PINOCHO
Cap. 6 al 10
CAPITULO
VI
Pinocho se duerme junto al brasero, y al
despertarse a la mañana siguiente se encuentra con los pies carbonizados.
Hacía una noche infernal: tronaba
horriblemente y relampagueaba como si todo el cielo fuese de fuego; un ventarrón
frío y huracanado silbaba sin cesar, levantando nubes de polvo y zarandeando
todos los árboles de la campiña.
Pinocho tenía mucho miedo de los truenos y
de los relámpagos; pero era más fuerte el hambre que el miedo. Salió a la
puerta de la casa sin vacilar, y turnando carrera, llegó en un centenar de
saltos a las casas vecinas, sin aliento y con la lengua fuera como un perro de
caza.
Pero lo encontró todo desierto y en la más
profunda oscuridad. Las tiendas estaban ya cerradas; las puertas y ventanas,
también cerradas, y por las calles ni siquiera andaban perros. Aquello parecía
el país de los muertos.
Entonces Pinocho, desesperado y hambriento,
se colgó de la campanilla de una casa y empezó a tocar a rebato, diciéndose:
--¡Alguien se asomará!
En efecto: se asomó un viejo, cubierta la
cabeza con un gorro de dormir y gritando muy enfadado:
--¿Quién llama a estas horas?
--¿Quisiera usted hacer el favor de darme
un pedazo de pan?
--¡Esperate ahí que vuelvo en seguida!--
respondió el viejo, creyendo que se trataba de alguno de esos muchachos
traviesos que se divierten llamando a deshora en las casas para no dejar en paz
a la gente que está durmiendo tranquilamente.
Medio minuto después se abrió la ventana
de nuevo, y se asomo el mismo viejo, que dijo a Pinocho:
--¡Acércate y pon la gorra!
Pinocho, no podía poner gorra alguna,
porque no la tenía: se acercó a la pared, y sintió que en aquel momento le caía
encima un gran cubo de agua, que le puso hecho una sopa de pies a cabeza.
Volvió a su casa mojado como un pollo y
abatido por el cansancio y el hambre, y como no tenía fuerzas para estar de
pie, se sentó y apoyó los pies mojados y llenos de barro en el brasero, que
por cierto tenía una buena lumbre.
Quedóse dormido, y sin darse cuenta metió
en la lumbre ambos pies, que, como eran de madera, empezaron a quemarse, a
quemarse,a quemarse hasta que se convirtieron en ceniza.
Mientras tanto Pinocho seguía durmiendo y
roncando como si aquellos pies no fueran suyos. Por último, se despertó al ser
de día, porque habían llamado a la puerta.
--¿Quién es?-- preguntó bostezando y
restregándose los ojos.
--¡Soy yo!-- respondió una voz.
Aquella voz era la de Goro.
CAPITULO
VII
Goro vuelve a su casa, y le da al muñeco
el desayuno que el buen hombre tenía para sí.
El pobre Pinocho, que aún tenía los ojos
hinchados del sueño,no había notado que sus pies estaban hechos; carbón, por
lo cual apenas oyó la voz de su padre, quiso levantarse en seguida para
descorrcr el cerrojo; pero al ponerse en pie se tambaleó dos o tres veces,
hasta que al fin dio con su cuerpo en tierra cuan largo era, haciendose un
ruido, tremendo.
--¡Ábreme!-- gritaban mientras tanto
desde la calle.
--No puedo, papa, no puedo!-- respondía el
muñeco llorando y revolcándose en el suelo.
--¿Por que no puedes?
--¡Porque me han comido los pies!
--¿Quién te los ha comido!
--¡El gato!-- dijo Pinocho, viendo que el
animal se entretenía en jugar con un pedazo de madera.
--¡Abreme, te digo!-- repitó, Goro--. ¡Si
no, vas a ver cuando entre yo en casa como te voy a dar el gato!
--¡Oh, papá; créeme! ¡No puedo ponerme
en pie! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí, que tendré que andar de rodillas toda
mi vida!
Creyendo Goro que todas estas lamentaciones
no eran otra cosa que una nueva gracia del muñeco, decidió acabar de una vez,
y escalando el muro, penetró en la casa por la ventana.
Al principio quería hacer y acontecer;
pero cuando vio que su Pinocho estaba en tierra y que era verdad que le faltaban
los pies, se enterneció, y levantándole por el cuello, comenzó a besarle y a
acariciarle.
--¡Pinochito mío!-- decía sollozando--.
¿Como te has quemado los pies?
--¡No lo se, papá; pero créeme que esta
noche ha sido infernal, y que me acordaré de ella toda mi vida. Tronaba,
relampagueaba, y yo tenía mucha hambre. Entonces me dijo el grillo-parlante:
"Te está muy bien empleado; has sido malo y lo mereces". Y yo le
dije: "¡Ten cuidado, grillo!" Y él me contestó: "Tú eres un
muñeco, y tienes la cabeza de madera." Y yo entonces le tiré un mazo y le
maté. Pero la culpa fue suya, y la prueba es que puse en la lumbre una cacerola
para cocer un huevo que me encontré; pero el pollito me dijo: "¡Me alegro
de verte bueno; recuerdos a la familia!"
Y yo tenía cada vez más hambre, y por eso
aquel viejo del gorro de dormir, asomándose a la ventana, me dijo: "¡Acércate
y pon la gorra!; y yo entonces me encontré con un cubo de agua en la cabeza
porque pedir un poco de pan no es vergüenza, ¡verdad! Me vine a casa en
seguida, y como seguía teniendo mucha hambre, puse los pies en el brasero, y
cuando usted ha vuelto me los he encontrado quemados. ¡Y yo tengo, como antes,
hambre; pero ya no tengo pies! ¡Hi!... ¡hi!... ¡hi!..
Y el pobre Pinocho comenzó a llorar y a
berrear tan fuerte, que se le podía oir en cinco kilómetros a la redonda.
De todo este discurso incoherente y lleno
de líos, sólo comprendió Goro una cosa: que el muñeco estaba muerto de
hambre. Sacó entonces tres peras del bolsillo, y enseñándoselas a Pinocho le
dijo:
--Estas tres peras eran mi desayuno, pero
te las regalo. Cómetelas, y que te hagan buen provecho.
--Pues si quieres que las coma, tienes que
mondármelas.
--¿Mondarlas?-- replicó asombrado Goro--.
¡Nunca hubiera creído, chiquillo, que fueras tan delicado de paladar! ¡Malo,
malo, y muy malo! En este mundo hijo mío hay que acostumbrarse a comer de todo,
porque no se sabe lo que puede suceder. ¡Da el mundo tantas vueltas!...
--Usted dirá todo lo que quiera-- refunfuñó
Pinocho--; pero yo no me comeré nunca una fruta sin mondar. ¡No puedo resistir
las cáscaras!
Y el bueno de Goro, armándose de santa
paciencia, tomó un cuchillo, mondó las tres peras, y puso las cáscaras en una
esquina de la mesa.
Después de haber comido en dos bocados la
primer pera, iba Pinocho a tirar por la ventana el corazón de la fruta; pero
Goro le detuvo el brazo, diciendo:
--¡No lo tires! ¡Todo puede servir en
este mundo!
--¡Pero yo no voy a comer también el
corazón!-- contestó el muñeco con muy malos modos.
--¡Quién sabe! ¡Da el mundo tantas
vueltas!...-- repitió Goro con su acostumbrada calma.
Dicho se está que después de comidas las
peras los tres corazones fueron a hacer companía a las cascaras en la esquina
de la mesa.
Cuando hubo terminado Pinocho de comer, o
mejor dicho, de devorar las tres peras, dio un prolongado bostezo y dijo con voz
llorosa:
--¡Tengo más hambre!
--Pues yo, hijo mio, no tengo nada más que
darte.
--¿Nada, absolutamente nada?
--Aquí tenemos estas cáscaras y estos
corazone de pera.
--¡Paciencia!-- dijo Pinocho-- Si no hay
otra cosa, comeré una cáscara.
Al principio hizo un gesto torciendo la
boca; pero después, una tras otra, se comió en un momento todas las cáscaras,
y luego la emprendió también con los corazones, hasta que dio fin de todo.
Entonces se pasó las manos por el estómago, y dijo con satisfacción:
--¡Ahora sí que me siento bien!
--Ya ves-- contestó Goro-- cuánta razón
tenía yo al decirte que no hay que acostumbrarse a ser demasiado delicados de
paladar. No se sabe nunca, querido mío, lo que puede suceder en este mundo. Da
tantas vueltas!...
CAPITULO
VIII
Goro arregla los pies a Pinocho, y vende su
chaqueta para comprarle una cartilla.
Apenas el muñeco hubo satisfecho el
hambre, empezó a llorar y a lamentarse, porque quería que le hiciesen un par
de pies nuevos.
Para castigarle por sus travesuras, Goro le
dejó llorar y desesperarse hasta mediodía. Después le dijo:
--¿Y para qué quieres que te haga otros
pies? ¿Para escaparte otra vez de casa?
Le prometo a usted --dijo el muñeco
sollozando-- que desde hoy voy a ser bueno!
--Todos los niños-- replico Goro --dicen
lo mismo cuando quieren conseguir algo.
--¡Le prometo ir a la escuela, estudiar
mucho y hacerme un hombre de provecho!
--Todos los niños repiten la misma canción
cuando quieren conseguir alguna cosa.
--¡Pero yo no soy como los demás niños!
¡Yo soy mejor que todos y digo siempre la verdad! Le prometo, papá, aprender
un oficio para poder ser el consuelo y el apoyo de su vejez.
Aunque Goro estaba haciendo esfuerzos para
poner cara de fiera, tenía los ojos llenos de lagrimas y el corazón en un puño
por ver en aquel estado tan lamentable a su pobre Pinocho. Y sin decir nada, tomó
sus herramientas y dos pedacitos de madera y se puso a trabajar con gran ahinco.
En menos de una hora había hecho los pies;
un par de pies esbeltos, finos y nerviosos, como si hubieran sido modelados por
un artista genial.
Entonces dijo al muñeco:
--Cierra los ojos y duermete.
Pinocho cerró los ojos y se hizo el
dormido. Y mientras fingia dormir, Goro, con un poco de cola que echó en una cáscara
de huevo, le colocó los pies en su sitio; y tan perfectamente los colocó, que
ni siquiera se notaba la juntura.
Apenas el muñeco se encontró con que tenía
unos pies nuevos, se tiró de la mesa en que estaba tendido y comenzó a dar
saltos y cabriolas como si se hubiera vuelto loco de alegría.
--Para poder pagar a usted lo que ha hecho
por mí--dijo Pinocho a su papá--, desde este momento quiero ir a al escuela.
--¡Muy bien, hijo mío!
--Sólo que para ir a la escuela necesito
un traje.
Goro, que era pobre y no disponía de un
perro chico, le hizo un trajecillo de papel rameado, un par de zapatos de
corteza de árbol y un gorrito de miga de pan.
Pinocho corrió inmediatamente a
contemplarse en una jofaina llena de agua, y tan contento quedó, que dijo
pavoneándose:
--¡Anda! ¡Parezco enterarnente un señorito!
--Es verdad-- replicó Goro--; pero ten
presente que los verdaderos señores se conocen más por el traje limpio que por
el traje hermoso.
--¡A propósito! --interrumpió el muñeco--.
Todavía me falta algo para poder ir a la escuela: me falta lo más necesario.
--¿Qué es?
--Me falta una cartilla.
--Tienes razón. Pero, ¿dónde la sacamos?
--Pues sencillamente: se va a una librería
y se compra.
--¿Y el dinero?
--Yo no lo tengo.
--Ni yo tampoco --dijo el buen viejo con
tristeza.
Y aunque Pinocho era un muchacho de natural
muy alegre, se puso también triste; porque cuando la miseria es grande y
verdadera, hasta los mismos niños la comprenden y la sienten.
--¡Paciencia! --gritó Goro al cabo de un
rato, poniendose en pie; y tomando su vieja chaqueta, llena de remiendos y
zurcidos, salió rápidamente de la casa.
Poco tardó en volver, trayendo en la mano
la cartilla para su hijito; pero ya no tenía chaqueta.
Venía en mangas de camisa, aunque estaba
nevando.
¿Y la chaqueta, papá?
--¡La he vendido!
--¿Por qué?
--¡Porque me daba calor!
Pinocho comprendió lo que había sucedido,
y conmovido y con los ojos llenos de lágrimas, se abrazó al cuello de Goro y
empezó a darle besos, muchos besos.
CAPITULO
IX
Pinocho vende su cartilla para ver una
función en el teatro de muñecos.
Cuando ya cesó de nevar, tomó Pinocho el
camino de la escuela, llevando bajo el brazo su magnífica cartilla nueva. Por
el camino iba haciendo fantásticos proyectos y castillos en el aire, a cuál más
espléndidos.
Decía para su coleto:
--Hoy mismo quiero aprender a leer; mañana,
a escribir, y pasado, las cuentas. En cuanto sepa todo esto ganaré mocho dinero
y con lo primero que tenga le compraré a mi papíto una buena chaqueta de paño.
¿Qué digo de paño? ¡No; ha de ser una chaqueta toda bordada de oro y plata,
con botones de brillantes! ¡Bien se lo merece el pobre! ¡Es muy bueno! Tan
bueno que para comprarme este libro, y que yo aprenda a leer, ha vendido la única
chaqueta que tenía y se ha quedado en mangas de camisa con este frío. ¡La
verdad es que sólo los padres son capaces de estos sacrificios!
Mientras iba discurriendo de este modo y
hablando para sí, le pareció sentir a lo lejos una música de pífanos y
bombo: ¡Pi-pi-pi, pi-pi-pi, pom-pom, pom-pom!
Se detuvo y se puso a escuchar. Aquellos
sonidos venian por una larga calle transversal que conducía a un paseo orilla
del mar.
--¿Qué será esa música? ¡Qué lástima
tener que ir a la escuela, porque si no!...
Permaneció un instante indeciso, sin saber
qué hacer; pero no había mas remedio que tomar una resolución: ir a la
escuela, o ir a la música.
Por fin se decidió el monigote, y
encogiendose de hombros, dijo:
--¡Bah! ¡Iremos hoy a la música, y mañana
a la escuela! Asi como así, para ir a la escuela siempre hay tiempo de sobra!
Y tomando por la calle transversal, echó a
correr. A medida que iba corriendo sentía más cercanos los pifanos y el bombo:
¡Pi-Pi-pi, pi-pi-pi; pom-pom, pom-pom!
De pronto desembocó en una plazoleta llena
de gente arremolinada en torno de un gran barracón de madera, cubierto de tela
de colores chillones.
--¡Qué barracón es ese! --preguntó
Pinocho a un muchacho que vio al lado suyo.
--Lee el cartel.
--Lo leería con mucho gusto, pero es el
caso que hoy precisamente no puedo todavía.
--¡Buen lila estás hecho! Yo te lo leeré.
¿Ves esas letras grandes encarnadas? Pues, mira, dicen: GRAN TEATRO DE MUÑECOS.
--¿Hace mucho que ha empezado la función?
--Va a empezar ahora mismo.
--¿Cuánto cuesta la entrada?
--Veinte céntimos.
Pinocho, que ya estaba dominado por la
curiosidad, dijo descaradamente al otro muchacho:
--¿Ouieres prestarme veinte céntimos
hasta mañana?
--Te los prestaría con mucho gusto--
contestó el otro con tono zumbón y remedando a Pinocho--; pero es el caso que
hoy precisamente no puedo.
--Te vendo mi chaqueta por veinte céntimos--
dijo entonces el muñeco.
--¿Y qué quieres que haba yo con esa
chaqueta de papel pintado! Si te llueve encima, no tendrás el trabajo de quitártela,
porque se caerá ella sola.
--¿Quieres comprarme mis zapatos?
--Sólo sirven para encender fuego.
--¿Cuánto me das por el gorro?
--¡Vaya un negocio! ¡Un gorro de miga de
pan! ¡Me lo comerían los ratones en: la misma cabeza!
Pinocho estaba ya sobre ascuas. Pensaba
hacer una última proposición; pero le faltaba valor, dudaba, quería
intentarlo, volvía a vacilar. Por último se decidió y dijo:
Quieres darme veinte céntimos por esta
cartilla nueva
--Yo soy un niño y no compro nada a los
demás niños-- contestó el otro, que tenía más juicio que Pinocho.
--¡Yo compro la cartilla por veinte céntimos!--
dijo entonces un trapero que escuchaba la conversación.
Y de esta manera fue vendida aquella
cartilla, mientras que el pobre Goro estaba en mangas de camisa y tiritando de
frío, por haber vendido su única chaqueta para comprar el libro a su hijo.
CAPITULO
X
Los muñecos del teatro reconocen a su
hermano Pinocho y le reciben con las mayores demostraciones de alegría; pero en
lo mejor de la fiesta aparece el amo de los muñecos, Tragalumbre, y Pinocho
corre peligro de terminar sus aventuras de mala manera.
Cuando entró Pinocho en el teatro de los
muñecos, ocurrió algo que produjo casi una revoluclon.
Empecemos por decir que el telón estaba
levantado y que había empezado la función.
Estaban en escena Arlequín y Polichinela,
que disputaban acaloradamente, y que, según costumbre, de un momento a otro
acabarían repartiéndose un cargamento de estacazos y bofetadas.
El público seguía con gran atención la
escena, prorrumpiendo en grandes risas al ver aquellos dos muñecos que
gesticulaban y se insultaban con tanta propiedad, que parecían realmente dos
seres racionales, dos personas de carne y hueso.
Pero de pronto deja Arlequín de recitar su
parte y volviéndose frente al público, señala con la mano el fondo de la sala
y empieza a vociferar con grandes gestos y tono dramático:
--¡Oh! ¡Ah! ¡Qué veo! ¡Cielos! ¿Es
ilusión de mi mente acalorada o delirio insano de la fantasía? ¡Sí, es él!
¡¡Él!! ¡¡¡Pinocho!!!
¡Él es! ¡Es él! ¡Pinocho! --dijo
Polichinela.
--¡Es él, no hay duda!-- chilló
Colombina, asomando la cabeza entre bastidores.
--¡Es Pinocho! ¡Es Pinocho!-- gritaron a
coro los demás muñecos de la compañía, saliendo al escenario--. ¡Es nuestro
hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho! ¡Vivaaa...!
--¡Pinocho, ven acá!-- gritó Arlequín--.
¡Ven a los brazos de tus hermanos de madera!
Al oír tan amable invitación, no pudo
contenerse Pinocho, y en tres saltos pasó desde la entrada general a las
butacas; de las butacas a la cabeza del director de orquesta, y de la cabeza del
director de orquesta al escenario.
¡Que de abrazos! ¡Qué de besos! ¡Qué
de achuchones, palmaditas y hasta pellizcos de amistad, de afecto, de alegría!
Es imposible figurarse el bullicio y el jaleo que produjo la triunfal entrada de
Pinocho en aquella companla dramática de madera.
No hay que decir que el espectáculo era
conmovedor; pero el público de la entrada general, viendo que la comedia no
seguía, se impacientó y empezó a gritar:
--¡Que siga la comedia! ¡Queremos la
comedia!
Todo fue inútil, porque los muñecos, en
vez de continuar desempeñando sus papeles en la comedia, redoblaron sus gritos
y algazara, y tomando a Pinocho en hombros, empezaron a pasearle triunfalmente
por delante de las candilejas.
Entonces salió el dueño del teatro, un
hombrazo tremendo, y tan feísimo que sólo verle daba miedo. Tenía unas
enormes barbas negras como la pez, y tan largas, que llegaban hasta el suelo. ¡Como
que se las pisaba al andar! Su boca era grande como un horno, sus ojos parecían
dos faroles rojos encendidos. Llevaba en las manos unas disciplinas, hechas de
serpientes y rabos de zorros.
Ante aquella inesperada aparición, todos
los muñecos enmudecieron.
Se hubiera oído el vuelo de una mosca. Los
pobres muñecos y muñecas tiritaban de miedo.
--¿Por qué has venido a armar este jaleo
en mi teatro?-- preguntó a Pinocho aquel gigante con vozarrón terrible.
--Crea usted, señor, que no ha sido culpa
mía.
--¡Basta ya! Después ajustaremos nuestras
cuentas!-- dijo el empresario, metiendo a Pinocho detrás de las bambalinas y
colgándole de un clavo.
Terminada la función, el dueño del teatro
se fue a la cocina, en la cual estaba preparando su cena: un carnero cebón
atravesado en un asador, que giraba lentamente sobre el fuego. Pero como faltaba
algo de leña para que el asado estuviera en su punto y bien dorado, llamó a
Arlequín y a Polichinela, y les dijo:
--Traedme en seguida aquel muñeco que dejé
colgado de un clavo. Me parece que está hecho de madera bien seca, y estoy
seguro de que en cuanto le echemos al fuego dará una buena llama para terminar
el asado.
Arlequín y Polichinela dudaron al
principio; pero, aterrorizados ante una colérica mirada de su dueño,
obedecieron. Salieron de la cocina, y al poco tiempo llevaronn en sus brazos al
pobre Pinocho, que revolviéndose como una anguila que se saca del agua,
chillaba desesperadamente:
--¡Papá, papá, sálvame! ¡Yo no quiero
morir! ¡No! ¡No! ¡No quiero! ¡Papá, papá...!
P.D. DE NINO...Proximamente las
capitulos...Esten pendientes.