TARRITOS

 

 

A pesar de una diferencia de seis años, la relación que siempre tuvimos el "Dani" -mi hermano menor- y yo, fue muy buena. Desde chicos aprendimos a confiar mucho el uno en el otro y poco a poco fuimos encontrando nuestro propio código de comunicación, código que no constaba solamente de un lenguaje único y entendible por los dos, sino por algunos artilugios a los que recurríamos en nuestra niñez y por límites propios de la edad.
Primero no pronunciábamos las "erres" porque él no podía hacerlo:


- "Hola, bodudo, ¿edtás edcuchando el tadito?".


Luego hablábamos como con un dedo en la boca, porque el biberón le impedía hacerlo correctamente:


- "Hoda, bodudo, ¿edtád edcushando el tadito?".


E incluso hubo una época en que todo lo decíamos con "zeta", porque a mi se me habían caído algunos dientes:


- "Hola, boludo, ¿eztáz ezcuzhando el tarritoz?".


Cuando nuestras edades estuvieron cerca de los 10 años (él 7 y yo 13), perfeccionamos el arte del tarrito. Hablar con los tarritos era sumamente simple y nos permitía comunicarnos aún en la hora de la siesta, cuando nuestra madre nos castigaba si no la dejábamos dormir.
Con dos latas de tomates vacías (de cuya marca no me acuerdo), hablábamos de un extremo a otro por la magia de un piolín. Ese hilo tan útil en albañilería atravesaba el fondo de uno de los tarritos haciendo tope con un nudo, al igual que en el otro tarrito ubicado al otro extremo de la cuerda. Cuando uno de los dos hablaba el otro escuchaba y viceversa. Podíamos usar varios metros de piolín y siempre nos entendíamos perfectamente. Cuanto más tirante estaba la cuerda más nítido llegaba el mensaje.
Con los tarritos nos hablábamos desde una habitación a la otra; lo hacíamos a través del patio o para espiar a las vecinas que tomaban sol en tetas: él subía y miraba, y me daba un informe breve de la situación y del panorama femenino en el patio de al lado.
Ya en épocas posteriores, los tarritos nos sirvieron para aprobar exámenes; para meter muchachas de contrabando en casa y para brindarnos apoyo en noches de borrachera.
En todos estos años -ya tenemos más de 30- los tarritos sufrieron pintadas de todo tipo, pegatinas con calcomanías y escritos en marcadores o tiza, pero aún así el mío reposa enfrente del teclado de mi ordenador, y en él descansan dos bolígrafos, una linterna láser, un porta-minas en desuso, varios clips de diversas medidas y manchadas tarjetas personales.
El de él, en cambio, sigue en Argentina, y hace las veces de depósito de pequeños destornilladores en su taller de electricidad del automóvil.
Hace mucho tiempo que no nos vemos. Desde que salí del país -tres años atrás-, hasta hoy, no he tenido oportunidad de volver a casa, por lo que a menudo nos enviamos correos electrónicos para mantenernos cerca, atendiendo a la distancia que separa Cataluña, donde yo resido, y Argentina.
El lunes, precisamente, recibí un e-mail del Dani donde me decía que me iba a hablar por la noche, por lo que me quedé al lado de mi móvil hasta la 1 de la mañana esperando que telefonee. Al día siguiente, sorprendido, recibí otro e-mail de él que aseguraba que me había estado llamando sin recibir respuesta, por lo que lo intentaría nuevamente en la noche del martes. Pero esa noche tampoco sonó mi móvil. La historia se repitió el tercer día y el cuarto; y fue recién en su quinto mensaje cuando entendí lo que me estaba diciendo: "Prestá atención, boludo, que esta noche te hablo".
Ese viernes, a las 10 de la noche, me senté en esta misma mesa y preparé unos mates. Puse atentamente el "tarrito vacío" en el centro de la mesa y, al notar la primera vibración, lo llevé a mi oreja. Entonces su voz "surfeó" las olas del oceáno atlántico, remó por las costas del mar mediterráneo, cruzó ríos, trepó montañas y llegó a mi oído con un mensaje inconfundible:


- "Hola, boludo. ¿Estás escuchando el "tarrito"?".

 

Marcelo Luis Bailoné (Ángel Eusebio)