El
Principito que no crecía (Autor: Luis Toral Moreno)
Por ahí en un rincón de los Balcanes,
existían dos minúsculos reinos. No por minúsculos eran despreciables, pues
tenían todo lo necesario para poder llamarse reinos: una ciudad muy limpia
provista de jardines y mercados y, por supuesto, de un magnífico palacio real
rodeado por su correspondiente parque; poseían fecundos campos de cultivo,
frondosos bosques, granjas alegres, manantiales, ríos, lagos, etc. Lo notable
era sobre todo la felicidad de sus habitantes, porque no existía riqueza
ostentosa ni extrema pobreza sino que, quien más quien menos, todos los súbditos
contaban con medios de vida suficientes. Esto se debía, naturalmente, a que los
dos reyes se preocupaban por el bienestar de la población y no exigían más
impuestos que los necesarios para los servicios públicos y para sostener una
corte digna sin dispendios exagerados. El clima era muy agradable: no hacía ni
calor ni frío excesivo, llovía lo necesario pero moderadamente y los días
eran soleados también moderadamente. No sé si antiguamente las cosas no eran
así, si llovía mucho en un reino y había demasiados días de sol en el otro,
lo cierto es que desde tiempo inmemorial uno de los reinos se llamaba
Paraguastria y el otro se llamaba Sombrillonia. El rey de Paraguastria se
llamaba Wilardo y la reina Rosigenia y el rey de Sombrillonia se llamaba
Fernesto y la reina Meridiana. Y sucedió que, en un mismo día, a los reyes de
Paraguastria les envió Dios un hijo y a los reyes de Sombrillonia una hija. Los
dos pares estaban contentísimos y se felicitaron mutuamente por tan fausto
acontecimiento. Inmediatamente se pusieron de acuerdo para que esa fecha se
declarara día de fiesta nacional en ambos reinos y fuera ocasión de festejos
populares todos los años. Ellos por su parte se comprometieron a celebrar
juntos y muy solemnemente el bautizo de los dos infantes y a celebrar una
apropiada fiesta cada año en el aniversario. Con la aprobación de sus consejos
de ministros redactaron y firmaron un tratado por el cual convenían en que al
cumplir los príncipes los dieciocho años se unirían en matrimonio y previa
abdicación voluntaria de los respectivos mayores juntos gobernaría un reino ya
unido. La fusión de los recursos de ambos reinos aumentaría el bienestar de
los ya felices súbditos. Desde luego, sin menoscabo del decoro de la realeza,
habría un considerable ahorro si era una sola corte y no dos. Sin necesidad de
grandes gastos se harían pequeñas modificaciones, para seguir la tradición de
que cada rey tiene que hacerle algo a su palacio para justificar la
correspondiente placa en bronce o en mármol en que conste ese hecho y sirva
cuando menos de para que las generaciones futuras sepan que existió el tal rey,
y uno de los palacios se llamaría en lo sucesivo Palacio de Verano y el otro
Palacio de Invierno. Además, un punto verdaderamente trascendental: hacía
mucho tiempo que, pese a que por patriotismo no querían confesarlo, les apenaba
que en el extranjero consideraran ridículos los nombres de esos reinos. Por
eso, en el tratado se estatuyó, después de graves discusiones grandes y
elocuentes alegatos en pro y en contra, que el reino unido tuviera un nombre
también unido que, aceptado por una apretada mayoría de votos y considerado
como el más eufónico (el autor del cuento acepta lo de más eufónico sin dar
su opinión personal), resultó ser el de Somparlandia. Con toda solemnidad se
celebró, a los pocos días de los nacimientos, el bautizo de los principitos.
Asistieron a él todos los reyes de los países vecinos y, como es de rigor en
todos los cuentos, las hadas (benéficas y maléficas) de los alrededores: las
buenas para que llenaran de bendiciones a los recién nacidos y las malas para
que prometieran guardarse sus maleficios para otras gentes. Hubo naturalmente
verbenas populares, bailes folklóricos, juegos pirotécnicos y no agrego
corridas de toros porque a la mejor nunca se han usado ni en Paraguastria ni en
Sombrillonia. Previo resultado de la votación de padres y parientes y con la
aprobación de las hadas presentes, recibieron los principitos el nombre de
Ludovico y de Laurencia respectivamente. Como hasta en esos dos felices reinos
corre veloz el tiempo, llegó el primer cumpleaños y tanto en las cortes como
en todo lo largo y ancho de los reinos se celebró con mucho entusiasmo.
Transcurrió otro año y vino el segundo cumpleaños y de nuevo hubo muy grandes
fiestas para celebrarlo. Los dos niños crecían hermosos y robustos y daban
precoces muestras de inteligencia y de agilidad. Tanto a uno como a otra se les
dio a apagar las dos velitas del magnífico pastel de aniversario y uno y otra
lo apagaron al primer soplido son estruendosos aplausos de los lambiscones
cortesanos. Al llegar el tercer cumpleaños todo mundo notó que la niña se veía
más crecida que el niño, pero ni los reyes ni los cortesanos se atrevieron a
pronunciar ningún comentario al respecto, por miedo de que hubiera resquemores
y malas interpretaciones, ya que (como dice el dicho) todas las comparaciones
son odiosas. Los papás del niño se consolaron con la esperanza de que en el
curso del año se desarrollara más y se igualara en crecimiento a la niña.
Pero llegó el cuarto cumpleaños. Ya no había duda de que el niño era un niño
biendado para tener dos años pero muy chiquito para cuatro. Las dos parejas de
reyes empezaron a preocuparse por el asunto, pero no por eso dejaron de festejar
el aniversario como de costumbre. Al llegar el quinto cumpleaños y ver que el
niño seguía siendo un robusto niño de dos años pero de ahí no pasaba,
consultaron los papás a médicos y hechiceros y todos estuvieron de acuerdo en
que tenía que estar embrujado el principito y que había que averiguar quién
era la autora de ese maleficio y mediante súplicas o amenazas obligarla a que
deshiciera el embrujo. Les llegó a los reyes el chisme de que la hada
Pestiverde había estado corriendo la noticia de que no la habían invitado al
bautizo de los principitos y ella en venganza haría algo en contra de ellos
pero que nunca dijo qué iba a hacer, y ahora resultaba que la tal hada había
muerto hacía unos dos años y por lo tanto no había manera de comunicarse con
ella. Siempre se ha dicho que las hadas y las brujas son inmortales y los reyes
no creyeron en la muerte de Pestiverde, pero el hada madrina del niño los confió
en secreto que realmente se mueren las hadas y las brujas aunque sea después de
varios siglos, y para que le creyeran les hizo ver que como a diario o casi a
diario nace una hadita o una brujita, si nunca se murieran las más viejas, ya
habría para estas fechas más hadas y brujas que gentes. A mí me parece muy
convincente esa aseveración. La misma hada les recomendó que tuvieran
paciencia, al cabo todavía faltaban trece años para que los príncipes
cumplieran los dieciocho y se pudiera realizar el proyectado matrimonio; que
siguieran llamando a todos los magos y hechiceros de los países vecinos a ver
si alguno de ellos conocía un método de deshacer el embrujo que impedía el
crecimiento normal de Ludovico; que ella había recorrido todos sus diccionarios
y manuales (que eran de lo mejorcito) y no había encontrado ningún remedio
apropiado. Así fueron pasando los años y venían unos y otros magos y
ensayaban remedios y ensalmos, pastillas, polvos y pociones, baños, ungüentos
y pomadas sin ningún resultado. Cuando faltaba ya menos de dos años para que
se cumplieran los dieciocho, los dos reyes llegaron a la conclusión de que había
que recurrir a medidas extraordinarias para salir de ese atolladero, porque ese
feo nombre merecía la perspectiva de que, como el tratado exigía que se
casaran Ludovico y Laurencia y fueran desde luego coronados como reyes, en la
coronación y en todas las demás ceremonias palaciegas iba a tener Su Majestad
la Reina Doña Laurencia que ir, no del brazo de su esposo el poderoso Rey Don
Ludovico, sino llevando de la mano a un chamaco latoso de dos años. Decidieron,
pues, poner anuncios en los principales periódicos y revistas de todo el mundo
que dijeran más o menos así: "Los reyes de Paraguastria y Sombrillonia
pagaran MIL monedas de oro a la persona que logre desencantar al Príncipe
Ludovico. Para mayores informes comunicarse al Real Palacio de Paraguastria. Es
muy urgente". (Naturalmente el anuncio de Guadalajara salió en "El
Informador"). Un joven de quince años, Pablo Juan, vecino nuestro, leyó
el anuncio y se propuso ganarse las mil monedas. Recordó que en la Avenida de
las Américas vivía un individuo de unos cincuenta años que decía que de
joven había ejercido como mago; pero que como ya ahora nadie creía en
fantasmas, aparecidos, esqueletos que se pasean de noche encadenados, etc., y
menos en encantamientos, había dejado el oficio y tenía un negocito de papelería
la que iban todos los niños de la colonia porque daba muy buenos precios (y muy
buen trato) y no cobraba el IVA. Nadie sabía su nombre, porque todos le decían
de cariño "Joroncho". Pablo Juan, después de recibir de Paraguastria
detalles completos del asunto fue a la tiendita de Jarocho y le expuso el
negocio. Jarocho pidió una semana de plazo para estudiar sus libros de magia y
ver si encontraba una solución al problema. Pablo Juan regresó puntualmente a
la semana y Joroncho le informó que Ludovico era muy afortunado porque
exactamente era el único tiempo oportuno para iniciar el procedimiento mágico
que después de muchas noches de estudio había encontrado Joroncho, si no se
practicaba desde luego se necesitaría esperar ciento veintitrés años y medio
para que se presentara un período favorable. Probablemente para reponerse de lo
que no había ganado en los años anteriores, nuestro buen mago le dijo a
nuestro amiguito que estaba dispuesto a comunicarle el secreto mediante el pago
muy modesto de novecientas noventa y nueve monedas de oro, y eso por tratarse de
que eran muy buenos amigos. Más que caro le pareció el precio a Pablo Juan,
pero Joroncho no quiso rebajar ni una moneda y le sugirió a Pablo Juan que le
explicara al rey cuánto le costaba el secreto y le pidiera que le aumentara el
premio con otras mil monedas. Pablo Juan aceptó y recibió en un sobre cerrado
y lacrado el remedio secreto con las instrucciones de que no lo abriera sino
hasta que los reyes hubieran aceptado el nuevo precio. Resuelta esta parte del
problema quedaba para Pablo Juan otro obstáculo: no tenía dinero para el viaje
en avión a Paraguastria. Pero él era muy audaz y no se detenía ante nada;
inmediatamente fue a una buena agencia de viajes (que se la saben de todas
todas, y no digo el nombre para que las otras no se disgusten porque hay muchas
muy buenas), les explicó muy elocuentemente el asunto y consiguió que le
fiaran el importe del pasaje aéreo de ida y vuelta para ser pagado a su regreso
después de haber logrado que quedara desencantado Ludovico. Y ya tenemos a
Pablo Juan en el palacio real de Paraguastria en presencia de los reyes; padres
presentes y suegros futuros de Ludovico, con su sobre cerrado en la mano. Volvió
a ser buen empleo de su elocuencia y logró que los reyes aceptaran las nuevas
condiciones. Abrieron el sobre y encontraron dentro un papel y otro sobre
cerrado. En el papel venía escrito lo que se debía hacer por lo pronto y decía
que al terminar eso se podía abrir el otro sobre; que era cuestión de
paciencia, la cual no les debería faltar después de tantos años de espera y
fracasos; que el mago estaba seguro de que se lograría el remedio puesto que su
libro lo garantizaba si se cumplían las condiciones prescritas, y que en último
caso ni Joroncho ni Pablo Juan recibirían ni un solo centavo. La receta parecía
muy sencilla: Cada mes, el día de la luna llena, recórtensele al niño con
todo cuidado las uñas de las manos y de los pies; guárdense con más cuidado
todavía los recortes en un pomo vacío de 200 gramos de café en polvo (no se
pone la marca por que ignoramos el nombre que en esos reinos le haya dado a su
producto la transnacional que allí lo esté fabricando); cuando se haya
procedido en esa forma por doce lunas seguidas, no antes, ábrase el segundo
sobre. Algunos de los ministros (y, por supuesto, muchos de los hechiceros)
presentes aconsejaron a los reyes que no hicieran caso de la receta; pero Pablo
Juan, tan listo como siempre, hizo notar que ya no se podían hacer para atrás
por que habían aceptado las condiciones antes de abrir el sobre. Así es que al
llegar la primera luna llena se comenzó a llevar a cabo el procedimiento. Pablo
Juan siempre estaba presente oportunamente para cerciorarse de que se hacía
todo en debida regla y que ni el menor pedacito de uña dejaba de guardarse. Al
completarse las doce lunas, se procedió a abrir con toda prisa el segundo
sobre. Decía así: A las seis de la tarde del día de la próxima luna llena,
muélanse en un mortero de porcelana blanca las recortaduras de uña y el azúcar
que sea necesario; en un biberón (o en la forma en que se acostumbre darle su
alimento al niño) póngase esta deliciosa poción y désele al niño. En un
cuarto de temperatura cómoda, póngase en el suelo un colchón de tamaño para
adulto con la ropa de cama necesaria; acuéstese al niño y cuando se haya
dormido déjesele bien encerrado en el cuarto; por lo que pueda suceder, suplíquele
al hada madrina que pase esa noche con el niño a las siete y veintinueve de la
mañana los reyes ( acompañados de todas de las personas que ellos lo permitan)
abrirán la puerta del cuarto y tendrán el gran placer de ver al príncipe
Ludovico en un apuesto joven de alrededor de dieciocho años. Felicidades.
Cuando llegó el día de la luna llena se realizó con toda minuciosidad lo
prescrito en la receta, y después de dejar bien dormidito al niño cerraron
cuidadosamente la puerta del cuarto y todo mundo se retiró a esperar la hora señalada.
Llegó por fin esa hora y una gran comitiva, encabezada por los reyes y por
supuesto Pablo Juan, se presentó a la puerta del ya famoso cuarto (Bueno, si no
era famoso, ahora lo es: a todos los turistas llevan a que conozcan el cuarto
del desencantamiento en el Palacio de Verano); el primer ministro abrió la
puerta y ¡oh desencanto! (porque parece que hubo desencanto en vez de
desencantamiento): La cama estaba vacía y no aparecía por ningún lado el
principito. Los hechiceros presentes se regocijaron grandemente con el fracaso y
le sugirieron al rey que desde luego ordenara que echaran en aceite hirviendo a
Pablo Juan en castigo de su burla. Para que los lectores se tranquilicen, me
apresuro a darles la explicación de lo ocurrido: A las doce de la noche (
recuerden que es la hora clásica de todos los cuentos ) se realizó con toda
felicidad el desencantamiento y Ludovico creció de un jalón lo necesario para
quedar convertido en el lozano joven que debía ser; pero hubo una pequeña
falla en la receta: se olvidó advertir que deberían haber dejado en el cuarto
ropa del tamaño y calidad apropiados para el príncipe. Al crecer
repentinamente hizo garras su ropita, y ahora y ahora estaba muy galán pero en
harapos y prácticamente encuerado. Al darse cuenta se puso tristísimo porque
habría sido desastroso que apareciera así ante toda la corte cuando se abriera
la puerta. Afortunadamente allí estaba el hada madrina, que dijo lo único que
podría hacer en ese momento era convertir en pulga a Ludovico; que cuando
llegara el rey se le subiera a una oreja y allí en secreto le contara lo
sucedido y le propusiera que ordenara poner en el cuarto la ropa necesaria, que
volvieran a cerrar el cuarto y regresaran al día siguiente a la hora señalada
en la receta, que ya a media noche el hada madrina habría podido volver a
convertirlo en príncipe. Claro que el rey, además de estar desolado por la
desaparición de Ludovico, se puso furioso contra Pablo Juan y estaba inclinado
a condenarlo al suplicio que recetaban los hechiceros; pero en ese momento oyó
una vocecita en su oreja derecha. "Soy Ludovico", dijo la vocecita y
le contó todo lo sucedido. El rey no dio explicaciones, (cosa que les gusta
mucho hacer a todos los reyes y también a todos los dictadores, dictadorzuelos,
líderes y liderzuelos que padecemos en muchas partes del mundo) y ordenó que
trajeran al cuarto ropa apropiada para que se vistiera el príncipe, lo que por
descuido no se había hecho; que el príncipe estaba escondido quién sabe donde
porque quería presentarse con toda elegancia; que volvieran a cerrar la puerta
y que regresarían al día siguiente a la misma hora. Con más solemnidad y
entusiasmo ( y claro que con más curiosidad) se presentaron los reyes y su
comitiva ante la puerta del cuarto; el primer ministro hizo girar la llave en la
cerradura con toda prosopopeya, y al abrirse la puerta apareció el príncipe
Ludovico, un esbelto joven luciendo con elegancia la lujosa ropa correspondiente
a su linaje y estado. Estaba tan apuesto que todo mundo se quedó admirado y
prorrumpió en estruendoso aplauso de bienvenida. La princesa Laurencia quedó
al verlo perdidamente enamorada; de modo que desde luego lo aceptó como esposo
sin necesidad de que los fueran a obligar porque así estaba estipulado en el
tratado de marras. Como ya está resultando demasiado largo este cuento, lo
terminaremos en la forma rutinaria. Se casaron, fueron muy felices, tuvieron
hijos, fueron muy buenos reyes. Y colorín colorado. Si hacen un viaje por esa
parte de Europa, no dejen de visitar el hermoso reino de Somparlandia. Según he
sabido, siguen siendo muy felices porque no son ni capitalistas ni comunistas
sino todo lo contrario (como dicen que dijo un personaje que todos conocen). No
recuerdo quien me reclamó que se tiene que saber qué fin tuvo la aventura de
Pablo Juan. Bueno, recibió su premio completito, dos mil monedas de oro. Además,
los reyes lo invitaron a que se quedara y se nacionalizar paraguastríaco, e
insinuaron que era muy posible que, como había demostrado ser tan listo,
llegara a ser Ministro de Desencantamientos y le dieron el título de conde para
que todo mundo lo tratara de Su Excelencia. Pero él es muy patriota y piensa,
como todos nosotros, que como México no hay dos. Regresó, le pagó lo que debía
a la agencia de viajes, le pagó sus novecientos noventa y nueve monedas a
Joroncho. Se propone seguir la carrera de diplomático. Es lo único que se debe
publicar. Nunca nos debemos meter en la vida privada de nadie. FIN