UNA PASTILLA... DOS PASTILLAS

 

 

Parece mentira pero así es. Cuando María del Sol se enferma, la Gata Nata también. Si la niña está resfriada, con dolor de cabeza o simplemente indispuesta, la Gata Nata maúlla como loca, se arrastra por el suelo y no prueba la leche de su platico.

Entonces mamá llama al doctor de niños:

– Aló, doctor, la niña se siente mal. No, no tiene fiebre; no, doctor, tampoco tiene tos. Está decaída y no quiere comer nada. ¿Una pastilla de qué?... Ah, sí,... Ya lo anoté... Cada seis horas... Sí, doctor. Bueno, doctor. Muchas gracias. Buenas noches, doctor.

Después mamá llama al doctor de gatos:

– Aló, doctor, la gata está enferma. No, no sé lo que le pasa. Lleva dos días sin comer y se pasa el tiempo tirada en un sillón. ¡Ella que es tan alegre! Sí, sí... Muy bien... una pastilla cada seis horas... Yo le aviso cómo sigue la gatica... Muchas gracias, doctor. Buenas noches.

Mamá consiente a María del Sol,... y a la Gata Nata también. Una caricia por aquí, otra caricia por allá y todas tres, en la cama grande, parecen sentirse mejor.

Mejor,... hasta la hora de tomar las pastillas. La pastilla de María del Sol es redonda, grande y amarilla. La pastilla de la Gata Nata es cuadrada, pequeña y rosada. Mamá comienza con María del Sol.

– María, linda, mira que pastilla más bonita. ¡Debe ser deliciosa!

– Yo no me puedo tragar esa pastilla tan grande –dice María del Sol.

– Nena, por favor. El doctor dijo que te ibas a poner buenita.

– Yo no me la puedo tragar –dice María del Sol.

– Mi chiquita, prueba con jugo de naranja. Mira, cuando estés bien, te llevo al parque para que montes en columpio.

– Yo no quiero –dice María del Sol.

Mamá intenta con la Gata Nata.

– A ver, Natica, vamos a darle buen ejemplo a María del Sol. Tú sí te vas a portar bien y te vas a tomar la pastilla.

La Gata Nata no abre la boca. Se voltea para un lado y sigue durmiendo. – Gatita bonita. Yo te ayudo a tomarte la pastilla. A ver, abre la boca y toma un poquito de leche.

La Gata Nata no abre la boca. Se levanta y camina perezosa hasta la otra esquina de la cama. Estira todo el cuerpo, se vuelve una bolita y sigue durmiendo.

– Nata, Natica. Abre la boca y trágate la pastilla. Mira que ya me estoy poniendo muy brava.

Y mamá atrapa a la Gata Nata, le abre la boca a la fuerza y empuja la pastilla con el dedo.

La Gata Nata maúlla, pega un brinco y se esconde debajo de las cobijas.

Mamá intenta otra vez con María del Sol.

– Ves, María, la gata se tragó su pastilla. Ahora te toca a ti.

Y mamá atrapa a María del Sol, le abre la boca a la fuerza y empuja la pastilla con el dedo.

María del Sol patalea y se esconde debajo de las cobijas.

– Por fin –dice mamá–. Si los doctores supieran lo difícil que es cuidar a estas criaturitas.

 Seguro que los doctores no tienen ni niñas ni gatas.

Mamá se va a la cocina. María del Sol y la Gata Nata se acomodan bien en la cama y duermen tranquilas toda la noche.

Por la mañana, María del Sol y la Gata Nata amanecen muy bien. Desayunan leche y pan y salen a jugar al jardín. Mamá está contenta de verlas curadas y va de cuarto en cuarto arreglando la casa.

En el cuarto de María del Sol, mamá dobla la piyama, quita las cobijas, estira las sábanas.

De pronto,... debajo de la almohada, encuentra una pastilla redonda, grande y amarilla. Al lado de esa pastilla, encuentra otra cuadrada, pequeña y rosada.

– Menos mal que no se tragaron las pastillas –suspira mamá–. Por un momento creí que se las habían tomado al revés. –Después recoge las dos pastillas, las bota y termina de tender la cama.

 

Irene Vasco – Colombia