EL
SAPO QUE PUDO REINAR
Escrito por César de Andrés
- Acércate ranita, para que pueda besarte-
dijo la niña.
- ¡Crooac! - contestó el sapo, muy
enojado por la insultante confusión de géneros, pero no se movió.
- Vamos, ¡anda!, déjame que te dé un
beso.- insistió la niña de trenzas.
El sapo se volvió lentamente y fijando sus
grandes ojos en los de la niña le dijo sin hablar.
- Primero las cosas claras, soy sapo y a
mucha honra, después ¿por qué habría de querer que me dieses un beso?, la
sola idea me parece repugnante, y de cualquier manera, ¿por qué quieres
hacerlo?
La niña que con naturalidad había
escuchado al sapo hablarle sin palabras al corazón, se asombró de que el sapo
no supiese por qué quería besarlo y contesto con un mohín de enojo.
- ¡Qué tonto eres!, ¿para qué va a
ser?, para convertirte en príncipe y que seas feliz.
- ¡Ah! - dijo el sapo y permaneció
callado mientras inflaba una y otra vez sus carrillos.
- ¿Se puede saber en que piensas? - soltó
la niña que muy digna había permanecido un rato en silencio mientras con una
ramita acariciaba la orilla del charco.
- Me preguntaba- contestó el sapo -, ¿por
qué vuestra raza tiene por costumbre saber lo que es mejor para los demás?, y
además ¿tu crees que los príncipes son realmente felices?
La niña se quedó pensando por unos
segundos.
- Si que eres tonto - le dijo de pronto
ella -, si no te beso, no te conviertes en príncipe y si no eres un príncipe
no te puedes casar conmigo.
El batracio por toda respuesta, juntando
todas sus fuerzas, saltó lo mas lejos que pudo, hundiéndose en el lodoso
charco.
Sí que son sabios esos bichos.
Fin