REENCUENTRO

 

REENCUENTRO

Autor : Gabriel Benítez L.

REENCUENTRO -¿Desde hace cuánto dice que lo buscan? - preguntó el Frinklin cronomorfo mientras subíamos por la verde ladera de la montaña.

- Desde hace mucho tiempo - contesté. - Hace tantas generaciones que ya perdimos todos la cuenta... pero por fin hemos encontrado a uno de ellos. Esta allá arriba y nos espera.

- Le sugiero no emocionarse tanto. En realidad no pueden estar seguros de que sea lo que buscan. Aún no lo han visto.

- Pero lo presentimos... además, tenemos una descripción dada por ustedes. Esa embona.

- ¿Tienen imágenes de ellos?

- No. Sólo la tradición oral. Pero con ella nos basta.

- Bien... en verdad espero que hayamos podido ayudarles. Por desgracia sólo es uno y por lo que sabemos ya está viejo y enfermo.

- No importa. Lo atenderemos y él nos dirá dónde podemos encontrar a los demás.

Llegamos a la parte más alta de la montaña cuando caían los tres soles de la tarde y mi guía Frinklin se detuvo un momento para cambiar de forma y adquirir otra de aspecto algo insectil. No era raro. Los Frinklin cronomorfos suelen transformarse muchas veces, influidos por el transcurso de las horas, de los días e incluso de las estaciones de cualquier planeta que habiten, y lo hacen con tal precisión de tiempo que no es extraño que se usen a sí mismos de reloj o de calendario.

- Hemos llegado - anunció el Frinklin y señaló con una de sus patas de insecto una primitiva y endeble construcción de madera y hojas frente a nosotros.

Quedé sorprendido al verla. Era muy pequeña y bastante tosca.

- Ahí es donde vive - continuó -. Sólo ramas, cueros y retazos de piel. ¿Qué le parece?

Titubee. En realidad yo suponía que encontraría algo más avanzado que un refugio como ése. No era exactamente lo que se esperaba de una heroica especie que había logrado surcar el gran mar de las estrellas pero...¡En fin!. Eso era lo que menos me importaba en ese momento.

Con el corazón saltándome de la alegría caminé, ¡no!, casi corrí hasta la entrada de la choza, pero logré controlarme y acercarme despacio para no turbar la tranquilidad de su habitante. Ya está viejo y muy enfermo, recordé.

Lentamente aparté el retazo de piel que cubría el hueco de la entrada y mientras introducía tímidamente la cabeza, percibí un extraño olor que se distinguía con claridad de todos los otros que flotaban en el ambiente.

!.. es uno de ellos! ... Nunca los había olido antes, eso es cierto, pero en ese instante algo, un recuerdo tan tenue como la niebla y tan efímero como un chispazo, saltó dentro de mi cabeza y junto con él, una evocación, un sentimiento de alegría y felicidad tan potentes como no los había sentido antes.

Saludé como la tradición dice que lo hacíamos antaño y esperé. Sin embargo, nadie contestó.

- Entre - dijo el guía Frinklin detrás de mí -. Él ya no puede venir a saludarlo. No puede levantarse.

Me volví hacia mi acompañante, preocupado.

-¿Entonces... entonces cómo es que sobrevive?

- Nosotros le traemos de comer... lo tratamos bien pues es una de nuestras especies en peligro de extinción.

-¡¿Qué?! ¿Lo han tratado como a un animal? - no pude evitar reclamar al Frinkin con enojo -. ¿Trataron a todos los de su especie como animales?

El Frinkin se encogió de hombros.

- Bueno, eran muy primitivos... sabíamos que tenían inteligencia, pero muy rudimentaria...

- No importa - dije entrando al lugar -. Eso ya no importa... nosotros ya estamos aquí y nosotros no los trataremos como animales.

- Lo siento - se disculpó el Frinkin.

Ya en el interior, la choza no era tan pequeña como aparentaba. Había dos estancias. La primera - en la que nos encontrábamos el guia y yo - no era muy alta y ambos teníamos que permanecer casi todo el tiempo agachados.

Pero en la siguiente...En la siguiente, envuelto en pieles, arrugado y con un largo pelambre blanco, se encontraba lo que habíamos estado buscando.

Casi no puedo describir la emoción de ese instante. Quise llorar, quise brincar de contento... ¡Tanto, tanto tiempo!

Me acerqué lentamente y volví a saludarlo como indica la tradición, pero esta vez un poco más suave, para no asustarlo. Esperé una reacción en él. -¿Me reconocerá? ¿Sentirá lo mismo que yo siento ahora?... Sí, claro que debe reconocerme... ¡hemos esperado tanto este momento!

No hubo reacción. Nada. Ni siquiera se movió.

Supuse lo peor... pero no, su olor indicaba que todavía estaba vivo.

-¿Qué... qué le pasa... qué le ocurre? ¿Por qué no me responde?

- A veces se queda así. Mira hacia quién sabe dónde y no se mueve. También dice algunas cosas pero ignoramos qué significan.

Me separé de él. Me preocupaba su inmovilidad, sus ojos fijos, clavados en la nada.

- Nuestros científicos dicen que puede estar agonizando.

No pude evitar una exclamación de angustia y aflicción. No podía morirse. No ahora y sin hablarnos... sin decirnos nada.

Entonces recordé aquello que traía conmigo y lo saqué de mis ropas. El Frinklin me miró, intrigado.

- En este aparato guardaban sus voces - le dije.

- Se ve algo avanzado... para lo que nosotros conocíamos de ellos.

- Hicieron más que esto. Sabemos que construyeron grandes naves y se extendieron por muchas partes de la galaxia pero no sabemos a dónde o a qué lugares fueron... hasta ahora.

- Cuando llegamos a este planeta ellos no eran muy numerosos.- dijo el Frinklin.

- Náufragos, tal vez- dije yo y pedí silencio para luego activar el aparato. Una linda melodía brotó de él y llenó la estancia. Una voz, que por tradición nosotros identificábamos como femenina se unió a ella.

- Es bonito - opinó el Frinklin -. ¿Ellos hacían eso?

- Sí - dije con orgullo.

Fue entonces cuando lo vi.

Al principio no se movió. Fueron sus ojos los que lo hicieron. Y después fue su rostro que lentamente mostró aquella extraña expresión que supuse podía ser de alegría.

Comenzó a hablar, a decir cosas en una extraña lengua que yo no entendía pero que sentí tan cálida y dulce como la del aparato.

Y me miró.

Y se mantuvo así, observándome durante algún tiempo en el que no dijo nada, ni vio otra cosa que no fuera yo. Después, comenzó a balbucear algo y señaló hacia una parte de la pequeña habitación.

- Algo quiere - dijo el Frinklin.

- Iré por él - dije yo, emocionado, mientras el aparato seguía sonando.

Me dirigí al lugar que señalaba, y debajo de una pila de cueros y pieles me topé con una caja que le acerqué.

Él, débil pero decidido, comenzó a buscar algo que pronto encontró. Era una especie de cuaderno cuyas hojas pasó con rapidez mientras balbuceaba algo incomprensible. Buscó algo entre una serie de figuras impresas en las hojas del libro.

Entonces lo encontró... me miró de nuevo con atención y después a la figura que se veía impresa en el papel.

En su rostro volvió a aparecer la expresión que yo suponía era de alegría...

¡Y lo era! Viró el cuaderno para enseñarme la figura.

Y allí estaba: Plasmado en un lindo dibujo se encontraba uno de mis antepasados.

¡Por fin! ¡Me había reconocido! ¡Me había reconocido!. Sabía quien era yo y para qué había venido... para llevármelo, para cuidarlo, para velar por él y por los de su especie.

Brinqué de contento y sin pensarlo comencé a lamerlo y lengüetearlo como después supe que lo hacíamos antes, - y casi - casi me revolqué de felicidad sobre él.

Abajo de la figura de mi antepasado, años después lo supe, venía escrito en caracteres humanos la palabra PERRITO.

FIN