RUFO

Rufo era un travieso conejito que vivía con su mamá en el campo. Su madre era muy buena con él. Hacía todo lo posible para que nunca le faltara nada. Si el conejito tenía hambre, su mamá iba y le buscaba una zanahoria. Si tenía sed, su mamá iba al río y le buscaba agua. En las mañanas, cuando Rufo tenía que ir a la escuela, su mamá lo despertaba, le preparaba la ropa para que se vistiera y le hacía el desayuno.

Un día, la mamá coneja se tuvo que ir de viaje, y Rufo se quedó solito. Tenía hambre, y no sabía dónde buscar comida. Tenía sed, pero no sabía dónde estaba el agua. Un poco triste, se acostó a dormir porque al otro día tenía que ir muy temprano a la escuela. Durmió mucho, y en un momento, mientras soñaba, se despertó porque sentía que los rayos del sol iluminaban su cara. Cuando miró el reloj “¡eran las once de la mañana!”. Tenía que ir temprano a la escuela, y se había quedado dormido porque su mamá no estaba en casa para despertarlo. Tampoco nadie le había preparado el desayuno.

Rufo se puso a llorar. Se sentía muy triste, porque sino estaba su mamá, él no sabía hacer nada. Lloró un largo rato, y luego pensó: “Esto me pasa por dejar que mi mamá siempre haga las cosas que yo, a mi edad, puedo hacer solito. Cuando venga mamá, le voy a decir que me enseñe a hacer lo que ella hace, para que yo sepa hacerlo la próxima vez que tenga que irse de viaje.”

A la siesta, la mamá coneja llegó de su viaje, y Rufo se puso muy contento. Fue corriendo a saludarla y a darle un beso.

Durante la semana, Rufo empezó a investigar y a aprender las cosas que hacía su mamá, y que él también podía hacer. Cuando tenía hambre y su mamá le traía la zanahoria, le preguntaba de dónde la sacaba, cómo había que hacer para conseguir una. Cuando tenía sed y la madre le traía el agua, le pedía que le enseñara a él cómo conseguirla.

Así, un día, cuando la mamá coneja iba a ir a buscar la zanahoria para su hijo, el conejito Rufo le dijo: “No, mamá. Yo sé hacerlo solo. Dejame que sea yo el que vaya a buscar mi propia zanahoria.” Entonces, Rufo hizo lo que la madre le había enseñado y consiguió su zanahoria. Al llegar a casa, mamá coneja se puso muy contenta, y le dijo: “Felicitaciones, hijo. Vos ya sos grande y podés hacer tus cosas solito. Has crecido, y no hace falta que sea yo la que tenga que hacer lo que vos tenés que hacer.”

Rufo se puso muy contento. Sabía que la próxima vez que su madre se fuera de viaje, no iba a pasar ni hambre ni sed.

Él sabía hacer sus cosas solito, y no necesitaba depender de nadie para poder vivir.

Autor: Claudio Javier Pilot ( claudiojavier_pilot@yahoo.com.ar  )