EL PRINCIPE ELOY
Autora: Harmonie Botella
El príncipe Eloy vivía con sus padres en un grandioso palacio de oro
a unas millas de un pueblo llamado Anhelo. Eloy era un lindo niño de ocho años
de edad rodeado por una inmensa servidumbre y unos padres deseosos de cumplir
todos sus deseos.
Por las mañanas, cuando se levantaba,
Estela, su nodriza, le preparaba un baño caliente con la leche de las
cabras recién ordeñadas por los pastores del pueblo. El baño acabado, Estela
le perfumaba con las más exquisitas esencias traídas del lejano oriente.
Para su desayuno, los criados disponían siempre, en la gran y
solitaria mesa del palacio, un surtido de pastas y frutas exoticas
que los mercaderes aportaban de países muy alejados.
Apenas, acababa su desayuno, acudían sus profesores particulares hasta
la hora del almuerzo. Le enseñaban literatura, matemáticas, historia, música...
Eloy era el príncipe más culto que se pudiese conocer. Hablaba de política,
de geografía con los ilustres invitados que visitaban a sus padres, o
con los nobles de la región que se instalaban en palacio durante las
cacerías organizadas en otoño. La nobleza admiraba a este joven príncipe tan
ilustrado, y veía ya en él el futuro monarca que reinaría sobre el país.
A pesar de los sentimientos que Eloy despertaba en la mayoría de los
adultos, era triste y altivo a la
vez. No compartía sus juegos con ningún niño ya que sus padres consideraban
que el infante no podía mezclarse con los jovencitos que vivían en el pueblo
de Anhelo. Eran demasiado pobres, rústicos y torpes para entrar a palacio.
Eloy, por lo tanto, se educó sin la presencia de niños de su edad.
Creía que el mundo estaba solo compuesto por adultos, clasificados en príncipes
o criados. Los muros de oro del
palacio le impedían ver los tejados de paja de los vecinos de Anhelo. Su visión
del planeta se limitaba a lo que sus profesores le enseñaban.
El día de su cumpleaños, sus padres, los reyes, invitaron a toda la
nobleza del país a participar a un descomunal festín en los jardines del
palacio. Fuentes y fuentes de delicados manjares estaban repartidas por todas
las esquinas del jardín. La afluencia de invitados era tan importante que la
presencia del principito pasó desapercibida.
Eloy aprovechó el descuido de Estela, su nodriza, para acercarse a las
aguas del río que delimitaban el palacio de sus padres. Se quitó la ropa
bordada de pedrerías que llevaba,
se tumbó y escuchó el dulce
cantar de los pájaros. Poco a poco se quedó dormido. Cuando se despertó el
sol ya se había escondido detrás
de los montes. Tuvo frío y quiso vestirse... más su ropa había desaparecido.
Después de haber buscado su traje sin ningún resultado, decidió emprender
camino hacia palacio.
Anduvo horas y horas en la oscuridad del parque. Fatigado por tantas
idas y vueltas, se sentó al pie de un árbol esperando que amaneciese.
Unas risas infantiles le despertaron a la mañana siguiente. Pavorido,
se dio cuenta que estaba rodeado
por unos seres minúsculos y horrendos. Se frotó los ojos y se percató que
estos seres tan pequeños eran unos niños de su misma edad. Su mente tenía
dificultad para admitir que el mundo constaba de personas que no fueran adultos.
Los niños se rieron de su asombro y le preguntaron su nombre y de dónde
procedía. Eloy contestó:
-“ Soy el príncipe Eloy y vivo en el castillo de oro con mis padres
y mi servidumbre. Me perdí ayer durante la fiesta de mi cumpleaños y me gustaría
regresar a casa”.
Los niños volvieron a reír. No podía ser príncipe. Solo llevaba
una camiseta y unos calzoncillos manchados de tierra. Eloy, oyendo sus
sarcasmos, empezó a llorar. ¿ Qué iba ser de él, lejos de su familia y de su
palacio dorado?
Gaspar, el más joven del
grupo, propuso conducir a Eloy al
pueblecito de Anhelo. Los mayores tendrían alguna idea de quien podría ser
este jovenzuelo y decidirían que se haría con él.
Cuando llegaron al pueblo
de Anhelo se percataron que no había ningún adulto. Todos habían
desaparecido. Lo que no sabían es que el rey les había pedido que ayudarán al
ejercito real a encontrar al príncipe.
Los niños
se las arreglaron para vestir a Eloy con un pantalón viejo y una camisa
de franela. Buscaron restos de comida de la víspera. La sopa de col era el
mejor manjar del pueblo y se lo ofrecieron con gran generosidad.
Enseguida empezaron a brotar los chistes, las historietas, los juegos.
Eloy se quedó tan maravillado que olvidó por completo a sus padres. Era la
primera vez que jugaba con niños de su edad.
Gaspar notó que, aquel nuevo amigo, era muy torpe. No conocía los
juegos ni las canciones más populares de los pueblecitos. Así que le prestó
ayuda a lo largo del día para que se adaptara completamente al nuevo grupo de
amistades que acababa de conocer.
Eloy disfrutó de un día inusitado, lleno de alegría y de compañerismo.
Notó que sus amigos vestían mal y que no tenían ningún juguete. Se percató
además que las viviendas donde
moraban, eran de una pobreza inquietante. Pasaba el aire a través de las
paredes. La escasez de muebles y utensilios le hicieron reflexionar.
Eloy poseía cuanto quería. Sólo tenía que abrir la boca para que le
trajesen lo que deseaba y sin embargo estos nuevos amiguitos no tenían ni cama
para acostarse. No entendía que algunos como él fuesen tan ricos y otros, como
los vecinos de Anhelo, no poseyeran nada.
Al caer la noche, los padres de sus nuevos compañeros de juego
regresaron al pueblo. Era tan tarde que se acostaron todos... olvidando
presentar Eloy a los adultos.
Gaspar que vivía con su hermana en una de las chozas de Anhelo propuso
a Eloy compartir con él su hogar. Le dejó la única manta que había en casa
para que no cogiera frío.
Y pasaron los días sin que nadie, de entre los adultos, notará la
presencia de este nuevo vecino. Eloy iba adaptándose
a esta nueva forma de vida tan precaria ansiando sin embargo la presencia de sus
padres.
Viendo que Eloy estaba cada día más triste, Gaspar le propuso ir a
hablar con los ancianos del pueblo. Cuando el príncipe contó su historia, los
mayores se echaron las manos a la cabeza. Este era el niño perdido que se
estaba buscando en todo el reino.
Enseguida lo subieron en un viejo carruaje y se lo llevaron a palacio
donde sus padres le esperan ansiosamente.
Eloy reemprendió su rutina diaria con una considerable huella de
desconsuelo en sus ojos. Había vuelto a encontrarse con sus padres pero había
perdido a sus amiguitos que vivían en una extrema pobreza, a unas pocas millas
del castillo de oro.
Los reyes, al comprobar la profunda aflicción de su hijo, compraron
miles de juguetes y al ver que el pequeño seguía tan triste acudieron a
consultar con los magos del reinado. Estos declararon a los reyes que Eloy sólo
necesitaba la compañía de sus amiguitos y saber además que algún día su
suerte cambiaría y que acabaría
para ellos este estado de pobreza permanente.
Los padres del joven príncipe se dieron cuenta de lo injustos que habían
sido hasta entonces. Ellos vivían en la opulencia mientras sus súbditos
pasaban calamidades para sobrevivir. Quisieron remediar
la situación y construyeron casitas con jardines para todas las
familias, crearon talleres, tiendas, compraron herramientas para que todos los
padres pudiesen trabajar y alimentar correctamente a sus hijos.
Los niños del pueblecito pudieron entrar a palacio para jugar
con Eloy y este último obtuvo el permiso de ir a Anhelo cuantas veces lo
deseara para distraerse con sus amigos.
Entre Eloy y Gaspar nació
una profunda amistad que perduró toda la vida. Cuando fueron mayores y Eloy fue
coronado rey, nombró a su amigo Canciller de la Paz, Igualdad y Amistad. Su
misión fue de asegurarse que todos los vecinos vivieran en buenas condiciones y
que todos los niños pudiesen relacionarse cual fuera su condición económica.
Gracias a Eloy y a Gaspar todos los niños y niñas del reinado fueron
felices.