La tierra del Miedo
Recorrió
un buen trecho, sin plantearse la necesidad de comer o beber, cuando reparó en
que el paisaje que la rodeaba había cambiado. Ya no era gris piedra sino
blanco, como el hielo. En su reino no existían ni el calor ni el frío, no había
cambios de estación, pero ahora se
sentía temblorosa y agarrotada. De pronto, observó a una bandada de pájaros
en actitud de huida. El aire silbaba, las ramas crujían… se echó a reír.
-
¡Silencio! – gritó una anciana, que la había espiado escondida entre
los arbustos- ¡me sobresaltas! ¿Es que quieres acabar conmigo?
-
No- respondió la princesa, lacónica - ¿Hay hombres por aquí?-
La
anciana la miró de arriba a abajo. La princesa estaba cubierta con una fina túnica
y algo que recordaba a una piel de zorro.
-
Necesitas comer y abrigarte. Ven conmigo, insensata-
La
anciana la condujo a una confortable casa de piedra con su establo en la que
ella y su montura se sintieron inmediatamente más reconfortados. Allí comieron
en silencio… hasta que la princesa sintió curiosidad:
-
¿Cómo se llama este lugar?
-
Nos conocen como “Reino del Miedo”. Poco halagador.
-
¿Por qué?
-
Una vez entramos en guerra… y el Miedo nos venció- relató- ahora
nunca miramos a nadie a los ojos, nunca confiamos en los demás, nunca abrimos
las puertas de nuestras casas…
-
¿Y qué hago yo aquí? – preguntó la princesa, sorprendida.
-
Eres una excepción en mi vida… ¿Buscas a un hombre en concreto?
-
No sé quién es; pero busco al hombre que habrá de acompañarme a mi
reino-
La
anciana la miró.
-
¿Cómo se llama tu tierra?
-
Olvido.
-
Pues hazme caso; pasa la noche en mi casa y mañana, cuando te
despiertes, te vas a la plaza del pueblo y preguntas si hay algún hombre que te
quiera acompañar a Olvido.
-
Bien- contestó, sin percibir la ironía en la voz de la anciana.
A
la mañana siguiente, antes de salir, la anciana le preparó un pequeño hatillo
y la advirtió de algunas cosas.
-
No digo que no viajes a la aventura, porque evitarías la oportunidad de
que la vida te salga al paso, pero es conveniente que seas precavida porque la
mano de la vida no siempre es benéfica… llévate un par de mantas, algo de
comida y algunas mudas que pertenecieron a mi nieta…
-
¿Qué le pasó a su nieta?- se interesó la princesa.
-
El Miedo caló su alma y acabó aterrada hasta por el más simple de los
actos… no comía por temor a atragantarse, no salía de casa por temor a ser
asaltada, no hablaba por miedo a equivocarse y, como suele suceder aquí, un
buen día desapareció; consumida por el terror-
La
princesa asintió, con seriedad y, sin más despedida, partió.
La
plaza no andaba demasiado lejos. Era el centro de la aldea. Observó que la
gente solía caminar a grandes zancadas, como huyendo, aunque no vieran a nadie.
En Olvido ella jamás había sentido la necesidad de huir.
Cuando
llegó a la plaza, vio que los aldeanos intentaban no mirarla y hablar entre
ellos, fingiendo que ella no existía… pero ella estaba allí
-
¡Buenos días, aldeanos! – saludó- Busco un hombre que quiera acompañarme
hasta Olvido.-
Sólo
un muchacho adolescente se atrevió a hablar.
-
¿Olvido es un reino? ¿Cómo se va allí?
-
Retrocediendo.
-
¿Y qué se pierde por ir? No me gusta el nombre – dijo, antes de salir
corriendo.
Ella
siguió insistiendo.
-
¿Hay algún hombre aquí que desee acompañarme hasta Olvido?-
Se
hizo el silencio… hasta que habló un señor de gran corpulencia, posiblemente
el herrero.
-
Montas a caballo. Aquí ninguna mujer monta a caballo. Viajas. Aquí
nadie viaja. Hablas con quien no conoces como si tal cosa; eso es de mala
educación. Quieres arrebatarle un hombre a nuestra aldea; te aseguro que nadie
quiere irse de aquí… y, encima, tu nariz es grande… ¡jamás seguiría a
una mujer con una nariz de ese tamaño!-
Lo
vitorearon. La princesa permaneció impasible.
-
Me han contado que hay gente tan asustada que desaparece del mundo, sin más…
en cuanto a mi nariz – rió estruendosamente- jamás he visto mi cara, no debe
ser muy importante-
Silencio.
Nadie dijo nada. A la princesa se le ocurrió que también debían temerle a la
risa.
-
Si un día os atrevéis, cerrad los ojos. Veréis una infinita oscuridad.
Eso es lo que vemos cuando nos miramos por dentro; lo que aparece cuando nos
rendimos al sueño; lo que nos acompaña cuando nos encuentra la Muerte. Todos
llevamos en nuestro interior esa oscuridad… sea como sea nuestra nariz-
Y
se marchó, convencida de que ninguno de aquellos hombres le interesaba. “Tal
vez”- se dijo- “ni siquiera sean capaces de dormir… sentir tanto miedo
debe ser agotador”.
Así
que siguió recorriendo la vía principal, dispuesta a internarse pronto en el
bosque helado y salir de la aldea.
De
pronto, le salió al paso un hombre extrañamente ataviado. Ella no gritó al
verlo, sólo preguntó: “¿Tú eres un hombre? ¿Qué es tu indumentaria?”
-
Soy un guerrero. Me cubre una armadura, para protegerme, y llevo además
un escudo, una espada, un arco y flechas.
-
Tienes mucho miedo a que te ataquen.
-
¡Yo no tengo miedo!- gritó- ¡Soy
un guerrero!
-
Debe costarte mucho trabajo caminar- reflexionó la princesa- con tanto
peso encima-
El
guerrero mostró una franca sonrisa.
-
Nosotros somos fuertes y muy valientes.
-
Supongo- propuso ella- que me acompañarás hasta el Reino del Olvido.
-
¡Claro! – se alegró el caballero- Iré allá donde tan bella dama
quiera enviarme-
La
princesa rió, muy divertida.
-
¿Bella? Hace poco un aldeano me ha acusado de tener una nariz demasiado
grande… pero me da lo mismo ser bella o tener la nariz grande… - y se detuvo
un instante, recordando algo… - Valiente guerrero, ¿tú duermes?
-
¡No te preocupes, gentil dama! Dormiré con un ojo abierto y otro
cerrado, dispuesto a defenderte.
-
Eso no puede ser sano – comentó la princesa, algo preocupada.
Pero
se dispusieron, inmediatamente, a caminar hacia Olvido. La princesa se sentía
desconcertada; si defender a una dama era el motivo de existir del caballero,
ella debería velar por su salud…
Caía
ya el sol cuando un dragón sobrevoló los cielos. Ella admiró al poderoso ser.
Seguía la misma orientación que aquella bandada de pájaros con la que se había
encontrado el día anterior.
El
guerrero, temblando como una hoja, preparó su arco.
-
¡Escóndete, hermosa!- apeló, nervioso.
-
¿Por qué? Disfruto contemplando a ese animal.
-
¡Voy a atacarle!- la urgió, con el arco en las manos- ¡Estamos en
peligro! ¡Ponte a cubierto!
-
¿Atacarle? – se alarmó la princesa - ¿Y qué te ha hecho?
-
¡Es un dragón! ¡Escupe fuego!
-
Pues no le ataques- razonó ella, imperturbable- y no deberá defenderse-
Mientras
ellos hablaban, el dragón se había alejado de allí. La princesa se dio
cuenta.
-
¿Ves?
-
Pero, princesa, el peligro no ha pasado. Debemos seguirle y matarlo… es
muy peligroso, entiéndelo, capaz de achicharrar a quien encuentre en su camino.
¿Imaginas que atacara tu pueblo?-
La
princesa rió y su risa desagradó al guerrero.
-
No creo que el dragón ataque si no es provocado… además, nada queda
capaz de arder en Olvido. Mi pueblo es de piedra y ceniza-
“Y
nada por lo que luchar” – reflexionó el guerrero- “salvo tú misma”.
Cada vez se sentía menos deseoso de acompañarla. Junto a ella se sentía inútil
y despreciado, cuando tantas otras habrían dado un brazo por ser escoltadas por
alguien como él.
Siguieron
caminando. Ella reparó en que él debía sentirse muy cansado, ya que iba a
pie.
-
¿Quieres montar un rato a caballo?- le ofreció, arrepentida por su
descuido- Te veo cansado-
Él
se encogió de hombros. Realmente se sentía cansado, pero era incapaz de actuar
contra su sentido del honor.
-
Si me ofreces compartir la montura, sí. Si pretendes descabalgar del
caballo, no. No permitiré que vayas a pie-
Ella
tomó una decisión. Se detuvo.
-
No me acompañes, caballero. No veo ilusión en tus ojos, sólo un
desquiciante deseo de serme útil. Odio verte sufrir en mi nombre y odio pensar
que vas a ir agrediendo a todo ser más grande que tú que salga al paso-
El
guerrero lo meditó.
-
¿Y si te pasara algo?
-
Lo asumo-
El
guerrero se echó a llorar. La princesa se quedó asombrada.
-
¿Qué haces? ¿Qué sale de tus ojos?
-
No eres una mujer; eres un monstruo – sacó un objeto que estaba
escondido en una de sus botas – pero soy responsable de ti… toma este
objeto, es un puñal. Ojalá nunca debas utilizarlo-