EL
SOL, LAS FLORES Y EL NIÑO TRISTE
Autor : Raul Minchinela
EL SOL, LAS FLORES Y EL NIÑO TRISTE
Jamás hubo lugar más espléndido ni época
más propicia que la que vivía la hermosa ciudad de Daduiz. No había ciudadano
triste ni comida ajena; todo cuanto daba el mundo era dado en abundancia y
compartido con la sonrisa de aquel que sabe que jamás pasará hambre ni frío,
pues tal era el privilegio de la ciudad. En ningún otro lugar ni en ningún
otro tiempo los pájaros cantaron de una forma más bella ni la luz filtrada a
través de las hojas fue tan agradable a los ojos. Era esta, en verdad, una era
afortunada, y Daduiz era envidiada por cuantos embajadores la visitaban.
El rey Yer era consciente de su fortuna y
su buen hacer, y miraba con orgullo su ciudad a traves de las ventanas ovaladas.
También su alma se deleitaba con los trinos y con las frutas que abundaban en
cuantos árboles veía, y disfrutaba al ver a su familia adulada por sus súbditos.
El príncipe Epiznirp era pretendido por las mujeres más hermosas del reino, y
no había corazón de hombre que resistiera la visión de la princesa Aseznirp,
y menos aún sus ojos moriscos y misteriosos. Muchos habían muerto de amor en
la ciudad de Dadiuz, y habían sido enterrados con la simpatía del que
comprende la más hermosa de las muertes.
Así pues, nada enturbiaba el suave curso
de la vida en Daduiz, y nada ensombrecía la inacabable felicidad del príncipe
Epiznirp. Desde la primera hora de la mañana, después de que las damas de su
cuidado limpiaran su piel con agua y flores y la embadurnaran con los más aromáticos
aceites, se tumbaba a escuchar a los pájaros -a uno, de plumas plateadas y
ocres, el de visión más hermosa y canto más agradable, lo bautizó como
Orajap- y a sumergirse en su música, y nunca le faltó una mujer que se dejara
acariciar, pues nada placía más a Epiznirp que perder su mano en la melena de
una dama mientras sentía su corazón vibrar de amor. Nadie era tan amado como
el príncipe y nadie era tan feliz como él, con una hermosa mujer en su regazo,
observando el hermoso panorama ante sus ojos: los pájaros cantaban, las frutas
maduraban y -esto era en lo que él encontraba más regocijo- chiflaban las
flores.
- ¿Qué queréis decir con
"chiflar"? ¿Qué es "chiflar"? -, preguntaba la dama
mientras el príncipe revolvía su pelo y sentía su pulso.
- Es algo difícil de definir. Cosas de los
magos. Venid y recostaos.
Y tomaba un trago de ambrosía, y ella
probaba un poco también, y de nuevo se abandonaban a la maravilla de Dadiuz.
Pero he aquí que un día, con la mano
sumergida en cabellos y con el torso acariciado por uñas nacaradas, el príncipe
Epiznirp notó algo extraño en aquello que tanto tiempo le había placido.
Estuvo durante algún tiempo observando y escuchando, pero no supo determinar qué
era lo que encontraba extraño. Sin embargo aquello ensombreció levemente su
alma, algo que no había sentido desde que tenía uso de razón. Acudió a
brujos, a alquimistas, a filósofos y a embaucadores, y ninguno de ellos le supo
decir cuál era el motivo de su desazón. El príncipe, esos días, se tumbaba
como siempre a sentir y a escuchar, y ni siquiera el tacto de mujer le permitía
olvidar un segundo su extraña amargura. Durante un tiempo, todos los ciudadanos
estuvieron alegres excepto el príncipe Epiznirp y el enterrador Rodarretne,
agobiado por el número de víctimas de la princesa Aseznirp.
Cada noche el príncipe, que desde su
ventana podía ver cada luz de la ciudad e intuía los rostros que le observaban
plenos de deseo (si no hacia él hacia su hermana), intentaba discernir cuál
era el pesar en su corazón. Durante muchas lunas su reposo fue insomne y por
las mañanas el cabello de mujer dejó de ser la laguna de calma en la que solía
diluir su mano. Las flores, progresivamente, habían dejado de chiflar, y sabía
que esa tristeza y la suya propia eran causadas por la misma cosa, cualquiera
que esta fuese. Su corazón se hizo un poquito más amargo.
Y una de esas mañanas, recién disfrutado
el baño y recién recibida su nueva compañera de jardín, supo por fin cuál
era el motivo de su pena. Orajap, el pájaro de plumas ocres y plata, el de
canto más bello y trinos más limpios, no aparecía. Ojarap había comido de su
mano desde que Epiznirp era niño, y jamás había faltado una sola mañana a su
rama de naranjo, desde la que festejaba día tras día la continuación de la
vida. Epiznirp se levantó de un salto y la mujer en su regazo se golpeó la
cabeza con el suelo cuando desapareció el pecho que utilizaba como almohada.
Epiznirp se fue corriendo hacia el laboratorio del mago Ogam, mientras la mujer
se incorporaba, dolorida y enamorada.
- ¡Ogam! ¡Ogam!- irrumpió Epiznirp en el
cuarto del hechicero, acostumbrado a que su voluntad se cumpliese al instante-.
¡Ogam!- Siguió gritando al observar que el ático estaba vacío.
Durante largos minutos, nadie respondio.
Epiznirp miró a su alrededor con gran respeto. Se sentía cohibido por lo que
observaban sus ojos: incontables libros y tarros, ollas y alambiques, unguentos
etiquetados y hojas manuscritas en idiomas que el hombre olvidó hace tiempo. El
ático de Ogam era mucho más grande desde dentro, casi tan enorme como el
propio castillo del rey Yer, que sólo en pasillos subterráneos se enredaba
tanto como la ciudad.
La fascinación de Epiznirp le impidió ver
la pequeña turbulencia que se empezaba a formar en el centro de la habitación,
distorsionando el humo que emitían los tubos de ensayo llenos de
fosforescencia. La turbulencia fue creciendo hasta que fue imposible ignorarla,
y durante unos segundos reinó un caos absoluto, y los libros cayeron, y las
redomas explotaron, y los líquidos se esparcieron, y los manuscritos se
agitaron como hojas secas de árbol en un huracán. Y, en un segundo, todo se
calmó, y apareció Ogam, y las redomas reventadas estaban de nuevo enteras y
llenas del líquido que habían vertido, y los libros estaban de nuevo en sus
estantes, y los manuscritos estaban ordenados sobre la mesa de la habitación.
Ogam, resonante como un eco oscuro y tenebroso, habló.
- No deberíais entrar allí donde no habéis
sido invitado, príncipe Epiznirp- dijo el hechicero, flotando en mitad del
cuarto, con voz que retumbó en las piedras y en los pasillos infinitos.
- Enfrento un grave problema y necesito
vuestra urgente ayuda, sabio hechicero- dijo Epiznirp.
- No soy un hechicero: soy Ogam- dijo,
mientras volaba hacia un butacón que, a su vez, modificó su posición y su
orientación, y se sentó en él sin tocarlo, como un pájaro se posa en una
rama frágil-. Os escucho.
- Están desapareciendo las aves del reino.
Todas ellas.
- ¿Sabéis la razón de ello?
- No la sospecho siquiera, sabio Ogam.
- Entonces dejadme revisar y comprobar, y
pronto tendréis noticias mías.
Y el príncipe Epiznirp abandonó la
habitación, tan preocupado como cualquiera de los días anteriores y ansioso
por una solución a su amargura.
Y entonces Ogam, efectivamente, consultó.
Y llamó a los elfos del bosque del confín
del mundo, que hacen piruetas en el borde del universo, a un paso del olvido
eterno.
Y habló con los Omret, que hablaban entre
sí mediante el tacto, cambiando la temperatura y la rugosidad de la piel según
dijeran este o aquel mensaje.
Y discutió con los demonios del círculo
inverso, que siempre hablaban al revés excepto cuando la luna mostraba su cara
oculta.
Y conjuró a las madres- de- todo- lo- que-
ha- sido, que le miraron con lástima y le invitaron a sopa de tulipanes, receta
que no habían cocinado desde que nació el primer mamífero.
Y visitó a los Anades- dos- anh, reyes y
reinas del placer, con los que pasaba semanas enteras para satisfacer su cuerpo
y descargar la soledad de su ático infinito.
Pero no consiguió ninguna respuesta.
Intentó llamar a los Atséupser, que
conocen la solución de todas las preguntas concebibles por un humano y por
ciertas escalas de lo divino, pero no pudo contactar con ellos: la magia de
Dadiuz estaba en sus horas más bajas -las flores, recordemos, ya no chiflaban-.
Omag decidió un movimiento desesperado y
habló con Otart, el mercader de las palabras, que sólo puede ser conjurado
mediante el batir de mariposas bañadas en metal fundido. Otart escuchó la
petición de Omag y le hizo saber su precio. Omag sopesó durante horas cuánto
valía la felicidad completa de Dadiuz y de sus ciudadanos, y aceptó el precio.
Otart le dijo que el problema estaba siendo
causado por la maldición de uno de los demonios menores del círculo de Bahel,
que estuvo suelto en este plano hace siglos, y que la solución al enigma la tenía
un habitante del reino, pero que sólo la confesaría cuando fuera interrogado
por unas tijeras hechas de viento y le enseñaran un nudo nuevo.
Una vez entregada la información, Otart
reclamó su botín, y Omag le pagó de la forma establecida. Se hizo crecer las
uñas hasta que parecieron cuchillas y se arrancó el ojo derecho, que tantas
maravillas había contemplado. Omag contempló un segundo esa esfera que ya no
era suya y se la entregó a Otart, que la metió en un saquito hecho de escamas
de sirena, y la cerró atándola con crin de pegaso.
Omag, tuerto, voló a su silla a
reflexionar, y Otart desapareció con una carcajada, tal era su alegría por el
premio conquistado.
Debajo, en el jardín del castillo,
mientras los pretendientes de la princesa Aseznirp intentaban evitar a los
guardias para conseguir tocar a la princesa -lo que significaba su ejecución
inmediata, si no morían de amor en el proceso-, el príncipe Epiznirp
descansaba rodeado de una docena de bellas damas, que intentaban arrancarle de
esa tristeza que las privaba de las bellas canciones que en otro tiempo
filtraban sus labios. En el otro extremo de la ciudad se encontraba el niño
triste, así lo llamaban todos, que vivía en una de las serpenteantes calles
del zoco, y que en ocasiones cantaba con voz ronca y melodía insegura. Cantaba
pocas veces, sólo cuando las flores chiflaban al unísono, así que desde que
los pájaros desaparecían del cielo de Dadiuz, el niño triste había dejado de
cantar -las flores, recordemos, ya no chiflaban-.
Y en medio de esa corona de mujeres,
Epiznirp notó cómo una libélula se posaba en su oreja y le hablaba del
siguiente modo:
"Ya se cuál es el camino a seguir.
Subid a mi ático y procuraremos recuperar a los pájaros"
Y Epiznirp se puso en pie de un salto, y
cuatro damas se golpearon la cabeza con el suelo mientras veían cómo su
almohada se iba corriendo en busca de un hechicero. Y se incorporaron, doloridas
y enamoradas.
Omag daba la espalda a la puerta, y no se
giró para hablar con Epiznir. Le repitió palabra por palabra lo dicho por
Otart, y le hizo saber que no podía hacer más por ayudarle. Era labor de
Epiznir la de encontrar la persona del reino que le dijera cómo derrotar al
demonio menor. Le dijo cuál era la forma de interrogarle: le enseñó a
construir tijeras hechas de viento. "El nudo", dijo Omag, "no es
de mi incumbencia".
Omag despidió a Epiznir sin haberle
mostrado el hueco donde una vez tuvo un ojo. Epiznir se marchó agradeciendo a
Omag los servicios prestados y ofreciéndole cualquier cosa que deseara. En
cuanto cerró la puerta, Omag se abandonó a la extraña tristeza del ojo
perdido y los recuerdos de lo visto a través de él, y se sintió amargo, y
decidió visitar de nuevo a las Anades- dos- anh, esta vez para aquello en lo
que eran expertas.
Y Epiznirp comenzó la búsqueda.
Tardó tres días en encontrar al más
sabio de los marinos para que le diseñase un nudo nuevo, un nudo jamás
imaginado por el hombre. La ciudad de Dadiuz había desarrollado todo tipo de
nudos, sencillos y complejos, con formas de animales y plantas y cosas, nudos
que se modificaban con el viento o con la temperatura o con la aproximación de
una tormenta. Y el príncipe Epiznirp y el marino tardaron tres días en crear
un nudo nuevo, tal era la sofisticación en la ciudad de Daduiz.
Y nudo en mano, fue interrogando a todos
los habitantes del reino, y durante semanas se levantó pronto por las mañanas
y se acostó tarde por las noches y durmió de mala gana por la desazón que le
producía la marcha de los pájaros y la tristeza de las flores -las flores,
recordemos, ya no chiflaban-.
Y durante días y días empuñó las
tijeras de viento y mostró el nuevo nudo y preguntó "¿dónde están los
pájaros?" ante el asombro de los varones y los ojos enamorados de las
doncellas, y todos abandonaban la habitación en segundos, pues tal era el poder
de las tijeras de viento para reconocer a la persona buscada.
Y tras mañanas y tardes y noches, todos
los habitantes del reino habían pasado por las tijeras de viento del príncipe
Epiznirp, pero ninguno de ellos había revelado el destino de los pájaros.
Y el príncipe Epiznirp se hundió en la
tristeza.
Y volvió al ático de Omag, esta vez
llamando a la puerta y esperando humildemente ser invitado. Abrió Omag con el
rostro oculto por una capucha.
- Vengo a pedir de nuevo vuestro consejo.
- Ya fuisteis ayudado, y a un muy alto
precio. Pasad.
Epiznirp escuchó extrañado sus palabras,
y se preguntó a qué se refería. Pensó que sería jerga de hechiceros y volvió
a aquello que le había llevado allí.
- He interrogado sin resultados a todos los
habitantes de mi reino con el nudo nuevo y las tijeras de viento. Ayudadme para
ver dónde he errado.
- ¿Seguro que vuestro nudo es un nudo
totalmente nuevo?
- Contraté al más sabio de los marinos
del reino.
- Entonces escuchemos a las tijeras de
viento.
Y Ogam, con un gesto de la mano, mostró
todos los habitantes que habían pasado por delante del príncipe, pues la
memoria infinita es parte de las virtudes de las tijeras de viento, y conjuró a
cada ser vivo del reino y mostró los rostros de aquellos que no habían sido
interrogados. Entre todos aquellos rasgos, sólo había dos humanos: la bruja
oblicua, que vivía oculta en el desierto de las madreselvas, y Olos el
anacoreta, que se refugiaba en el bosque de las mandrágoras. Epiznirp le pidió
a Ogam que le dijese dónde encontrarlos. La visión se le nubló un segundo y
en el siguiente, el príncipe Epiznirp se encontraba junto a un acantilado, a
centenares de metros de altura, a un paso de la muerte. La visión le impresionó
y se le volvió a nublar la vista, esta vez dando paso a un profundo desmayo.
Al príncipe Epiznirp le despertaron el
sabor del muérdago y el calor del fogón. Cuando despegó los párpados miró
el borroso rostro de su anfitrión, Olos el anacoreta. Como Epiznirp conocía
parte de la fama de Olos, se incorporó rápidamente y, poniendo la espalda
contra la pared, desenfundó las tijeras de viento y empuñó el nudo
especialmente creado. El sudor del vértigo y la fiebre del sueño le impidieron
hacer la pregunta, hasta que sus labios por fin dieron con la combinación
adecuada.
- ¿Dónde están los pájaros?.
- Los tiene Odileg, el dragón del frío,
que reside en las montañas invisibles, más allá del lago de los pensamientos.
y no los soltará excepto por la hermosa Asomreh, la doncella por la que su
corazón suspiraba cuando aún era un hombre, hace tres decenas de lunas.
- Habré de conocer primero a la doncella
Asomreh. Gracias por tus cuidados, Olos el anacoreta.
Y Olos el anacoreta, tras ver cómo el príncipe
Epiznirp desaparecía invocando a Ogam, se sirvió un vaso de infusión de muérdago
y miró el lento atardecer del bosque de las mandrágoras.
Mientras, Epiznirp apareció en un prado
cercano a una casa de campo construida por manos profanas, probablemente las del
propio dueño. Epiznirp la miraba con curiosidad, pues esa casa no era de su
reino, y revisó las ventanas en busca de un rostro al que hablar. De pronto,
escuchó el chirriar de hierro contra metal y dirigió su mirada hacia una
doncella que, de espaldas a él, llenaba un par de cubos en un manantial
cercano. El pelo de la doncella tocaba el suelo cuando esta se agachaba, y ella
lo recogía con un gesto divertido, como quien riñe a un bebé travieso. La
doncella, cubos alzados, se irguió para mostrar una figura alta y elegante, que
vestía sus ropas más de lo que sus ropas la vestían a ella. Para cuando se
giró, el príncipe Epiznirp ya estaba fascinado, y apenas pudo soportar la visión
de su rostro, el más hermoso de cuantos había visto, comparable al de su
hermana Aseznirp y superior a cuantos habían recorrido su jardín para apoyarse
en el pecho del príncipe. Epiznirp, sabedor de su atractivo, quiso cautivar a
la doncella con el sólo uso de su aspecto y de su rango.
- Soy el príncipe Epiznirp y deseo hablar
con Asomreh la doncella.
- Soy yo, señor. Pero temo que la noche se
acerca y debo cuidar el sueño de mis hermanos. Espero que podamos aplazar la
charla hasta mañana.
El príncipe, rechazado por vez primera, se
hinchó de cólera y de orgullo, pero los ojos de la hermosa Asomreh le
impidieron articular palabra. Sólo un tímido
- bien
asomó de sus labios. Asomreh se dirigió a
la casa mostrando al príncipe la negra enredadera de su cabello y acuchilló el
corazón de Epiznirp al cerrar la puerta tras de sí. El príncipe Epiznirp
-poco tardó en darse cuenta- estaba enamorado.
- Así que esta es la hermosa Asomreh -dijo
para sí-. Realmente es digna del amor de un dragón. Y del de un príncipe.
Epiznirp, tumbado en la pradera con la
breve tregua nocturna de los mosquitos, no pudo conciliar el sueño. Y, con los
ojos abiertos, contó las estrellas una y otra vez, hasta que la luz del
amanecer le impidió verlas en el azul, a la vez que la hermosa Asomreh saludaba
el alba con más trabajo, esta vez el alimento de las bestias. El príncipe, que
había esperado toda la noche para interrogarla, se quedó pálido ante su
melena y cayó en la cuenta de que nada tenía que preguntarle, y se marchó con
los ojos enrojecidos invocando a Ogam.
Ahora tenía que ver a Odileg, el dragón
del frío. Y de este modo, apareció delante de la cueva que le servía de
refugio. El príncipe se sintió de inmediato aterido por el intenso frío que
reinaba en las montañas invisibles, más allá del lago de los pensamientos, y,
entre el silbido del viento que le congelaba, acertó a escuchar el eco de los pájaros
en el interior de la cueva, cantando con la frustración del secuestro y a la
vez con la belleza de la costumbre. Epiznirp, en apenas segundos, se dió cuenta
de que no podía soportar el clima, y se marchó invovando a Ogam de nuevo.
Epiznirp apareció esta vez en sus
aposentos, dispuesto a resolver el asunto de los pájaros antes de asaltar el
corazón de la hermosa Asomreh. Y tomó pluma y pergaminos, y sacó algunos
libros de estrategia bélica, y cuando comenzó a planificar el ataque se dió
cuenta de que no sabía nada del dragón Odileg: sus debilidades, sus poderes,
sus objetivos. Ni siquiera sabía cómo era.
Ogam no podía ayudarle, pues el dragón ya
había establecido sus defensas (de otro modo, Ogam habría sabido
inmediatamente que Olideg estaba secuestrando las aves de Daduiz). Así que no
tenía ninguna alternativa que volver, eso sí abrigado, a la cueva del dragón.
Pero entonces recordó que aún no había
hablado con la bruja oblicua.
El príncipe maldijo su impaciencia juvenil
y volvió a desaparecer invocando a Ogam.
Apareció en el salón de la mansión de la
bruja oblicua, donde la propia bruja le esperaba sentada en su enorme sillon
tapizado de raso púrpura, tamborileando las yemas de la mano izquierda contra
las de la mano derecha delante de la cara, con ese extraño murmullo de las uñas
lacadas de negro al entrechocar. La bruja, que tenía cientos de años de edad,
tenía el aspecto de una adolescente, y hablaba con la serenidad que sólo dan
los años o la desesperación o ambas cosas.
- Venís con retraso, príncipe Epiznirp.
Os esperaba ayer.
- Entonces sabréis por qué vengo y qué
quiero de vos.
- Sí. pero habréis de saber ya que lo que
buscáis tiene un precio, y que no os lo daré sin cobrarlo.
- Pedid.
- Quiero a la princesa Aseznirp.
El príncipe se quedó paralizado.
- ¿Qué queréis decir con eso?
- Quiero que sea mi esclava. Creo que es
bastante sencillo de entender.
- Muy bien- dijo el príncipe.
Y en ese momento se abalanzó sobre la
bruja, y desenfundó su puñal y le puso el filo contra el cuello, cortándolo
levemente. Y durante un segundo ambos se quedaron paralizados, mirada contra
mirada, la bruja con la cabeza apoyada en el suelo y las piernas encima del sillón,
el príncipe sobre ella, de forma idéntica. Epiznirp apretó los dientes y habló
filtrando la voz a través de ellos.
- Este cuchillo es de hierro y plata. El
hierro es para neutralizar tu naturaleza de duende; la plata para actuar contra
tu magia. Y he cortado tu piel y tengo el filo en contacto con tu sangre, así
que tendrás que hablar sin mentira, tales son las reglas de lo místico.
Decidme cómo derrotar al dragón del frío y cómo liberar a los pájaros y
devolverlos a Daduiz.
"Podría preguntarle -pensó el príncipe
en un instante- cómo ganar el amor de la hermosa Asomreh, pero entonces sabría
cuál es el dolor de mi corazón, y no le puedo dar esa ventaja".
- Hablad- repitió el príncipe.
- No se puede derrotar al dragón. Vuestra
empresa está perdida. No tenéis la más mínima posibilidad.
El príncipe, que todavía sostenía el
filo dentro de la carne, sabía que la bruja decía la verdad.
- Decidme cuanto sepáis sobre el dragón.
- El dragón no es un vástago de dragón.
Es un ser humano encantado. Para que el sol pueda seguir apareciendo cada
amanecer debe haber un humano convertido en dragón: en caso contrario,
viviremos en noche eterna. Muchos han sido los dragones, y ha habido uno desde
que existió el primer alba. Sin embargo, no se puede dejar de ser dragón: ha
de ser otra persona la que acoja voluntariamente la condena para ser el
siguiente, y siempre habrá alguien, tal es la importancia de su cometido. Para
que el dragón muestre su forma humana, basta con mostrarle un caimán alado o
una orquídea manca, pero entonces también conseguiréis encolerizarlo. No os
puedo decir más.
- ¿Y qué debo hacer para liberar a los pájaros?
- El único que puede liberar a los pájaros
es el propio dragón, tal es su poder dentro de su dominio. No podéis hacer
nada.
- Me dijo Olos el anacoreta que liberaría
a los pájaros a cambio de la mujer de su corazón.
- Realmente un puñado de pájaros a cambio
de la mujer que amas es un canje provechoso. Por supuesto que aceptaría. Pero
no podéis condenar así a un ser humano, manteniéndolo durante el resto de su
vida encerrado, aislado y soportando el hedor de la criatura más repugnante de
la creación.
"Cierto", pensó el príncipe,
"especialmente si deseo que la hermosa Asomreh sea mi compañera en el
palacio".
- Sugerís, pues, que me rinda.
- No sugiero nada. Digo lo que hay como es.
No se puede derrotar al dragón y los pájaros no pueden ser liberados si el
propio Odileg no quiere.
- Gracias por la ayuda. Lamento que haya
sido de un modo tan violento.
Y Epiznirp invocó a Ogam y despareció
junto con su puñal, mientras la bruja oblicua seguía en aquella extraña
postura, la nuca contra el suelo, las piernas sobre el sillón. Incorporándose,
planificó una oscura venganza, y para llevarla a cabo miró el futuro del príncipe
Epiznirp en su bola de nácar. Invocó a extraños dioses y, cuando el destino
del príncipe se mostró ante sus ojos, rompió en sonoras carcajadas de
venganza, y las risas resonaron por el desierto de las madreselvas, erizando la
piel de cuantos las oyeron.
El príncipe Epiznirp, en el palacio,
estuvo planificando durante días la forma de afrontar el problema. Todas las
horas empleadas fueron infrucutosas. Ni un solo plan salió de sus
conversaciones con magos, militares, religiosos y mendigos. Nada encontró en
los libros que consultaba en sus noches sin sueño, tal vez por la contínua
aparición de la hermosa Asomreh en sus pensamientos. Al final, optó por la
solución desesperada: la improvisación. Avisó a Ejef, su lugarteniente, de
que iba a emprender la misión más arriesgada de su vida.
- Sois muy valiente, mi príncipe.
- No es valor, Ejef. Soy víctima de mis
sentimientos.
Hizo armar su petate con hierro y plata,
sabedor de que no podría utilizar más ejército que su habilidad y su astucia,
se despidió hasta breve de todos sus allegados y consoló con caricias las lágrimas
de los corazones que le dijeron adiós en el jardín, doloridos y enamorados.
Invocando a Ogam, marchó a la casa de la hermosa Asomreh.
En la cocina de la casa, que fue donde
Asomreh quiso escuchar al príncipe mientras saboraban una infusión de hojas
puntiagudas, Epiznirp le contó a la doncella todo cuanto había pasado hasta
ese momento, y también todo cuanto sabía del dragón. Todo, excepto que ella
era la mujer por la que el hombre bajo el dragón suspiraba, y que ella era la
mujer por la que sus piraba el propio príncipe. Cuando Epiznirp le pidió que
le acompañara en tan arriesgada aventura, la doncella dio un respingo, pero
volvió a serenarse: sabía que debía obedecer los deseos del príncipe, tales
eran los poderes del rey Yer. Sólo pidió un conjuro para poder volver sin
Epiznirp. Tal deseo le fue concedido, y ambos marcharon, armados y abrigados, a
la gélida cueva del dragón del frío.
Aparecieron frente a la gran caverna, y el
latigazo del frío no fue más suave por esperado. Entraron apoyando su espalda
contra la perd dercha de la cueva, vigilando el fulgor azul que se entreveía en
el otro extremo de la madriguera, escuchando el leve cantar de los pájaros,
distorsionados por el eco y la distancia. Tras algunas horas de camino, el
fulgor alcanzó el máximo de su brillo y Epiznirp y Asomreh vieron el panorama
más fabuloso que habían contemplado jamás. A sus pies se abría una inmensa
sala excavada en la roca, decorada con árboles y plantas en las que los pájaros
se posaban. La cúpula se sostenía sobre inmensas vigas de hielo, que se
enlazaban con cuidadas celosías. Un manantial golpeaba una roca regalando el
suave murmullo del agua junto a estatuas extrañas, modeladas en el mismo mármol
que rodeaba la inmensa sala. Y en el centro, en un lecho de musgo y hojas, dormía
el inmenso dragón azul, con sus alas deformes y sus escamas irregulares, con
carámbanos en el hocico y escarcha en la inmensa cola que le abrazaba en pleno
sueño. Asomreh tosió y se quejó susurrando.
- Qué mal olor.
- Olor a dragón- respondió el príncipe.
Se deslizaron abajo por una enredadera, se
quitaron los abrigos (hacía calor en la zona donde se hallaban los pájaros),
desempacaron las armas y, una vez armados, llamaron a gritos al dragón.
El dragón soltó un bufido y se alzó en
toda su longitud, y su cresta casi tocó la lejanísima cúpula de hielo, tal
era su enormidad.
El príncipe Epiznirp y la princesa
Aseznirp quedaron paralizados por el pánico.
Y entonces el dragón vió a la hermos
Asomreh, y también quedó paralizado.
Y así, paralizados, se quedaron los tres
durante algunos minutos.
Y el príncipe gritó:
- Vengo a liberar a las aves que has
secuestrado.
Y el dragón, con un sólo bufido, lo
encadenó al suelo con cadenas de hielo, y lo amordazó conuna mordaza de hielo,
por gritón y por entrometido. Y es que es mala costumbre retar a un dragón
enamorado.
Y el inmenso dragón, con carámbanos en su
hocico, piel fétida y musgo en las pestañas, miró con ternura a la hermosa
Asomreh. Y Asomreh, que se encontraba ante la visión más repugnante que había
visto en su vida, siguió paralizada.
Y entonces el dragón, tal vez por la
configuración exacta de las estrellas, tal vez porque algún mago hizo un
conjuro equivocado, o bien, tal y como dicen las aves desde aquel día, debido
al amor, el dragón volvió a su forma humana breves segundos.
Y la hermosa Asomreh miró a los ojos del
hombre que hace un instante había sido el dragón que la atemorizaba, y encontró
unos ojos pálidos y aterrados que le conquistaron el corazón, y el príncipe
reconoció en el gesto de Asomreh sus propios gestos algunas semanas antes, y
supo que Asomreh se había enamorado, con el mismo amor verdadero que él sentía
por Asomreh, y el príncipe se dió cuenta de que jamás poseería a Asomreh,
que la hermosa doncella que había conquistado su corazón ahora sólo podría
amar esos ojos de perro indefenso que la miraban con la misma calma del hielo.
Y, sabedor de que el amor puro como el que él mismo sentía no soporta
barreras, se armó se valor.
El príncipe rompío la mordaza contra el
suelo, y susurró mientras se le destrozaba el alma:
- Yo seré el dragón.
Y Asomreh miró al príncipe y vio no a un
amante sino a la persona que la iba a permitir amar el resto de sus días, y le
abrazó y le besó en la mejilla y le dijo que no podía pedir más de un príncipe,
y el corazón del príncipe era apuñalado por cada palabra de la hermosa
Asomreh que, desde ese momento sólo sería un lejano recuerdo. Y el príncipe
Epiznirp comenzó a brillar y comenzó a crecer y se transformó en el nuevo
dragón del hielo, y la hermosa Asomreh y el viejo dragón del hielo se besaron
hasta perder el aliento, hiriendo más y más al príncipe.
Epiznirp, el dragón Epiznirp, mandó
marcharse a los amantes, a su viejo adversario y la mujer de sus sueños, y con
un sólo deseo los pájaros raptados volvieron a Daduiz, a alegrar con sus
cantos a los ciudadanos.
Y en un instante, la hermosa Asomreh y elñ
viejo dragón aparecieron enfrente de la residencia de la doncella, dispuestos a
comenzar una vida feliz y próspera.
Y en el desierto de las madreselvas, las
carcajadas de la bruja oblicua resonaron y resonaron, y sus habitantes se
refugiaron en los troncos, presas del pánico.
Y en Daduiz, comenzaron a volver los pájaros,
y la música de las aves hizo que todo volviera a ser progresivamente como
antes, igual de feliz, igual de brillante.
Y en las montañas invisibles, el príncipe
Epiznirp comenzó a saborear su amarga soledad hasta que escuchó la hermosísima
música a la que se había acostumbrado, mañana tras mañana. Y vio que su pájaro
favorito, el incomparable Ojarap, el de canto más bello de cuantos pájaros
sobrevolaban Daduiz, el de las plumas ocres y plata, había decidido quedarse a
su lado en lugar de volver a la ciudad de Daduiz. Y se escucharon mutuamente,
sabedores de que su compañía sería la única felicidad en ese inmenso palacio
aislado y gélido.
Y enm el palacio, el lugarteniente Ejef
hablaba con uno de sus súbditos:
- El príncipe ha pagado cara su victoria,
pero ha vencido.
- Los pájaros han vuelto, señor -dijo el
súbdito-, pero no sabemos si las flores han vuelto a chiflar.
- Sí lo sabemos. Escucha.
Y ambos escucharon la tarde de Daduiz, y
reconocieron una melodía extraña cantada por una voz desacostumbrada ala
harmonía. Y tal vez por ello más hermosa. Y Ejef habló.
- El niño triste. Está cantando.
Fin.