PINOCHO (Versión Corta)

PINOCHO

Autor: Carlo Collodi

PINOCHO

El pequeño Juan Grillo caminaba a paso ligero por el campo, cuando lo sorprendió la noche. Un poco atemorizado, buscó con la mirada un sitio abrigado donde pasar la noche, y con gran alegría vio, no lejos del lugar donde estaba, una linda casita en cuya ventana se veía luz. Se acercó rápidamente, y sin hacer ruido se coló por una rendija. Se halló así en una agradable habitación, y ante un curioso espectáculo. Un viejecito alegre y simpático trabajaba con entusiasmo una madera que, poco a poco, iba tomando la forma de un muñeco. Al cabo de un rato, luego de hacer algunos cortes y retoques el buen viejo, que se llamaba Gepetto, tuvo entre sus manos un lindo muñeco de ojitos vivaces y alegres; pero con una nariz muy larga, que le daba un cómico aspecto.

-Eres un chico muy simpático- dijo Gepetto-. Te llamaré Pinocho, que es un bonito nombre para ti, y que sin duda te hará feliz.

Y muy satisfecho con su obra, y un poco cansado por el trabajo Gepetto dio las buenas noches a Pinocho y se retiró a dormir. El Grillo se disponía a hacer lo mismo, cuando de pronto vio que una luz azul iluminaba la pieza. Se volvió rápidamente, y vio entrar por la ventana a una hermosa hada: el Hada Azul, la amiga de los niños. El Hada Azul se acercó a la mesa donde Pinocho había quedado tieso y erguido tal cual lo dejó su padre, y lo tocó con su varita mágica.

-Ahora podrás hablar y caminar- le dijo- y si eres bueno, algún día te convertirás en un niño verdadero.

Y después de decir esto, desapareció.

Pinocho dio un salto en su mesa y lanzó un grito de alegría. Juan Grillo lo miraba asombrado, sin convencerse de lo que veía. Pinocho, al verle, lo saludó alegremente: poco después, al cabo de un rato de charla, y aun cuando Pinocho era un tanto impertinente, se habían hecho grandes amigos.

Al día siguiente, el buen Gepetto casi se muere de alegría al ver a su muñeco convertido en un ser animado, Desde ese momento, lo consideró como un hijo, y decidió mandarlo a la escuela. Compró libros, lápices y cuadernos, y un buen día partió Pinocho, aunque sin mucha gana, camino de la escuela. Y sucedió que en el camino encontró a un Gato ciego y a una Zorra renga que pedían limosna, y se puso a conversar con ellos. El Gato y la Zorra eran dos pillos que fingían sus desgracias par engañar a la gente; y al cabo de un rato, habían convencido a Pinocho de que eso de ir a la escuela era una tontería..

-Mira, bobo - dijeron- , es mucho más divertido el teatro de títeres que funciona no lejos de aquí. Vete allí, que de todos modos tu padre no se enterará, y tu lo vas a pasar bien.

Pinocho se tentó; y reflexionando que, realmente, el colegio debía ser algo muy aburrido, se fue resuelto al teatrillo. Por cierto que lo pasó muy bien. Tanto le gustó, que subió al tablado, se mezcló con los títeres y divirtió a todo el mundo. Pero al cabo de un rato, ya cansado, pensó en volver a su casa. Y entonces ocurrió que el dueño del teatro no le permitió que se retirara. ¿Qué había pasado? Pues que los dos pillos, el Gato y la Zorra, habían vendido a Pinocho al dueño del teatro, como un muñeco más.

-He pagado por ti -decía furioso el dueño- y no permitiré que te vayas. ¿Pretendes burlarte de mí?

Pinocho, desesperado, se puso a llorar, ¿Qué otra cosa podía hacer? Estaba muy arrepentido de lo que había hecho, sobre todo cuando pensaba en su papá, y cada vez lloraba con más fuerza. Por fin, tantas lágrimas conmovieron al dueño dl teatro, que consintió en que se fuera; y no sólo eso, sino que, enterado de la historia de Pinocho, le dio cinco monedas de oro y un buen consejo.

-Llévalas a tu padre -dijo- y no dejes de obedecerle nunca.

Pinocho secó sus lágrimas y partió alegre y feliz, de regreso al hogar. Pero, ¡pobre muñeco! Volvió a tropezar nuevamente con el gato y la Zorra, que, saludándolo muy amablemente, le preguntaron adónde iba.

-Voy a casa de mi padre -dijo- a llevarle estas cinco monedas de ora que me ha dado el titiritero.

El Gato y la Zorra se miraron con picardía.

-¿Y con sólo cinco monedas estás tan contento? -dijeron-. Pues nosotros podemos conseguir todas las que queremos.

Pinocho abrió los ojos como platos. ¿Era verdad aquello? Y, entre asombrado y curioso, quiso saber cómo era eso. Entonces, entre risas y guiños disimulados, el Gato y la Zorra le dijeron que en el País de los Búhos existía un lugar donde se podían sembrar centavos y brotaban árboles de relucientes monedas de oro. Claro que para llegar hasta allí era necesario caminar mucho, mucho tiempo, y sobre todo, no volver para nada a casa de papá. Pinocho, enloquecido al pensar que tendría mucho más dinero si sembraba las cinco monedas que le diera el titiritero, no dudó ya. Ilusionado y feliz, dio las gracias a los dos pillos, se despidió de ellos y partió para su largo viaje al País de los Búhos. -A mi regreso -pensó- traeré los bolsillos llenos y mi padre me abrazará satisfecho. Sentirá tanta alegría entonces, que no será difícil que me perdone mi escapada.

Caminó, pues, Pinocho en la dirección que le habían dado, y al cabo de mucho tiempo llegó al País de los Búhos. Buscó entonces un lugar que le pareció adecuado, hizo un hoyo en la tierra y plantó las cinco monedas. Volvió a cubrir el hoyo, regó la tierra, y muy satisfecho se retiró a dormir porque ya era muy tarde. Al día siguiente volvió presuroso al lugar. No había allí ningún árbol con monedas; nada más que los mismos árboles comunes que viera el día anterior. Entonces, un poco asustado, comenzó a remover la tierra, buscando sus cinco monedas; no las halló tampoco. Y en esto estaba, cuando de pronto sintió, desde lo alto de un árbol, una estridente carcajada. Levantó los ojos y vio que, sentado en la rama de un árbol, un papagayo de brillantes colores lo miraba burlonamente y se reía a más y mejor.

-¿Por qué te ríes? -preguntó Pinocho, que se sentía muy afligido.

-Me río de los tontos -dijo el papagayo- que creen que sembrando centavos brotarán árboles de monedas.

-¿Y acaso no es eso verdad? -preguntó Pinocho.

-Mira -respondió el papagayo-, la única verdad es que tú siembras las monedas, y cuando te vas, vienen dos pillos y te las roban. Eso se llama engañar a los bobos.

Pinocho lo comprendió todo al fin; lloró desconsoladamente, y como siempre cuando se sentía desdichado, pensó en su padre y deseó volver a su lado. Emprendió, pues, el camino de regreso a su hogar, y poco más adelante, tuvo la feliz sorpresa de sentir a su lado al buen Juan Grillo, que no lo abandonaba nunca en los momentos difíciles. Llevaban ya mucho tiempo de andar por el sendero que conducía a su casa, cuando sintieron de pronto un alegre tintineo de campanillas. Pinocho se volvió, y vio venir hacia él un enorme coche, algo así como una diligencia, tirada por burros y cargada de niños que reían y charlaban.

Se detuvo Pinocho, y cuando estuvieron junto a él, el cochero le invitó a subir.

-¿Adónde van? -preguntó Pinocho.

-Vamos al País de los Juguetes -respondió el nombre, que tenía cara de pocos amigos-. Allá los niños se pasan el día jugando, sin pensar en ir a la escuela, ni hacer los deberes. ¿Quieres venir con nosotros?

Pinocho, sin pensarlo más, aceptó; y a pesar del mal aspecto del cochero, subió al coche y partió con la alegre caravana. Tras él subió también Juan Grillo, el fiel amigo que lo seguía en sus aventuras.

Después de mucho andar, llegaron por fin al delicioso País de los Juguetes. Bajaron todos los niños del coche y fueron acomodándose en las casitas que se levantaban en el país. ¡Se sentían todos tan felices! Era una alegría no acordarse de maestros, ni de escuelas, ni deberes, ni de todas esas cosas tan aburridas. Y en cuanto a Pinocho, por supuesto, ya ni se acordaba de su papá. Siempre le sucedía lo mismo cuando se sentía feliz.

Entre todos aquellos niños de carne y hueso, encontró nuestro muñeco un amigo, con quien jugaba y paseaba los días enteros. Y ocurrió que un día en que Pinocho fue a buscarle a su casa, su amigo se negó a salir. Pinocho no volvía de su asombro. El niño tenía puesto el sombrero, pero no quería acompañarlo. Tanto insistió Pinocho, que al cabo su compañero, con la cara enrojecida de vergüenza, le confesó la verdad: quitóse el gorro, y Pinocho, con los ojos abiertos como platos, vio que a su amigo le habían crecido las orejas como las de un burro. Asustado, quiso echar a correr, pero no tenía fuerzas. Y de pronto, aumentó su temor: pensó que también a él podía pasarle lo mismo. Se acercó temblando a un espejo, y rojo de vergüenza, vio allí reflejado su rostro con dos enormes orejas puntiagudas. y no era eso solo; había algo peor todavía. Además de las orejas de burro, una larga cola salía por los pantalones de los dos niños. ¡Cómo lloró Pinocho! ¡Y cómo suplicó a Juan Grillo, el fiel amigo, que lo sacara de allí! Quería volver junto a su padre, ir a la escuela, y no ser nunca un burro de feas orejas. Juan Grillo, le ayudó como siempre, y un día feliz huyeron los dos de aquel país en busca de Gepetto.

Después de muchos días de viaje, llegaron por fin a la linda casita del buen viejo. Pinocho Bailaba de contento, y el corazón le saltaba alegremente en el pecho, tanta era su emoción. Pero no habían terminado sus desdichas. En lugar de Gepetto, hallaron allí una carta suya explicando que había salido al mar en busca de Pinocho, y que lo había devorado una ballena. Otra vez corrieron abundantes lágrimas por las mejillas de madera de Pinocho, y otra vez rogó a Juan Grillo que lo acompañara a buscar a su papá.

Se fueron, pues, caminando hasta la orilla del mar, y allí tomaron una pequeña barca. Las olas los sacudían a veces con fuerza, pero Pinocho sólo pensaba ahora en su padre y no sentía temor alguno. De pronto, allá muy lejos, vieron en medio del mar una forma oscura que parecía una isla.

-¡Mira, Grillo! -gritó Pinocho- ¡Esa es la ballena!

Así era, en efecto. Se acercaron lentamente, y cuando llegaron pudieron ver con gran alegría que la ballena estaba profundamente dormida y con la boca abierta. Aquella enorme boca parecía una verdadera cueva; Pinocho, decidido, saltó de la barca y se metió por ella. Juan Grillo le siguió.

Empezaron así a recorrer el largo túnel del interior de la ballena, que cada vez se hacía más oscuro. Pinocho tocaba las paredes para guiarse, y llamaba a su papá. Pero nadie le contestaba. Por fin, de pronto, lanzó un grito de alegría. Había visto una pequeña lucecita.

-Grillo, aquella lámpara debe ser la de papá -dijo.

Así era. Gepetto, sentado frente a una mesa, escribía a la luz de la lámpara. Pinocho se lanzó corriendo hacia él y le tendió los brazos. ¡Con cuánta emoción lo abrazó Gepetto, y cómo lloraron los dos con alegría al verse! Pero no había que perder tiempo. Era preciso salir antes que la ballena despertase. Con muchas precauciones salieron los tres por donde habían entrado y volvieron a la barca. La enorme ballena siguió durmiendo tranquilamente.

Cuando por fin estuvieron otra vez reunidos en la tranquila casita, Pinocho contó a su padre todo cuanto le había sucedido desde que se separara de él, y le suplicó que lo perdonara. Gepetto quería tanto a su muñeco, que no le costó ningún trabajo perdonarlo, sobre todo porque advirtió que Pinocho estaba sinceramente afligido por todo lo que había hecho. -No me iré nunca de tu lado, papá querido- aseguraba el muñeco- y te prometo que voy a ir a la escuela.

Y así estaban, felices y contentos, cuando otra vez como en la noche que nació Pinocho, iluminó la salita una viva luz azul, y apareció el Hada. Se acercó suavemente, y dijo:

-Pinocho, a pesar de ser muy travieso, tienes buenos sentimientos. Quieres mucho a tu padre, y estás muy arrepentido de haberlo afligido tanto. Estoy segura de que poco a poco te irás corrigiendo. Y para premiarte por todo el cariño que sientes por tu buen papá, he de convertirte en un niño verdadero de carne y hueso; y espero que llegarás a ser un hombre de provecho.

Al decir esto, lo tocó con su varita mágica, y desapareció. De este modo, el simpático muñeco de madera, el de la larga nariz, quedó convertido en un niño verdadero. Y fue un hijo excelente para Gepetto

Fin.