrotazos a mí. ¡Eso me gusta! – Exclamó Diablillo con una carcajada. Que sepas que es tan sólo por salvar a Daniela, después todo volverá a la normalidad y entonces me vengaré. – Aclaró el Príncipe Valiente con ironía.

A continuación, prosiguió: o si la bruja tiene que secuestrar a Nerea, pues a la mitad de la función, cuando todo esté lleno de niños, será Nerea la que azotará y secuestrará a la pobre brujita. ¿Entendéis lo que quiero decir? – Preguntó, mirando a unos y a otros. Será como el mundo al revés, ¿no? – Dijo el pastorcillo.

Perfectamente. – Respondieron todos al unísono. Será la mar de divertido ver como los niños abuchean a esa tal… Agripa, o Agripina, eso es Agripina.

Poco a poco, los niños, que son muy listos, descubrirán que allí hay gato encerrado y darán la voz de alarma.

Nos parece estupendo tu plan. Además podemos hacerles muchas trastadas, tales como robarles los guiones o cambiárselos de orden, intercalar palabras mal dichas, etc. Todo eso, lo podemos hacer de noche, cuando estén durmiendo.

A todos los demás, les gustaba cada vez más la idea. Sólo pensaban en lo divertido que sería.  – Pero también debemos tener cuidado para no ser descubiertos. – Les advirtió Nerea. No olvidéis que nosotros no debemos tener vida, así que las manipulaciones deben parecer naturales; cometidas más por los errores de ellos, que realizadas por nosotros mismos.  Si descubren que somos los autores de sus fracasos, nos destruirán. No lo olvidéis. Con qué manos a la obra.

La bruja y Nerea se encargaron, a partir de ese momento, de crear guiones malintencionados, que sustituirían a los auténticos inventados  por los malhechores. El Príncipe Valiente y La Princesa Loira ,  fueron grabando en nuevas  cintas, las mismas músicas de fondo, para no levantar sospechas pero a la vez grabaron otras letras que se fueron inventando,  con camufladas acusaciones contra agripina y sus compinches. Los dos muñecos tenían unas bonitas voces, mejor que las que estaban grabadas y al principio pasarían desapercibidas.

Mientras tanto, Diablillo y el Pastorcillo se encargaron de manipular los resortes que abrían y cerraban el escenario,  o las trampillas por las que caían los muñecos en las distintas funciones, e incluso el telón que separaba a Agripina del escenario,  y que impedía que el público la viese manipular a los muñecos. Ellos harían que quedase al descubierto, en el momento preciso. También harían desaparecer el megáfono por el que ellos lanzarían sus mensajes acusatorios. En fin, todo estaba ya calculado y planificado. Sólo faltaba llevarlo a cabo.

¿Cuándo pensaban aquellos rufianes realizar su primera función y dónde? Ellos deberían saberlo con certeza, para poder mandar un mensaje a Daniela de alguna manera. La bruja se presentó voluntaria. Si ella había cobrado vida, seguro que su vieja escoba también. Dicho y hecho, a la segunda intentona, la brujita salió volando por la habitación. Todos aplaudieron. Tras saludarles con una inclinación de cabeza, les dijo: con mi escoba, yo podré ser  el correo que buscáis. Yo llevaré los recados a la niña, pero sin que ella me vea, naturalmente.

 Por eso necesitaban estar al tanto de las andanzas de esos tres rufianes. Así que, debían montar un servicio de espionaje que no les perdiese de vista. Lo harían por parejas y por turnos: Diablillo y El Pastorcillo, El Príncipe y La Princesa y Nerea y La Bruja , en tres turnos de ocho horas cada uno. Como ellos no necesitaban dormir, porque seguían siendo muñecos, no padecerían ningún cansancio por falta de horas de sueño, ni tampoco levantaría ninguna sospecha el  que algún muñeco estuviese en cualquier lugar de la casa, ya que ellos mismos los utilizaban con frecuencia para ensayar.

 

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La primera función

 

Después de varias semanas sin que apareciese por el Parque del Retiro, el Teatrito de Daniela, los niños, espectadores asiduos cada fin de semana, pensaban con tristeza, que Daniela les había abandonado y por ello no querían ya pasear por allí.

Cuando Agripina, llegó con su bicicleta a la que llevaba enganchado el carrito que había pertenecido a Daniela, muy pocos niños se percataron de su presencia, por lo que Agripina se sintió ciertamente decepcionada. No obstante, ella siguió montando el teatrito, no sin ciertas dificultades.

A continuación, sacó de la caja a los dos personajes que iban a actuar en su primera función: La Bruja y Nerea. Los deposito en la madera que había por debajo del telón delantero. Después  se leyó y releyó el guión que tanto trabajo le había costado producir. Ella había creído que eso era muy fácil, pero se había equivocado.

Su historia consistía en que Nerea caminaría inocentemente por un bosque y sería abordada por la Bruja , quien al principio con bonitas palabras y después por la fuerza, intentaría hacerla comer una manzana envenenada. Pero… la verdad es que esa historia le sonaba. A lo mejor la denunciaban por copiar un argumento que ya había creado otra persona. Bueno, ella representaría esa historia, porque no tenía otra.

A continuación cogió los dos muñecos, metió la mano por debajo del faldón de Nerea y a continuación intentó lo mismo por el faldón de la Bruja , pero como ya tenía una mano ocupada, le resultaba imposible hacerlo con una sola mano. ¡Qué pato mareao era! – Pensó. Bueno ya adquiriría experiencia.

 Después de muchos esfuerzos, al final lo consiguió. A continuación comprobó que le costaba mucho mantener a los muñecos en equilibrio sobre sus manos y mucho menos manipular sus brazos y sus garrotes. Esto era un desastre.

Tuvo que esperar bastante tiempo, hasta que los primeros niños fueron acudiendo al Teatrito de Agripina. Al no haber extendido la tela sobre el suelo, como hacía Daniela, los niños debían permanecer de pie, y eso era bastante incómodo.

De repente Agripina, se dio cuenta de que no podría manejar la música o el megáfono al mismo tiempo. Debería sacar, al menos una mano de uno de los muñecos para poder accionarla y luego volver a meter la mano en el muñeco, lo cual antes le había sido casi imposible. No sabía que hacer, cuando de repente una voz anunció por el megáfono: Queridas niñas y niños, mamás y papás, el teatrito de Agripina va a comenzar. ¡Qué mal suena, verdad! El nombre de Daniela, mejor sonará. Dijo la voz en forma de verso.

Aquellos versos, no le gustaron para nada a Agripina. ¿Quién habría sido el gracioso que los había pronunciado? Aquello, además de no tener gracia, había sido toda una imprudencia.

Agripina, se puso aún más nerviosa, al comprobar, que entre el público se encontraba precisamente Daniela. ¿Quién la habría avisado? ¿Quién le habría comunicado dónde y cuándo iban a actuar? Parecía cosa del diablo.

A continuación comenzó a sonar la música y Agripina se vio obligada a iniciar la función. Una bonita voz comenzó a narrar: Nerea era una niña que vivía en un bosque. Todos los días debía atravesarlo para ir a la escuela. Un día, en un cruce de caminos,  se topó con una anciana mujer toda vestida de negro que llevaba un cesto con manzanas. La mujer tenía un aspecto horrible, e intentó que Nerea comiera una de aquellas manzanas. A partir de aquí, Agripina debía manipular los muñecos para seguir contando la historia.

Los niños se miraban unos a otros reconociendo el argumento, pero de otro cuento, ¡pues vaya engaño! Pensaban.

De repente Nerea, la niña buena, arrebató la manzana a la anciana y se tiró a por ella haciéndosela comer. No, no, ¡socorro! ¡El cuento no es así! ¡La malvada debo ser yo! A lo que los chicos respondieron con grandes risotadas.

En el fondo se empezó a oír la palabra “TONGO”, que rápidamente corearon todos los presentes. Agripina, por más que quería que aquellos muñecos la obedeciesen y todo volviera a la normalidad, no lo conseguía, y su aspecto, todo despeinado, con el rostro rojo de ira e impotencia, era la imagen de la desolación. Dejó a los muñecos encima del escenario y se marchó.

El público prorrumpió en un griterío de: ¡Fuera!, ¡Fuera!, ¡Fuera!...

Poco a poco se dispersaron y sólo quedó una niña contemplando aquel teatrito, que aunque con otro nombre,  aseguraría que era el suyo. Se acercó al escenario, levantó las cabezas de Nerea y Brujita y entonces estuvo segura. Su sorpresa fue mayúscula, cuando vio que aquellos dos muñecos, le hacían gestos para que se acercase más. Ella lo hizo y entonces los oyó perfectamente.

¡Hola Daniela! Sí, somos nosotros y este es tu teatro, pero de momento, vamos a seguirles el juego hasta tener una prueba contundente para poderlos condenar y llevarlos a la cárcel. Tú déjanos a nosotros. Lo tenemos todo planeado. Igual que hicimos ayer, te volveremos a mandar aviso la próxima vez que actuemos. Tú, no intentes hacer nada por tu cuenta ¿vale?

Así lo haré,  - respondió la niña con cara de asombro.

Después de irse Daniela, volvió Agripina con un gran berrinche,  acompañada de sus dos cómplices. Ya os lo decía yo. No puedo manipular yo sola todo este artilugio, me tenéis que ayudar. – Pues, Daniela podía. – Dijo muy suavemente Petruso.

¡Cállate, marido incompetente! – le gritó Agripina. No me compares con esa niña. Ella lleva mucho tiempo y yo acabo de empezar; lo que tienes que hacer es ayudarme. – Le insistió ella.

Pero es que si te ayudo, no robo. ¡Pues robas después, inútil. – Le siguió gritando.

Después de una larga discusión, recogieron entre todos las cosas, las guardaron en el carrito y se marcharon.

Ese día, no tenían ganas ni ánimos para una segunda función. La próxima vez vendrían más preparados.

Esa había sido la inauguración y el estreno del TEATRITO DE AGRIPINA.

 

 

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La última función

 

Después del tremendo fracaso de la primera función, donde  Agripina había hecho el ridículo más espantoso, y los dos malhechores, Petruso y Luigi, no habían podido tampoco sustraer, ni una sola cartera, reconocían que debían planificarlo mejor.

Ante tan amarga experiencia, habían decidido preparar concienzudamente su siguiente actuación: lugar, guión, decorados, el suelo para sentarse los niños, la megafonía, la música, la ayuda que necesitaba Agripina y un largo etcétera.

Revisaron una por una, las cintas musicales. Todo estaba correcto. ¿Quién había grabado entonces aquel día esos versos dantescos, que la insultaban a ella y alababan el buen nombre de Daniela? ¿Quién había hablado por el megáfono si ellos no estaban allí y ella no había conseguido cogerlo? Todo eso era muy misterioso. Por último, ¿cómo se había enterado Daniela de que ellos iban a actuar allí ese día? ¿No os habréis ido de la lengua? Que vosotros cuando vais por ahí y conseguís algún dinerillo, os falta tiempo para gastarlo en los bares,  y entonces se os suelta la lengua. ¡Qué os conozco! – Les recriminó Agripina.

¡Que no querida esposa! – Le aseguró Petruso. – ¡Qué no, querida hermana! – insistió Luigi.

No vamos a sospechar ahora de los muñecos, que son de trapo y no hablan, ¿verdad? – Les dijo Agripina, mirando las caras de “lerdos” que ponían ambos.

No claro, no somos tan tontos. – Dijeron al unísono. ¿Cómo van a ser los muñecos? Nosotros ya no creemos en los cuentos de hadas. – Comentaron, mirándose entre sí y sonriendo.

Vosotros creeríais a cualquier charlatán,  que os dijera que ha visto a un elefante volando a través de Siberia, so tontos. – Ambos enmudecieron.

Mientras los tres compinches planeaban su siguiente actuación, dos muñecos: el Príncipe y la Princesa , permanecían en la misma habitación, detrás de un jarrón, escuchándolo todo sin pestañear; entre otras cosas porque sus pestañas eran pintadas.

Ya he terminado el guión, le oyeron decir a Agripina. Esta vez actuarán el Diablillo y el Pastorcillo. El primero intentará convencer al pastorcillo para que se vaya con él. Primero por las buenas y luego por las malas, pero el pastorcillo, golpeará con su garrota al Diablillo hasta dejarlo  KO.

Esa historia me suena, Agripina, juraría habérsela visto hacer a Daniela. – Aseguró  Petruso. ¡Esa historia me suena, esa historia me suena! – Le ridiculizó su mujer. Eres único para estropearme mis planes y mis historias. – Le recriminó nuevamente Agripina. ¿Por qué no te estás un poquitín calladito, esposo mío? – Esto último lo dijo con retintín. ¿Por qué me casaría yo con este merluzo? – Murmuró Agripina para sí.

Lo haremos el próximo fin de semana, pero esta vez nos colocaremos al principio del paseo, por donde pasa la mayor parte de la gente. Tú, Petruso,  me ayudarás a colocarme los muñecos. Cuando yo te diga presentarás la función y a continuación conectarás la primera cinta. Ya la he probado y sé todo lo que dice, así como la música que es muy bonita. ¿No dice nada de Daniela? – Preguntó Luigi. No, no dice nada de Daniela; ya me he encargado yo de revisarla, por si las moscas.

Cuando hayáis hecho todos eso, os podéis marchar a meteros entre el público y realizar vuestro trabajo.

¡Qué sinvergüenzas! – Pensaron los dos muñecos.

A continuación, el Príncipe y la Princesa , se escabulleron de allí con mucho sigilo camino del escondite donde los esperaban sus compañeros, a los que informaron debidamente de todo. Ahora, ellos debían contraatacar. Cambiarían la cinta número uno por otra que prepararían ellos. Diablillo y la Bruja , habían preparado una pócima a base de helio que harían cambiar las voces de los delincuentes, haciéndolas superfinas y ridículas, de tal manera que cuando hablasen por el megáfono, serían el hazmerreír del público. Los muñecos también harían de las suyas, pero lo más sorprendente, sería el anuncio final.

 Nerea había estado trabajando en algo misterioso que llevaba muy en secreto, incluso entre sus propios compañeros. Ya lo veréis, -  les decía.

La bruja ya había llevado el recado a Daniela, anunciándole el día de la segunda actuación y rogándole que se acercara a la comisaría donde había puesto la denuncia, para que algunos  policías camuflados, se mezclaran entre la gente y descubrieran a los ladrones.

Y por fin llegó el día eperado  por todos. Agripina y Petruso, anunciaron a “bombo y platillo” la función que estaba a punto de comenzar. Se titulaba “Las tentaciones de diablillo”. Título, poco original, pero que a Agripina, le sonaba muy bien.

Como hacía mucho calor, no resultaba nada extraño que al pie de escenario, alguien hubiese depositado una botella con una limonada fresquita. Cada uno pensaba que habría sido el otro

Mientras tanto, Luigi  extendió la tela delante del escenario para que los niños se sentaran. Poco a poco fueron llegando niños y más niños hasta llenar el aforo. Los padres formaron una piña a su alrededor y la música comenzó a sonar. La música era un bonito Adagio y mientras sonaba, de fondo comenzó a oírse la narración que previamente Agripina había estudiado: Érase una vez un Pastorcillo muy bueno que vivía en la montaña con su abuelito. Cuidaba sus cabritillas, mientras cantaba:


 

Abuelito dime tú,
qué sonidos son los que oigo yo.
Abuelito dime tú…

A mí me suena mucho esta canción ¿Y a ti? Se preguntaban los dos malhechores mientras se dispersaban entre el público. También a los niños y a los padres, les pareció extraño, pero bueno, a lo mejor formaba parte de la historia.

Cierto día, mientras el pastorcillo cuidaba sus ovejas, acertó a pasar por allí un diablillo dispuesto a capturar al pobre pastorcillo. Al decir estas últimas palabras, se abrió el telón y lo que apareció allí, provocó una tremenda carcajada: Era el diablillo quien cuidaba a las ovejas con cara de santo, mientras que por detrás con un tremendo garrote surgía el pastorcillo con una cara de malvado que no podía con ella y comenzaba a darle garrotazos que acababan con diablillo colgando del escenario.

Las carcajadas, los abucheos y los gritos de “FUERA, FUERA, FUERA”,  eran ensordecedores. Agripina, no se lo podía creer e intentaba manipular a los muñecos con escaso éxito. La voz de Agripina comenzó a sonar cada vez más atiplada, lo que provocó nuevamente las risotadas de los niños, mientras gritaba: ¡No!, ¡no!, ¡Así no!

De repente, una voz surgió del interior del teatrito y dijo: Perdón niñas y niños, señoras y señores. Ha habido un tremendo error que se subsanará enseguida. Ahora si viene la verdadera historia que os vamos a contar. Escuchad con mucha atención.

¿Os acordáis de Daniela? Daniela es una hermosa y angelical niña que os hacía felices todos los fines de semana aquí en el Retiro. ¿Recordáis? – Preguntó la voz.

Todos los niños respondieron al unísono: Siiiiiii

Pues bien un día Daniela, después de una de sus funciones iba camino de su casa, cuando… A continuación, se abrió el telón que Agripina había cerrado anteriormente, y apareció Nerea montando una bicicleta. De repente una malvada mujer chocó contra ella y la tiró al suelo. Mientras la narradora contaba la historia, ésta se reproducía con exactitud en el Teatrito, sin que Agripina, pudiese hacer nada para impedirlo. Mientras tanto, - prosiguió la voz. Unos rufianes, cómplices de la mujer, le robaban sus únicas pertenencias: su bicicleta y sus muñecos que le servían de sustento. La escena se representó a la perfección. Agripina, temiéndose lo peor, intentaba desembarazarse de los muñecos que tenía en las manos, sin lograrlo.

 La voz continuó: pensaban utilizar el teatrito de Daniela para robar la cartera a vuestros papás mientras estuvieran distraídos viendo la función. 

Por acto reflejo, todos los señores se echaron las manos a sus carteras, comprobando algunos, que efectivamente, les habían desaparecido.

No se preocupen,  continuó la voz, les volverán a aparecer por arte de magia. Forma parte de la historia. Eso de momento calmó el revuelo inicial, aunque se seguían mirando entre sí, con desconfianza. Mientras tanto, Agripina intentaba salir de allí sin conseguirlo. Le habían atado también las piernas.

Por último, la voz continuó diciendo: La malvada señora está aquí, entre nosotros. Todos miraron a su alrededor. No, no está ahí, está aquí y en ese momento se descorrió el segundo telón que separaba el pequeño escenario de la cabina. Allí apareció el rostro de Agripina forcejeando por salir de allí y gritando y gritando, con una voz chillona producida por el helio que había ingerido a la vez que todos los presentes la abucheaban y pedían a las autoridades que la detuvieran. Pero, esto no es todo,  - siguió diciendo la voz. Ahí entre ustedes, están los otros dos cómplices que son los que tienen sus carteras, y  que les serán devueltas en el acto.

Todos los presentes se volvieron para el lugar en el que seis policías vestidos de paisano tenían esposados a Petruso y a Luigi, quienes miraban con odio a todos los presentes, mientras protestaban, también con voces cada vez más chillonas: ¡somos inocentes! ¡Somos inocentes! – Nuevas carcajadas de todos los presentes.

Otros dos policías desataron y detuvieron a Agripina. Todos los muñecos subieron al escenario para recibir los aplausos y el cariño de su público infantil. Los seis muñecos formaron una fila y se quedaron totalmente paralizados. Volvían a ser como antes.

De entre el público, salió de repente una niña, que corrió hacia ellos y los abrazó con todas sus fuerzas, mientras unas lágrimas de alegría rodaban por su bello rostro.

Los muñecos, ya no podían hablar pero sus corazones de trapo estaban henchidos de felicidad.

Todos los niños hacían el mismo comentario: “HA SIDO LA MEJOR HISTORIA QUE HEMOS VISTO EN UN TEATRO DE GUIÑOL”

Todos prometieron volver el próximo sábado para que ya de nuevo, con el teatrito de Daniela, volviesen a ser felices.

 

 

oooOOOooo

 


Epílogo

Cuando Daniela salió de  su teatrito, después de la última función de aquella tarde de sábado, un ejército de chiquillos, que no cabían en su “patio de butacas”, la recibió con gritos de: ¡Daniela!, ¡Daniela!, ¡Daniela!...

Tantas veces corearon su nombre, que la niña, no veía el momento de poder empezar a hablar. Al fin pudo dirigirse a su público infantil con estas palabras:

Queridas niñas y niños, señoras y señores; queridos amigos todos. No encuentro las palabras adecuadas para agradeceros suficientemente, todo vuestro apoyo y amistad. Sin vuestro ánimo, yo nada sería y no estaría aquí. Nuevamente la interrumpieron las voces infantiles.

 ¡Daniela!, ¡Daniela!, ¡Daniela!...

Cuando pudo continuar, añadió: También sin mis queridos muñecos nunca hubiese podido localizar mi teatrito. Ellos, son los verdaderos héroes de esta historia. Hoy no hay muñecos malos. Todos han sido mis salvadores y merecen vuestro aplauso.

Una cerrada ovación irrumpió de repente de los cientos de manitas infantiles de aquellos rostros angelicales. Cada uno vitoreaba a su personaje favorito: ¡Brujita! ¡Brujita! ¡Nerea! ¡Nerea! ¡Princesa! ¡Princesa!...

Pero tengo que deciros, queridos amigos, que hay otro héroe o heroína que vosotros no conocéis, pero que seguro que todos también tenéis y queréis mucho, como yo.

Esos héroes y  heroínas están siempre ahí, detrás de cada uno de nosotros. Nos consuelan cuando estamos tristes, ríen cuando nosotros reímos y se sienten felices, aunque estén llenos de dolores, cuando nos ven contentos. Ellos son nuestros abuelos. Yo sólo tengo una abuela, pero ella es mi heroína principal. Ella está hoy aquí y os la quiero presentar. Esa mujer maravillosa es mi abuela.

Daniela señaló a un extremo del corrillo, hacia el que todos miraron y vieron, efectivamente, a una señora viejecita, sentada en una silla de ruedas, que con su rostro bonachón, surcado de arrugas, miraba con cara de felicidad a Daniela, mientras dos lágrimas, como perlas, le corrían por  sus mejillas.

Fueron ahora, los adultos,  además de los niños,  quienes dieron un caluroso aplauso a aquella mujer, y a través de ella,  a todos los abuelos y abuelas que despliegan hoy día, tanto amor por sus nietos.

Para Daniela, aquel día, fue el más feliz de su vida: Había recuperado a sus muñecos, su teatrito, el cariño de los niños y además,  tenía la abuela más maravillosa del mundo.

¿Qué más podía pedir?

 

 

FIN