Pinocho Cap. 31 al Final (36)

 

Pinocho Cap. 31 al Final (36)

CAPITULO XXXI

Después de cinco meses de vagancia nota Pinocho con gran asombro que le ha salido un magnífico par de orejas de asno, y acaba por convertirse en un borriquito, con cola y todo.

Poco después llegó la diligencia sin hacer el menor ruido, por que las ruedas llevaban gruesas llantas de goma.

Tiraban de ella doce pares de borricos, todos de igual alzada, aunque de diferente pelo. Los había rucios, pardos, blancos; otros con pintas blancas y negras, y otros con rayas amarillentas o de color canela.

Pero lo más singular es que aquellos doce pares, o sean los veinticuatro pollinos, en vez de llevar herraduras como todos los demás animales de tiro o de carga, llevaban botas de cuero como las que usan los hombres.

¿Y el conductor de la diligencia? Figuraos un hombrecillo más ancho que alto, gordo y reluciente como una bola de sebo, con semblantebonachón, una boquita siempre riendo, y una vocecita fina y acariciadora, como el maullido de un gato cuando quiere que su ama le haga fiestas.

Todos los muchachos que le veían quedaban enamorados de él y deseaban que les permitiera subir al coche para ser conducidos a aquella verdadera Jauja, conocida en el mapa con el nombre seductor de "El País de los Juguetes".

La diligencia venía ya llena de muchachos de ocho a doce años de edad, que iban amontonados unos sobre otros como sardinas en banasta. Estaban apretados e incómodos; pero a ninguno se le ocurría lamentarse ni decir ¡ay! La esperanza de llegar a un país donde no había escuelas, maestros ni libros, los tenía tan contentos, que no sentían ni los vaivenes y golpes de la marcha, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño.

Apenas se detuvo el coche, aquel hombrecilio se volvió hacia Espárrago, y con extremada zalamería le dijo sonriendo:

--Dime, guapo chico, ¿quieres venirte a este afortunado país?

--¡Ya lo creo que quiero ir!

--Pero te advierto, querido, que ya no hay sitio en el coche. Como ves, está completamente lleno.

--¡Paciencia!-- dijo Espárrago-- Si no puedo ir dentro, iré en el estribo.

Y dando un salto, se puso a caballo sobre el estribo.

--¿Y tú, hijo mío?-- dijo el hombrecillo volviendse muy cariñoso hacia Pinocho-- ¿Qué piensas hacer? ¿Quieres venirte también!

--No; yo me quedo--respondió Pinocho--. Quiero volver a mi casa; quiero estudiar y ser el primero en la escuela, como deben ser los niños buenos.

--¡Pues que te aproveche!

--¡Pinocho!-- gritó entonces Espárrago--. ¡Sigue mi consejo: vente con nosotros, y seremos felices!

--¡No, no y no!

--¡Vente con nosotros, Y seremos felices!-- gritaron otras cuantas voces dentro de la diligencia.

--¿Y si me voy con vosotros, qué va a decir mi mami!-- exclamó Pinocho, que ya empezaba a dejarse convencer.

¡No te quiebres la cabeza pensando en eso! ¡Mira que vamos a un país donde podremos hacer todo lo que queramos desde la mañana hasta la noche!

Pinocho no respondió y lanzó un gran suspiro; después dio otro suspiro; luego dio otro mayor aún, y por fin dijo:

--¡Ea, me voy con vosotros! ¡Hacedme un sitio!

--Está todo ocupado-- dijo entonces el hombrecillo--; pero, para demostrarte cuánto me alegro de que vengas, te cederé mi puesto en el pescante.

--¿Y usted?

--Yo haré el camino a pie.

¡No, no lo permito! Prefiero ir montado en uno de estos borriquillos-- contestó Pinocho.

Y uniendo la acción a la palabra, se acercó al pollino que ocupaba la izquierda de la primera pareja y quiso saltar sobre él; pero el animal, volviendo la grupa, le pegó una coz el el estómago que le hizo volar por el aire.

Figuraos las impertinentes carcajadas que lanzarían todos los muchachos que presenciaban la escena.

El único que no se rió, aparte de Pinocho, fue el hombrecillo, que, bajándose del pescante, se acercó al burro rebelde, y haciendo ademán de darle un beso, le arrancó de un solo bocado la mitad de la oreja derecha.

Mientras tanto Pinocho se levantó del suelo, encolerizado, Y saltó sobre el lomo del pobre animal. El salto fue tan limpio y rápido, que los muchachos, entusiasmados, dejaron de reir y empezaron a gritar: ¡Viva Pinocho!, a la vez que aplaudían frenéticamente.

Pero hete aquí que de pronto levantó el burro las dos patas traseras, y dando uná sacudida, lanzó al muñeco sobre un montón de grava a un lado del camino.

Entonces comenzaron de nuevo las risas; pero tampoco se rió el hombrecillo, sino que le entró tanto cariño hacia aquel inquieto borriquillo, que, dándole un nuevo beso, le arrancó la mitad de la oreja izquierda.

--Monta otra vez a caballo, y no tengas ya miedo. Sin duda este burro tenía alguna mosca que le molestaba; pero ya le he dicho dos palabritas en las orejas, y creo que se habra vuelto manso y razonable.

Montó Pinocho, y la diligencia comenzó a moverse; pero mientras galopaban los pollinos y la diligencia rodaba por la carretera, le pareció al muñeco que oía una voz humilde y apenas inteligible, que le decía:

--¡Eres un insensato! ¡Has querido hacer tu voluntad, y algún dia te pesará!

Lleno de miedo, Pinocho miró por todos lados para saber de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie. Los pollinos galopaban, la diligencia rodaba, los muchachos dormían dentro de ella; Ezpárrago mismo roncaba como un lirón, y el hombrecillo, sentado en el pescante, cantaba entre dientes:

«¡Todos duermen por la noche,

Pero no me duermo yo!»

Pasado otro medio kilómetro, volvió Pinocho a sentir la misma voz, que decía:

--Eres un idiota y un majadero. ¡Los niños que abandonan el estudio, la escuela y el maestro, para no pensar en otra cosa que en jugar y divertirse, acaban siempre mal! Yo puedo decirlo, porque lo se por experiencia. ¡Llegará un día en que tendrás que llorar, como yo lloro hoy; pero entonces será tarde!

Al oír estas palabras, dichas en voz apenas perceptible, saltó el muñeco al suelo lleno de temor, y acercándose al pollino en que iba montado, le agarró por las riendas, observando con asombro que aquel animal lloraba como un chiquillo.

--¡Eh, señor cochero! --gritó entonces Pinocho al conductor de la diligencia--. ¿Sabe usted que este pollino está llorando?

--¡Déjalo que llore; otra vez le dará por reir!

--Pero, ¿es que sabe también hablar?

--No; sólo aprendió a decir alguna que otra palabra por haber estado durante tres años en una compañía de perros sabios.

--¡Pobre animal!

--¡Vaya, en marcha! --dijo el hombrecillo--. ¡No perdamos el tiempo en ver llorar a un burro! Monta a caballo y vámonos, que la noche es fresca y el camino es largo.

Pinocho montó de nuevo sin rechistar. La diligencia se puso en marcha, y a la mañana siguiente llegaron felizmente a «El País de los Juguetes».

Este país no se parecía a ningún otro del mundo. Toda su población estaba compuesta de muchachos: los más viejos no pasaban de catorce años; los más jóvenes tendrían ocho. En las calles había una alegría, un bullicio, un ruido, capaces de producir dolor de cabeza. Por todas partes se veían bandadas de chiquillos que jugaban al marro, al chato, a la gallina ciega, a los bolos, al peón; otros andaban en velocípedos o sobre caballitos de cartón; algunos, vestidos de payasos, hacían como si comieran estopa encendida; otros corrían y daban saltos mortales, o andaban sobre las manos con las piernas por alto; otros recitaban en voz alta, cantaban, reían, daban golpes, jugaban al aro o a los soldados, produciendo tal algarabía, tal estrépito, que era preciso ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo.

Por toda la plaza se veían teatros de madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las paredes de las casas abundaban, escritos con carbón, letreros tan salados como los siguientes: ¡Biban los gugetes! (en vez de ¡Vivan los juguetes!), ¡no Queresmoseskuela! (en vez de ¡No queremos escuela!) ¡Habajo Larin Metica! (en vez de ¡Abajo la Aritmética!), y otros por el estilo.

Apenas Pinocho, Espárrago y todos los demás muchachos que habían hecho el viaje con el hombrecillo, pusieron el pie dentro de la ciudad, se lanzaron entre aquella baraúnda, y, como es de suponer, pocos minutos después se habían hecho amigos de todos los que allí había.

¿Quién podría considerarse más feliz que ellos? Entre aquella constante fiesta, llena de tan variadas diversiones, pasaban como relámpagos las horas, los días y las semanas.

--¡Oh, qué vida tanbuena! --decía Pinocho cada vez que se encontraba con Espárrago.

--¿Ves como yo tenía razón? --respondía siempre este último-- ¡Y decir que no querías venirte y que se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo estudiando! Si; ahora estás libre de ese fastidio de libros y de escuela, me lo debes a mí, a mis consejos, ¿no es así? ¡Sólo Ios verdaderos amigos somos capaces de hacer estos grandes favores!

--¡Es verdad! Si ahora estoy tan contento y feliz, a ti te lo debo, sólo a ti. ¿Y sabes, en cambio, lo que me decía el maestro cuando hablaba de ti? Pues me decía siempre: «¡No andes mucho con ese bribón de Espárrago, porque es un mal compañero que no puede aconsejarte nada bueno!»

--¡Pobre maestro! --replicó el otro moviendo la cabeza--. ¡Demasiado sé que me tenía rabia y que no perdía ocasión de calumniarme; pero yo soy generoso, y le perdono!

--¡Qué alma tan grande! --dijo Pinocho, abrazando afectuosamente a su amigo y besándole con el mayor cariño.

Cinco meses hacia que habían llegado al país; cinco meses de jugar y divirtirse durante todo el día, sin abrir un solo libro, sin ir a la escuela, cuando una mañana tuvo Pinocho, al despertar, una sorpresa tan desagradable que le puso de muy mal humor.

CAPITULO XXXII

Le nacen a Pinocho orejas de burro, después se convierte en verdadero pollino y empieza a rebuznar.

~Cuál fue la sorpresa? Voy a decíroslo, queridisimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en gana rascarse la cabeza, y al Ilegarse a ella las manos, se encontró... ;A que no acertáis lo que se encontró! Pues se encontró, con gran sorpresa de su parte, con que le habían crecido las orejas mas de una cuarta. Ya sabéis que desde chamaco, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le veian. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían dos soplillos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encontrando ninguno, Ilenó de agua la palagana de su lavabo, y entonces pudo ver lo que nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico par de orejas de burro. iCómo expresar el dolor, la vergüenza y la desespeïación del pobre Pinocho !.

Empezó a Ilorar, a gritar y a darse de cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecian, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la punta. A los gritos de Pinocho entró en la habitacibn una linda marmota que vivía en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con interés:

-Qué es eso, querido vecino.

-¡Que estoy malo, amiga marmota, muy malo, y con una en-fermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso?

-Un poco.

-iMira si tengo fiebre por casualidad!

La marmota levantó una de las patas delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:

-¡Amigo mío, siento mucho tenerte que dar una mala noticial!

-Cuál es?

-¡Que tienes una fiebre muy mala!

-Y qué clase de fiebre es.

-¡Es la fiebre del burro!

-No comprendo qué fiebre es esa-respondió el muñeco, sin embargo, se iba figurando lo que era.

-Yo te lo explicaré-dijo la marmota-. Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muneco ni un niño.

-Pues, ¿qué seré?

-Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero pollino; tan verdadero como los que tiran de un carro o Ilevan las hortalizas al mercado.

-iOh iPobre de mí! ¡Pobre de mí!-gritó Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas rabiosamente, como si fueran ajenas.

-Querido mío-dijo entonces la marmota para consolarle- ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la sabiduría está escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en pollinos.

-Pero, ¿es cierto eso?-preguntó el muñeco sollozando.

-Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil que Ilores. Ya no tiene remedio.

-¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo marmotita; la culpa es toda de Espárrago!.

-¿Y quién es ese Espárrago?

-Un compañero mío de escuela. Yo quería volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo:

CAPITULO XXXIII

Convertido Pinocho en un pollino verdadero, es llevado al mercado de animales y comprado por el director de una compañía de titiriteros para enseñarle a bailar y a saltar por el aro.

Viendo que la puerta seguía cerrada, el hombrecillo la abrió de una fuerte patada, Y entrando en la habitación, dijo con su eterna sonrisa a Pinocho y a Espárrago:

-¡Bravo, muchachos! ¡Rebuznais perfectamente! Os he reconocido en la voz, y por eso he venido.

Al oír estas palabras, ambos pollinos se quedaron como atontados, con la cabeza caída, las orejas bajas y el rabo entre piernas. Inmediatamente, el hombrecillo los acarició pasándoles la mano por el lomo, y después, sacando una bruza, empezó a cepillarlos perfectamente, hasta que a fuerza de bruzar les sacó lustre como si fueran dos espejos. Entonces les puso la cabezada y los condujo al mercado de ganados, con la esperanza de venderlos y obtener una buena ganancia. No tardaron en presentarse compradores. Espárrago fue adquirido por un labrador, al cual se le había muerto un borrico el día anterior, y Pinocho fue vendido al director de una compañía de titiliteros, que lo compró para amaestrarlo y hacerle saltar y bailar con los demás animales de la compañía.

Habéis comprendido ya, mis queridos lectores, cuál era el verdadero oficio del hombrecillo.Pues aquel terrible monstruo, que tenía siempre cara de risa, se iba de vez en cuando a correr por el mundo con su coche, y con promesas y halagos recogía a todos los muchachos holgazanes y traviesos que odiaban a los libros y la escuela, y después de meterlos en su coche los conducía a El País de los Jugetes; esto para que pasaran todo el día en retozar y en divertirse.

Cuando, algún tiempo después, aquellos pobres muchachos, a fuerza de no pensar más que en jugar, se convertían en pollinos, entonces se apoderaba de ellos con gran satisfacción y los Ilevaba para venderos en ferias y mercados. Y de este modo había conseguido ganar en pocos años tanto dinero que era millonario. No sé deciros lo que fue de Espárrago; pero os diré, en cambio, que el pobre Pinocho tuvo desde el primer día una vida dura y cruel. El nuevo dueño le Ilevó a una cuadra y le Ilenó el pesebre de paja; pero apenas probó un bocado, Pinocho la escupió haciendo gestos de desagrado. Entonces el dueño, aunque refunfuñando, quitó la paja del pesebre y llenó éste de heno, pero tampoco el heno le agradó a Pinocho.

-iAh! ¿Conque tampoco te gusta el heno? -gritó el dueño lleno de cólera-. ¡No tengas cuidado, que yo te acostumbraré a no ser tan caprichoso! Y le dio en las ancas un tremendo latigazo.

El dolor hizo a Pinocho llorar y rebuznar, diciendo:

-¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Yo no puedo comer paja!

-¡Pues, entonces, come heno! -replicó el dueño, que entendia perfectamente la lengua de los burros.

-¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡El heno me da dolor de barriga!

¡Te habrás creído, sin duda, que a un burro como tú le voy a dar de comer jamón en dulce y perdices trufadas! -gruñó el dueño, encolerizándose cada vez más y dándole otro latigazo. Al sentir esta segunda caricia se calló Pinocho y no dijo una palabra más.

Salió el dueño y le cerró la cuadra, quedándose solo Pinocho; y como hacía ya muchas horas que no había comido nada, comenzó a bostezar de hambre, abriendo tanto la boca que parecía la de un horno. Al fin, viendo que en el pesebre no encontraba otra cosa que heno, se resignó a tomar un poco, y después de masticarlo bien cerró los ojos y lo tragó.

-¡No es malo este heno! -pensó en su interior, después de haberlo tragado-. Pero, cuánto mejor no hubiera sido haber continuado yendo a la escuela! ¡En vez de heno, estaría comiendo a estas horas un buen pedazo de pan con queso! iPaciencia! Cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue buscar un poco de heno en el pesebre; pero no encontró nada, porque se lo había comido todo la noche anterior. Entonces tomó un bocado de paja, y mientras la mascaba tuvo que convencerse de que el sabor de la paja no se parecía en nada al del arroz a la valenciana ni al de los pasteles de hojaldre. -¡Paciencia! -repitió mientras seguía masticando-. iOjalá que mi desgracia sirva cuando menos de lección provechosa a todos los niños desobedientes que no quieren estudiar! ¡Paciencia y paciencia!

-¡Qué paciencia ni qué narices! -chilló el dueño entrando en la cuadra-. ¡Te has creído, burro del diablo, que yo te he comprado y únicamente para darte de comer y de beber! ¡Te he comprado para que trabajes y me ganes dinero! iConque ya lo sabes; mucho ojo! ¡Ahora mismo vienes conmigo al circo para aprender a saltar por el aro y a bailar el vals y la polka puesto de pie sobre las patas de atrás! Quieras que no quieras, el pobre Pinocho tuvo que aprender todas estas habilidades y otras más; pero le costó tres meses de aprendizaje y una colección de palizas formidables.

¡Pobre Pinocho! ¡Qué arrepentido estaba de su holgazanería! Llegó, por último, el debut de Pinocho-borrico. En todas las esquinas aparecieron grandes cartelones de colores, que decían así.

Podéis figuraros cómo se hallaría el circo aquella noche, lleno de bote en bote desde una hora antes de empezar el espectáculo. Ni a peso de oro se podía encontrar una butaca, ni un palco, ni siquiera una entrada general. Todas las localidades estaban atestadas de niños y niñas de todas clases y edades, impacientísimos por ver bailar al famoso burro Pinocho. Concluída la primera parte del espectáculo, se presentó el Director de la compañía vestido de frac rojo, pantalón blanco y botas de montar con grandes espuelas, y haciendo una gran reverencia, recitó, con voz solemne y campanuda, el siguiente discurso:

-Respetable público; Señoras y señores; E1 humilde orador que tiene el honor de hablaros, estando de paso en esta capital, no ha podido menos de presentaros un espectáculo que seguramente os gustará mucho. Porque este inteligente auditorio estoy seguro de que ha de celebrar como merece a mi célebre pollino, que va ha tenido el honor de bailar en todas las principales Cortes de Europa. Por lo cual os doy millones de gracias a cada uno, y espero vuestros aplausos y vuestra benevolencia. He dicho.

Este discurso fue acogido con grandes aplausos; pero los aplausos se redoblaron y el entusiasmo rayó en delirio, cuando se hizo la presentación del burro Pinocho, vestido de gran gala. Llevaba unas bridas de charol, con hebillas y broches de latón, dos camelias blancas en las orejas, la crin y la cola trenzadas y adornadas con cordones y flecos de seda rosa y lazos de terciopelo azul, y a modo de cincha, una gran faja recamada de oro y plata. En suma, que estaba para enamorar a cualquiera.

La presentación fue hecha por el Director con las siguientes palabras: -Respetable público; Presento a mi famoso e incomparable pollino Pinocho, el más sabio y artista de todos los burros, cazado a lazo por mí mismo cuando corría salvaje por las Ilanuras de la Patagonia. Los más célebres bailarines no pueden compararse con mi pollino Pinocho. Lo baila todo, y todo bien. Vedle, si lo merece, aplaudirle. He dicho-.

Al terrninar este segundo discurso hizo el Director otra profundísima reverencia, y volviéndose después al burro, le dijo: -¡Animo, Pinocho! ¡Antes de dar principio a tus maravillosos ejercicios, saluda cortésmente al respetable público.

El obediente Pinocho se arrodilló en el acto, y así permaneció hasta que el Director, restallando la fusta, gritó: -¡Al paso! Entonces el borriquillo se enderezó sobre sus cuatro patas, y empezó a dar vuelta al circo con paso lento.

Poco después gritó el Director: -¡Al trote!-Y Pinocho obedeció la orden, cambiando el paso por el trote.

-¡Al galope! Y Pinocho marchó con airoso galope. -¡A la carrera!-Y ya entonces Pinocho salió disparado. Pero en el momento en que llevaba 13 velocidad de un automóvil de cuarenta caballos, alzó el Director el brazo y descargó al aire un tiro de pistola. Al oír el tiro, fingiendo el burro que estaba herido, cayó en la arena y empezó a temblar como si estuviese en las convulsiones de la agonía. Todo el circo estalló en una exploslon de aplausos y de gritos, que debieron de oírse en las estrellas. En tanto, Pinocho abrió un poco los ojos para mirar en torno suyo, y vio en un palco una señora que tenía al cuello una gruesa cadena de oro, y pendiente de ella un medallón con el retrato de un muñeco.

-¡Ese retrato es el mío! ¡Esa senora es mi Hada! -se dijo en el acto Pinocho, y, dominado por la alegría, trató de gritar; -¡Hada mía! ¡Hada mía! Pero en vez de estas palabras sólo salió de su garganta un rebuzno tan formidable, que hizo reir a todos los espectadores, y más especialmente a los muchachos que había en el circo.

Entonces el Director, para enseñarle que no era de buena educación rebuznar ante el público, le dio un fuerte golpe en las narices con el mango de la fusta.

El pobre burro sacó fuera un palmo de lengua y empezó a lamerse las narices, creyendo que de este modo podría calmar el fuerte dolor que el golpe le había producido. Pero, ¡Cuál no sería su desesperación cuando, al mirar por segunda vez, vió que el Hada había desaparecido del palco! Creyó morir. Llenáronse de lágrimas sus ojos, y empezó a Ilorar desconsoladamente; pero nadie Ilegó a advertirlo, ni siquiera el Director, que haciendo sonar la justa, dijo: -¡Bravo, Pinocho! Ahora haremos ver a estos señores con cuánta gracia saltas el aro.

Pinocho probó dos o tres veces; pero cuando llegaba frente al aro, en vez de saltar pasaba cómodamente por debajo. Por fin intentó el salto; pero al atravesar por el aro se enredó desgraciadamente una de las patas, y cayó a tierra como un costal. Cuando se levantó estaba cojo, y a duras penas pudo volver a la cuadra.

-¡Qué salga Pinocho! iQueremos ver al burro! ¡Que salga otra vez ! ¡Que baile! ¡Que baile! -gritaban los muchachos, entusiasmados, sin darse cuenta de que se había hecho daño. Pero el borriquillo no pudo salir más. El Director tuvo que pronunciar otro discurso de los suyos y anunciar que Pinocho bailaría en cuanto se pusiera bien.

A la mañana siguiente fue a verle el veterinario, o sea el médico de los animales, y declaró que se quedaría cojo para siempre. Entonces dijo el Director al mozo de cuadra que llevase aquel burro al mercado y lo revendiese, puesto que ya no servía para nada.

Apenas llegaron al mercado, se acercó un comprador que dijo al mozo de cuadra:

-¡Cuanto quieres por ese burro cojo!

-Veinte pesetas.

-Yo te doy veinte perras chicas. No creas que lo compro para servirme de él; lo compro por la piel únicarnente. Veo que tiene la piel muy dura, y quiero hacer con ella un tambor para la banda de música de mi pueblo.

Podéis pensar lo que pasaría por Pinocho cuando oyó que estaba destinado a convertirse en tambor Después que el cornprador pagó las veinte perras chicas, condujo a su burro hasta una roca de la orilla del mar, y poniéndole una piedra al cuello, le ató una pata con el estremo de una soga que llevaba en la mano. Después, y cuando el burro estaba más descuidado, le dio un empellón para arrojarle al mar, conservando en la mano el otro extremo de la soga. La piedra que Ilevaba al cuello hizo que Pinocho descendiese rápidamente hasta el fondo, y el comprador, siempre con la soga en la mano, se sentó en la peria, esperando a que pasara tiempo bastante para que el pollino se ahogase, y poder arrancarle después la piel para curtirla y hacer un tambor.

CAPITULO XXXIV

Pinocho, es arrojado al mar y devorado por los peces. Vuelve a su primitivo estado de muñeco; pero mientras nada para salvarse, se lo traga el terrible dragón marino.

Ya Ilevaba el burro más de cincuenta minutos en el mar, cuando el que lo había comprado dijo para sí: -Ya debe estar ahogado y más que ahogado. ¡Ea! Voy a sacarlo, y aquí mismo le arrancaré la piel para hacer un magnífico tambor.

Comenzó a tirar de la soga que había atado a la pata de Pinocho, y tirando, tirando, tirando... ¡Qué diréis que sacó! Pues, en vez de un burro muerto, se encontró con un muñeco vivo, que se retorcía como una anguila. Al ver aquel muñeco de madera creyó soñar el pobre hombre, y se quedó como atontado, con la boca abierta y los ojos asustados.

Cuando se repuso un poco de la primera impresión, dijo balbuceando y hecho un mar de lágrimas:

-Pero, ¡y mi burro! ¿Dónde está el burro que he tirado al mar?

-¡Ese burro soy yo! -respondió el muñeco riéndose.

-¿Tú ?

-iYo!

-¡Granuja! ¡No consiento que te burles de mí!

-¿Burlarme de usted? Todo lo contrario, querido amo; le hablo completamente en serio.

-Pero, ¿cómo es posible que siendo tú hace poco un burro de carne y hueso, te hayas convertido dentro del mar en un muñeco de madera?

-¡Psch !... ¡Cosas del agua del mar ! Al mar le gustan estas bromas.

-¡Mucho ojo con tomarme el pelo, muñeco; múcho ojo! ¡Como se me acabe la paciencia, pobre de ti!

-Pues bien, mì amo; ¿quiere usted saber toda la verdadera historia? Pues yo se la contaré; pero antes hágame el favor de soltarme esa soga, que me hace daño.

Deseando conocer aquella verdadera historia, que prometía ser maravillosa, el bueno del comprador desató el nudo que sujetaba la pierna de Pinocho, que quedó libre como un pájaro en el aire, y empezó de este modo su relación:

-Sepa usted que yo era antes un muñeco de madera, como lo soy ahora; pero por mi poca afición al estudio y por seguir los consejos de malas compañías, me escapé de mi casa, y un día me desperté siendo un pollino, con unas orejas así de Grandes y una cola así de larga. ¡Qué vergüenza más grande pasé! Una vergüenza como no quiera Dios que la pase usted nunca, querido amo. Me Ilevaron al mercado de animales, y me compró el Director de una compañía ecuestre, al cual se le metió en la cabeza hacer de mí un gran bailarín y gran saltador de aro; pero una noche di una mala caída durante la función, y me quedé cojo de las dos patas. Entonces el Director dijo que no quería a su lado un burro cojo, y me envió a vender al mercado, que fue cuando usted me compró.

-¡Por mi desgracia! ¡Como que pag·ué por ti veinte perros chicos! Y ahora, ¡quién va a devolverme mi dinero!

-¿Para qué me compró usted? ¡Para hacer un tambor con mi piel! ¡Un tambor!

-Dime ahora, monigote impertinente; ¿has terminado ya tu historia ?

-No -respondió el muñeco- ; faltan pocas palabras para terminarla. Después de haberme comprado me trajo usted a este sitio para matarme; pero, sintiéndose compasivo, prefirió atarme una piedra al cuello y tirarme al mar. Este sentimiento de humanidad le honra a usted mucho y se lo agradeceré eternamente. Pero usted no había contado con el Hada.

-¡Y quién es esa Hada!

-Es mi mamá, que como todas las mamás buenas que quieren mucho a sus hijos, no les pierden nunca de vista, y cuidan de ellos amorosamente, aunque estén muy lejos, y aunque esos hijos, por su mala conducta, por sus travesuras y por sus escapatorias, merezcan que se les deje abandonados y no se les vuelva a hacer caso en toda la vida. Decía, pues, que apenas mi buena Hada me vio en peligro de ahogarme, envió alrededor de mí un ejercito de peces, que comenzaron a comerme, creyendo que era un burro de verdad. iY qué bocados tiraban! Nunca hubiera creído que los peces fueran aún más glotones que los niños. Unos me comían las orejas, otros el hocico, otros el cuello y la crin, otros las patas; en fin, hasta hubo uno, chiquitin y muy gracioso, que tuvo la bondad de comerme la cola.

-¡Desde hoy -dijo horrorizado el comprador- juro no comer ningún pescado! ¡Me desagradaría mucho comer un salmonete o un besugo y encontrarme con un pedazo de cola de burro!

-Estamos de acuerdo -dijo riendo el muneco-. Después, cuando ya los peces terminaron de comer toda aquella envoltura de carne o de piel de burro que me cubría desde la cabeza hasta los pies, llegaron, como es natural, al hueso, o, por mejor decir, a la madera; porque, como usted verá, estoy hecho de una madera muy dura. Pero apenas trataron de tirar algunos bocados, se convencieron, a pesar de su glotonería, de que yo no era plato a proposito para ellos, y se fueron cada cual por su lado con la barriga llena, sin darme ni siquiera las gracias por el banquete que les había proporcionado. Y aquí tiene usted explicado por qué, cuando ha tirado de la soga, se ha encontrado usted con un muñeco vivo, en vez de un burro muerto.

-¡Bueno, bueno! ¡Toda esa historia me importa un rábano! -gritó el comprador, encolerizado-. Lo que yo sé es que he dado veinte perros chicos por ti, y quiero mi dinero. ¿Sabes lo que voy a hacer? Llevarte de nuevo al mercado y venderte como leña para encender la chimenea.

-¡Oh, muy bien! ¡No tengo el menor inconveniente! -dijo Pinocho-. Pero al mismo tiempo dio un salto y se zambulló en el agua. Y mientras nadaba alegremente, alejándose de la orilla, gritaba al pobre comprador :

-¡Adiós, mi amo; si necesita usted una piel para hacer un tambor, acuérdese de mí! Y se reía estrepitosamente y seguia nadando, para volverse poco después y gritar con más fuerza:

-¡Adiós, mi amo; si necesita usted un poco de leña para encender la chimenea, acuérdese de mí!

Poco después se había alejado tanto de la orilla, que ya no se le distinguía más que como un punto negro en la superficie del agua, que de vez en cuando sacaba fuera un brazo o una pierna, o bien daba saltos como un delfín que está de buen humor. Nadando a la ventura, vio Pinocho en medio del mar un islote que parecía de mármol blanco, y en lo más alto de él una linda cabrita que balaba tiernamente y que le hacía señas de que se acercase. Lo más singular del caso era que el pelo de la cabrita, en vez de ser blanco, o negro, o rojo, como el de las demás cabras, era de color azul turquí; pero tan brillante, que se parecía mucho a los cabellos de la hermosa niña.

¡Figuraos cómo latiría el corazón del pobre Pinocho! Redobló sus esfuerzos para nadar más de prisa en dirección del islote blanco, y ya habría avanzado una mitad de la distancia, cuando he aquí que vio salir del agua la horrible cabeza de un monstruo marino con la boca abierta, que parecía una caverna, y tres filas de dientes que hubieran causado miedo con sólo verlos pintados.

¡Sabéis quién era aquel monstruo marino! Pues aquel monstruo marino era nada menos que el gigantesco dragón de l que se ha hablado varias veces en esta historia, y que por su insaciable voracidad venía causando tales estragos por aquellos mares, que se le Ilamaban “el Atila de los peces y de los pescadores”,. ¡Cuál no sería el espanto del pobre Pinocho a la vista del mons- truo! Trató de escaparse, de cambiar de dirección, de huir; pero todo era inútil; aquella enorme boca se le venia siempre encima con la velocidad de un tren expreso.

-Date prisa, Pinocho, por Dios ! -estaba, balando, la linda cabrita-.

Y Pinocho nadaba desesperadamente con los brazos, con las piernas, con el pecho, con todo el cuerpo.

-¡Corre, Pinocho, corre; que se acerca el monstruo! Y Pinocho redoblaba sus esfuerzos para aumentar la velocidad.

-¡Atrás de tí, Pinocho, que te coge! ¡Ya está ahí! ¡Más a prisa o estás perdido! ¡Que te coge! ¡Que te coge!

Y Pinocho nadaba desesperadamente y se deslizaba por el agua como una bala de fusil. Ya se acercaba al escollo, y ya la linda cabrita se inclinaba sobre la orilla, alargando las dos patitas delanteras para ayudarle a salir del agua.

¡Pero... Pero ya era tarde! Tan cerca estaba el monstruo, que no hizo más que dar un sorbo, y se tragó al muñeco con el agua que le rodeaba, como quien se sorbe un huevo de gallina. Y se lo tragó con tal ansia y violencia, que Pinocho se dio contra una muela del dragón un golpe tan tremendo, que le hizo estar sin sentido un cuarto de hora.

Cuando volvió de su desmayo no sabía en qué mundo se encontraba. En torno suyo reinaba una gran oscuridad, pero tan negra y profunda, que le parecía hallarse en la bolsa de tinta de un calamar.. Quiso escuchar, pero no oyó ruido alguno; únicamente sentía de cuando en cuando una bocanada de aire que le daba en la cara. Al principio no podía saber de dónde vendría aquel aire; pero después comprendió que salía de los pulmones del monstruo. Porque hay que advertir que el monstruo padecía mucho de asma, y cuando· respiraba parecía que se había desalado el huracán.

Al pronto trató Pinocho de infundirse a sí mismo algún valor; pero cuando ya tuvo la seguridad de que se encontraba encerrado en el cuerpo del monstruo marino, empezó a llorar y a gritar, diciendo:

-¡Socorro! iSocorro! ¡Desgraciado de mí! ¿No hay quien venga a salvarme?

-¡Y quién va a salvarte, desgraciado! -contestó en aquella oscuridad una voz cascada, como de guitarra sin templar.

-¿Quién me ha hablãdo? -preguntó Pinocho, sintiendo aún mayor espanto.

-¡Soy yo, un mísero bacala. Al que el dragón ha engullido lo mismo que a ti! ¡Y tú, qué pez eres!

-¡Que pez ni qué narices! ¡Yo no soy pez de ninguna clase! ¡Yo soy un muñeco!

-Pues si no eres un pez, ¿Por Qué te has dejado tragar por el monstruo?

-¡Hombre, eso no se le ocurre más que a un bacalao! He hecho todo lo posible para que no me tragara; pero se ha empeñado, y como este diablo de dragón corre que se las pela... Bueno, ¿y qué hacemos en esta oscuridad?

-Resignarnos y esperar a que el dragón nos digiera a los dos.

-¡Es un lindo porvenir! -dijo Pinocho. Y poniéndose muy triste de repente, empezó a llorar como un becerro.

-Hombre, a mi tampoco me hace una gracia extraordinaria contestó el bacalao; pero soy filósofo, y me resigno. Bien mirado, hasta me alegro; porque cuando uno nace bacalao, es más honroso morir en el agua que en el aceite frito.

-¡Valiente majadería! -dijo Pinocho.

-Es una opinión; y como dicen los peces de la política, todas las opiniones deben ser respetadas.

-Bueno, yo lo que digo es que quiero salir de aquí, que quiero escaparme .

-Prueba, si lo consigues, mejor para ti.

-¿Es muy grande este dragón que nos ha tragado? -preguntó el muñeco.

-Figúrate que su cuerpo tiene más de un kilómetro de largo, sin contar la cola.

Mientras así conversaba Pinocho en aquella oscuridad, le pareció ver allá lejos, pero muy lejos, una especie de resplandor.

-¿Qué será aquella lucecita que se ve allá lejos? -dijo Pinocho, -Será algún compañero nuestro de desgracia, que estará esperando, igual que nosotros, el momento de ser digerido.

-Me voy a buscarle. ¡Quizá sea algún pez viejo que pueda enseñarme la salida!

-Te lo deseo con toda mi alma, simpático muñeco

-¡Adiós, amable bacalao!

-¡Adiós, muñeco, y buena suerte!

-¿Dónde volveremos a vernos?

-¡Vete a saber! ¡Vale más no pensarlo!

CAPITULO XXXV

Pinocho encuentra en el cuerpo del dragón... ¿A quién encuentra? Leed este capítulo y lo sabréis.

Apenas hubo dicho adiós a su buen amigo el bacalao, Pinocho se puso en marcha, andando a tientas en aquella oscuridad por el cuerpo del dragón, y dando con cuidado un paso tras otro en dirección de aquel pequeño resplandor que divisaba a lo lejos, muy lejos. Al andar sentía que sus pies se mojaban en una aguaza grasienta y resbaladiza, y con un olor tan fuerte a pescado frito, como si estuviese en una cocina un viernes de Cuaresma. Pues, señor, que a medida que andaba, el resplandor iba siendo cada vez más visible, hasta que, andando, andando, Ilegó al sitio donde estaba. Y al Ilegar, ¿qué diréis que vio? ¿A que no lo adivináis? ¡Ha! ¡No·lo adivináis!

Pues vio una mesita encima de la cual lucía una vela que tenía por candelero una botella de cristal verdoso, y sentado a la mesita, un viejecito todo blanco, blanco, como si fuera de nieve. El viejecito estaba comiendo algunos pececillos vivos; tan vivos, que algunas veces se le escapaban de la misma boca.

Pinocho sintió una alegría tan grande y tan inesperada, que le faltó poco para volverse loco. Quería reir, quería Ilorar, quería decir una porción de cosas; pero no podía, y en su lugar no hacía más que lanzar sonidos inarticulados o balbucear palabras confusas y sin sentido. Finalmente, consiguió lanzar un grito de alegría, y abriendo los brazos se arrojó al cuello del viejecito gritando:

-¡Papaíto! ¡Papá! ¡Papá! ¡Por fin te he encontrado! ¡Ahora ya no te dejaré nunca, nunca, nunca!

-¡Es verdad lo que ven mis ojos! -replicó el viejecito, frotándose los párpados- ¿Eres tú, realmente, mi querido Pinocho?

-¡Sí, sí; soy yo; yo mismo! ¿Me has perdonado, verdad? ¡Oh, papaíto, qué bueno eres! Y pensar que yo... ¡Oh! ¡Pero no puedes figurarte cuántas desgracias me han sucedido, cuánto he sufrido, cuánto he llorado! Figúrate que el día que tú, pobre papaíto, vendiste tu chaqueta para comprarme la cartilla, me escapé a ver los muñecos, y el empresario quería echarme al fuego para asar el carnero, y que después me dio cinco monedas de oro para que te las llevase. Pero me encontré a la zorra y al gato, que me llevaron a la posada de El Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y yo salí solo al campo, y me encontré a los ladrones, que empezaron a correr detrás, yo a correr, y ellos detrás, y yo a correr y ellos detrás, y siempre detrás, y yo siempre a correr... ¡Uf! iNo quiero acordarme! Bueno; pues por fin me alcanzaron, y me colgaron de una rama de la Encina grande, de donde la hermosa niña de los cabellos azules me hizo llevar en una carroza, y los médicos me vieron en seguida; y yo le dije: -¡Si yo tuviese alas!; y me dijo entonces: ¿Quieres ir con tu papa? y yo le dije: ¡Ya lo creo! Pero, ¿quien me va a llevar?; y ella me dijo: -Monta en mí; y así volamos toda la noche; y por la mañana todos los pescadores miraban al mar, y me dijeron: -Es un pobre hombre en una barquita, que está ahogandose; Y yo desde lejos te reconocí en seguida, porque me lo decía el corazón, y te hice señas para que volvieras a la playa...

-Y yo te reconocí también -interruplo Goro-, y hubiera vuelto; pero no podía. El mar estaba muy malo, y una furiosa ola me volcó la barquita. Entonces me vio un horrible dragón que estaba cerca, vino hacia mí, y sacando la lengua me tragó como si hubiera sido una píldora.

-¿Y cuánto tiempo hace que estás aquí?

-Desde aquel día hasta hoy habrán pasado unos dos años. ¡Dos años, Pinocho mío, que me han parecido dos siglos!

-¿Y qué has hecho para comer? ¿Y dónde has encontrado la vela? ¿Y de dónde has sacado las cerillas?

-Te lo contaré todo. Aquella misma borrasca que hizo volcar mi barquilla echó a pique un buque mercante. Todos los marineros se salvaron; pero el buque se fue al fondo, y el mismo dragón, que sin duda tenía aquel día un excelente apetito, después de tragarme a mí se tragó también el buque.

-¿Cómo? ¡Se lo tragó de un solo bocado! -preguntó Pinocho maravillado.

-De un solo bocado; y no devolvió más que el palo mayor, porque se le había quedado entre los dientes, como si fuera una espina de pescado. Por fortuna mía, aquel barco estaba cargado no sólo de carne conservada en latas, sino también de galleta, o sea pan de marineros, y botellas de vino, pasas, café, azúcar, velas y cajas de cerillas. Con todo esto que Dios me envió he podido arreglarme dos años; pero hoy estoy ya en los restos: ya no queda nada que comer, y esta vela es la última. ¡Y después! ¡Oh! Después, hijo mío. estaremos los dos a oscuras.

-Entonces no hay tiempo que perder, papá -dijo Pinocho-. Debemos pensar en huir.

-¡Huir! ¿Y cómo!

-Saliendo por la boca del dragón y echándonos a nado en el mar.

-Sí, está muy bien; pero el caso es que yo, querido Pinocho, no sé nadar.

-¡Y qué importa! Te pones a caballo sobre mí, y como yo soy buen nadador, te llevaré a la orilla sano y salvo.

-¡Ilusiones, hijo mío! -replicó Goro moviendo la cabeza y sonriendo melancólicamente-. Te parece posible que un muñeco que apenas tiene un metro de alto tenga fuerza bastante para llevarme a mí sobre las espaldas.

-Haremos la prueba, y ya lo verás. De todos modos, si Dios ha dispuesto que debemos morir, al menos tendremos el consuelo de morir abrazados.

Y sin decir más, tomó Pinocho la vela, y adelantándose para alumbrar el camino, dijo a su padre: -¡Sígueme, Y no tengas miedo! Hicieron de este modo una buena caminata, atravesando todo el estómago del dragón. Pero al Ilegar al sitio donde empezaba la espaciosa garganta del monstruo, se detuvieron para echar una ojeada y escoger el momento más oportuno para la fuga.

Pues, señor, como el dragón, viejo ya y padeciendo de asma y de palpitaciones al corazón, tenía que dormir con la boca abierta, acercándose más Y mirando hacia arriba, pudo Pinocho ver por fuera de aquella enorme boca abierta un buen pedazo de ciclo estrellado y el resplandor de la Luna.

-¡Esta es la gran ocasión para escaparnos! -dijo Pinocho en voz baja a su padre-. El dragón duerme como un lirón: el mar esta tranquilo, y se ve como si fucra de día. ¡Ven, ven, papaíto, y verás como dentro de poco estamos a salvo!

Dicho y hecho. Con mucho cuidado saiieron de la garganta del monstrno, y al llegar a la inmensa boca siguieron andando muy despacio, de puntillas, sobre la lengua, que era tan larga y tan ancha como un paseo. Y ya estaban para dar un salto y arrojarse a nado en el mar, cuando al dragón se le ocurre estornudar, y en el estornudo dio una sacudida tan violenta, que Pinocho y Goro fueron lanzados hacia adentro, y se encontraron otra vez en el estómago del monstruo, ¡Claro La vela se apagó, y padre e hijo se quedaron a oscuras!

-¡Esto sí que es bueno! -dijo Pinocho malhurnorado.

-¿Lo ves, hijo, lo ves? Ahora, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos?

¡Ya verás! Darne la mano, y procura. no escurrirte.

-¿Dónde quieres ir?

-Pues a empezar de nuevo. Ven conmigo, y no tengas miedo Pinocho tomó la mano de su padre, y andando siempre sobre la punta de los pies, consiguieron llegar otra vez a la garganta del monstruo. Atravesaron toda la lengua, y salvaron las tres fiias de dientes, Antes de saltar al agua dijo a su padre el muñeco.

-Monta a caballo sobre mi espalda y agárrate fuerte. ¡Todo lo fuerte que puedas! De lo demás me encargo yo.

Así lo hizo Goro. Y el gran Pinocho, valiente y seguro de sí mismo, se arrojó al agua y empezó a nadar vigorosamente. El mar estaba tranquilo como un lago; la Luna llena esparcía su pálida luz de plata, y el dragón seguía durmiendo con un sueño profundo, que no le hubieran despertado cincuenta cañonazos.

CAPITULO XXXVI

Por fin Pinocho deja de ser un muñeco y se transforma en un muchacho.

Mientras Pinocho nadaba velozmente hacia la playa, notó que su padre, siempre a caballo sobre su espalda y con las piernas dentro del agua, temblaba sin cesar corno si estuviese con fiebres tercianas.

¿Temblaba de frío o de miedo? ¡Vaya usted a saber! Ouizás de las dos cosas. Pero Pinocho, creyenbo que era de miedo, le dijo para animarle:

-¡Valor, papaíto! ¡Dentro de pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo!

-Pero, ¿dónde está esa dichosa playa? -preguntó el viejecito, cada vez más inquieto y mirando por todas partes-. Yo no veo más que cielo y mar de frente, a derecha y a izquierda.

-Pues yo sí la veo -dijo el muñeco-. Te advierto que yo soy como los gatos: veo mejor de noche que de día. El pobre Pinocho fingía buen humor y confianza, pero... Pero empezaba a perderla y a desazonarse. Estaba muy cansado, su respiración era cada vez más jadeante; en suma: veía que se le acababan las fuerzas y que la playa aún estaba muy lejos. Siguió nadando, nadando; pero llegó un momento en que no pudo más, y volviendo la cabeza hacia su padre, le dijo con voz entrecortada:

-¡Papá!... iPapá!... ¡No tengo fuerzas!... ¡Me muero!... Ya estaba casi desmayado, y empezaban a hundirse los dos, cuando oyeron una voz de guitarra desafinada que decía:

-¿Quién es el que se muere?

-¡Soy yo y mi pobre papá!

-¡Yo conozco esa voz:! ¡Eres Pinocho!

-¡El mismo! Y tú, ¿quién eres?

-Yo soy el bacalao, tu compañero en la barriga del dragón.

-¿Cómo has conseguido escapar?

-He imitado tu ejemplo. Tú me has enseñado el camino, y yo no he hecho más que seguirte

-¡Oh, quendo bacalao; no has podido llegar más a tiempo! ¡Por nuestra amistad, por la salud de la respetable bacalada, tu mujer, y de tus bacalaítos, te ruego que nos ayudes, porque si no estamos perdidos!

-¡Pero, hombre! ¡Pues ya lo creo! ¡Con mil amores! ¡Agarraos a mi cola y dejaos llevar! ¡En cuatro minutos os conduciré a la orilla! Ya podéis suponeros que padre e hijo se apresuraron a aceptar la amable invitación del buen bacalao; pero en vez de agarrarse a la cola, creyeron mucho más cómodo sentarse encima de él, pues era un bacalao mucho mayor que los corrientes y con una fuerza tan grande, que era campeón de boxeo en su pueblo.

-¿Pesamos mucho? -le preguntó Pinocho.

-¡Ba, hombre! ¡Absolutamente nada! ¡Me parece llevar encima dos conchas de ostras! -respondió el complaciente bacalao.

Al Ilegar a la orilla saltó Pinocho el primero, y ayudó a su papá a hacer lo mismo. Después. dirigiéndose al bacalao, le dijo con voz conmovida :

-¡Amigo mío, has salvado a mi padre, y mi agradecimiento es tan inmenso, que no puede expresarse con palabras! ¡No te olvidaré nunca, porque los ingratos son los más despreciables de los hombres! Ahora permite que te de un beso en señal de eterna gratitud.

El bacalao sacó la cabeza del agua, y se acercó y le dio un cariñoso beso en la boca. Ante esta expresiva muestra de afecto,...

P.D. DE NINO: Así termina este cuento de Pinocho, así me lo mandaron. Sé que es el último capítulo, pero a este capítulo le falta más, falta cuando el hada convierte al muñeco de Pinocho en niño de carne y hueso.

Si tú tienes el final de este cuento, por favor enviamelo por e-mail, para ponerle final a este cuento... Gracias.