Pinocho
Cap. 31 al Final (36)
CAPITULO
XXXI
Después de cinco meses de vagancia nota
Pinocho con gran asombro que le ha salido un magnífico par de orejas de asno, y
acaba por convertirse en un borriquito, con cola y todo.
Poco después llegó la diligencia sin
hacer el menor ruido, por que las ruedas llevaban gruesas llantas de goma.
Tiraban de ella doce pares de borricos,
todos de igual alzada, aunque de diferente pelo. Los había rucios, pardos,
blancos; otros con pintas blancas y negras, y otros con rayas amarillentas o de
color canela.
Pero lo más singular es que aquellos doce
pares, o sean los veinticuatro pollinos, en vez de llevar herraduras como todos
los demás animales de tiro o de carga, llevaban botas de cuero como las que
usan los hombres.
¿Y el conductor de la diligencia? Figuraos
un hombrecillo más ancho que alto, gordo y reluciente como una bola de sebo,
con semblantebonachón, una boquita siempre riendo, y una vocecita fina y
acariciadora, como el maullido de un gato cuando quiere que su ama le haga
fiestas.
Todos los muchachos que le veían quedaban
enamorados de él y deseaban que les permitiera subir al coche para ser
conducidos a aquella verdadera Jauja, conocida en el mapa con el nombre seductor
de "El País de los Juguetes".
La diligencia venía ya llena de muchachos
de ocho a doce años de edad, que iban amontonados unos sobre otros como
sardinas en banasta. Estaban apretados e incómodos; pero a ninguno se le ocurría
lamentarse ni decir ¡ay! La esperanza de llegar a un país donde no había
escuelas, maestros ni libros, los tenía tan contentos, que no sentían ni los
vaivenes y golpes de la marcha, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño.
Apenas se detuvo el coche, aquel
hombrecilio se volvió hacia Espárrago, y con extremada zalamería le dijo
sonriendo:
--Dime, guapo chico, ¿quieres venirte a
este afortunado país?
--¡Ya lo creo que quiero ir!
--Pero te advierto, querido, que ya no hay
sitio en el coche. Como ves, está completamente lleno.
--¡Paciencia!-- dijo Espárrago-- Si no
puedo ir dentro, iré en el estribo.
Y dando un salto, se puso a caballo sobre
el estribo.
--¿Y tú, hijo mío?-- dijo el hombrecillo
volviendse muy cariñoso hacia Pinocho-- ¿Qué piensas hacer? ¿Quieres venirte
también!
--No; yo me quedo--respondió Pinocho--.
Quiero volver a mi casa; quiero estudiar y ser el primero en la escuela, como
deben ser los niños buenos.
--¡Pues que te aproveche!
--¡Pinocho!-- gritó entonces Espárrago--.
¡Sigue mi consejo: vente con nosotros, y seremos felices!
--¡No, no y no!
--¡Vente con nosotros, Y seremos
felices!-- gritaron otras cuantas voces dentro de la diligencia.
--¿Y si me voy con vosotros, qué va a
decir mi mami!-- exclamó Pinocho, que ya empezaba a dejarse convencer.
¡No te quiebres la cabeza pensando en eso!
¡Mira que vamos a un país donde podremos hacer todo lo que queramos desde la
mañana hasta la noche!
Pinocho no respondió y lanzó un gran
suspiro; después dio otro suspiro; luego dio otro mayor aún, y por fin dijo:
--¡Ea, me voy con vosotros! ¡Hacedme un
sitio!
--Está todo ocupado-- dijo entonces el
hombrecillo--; pero, para demostrarte cuánto me alegro de que vengas, te cederé
mi puesto en el pescante.
--¿Y usted?
--Yo haré el camino a pie.
¡No, no lo permito! Prefiero ir montado en
uno de estos borriquillos-- contestó Pinocho.
Y uniendo la acción a la palabra, se acercó
al pollino que ocupaba la izquierda de la primera pareja y quiso saltar sobre él;
pero el animal, volviendo la grupa, le pegó una coz el el estómago que le hizo
volar por el aire.
Figuraos las impertinentes carcajadas que
lanzarían todos los muchachos que presenciaban la escena.
El único que no se rió, aparte de
Pinocho, fue el hombrecillo, que, bajándose del pescante, se acercó al burro
rebelde, y haciendo ademán de darle un beso, le arrancó de un solo bocado la
mitad de la oreja derecha.
Mientras tanto Pinocho se levantó del
suelo, encolerizado, Y saltó sobre el lomo del pobre animal. El salto fue tan
limpio y rápido, que los muchachos, entusiasmados, dejaron de reir y empezaron
a gritar: ¡Viva Pinocho!, a la vez que aplaudían frenéticamente.
Pero hete aquí que de pronto levantó el
burro las dos patas traseras, y dando uná sacudida, lanzó al muñeco sobre un
montón de grava a un lado del camino.
Entonces comenzaron de nuevo las risas;
pero tampoco se rió el hombrecillo, sino que le entró tanto cariño hacia
aquel inquieto borriquillo, que, dándole un nuevo beso, le arrancó la mitad de
la oreja izquierda.
--Monta otra vez a caballo, y no tengas ya
miedo. Sin duda este burro tenía alguna mosca que le molestaba; pero ya le he
dicho dos palabritas en las orejas, y creo que se habra vuelto manso y
razonable.
Montó Pinocho, y la diligencia comenzó a
moverse; pero mientras galopaban los pollinos y la diligencia rodaba por la
carretera, le pareció al muñeco que oía una voz humilde y apenas inteligible,
que le decía:
--¡Eres un insensato! ¡Has querido hacer
tu voluntad, y algún dia te pesará!
Lleno de miedo, Pinocho miró por todos
lados para saber de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie. Los
pollinos galopaban, la diligencia rodaba, los muchachos dormían dentro de ella;
Ezpárrago mismo roncaba como un lirón, y el hombrecillo, sentado en el
pescante, cantaba entre dientes:
«¡Todos
duermen por la noche,
Pero
no me duermo yo!»
Pasado otro medio kilómetro, volvió
Pinocho a sentir la misma voz, que decía:
--Eres un idiota y un majadero. ¡Los niños
que abandonan el estudio, la escuela y el maestro, para no pensar en otra cosa
que en jugar y divertirse, acaban siempre mal! Yo puedo decirlo, porque lo se
por experiencia. ¡Llegará un día en que tendrás que llorar, como yo lloro
hoy; pero entonces será tarde!
Al oír estas palabras, dichas en voz
apenas perceptible, saltó el muñeco al suelo lleno de temor, y acercándose al
pollino en que iba montado, le agarró por las riendas, observando con asombro
que aquel animal lloraba como un chiquillo.
--¡Eh, señor cochero! --gritó entonces
Pinocho al conductor de la diligencia--. ¿Sabe usted que este pollino está
llorando?
--¡Déjalo que llore; otra vez le dará
por reir!
--Pero, ¿es que sabe también hablar?
--No; sólo aprendió a decir alguna que
otra palabra por haber estado durante tres años en una compañía de perros
sabios.
--¡Pobre animal!
--¡Vaya, en marcha! --dijo el
hombrecillo--. ¡No perdamos el tiempo en ver llorar a un burro! Monta a caballo
y vámonos, que la noche es fresca y el camino es largo.
Pinocho montó de nuevo sin rechistar. La
diligencia se puso en marcha, y a la mañana siguiente llegaron felizmente a «El
País de los Juguetes».
Este país no se parecía a ningún otro
del mundo. Toda su población estaba compuesta de muchachos: los más viejos no
pasaban de catorce años; los más jóvenes tendrían ocho. En las calles había
una alegría, un bullicio, un ruido, capaces de producir dolor de cabeza. Por
todas partes se veían bandadas de chiquillos que jugaban al marro, al chato, a
la gallina ciega, a los bolos, al peón; otros andaban en velocípedos o sobre
caballitos de cartón; algunos, vestidos de payasos, hacían como si comieran
estopa encendida; otros corrían y daban saltos mortales, o andaban sobre las
manos con las piernas por alto; otros recitaban en voz alta, cantaban, reían,
daban golpes, jugaban al aro o a los soldados, produciendo tal algarabía, tal
estrépito, que era preciso ponerse algodón en los oídos para no quedarse
sordo.
Por toda la plaza se veían teatros de
madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las
paredes de las casas abundaban, escritos con carbón, letreros tan salados como
los siguientes: ¡Biban los gugetes! (en vez de ¡Vivan los juguetes!), ¡no
Queresmoseskuela! (en vez de ¡No queremos escuela!) ¡Habajo Larin Metica! (en
vez de ¡Abajo la Aritmética!), y otros por el estilo.
Apenas Pinocho, Espárrago y todos los demás
muchachos que habían hecho el viaje con el hombrecillo, pusieron el pie dentro
de la ciudad, se lanzaron entre aquella baraúnda, y, como es de suponer, pocos
minutos después se habían hecho amigos de todos los que allí había.
¿Quién podría considerarse más feliz
que ellos? Entre aquella constante fiesta, llena de tan variadas diversiones,
pasaban como relámpagos las horas, los días y las semanas.
--¡Oh, qué vida tanbuena! --decía
Pinocho cada vez que se encontraba con Espárrago.
--¿Ves como yo tenía razón? --respondía
siempre este último-- ¡Y decir que no querías venirte y que se te había
metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo
estudiando! Si; ahora estás libre de ese fastidio de libros y de escuela, me lo
debes a mí, a mis consejos, ¿no es así? ¡Sólo Ios verdaderos amigos somos
capaces de hacer estos grandes favores!
--¡Es verdad! Si ahora estoy tan contento
y feliz, a ti te lo debo, sólo a ti. ¿Y sabes, en cambio, lo que me decía el
maestro cuando hablaba de ti? Pues me decía siempre: «¡No andes mucho con ese
bribón de Espárrago, porque es un mal compañero que no puede aconsejarte nada
bueno!»
--¡Pobre maestro! --replicó el otro
moviendo la cabeza--. ¡Demasiado sé que me tenía rabia y que no perdía ocasión
de calumniarme; pero yo soy generoso, y le perdono!
--¡Qué alma tan grande! --dijo Pinocho,
abrazando afectuosamente a su amigo y besándole con el mayor cariño.
Cinco meses hacia que habían llegado al país;
cinco meses de jugar y divirtirse durante todo el día, sin abrir un solo libro,
sin ir a la escuela, cuando una mañana tuvo Pinocho, al despertar, una sorpresa
tan desagradable que le puso de muy mal humor.
CAPITULO
XXXII
Le nacen a Pinocho orejas
de burro, después se convierte en verdadero pollino y empieza a rebuznar.
~Cuál fue la sorpresa? Voy a decíroslo,
queridisimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en
gana rascarse la cabeza, y al Ilegarse a ella las manos, se encontró... ;A que
no acertáis lo que se encontró! Pues se encontró, con gran sorpresa de su
parte, con que le habían crecido las orejas mas de una cuarta. Ya sabéis que
desde chamaco, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le
veian. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró
con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían
dos soplillos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encontrando
ninguno, Ilenó de agua la palagana de su lavabo, y entonces pudo ver lo que
nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico
par de orejas de burro. iCómo expresar el dolor, la vergüenza y la desespeïación
del pobre Pinocho !.
Empezó a Ilorar, a gritar y a darse de
cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus
orejas, y crecian, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la
punta. A los gritos de Pinocho entró en la habitacibn una linda marmota que vivía
en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con
interés:
-Qué es eso, querido vecino.
-¡Que estoy malo, amiga marmota, muy malo,
y con una en-fermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso?
-Un poco.
-iMira si tengo fiebre por casualidad!
La marmota levantó una de las patas
delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:
-¡Amigo mío, siento mucho tenerte que dar
una mala noticial!
-Cuál es?
-¡Que tienes una fiebre muy mala!
-Y qué clase de fiebre es.
-¡Es la fiebre del burro!
-No comprendo qué fiebre es esa-respondió
el muñeco, sin embargo, se iba figurando lo que era.
-Yo te lo explicaré-dijo la marmota-.
Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muneco ni un niño.
-Pues, ¿qué seré?
-Dentro de dos o tres horas te convertirás
en un verdadero pollino; tan verdadero como los que tiran de un carro o Ilevan
las hortalizas al mercado.
-iOh iPobre de mí! ¡Pobre de mí!-gritó
Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas
rabiosamente, como si fueran ajenas.
-Querido mío-dijo entonces la marmota para
consolarle- ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la
sabiduría está escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a
los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y
diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en
pollinos.
-Pero, ¿es cierto eso?-preguntó el muñeco
sollozando.
-Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil
que Ilores. Ya no tiene remedio.
-¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo
marmotita; la culpa es toda de Espárrago!.
-¿Y quién es ese Espárrago?
-Un compañero mío de escuela. Yo quería
volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo:
CAPITULO
XXXIII
Convertido Pinocho en un pollino verdadero,
es llevado al mercado de animales y comprado por el director de una compañía
de titiriteros para enseñarle a bailar y a saltar por el aro.
Viendo que la puerta seguía cerrada, el
hombrecillo la abrió de una fuerte patada, Y entrando en la habitación, dijo
con su eterna sonrisa a Pinocho y a Espárrago:
-¡Bravo, muchachos! ¡Rebuznais
perfectamente! Os he reconocido en la voz, y por eso he venido.
Al oír estas palabras, ambos pollinos se
quedaron como atontados, con la cabeza caída, las orejas bajas y el rabo entre
piernas. Inmediatamente, el hombrecillo los acarició pasándoles la mano por el
lomo, y después, sacando una bruza, empezó a cepillarlos perfectamente, hasta
que a fuerza de bruzar les sacó lustre como si fueran dos espejos. Entonces les
puso la cabezada y los condujo al mercado de ganados, con la esperanza de
venderlos y obtener una buena ganancia. No tardaron en presentarse compradores.
Espárrago fue adquirido por un labrador, al cual se le había muerto un borrico
el día anterior, y Pinocho fue vendido al director de una compañía de
titiliteros, que lo compró para amaestrarlo y hacerle saltar y bailar con los
demás animales de la compañía.
Habéis comprendido ya, mis queridos
lectores, cuál era el verdadero oficio del hombrecillo.Pues aquel terrible
monstruo, que tenía siempre cara de risa, se iba de vez en cuando a correr por
el mundo con su coche, y con promesas y halagos recogía a todos los muchachos
holgazanes y traviesos que odiaban a los libros y la escuela, y después de
meterlos en su coche los conducía a El País de los Jugetes; esto para que
pasaran todo el día en retozar y en divertirse.
Cuando, algún tiempo después, aquellos
pobres muchachos, a fuerza de no pensar más que en jugar, se convertían en
pollinos, entonces se apoderaba de ellos con gran satisfacción y los Ilevaba
para venderos en ferias y mercados. Y de este modo había conseguido ganar en
pocos años tanto dinero que era millonario. No sé deciros lo que fue de Espárrago;
pero os diré, en cambio, que el pobre Pinocho tuvo desde el primer día una
vida dura y cruel. El nuevo dueño le Ilevó a una cuadra y le Ilenó el pesebre
de paja; pero apenas probó un bocado, Pinocho la escupió haciendo gestos de
desagrado. Entonces el dueño, aunque refunfuñando, quitó la paja del pesebre
y llenó éste de heno, pero tampoco el heno le agradó a Pinocho.
-iAh! ¿Conque tampoco te gusta el heno?
-gritó el dueño lleno de cólera-. ¡No tengas cuidado, que yo te acostumbraré
a no ser tan caprichoso! Y le dio en las ancas un tremendo latigazo.
El dolor hizo a Pinocho llorar y rebuznar,
diciendo:
-¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Yo no puedo
comer paja!
-¡Pues, entonces, come heno! -replicó el
dueño, que entendia perfectamente la lengua de los burros.
-¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡El heno me da
dolor de barriga!
¡Te habrás creído, sin duda, que a un
burro como tú le voy a dar de comer jamón en dulce y perdices trufadas! -gruñó
el dueño, encolerizándose cada vez más y dándole otro latigazo. Al sentir
esta segunda caricia se calló Pinocho y no dijo una palabra más.
Salió el dueño y le cerró la cuadra,
quedándose solo Pinocho; y como hacía ya muchas horas que no había comido
nada, comenzó a bostezar de hambre, abriendo tanto la boca que parecía la de
un horno. Al fin, viendo que en el pesebre no encontraba otra cosa que heno, se
resignó a tomar un poco, y después de masticarlo bien cerró los ojos y lo
tragó.
-¡No es malo este heno! -pensó en su
interior, después de haberlo tragado-. Pero, cuánto mejor no hubiera sido
haber continuado yendo a la escuela! ¡En vez de heno, estaría comiendo a estas
horas un buen pedazo de pan con queso! iPaciencia! Cuando despertó a la mañana
siguiente, lo primero que hizo fue buscar un poco de heno en el pesebre; pero no
encontró nada, porque se lo había comido todo la noche anterior. Entonces tomó
un bocado de paja, y mientras la mascaba tuvo que convencerse de que el sabor de
la paja no se parecía en nada al del arroz a la valenciana ni al de los
pasteles de hojaldre. -¡Paciencia! -repitió mientras seguía masticando-.
iOjalá que mi desgracia sirva cuando menos de lección provechosa a todos los
niños desobedientes que no quieren estudiar! ¡Paciencia y paciencia!
-¡Qué paciencia ni qué narices! -chilló
el dueño entrando en la cuadra-. ¡Te has creído, burro del diablo, que yo te
he comprado y únicamente para darte de comer y de beber! ¡Te he comprado para
que trabajes y me ganes dinero! iConque ya lo sabes; mucho ojo! ¡Ahora mismo
vienes conmigo al circo para aprender a saltar por el aro y a bailar el vals y
la polka puesto de pie sobre las patas de atrás! Quieras que no quieras, el
pobre Pinocho tuvo que aprender todas estas habilidades y otras más; pero le
costó tres meses de aprendizaje y una colección de palizas formidables.
¡Pobre Pinocho! ¡Qué arrepentido estaba
de su holgazanería! Llegó, por último, el debut de Pinocho-borrico. En todas
las esquinas aparecieron grandes cartelones de colores, que decían así.
Podéis figuraros cómo se hallaría el
circo aquella noche, lleno de bote en bote desde una hora antes de empezar el
espectáculo. Ni a peso de oro se podía encontrar una butaca, ni un palco, ni
siquiera una entrada general. Todas las localidades estaban atestadas de niños
y niñas de todas clases y edades, impacientísimos por ver bailar al famoso
burro Pinocho. Concluída la primera parte del espectáculo, se presentó el
Director de la compañía vestido de frac rojo, pantalón blanco y botas de
montar con grandes espuelas, y haciendo una gran reverencia, recitó, con voz
solemne y campanuda, el siguiente discurso:
-Respetable público; Señoras y señores;
E1 humilde orador que tiene el honor de hablaros, estando de paso en esta
capital, no ha podido menos de presentaros un espectáculo que seguramente os
gustará mucho. Porque este inteligente auditorio estoy seguro de que ha de
celebrar como merece a mi célebre pollino, que va ha tenido el honor de bailar
en todas las principales Cortes de Europa. Por lo cual os doy millones de
gracias a cada uno, y espero vuestros aplausos y vuestra benevolencia. He dicho.
Este discurso fue acogido con grandes
aplausos; pero los aplausos se redoblaron y el entusiasmo rayó en delirio,
cuando se hizo la presentación del burro Pinocho, vestido de gran gala. Llevaba
unas bridas de charol, con hebillas y broches de latón, dos camelias blancas en
las orejas, la crin y la cola trenzadas y adornadas con cordones y flecos de
seda rosa y lazos de terciopelo azul, y a modo de cincha, una gran faja recamada
de oro y plata. En suma, que estaba para enamorar a cualquiera.
La presentación fue hecha por el Director
con las siguientes palabras: -Respetable público; Presento a mi famoso e
incomparable pollino Pinocho, el más sabio y artista de todos los burros,
cazado a lazo por mí mismo cuando corría salvaje por las Ilanuras de la
Patagonia. Los más célebres bailarines no pueden compararse con mi pollino
Pinocho. Lo baila todo, y todo bien. Vedle, si lo merece, aplaudirle. He dicho-.
Al terrninar este segundo discurso hizo el
Director otra profundísima reverencia, y volviéndose después al burro, le
dijo: -¡Animo, Pinocho! ¡Antes de dar principio a tus maravillosos ejercicios,
saluda cortésmente al respetable público.
El obediente Pinocho se arrodilló en el
acto, y así permaneció hasta que el Director, restallando la fusta, gritó: -¡Al
paso! Entonces el borriquillo se enderezó sobre sus cuatro patas, y empezó a
dar vuelta al circo con paso lento.
Poco después gritó el Director: -¡Al
trote!-Y Pinocho obedeció la orden, cambiando el paso por el trote.
-¡Al galope! Y Pinocho marchó con airoso
galope. -¡A la carrera!-Y ya entonces Pinocho salió disparado. Pero en el
momento en que llevaba 13 velocidad de un automóvil de cuarenta caballos, alzó
el Director el brazo y descargó al aire un tiro de pistola. Al oír el tiro,
fingiendo el burro que estaba herido, cayó en la arena y empezó a temblar como
si estuviese en las convulsiones de la agonía. Todo el circo estalló en una
exploslon de aplausos y de gritos, que debieron de oírse en las estrellas. En
tanto, Pinocho abrió un poco los ojos para mirar en torno suyo, y vio en un
palco una señora que tenía al cuello una gruesa cadena de oro, y pendiente de
ella un medallón con el retrato de un muñeco.
-¡Ese retrato es el mío! ¡Esa senora es
mi Hada! -se dijo en el acto Pinocho, y, dominado por la alegría, trató de
gritar; -¡Hada mía! ¡Hada mía! Pero en vez de estas palabras sólo salió de
su garganta un rebuzno tan formidable, que hizo reir a todos los espectadores, y
más especialmente a los muchachos que había en el circo.
Entonces el Director, para enseñarle que
no era de buena educación rebuznar ante el público, le dio un fuerte golpe en
las narices con el mango de la fusta.
El pobre burro sacó fuera un palmo de
lengua y empezó a lamerse las narices, creyendo que de este modo podría calmar
el fuerte dolor que el golpe le había producido. Pero, ¡Cuál no sería su
desesperación cuando, al mirar por segunda vez, vió que el Hada había
desaparecido del palco! Creyó morir. Llenáronse de lágrimas sus ojos, y empezó
a Ilorar desconsoladamente; pero nadie Ilegó a advertirlo, ni siquiera el
Director, que haciendo sonar la justa, dijo: -¡Bravo, Pinocho! Ahora haremos
ver a estos señores con cuánta gracia saltas el aro.
Pinocho probó dos o tres veces; pero
cuando llegaba frente al aro, en vez de saltar pasaba cómodamente por debajo.
Por fin intentó el salto; pero al atravesar por el aro se enredó
desgraciadamente una de las patas, y cayó a tierra como un costal. Cuando se
levantó estaba cojo, y a duras penas pudo volver a la cuadra.
-¡Qué salga Pinocho! iQueremos ver al
burro! ¡Que salga otra vez ! ¡Que baile! ¡Que baile! -gritaban los muchachos,
entusiasmados, sin darse cuenta de que se había hecho daño. Pero el
borriquillo no pudo salir más. El Director tuvo que pronunciar otro discurso de
los suyos y anunciar que Pinocho bailaría en cuanto se pusiera bien.
A la mañana siguiente fue a verle el
veterinario, o sea el médico de los animales, y declaró que se quedaría cojo
para siempre. Entonces dijo el Director al mozo de cuadra que llevase aquel
burro al mercado y lo revendiese, puesto que ya no servía para nada.
Apenas llegaron al mercado, se acercó un
comprador que dijo al mozo de cuadra:
-¡Cuanto quieres por ese burro cojo!
-Veinte pesetas.
-Yo te doy veinte perras chicas. No creas
que lo compro para servirme de él; lo compro por la piel únicarnente. Veo que
tiene la piel muy dura, y quiero hacer con ella un tambor para la banda de música
de mi pueblo.
Podéis pensar lo que pasaría por Pinocho
cuando oyó que estaba destinado a convertirse en tambor Después que el
cornprador pagó las veinte perras chicas, condujo a su burro hasta una roca de
la orilla del mar, y poniéndole una piedra al cuello, le ató una pata con el
estremo de una soga que llevaba en la mano. Después, y cuando el burro estaba más
descuidado, le dio un empellón para arrojarle al mar, conservando en la mano el
otro extremo de la soga. La piedra que Ilevaba al cuello hizo que Pinocho
descendiese rápidamente hasta el fondo, y el comprador, siempre con la soga en
la mano, se sentó en la peria, esperando a que pasara tiempo bastante para que
el pollino se ahogase, y poder arrancarle después la piel para curtirla y hacer
un tambor.
CAPITULO
XXXIV
Pinocho, es arrojado al mar y devorado por
los peces. Vuelve a su primitivo estado de muñeco; pero mientras nada para
salvarse, se lo traga el terrible dragón marino.
Ya Ilevaba el burro más de cincuenta
minutos en el mar, cuando el que lo había comprado dijo para sí: -Ya debe
estar ahogado y más que ahogado. ¡Ea! Voy a sacarlo, y aquí mismo le arrancaré
la piel para hacer un magnífico tambor.
Comenzó a tirar de la soga que había
atado a la pata de Pinocho, y tirando, tirando, tirando... ¡Qué diréis que
sacó! Pues, en vez de un burro muerto, se encontró con un muñeco vivo, que se
retorcía como una anguila. Al ver aquel muñeco de madera creyó soñar el
pobre hombre, y se quedó como atontado, con la boca abierta y los ojos
asustados.
Cuando se repuso un poco de la primera
impresión, dijo balbuceando y hecho un mar de lágrimas:
-Pero, ¡y mi burro! ¿Dónde está el
burro que he tirado al mar?
-¡Ese burro soy yo! -respondió el muñeco
riéndose.
-¿Tú ?
-iYo!
-¡Granuja! ¡No consiento que te burles de
mí!
-¿Burlarme de usted? Todo lo contrario,
querido amo; le hablo completamente en serio.
-Pero, ¿cómo es posible que siendo tú
hace poco un burro de carne y hueso, te hayas convertido dentro del mar en un muñeco
de madera?
-¡Psch !... ¡Cosas del agua del mar ! Al
mar le gustan estas bromas.
-¡Mucho ojo con tomarme el pelo, muñeco;
múcho ojo! ¡Como se me acabe la paciencia, pobre de ti!
-Pues bien, mì amo; ¿quiere usted saber
toda la verdadera historia? Pues yo se la contaré; pero antes hágame el favor
de soltarme esa soga, que me hace daño.
Deseando conocer aquella verdadera
historia, que prometía ser maravillosa, el bueno del comprador desató el nudo
que sujetaba la pierna de Pinocho, que quedó libre como un pájaro en el aire,
y empezó de este modo su relación:
-Sepa usted que yo era antes un muñeco de
madera, como lo soy ahora; pero por mi poca afición al estudio y por seguir los
consejos de malas compañías, me escapé de mi casa, y un día me desperté
siendo un pollino, con unas orejas así de Grandes y una cola así de larga. ¡Qué
vergüenza más grande pasé! Una vergüenza como no quiera Dios que la pase
usted nunca, querido amo. Me Ilevaron al mercado de animales, y me compró el
Director de una compañía ecuestre, al cual se le metió en la cabeza hacer de
mí un gran bailarín y gran saltador de aro; pero una noche di una mala caída
durante la función, y me quedé cojo de las dos patas. Entonces el Director
dijo que no quería a su lado un burro cojo, y me envió a vender al mercado,
que fue cuando usted me compró.
-¡Por mi desgracia! ¡Como que pag·ué
por ti veinte perros chicos! Y ahora, ¡quién va a devolverme mi dinero!
-¿Para qué me compró usted? ¡Para hacer
un tambor con mi piel! ¡Un tambor!
-Dime ahora, monigote impertinente; ¿has
terminado ya tu historia ?
-No -respondió el muñeco- ; faltan pocas
palabras para terminarla. Después de haberme comprado me trajo usted a este
sitio para matarme; pero, sintiéndose compasivo, prefirió atarme una piedra al
cuello y tirarme al mar. Este sentimiento de humanidad le honra a usted mucho y
se lo agradeceré eternamente. Pero usted no había contado con el Hada.
-¡Y quién es esa Hada!
-Es mi mamá, que como todas las mamás
buenas que quieren mucho a sus hijos, no les pierden nunca de vista, y cuidan de
ellos amorosamente, aunque estén muy lejos, y aunque esos hijos, por su mala
conducta, por sus travesuras y por sus escapatorias, merezcan que se les deje
abandonados y no se les vuelva a hacer caso en toda la vida. Decía, pues, que
apenas mi buena Hada me vio en peligro de ahogarme, envió alrededor de mí un
ejercito de peces, que comenzaron a comerme, creyendo que era un burro de
verdad. iY qué bocados tiraban! Nunca hubiera creído que los peces fueran aún
más glotones que los niños. Unos me comían las orejas, otros el hocico, otros
el cuello y la crin, otros las patas; en fin, hasta hubo uno, chiquitin y muy
gracioso, que tuvo la bondad de comerme la cola.
-¡Desde hoy -dijo horrorizado el
comprador- juro no comer ningún pescado! ¡Me desagradaría mucho comer un
salmonete o un besugo y encontrarme con un pedazo de cola de burro!
-Estamos de acuerdo -dijo riendo el
muneco-. Después, cuando ya los peces terminaron de comer toda aquella
envoltura de carne o de piel de burro que me cubría desde la cabeza hasta los
pies, llegaron, como es natural, al hueso, o, por mejor decir, a la madera;
porque, como usted verá, estoy hecho de una madera muy dura. Pero apenas
trataron de tirar algunos bocados, se convencieron, a pesar de su glotonería,
de que yo no era plato a proposito para ellos, y se fueron cada cual por su lado
con la barriga llena, sin darme ni siquiera las gracias por el banquete que les
había proporcionado. Y aquí tiene usted explicado por qué, cuando ha tirado
de la soga, se ha encontrado usted con un muñeco vivo, en vez de un burro
muerto.
-¡Bueno, bueno! ¡Toda esa historia me
importa un rábano! -gritó el comprador, encolerizado-. Lo que yo sé es que he
dado veinte perros chicos por ti, y quiero mi dinero. ¿Sabes lo que voy a
hacer? Llevarte de nuevo al mercado y venderte como leña para encender la
chimenea.
-¡Oh, muy bien! ¡No tengo el menor
inconveniente! -dijo Pinocho-. Pero al mismo tiempo dio un salto y se zambulló
en el agua. Y mientras nadaba alegremente, alejándose de la orilla, gritaba al
pobre comprador :
-¡Adiós, mi amo; si necesita usted una
piel para hacer un tambor, acuérdese de mí! Y se reía estrepitosamente y
seguia nadando, para volverse poco después y gritar con más fuerza:
-¡Adiós, mi amo; si necesita usted un
poco de leña para encender la chimenea, acuérdese de mí!
Poco después se había alejado tanto de la
orilla, que ya no se le distinguía más que como un punto negro en la
superficie del agua, que de vez en cuando sacaba fuera un brazo o una pierna, o
bien daba saltos como un delfín que está de buen humor. Nadando a la ventura,
vio Pinocho en medio del mar un islote que parecía de mármol blanco, y en lo más
alto de él una linda cabrita que balaba tiernamente y que le hacía señas de
que se acercase. Lo más singular del caso era que el pelo de la cabrita, en vez
de ser blanco, o negro, o rojo, como el de las demás cabras, era de color azul
turquí; pero tan brillante, que se parecía mucho a los cabellos de la hermosa
niña.
¡Figuraos cómo latiría el corazón del
pobre Pinocho! Redobló sus esfuerzos para nadar más de prisa en dirección del
islote blanco, y ya habría avanzado una mitad de la distancia, cuando he aquí
que vio salir del agua la horrible cabeza de un monstruo marino con la boca
abierta, que parecía una caverna, y tres filas de dientes que hubieran causado
miedo con sólo verlos pintados.
¡Sabéis quién era aquel monstruo marino!
Pues aquel monstruo marino era nada menos que el gigantesco dragón de l que se
ha hablado varias veces en esta historia, y que por su insaciable voracidad venía
causando tales estragos por aquellos mares, que se le Ilamaban “el Atila de
los peces y de los pescadores”,. ¡Cuál no sería el espanto del pobre
Pinocho a la vista del mons- truo! Trató de escaparse, de cambiar de dirección,
de huir; pero todo era inútil; aquella enorme boca se le venia siempre encima
con la velocidad de un tren expreso.
-Date prisa, Pinocho, por Dios ! -estaba,
balando, la linda cabrita-.
Y Pinocho nadaba desesperadamente con los
brazos, con las piernas, con el pecho, con todo el cuerpo.
-¡Corre, Pinocho, corre; que se acerca el
monstruo! Y Pinocho redoblaba sus esfuerzos para aumentar la velocidad.
-¡Atrás de tí, Pinocho, que te coge! ¡Ya
está ahí! ¡Más a prisa o estás perdido! ¡Que te coge! ¡Que te coge!
Y Pinocho nadaba desesperadamente y se
deslizaba por el agua como una bala de fusil. Ya se acercaba al escollo, y ya la
linda cabrita se inclinaba sobre la orilla, alargando las dos patitas delanteras
para ayudarle a salir del agua.
¡Pero... Pero ya era tarde! Tan cerca
estaba el monstruo, que no hizo más que dar un sorbo, y se tragó al muñeco
con el agua que le rodeaba, como quien se sorbe un huevo de gallina. Y se lo
tragó con tal ansia y violencia, que Pinocho se dio contra una muela del dragón
un golpe tan tremendo, que le hizo estar sin sentido un cuarto de hora.
Cuando volvió de su desmayo no sabía en
qué mundo se encontraba. En torno suyo reinaba una gran oscuridad, pero tan
negra y profunda, que le parecía hallarse en la bolsa de tinta de un calamar..
Quiso escuchar, pero no oyó ruido alguno; únicamente sentía de cuando en
cuando una bocanada de aire que le daba en la cara. Al principio no podía saber
de dónde vendría aquel aire; pero después comprendió que salía de los
pulmones del monstruo. Porque hay que advertir que el monstruo padecía mucho de
asma, y cuando· respiraba parecía que se había desalado el huracán.
Al pronto trató Pinocho de infundirse a sí
mismo algún valor; pero cuando ya tuvo la seguridad de que se encontraba
encerrado en el cuerpo del monstruo marino, empezó a llorar y a gritar,
diciendo:
-¡Socorro! iSocorro! ¡Desgraciado de mí!
¿No hay quien venga a salvarme?
-¡Y quién va a salvarte, desgraciado!
-contestó en aquella oscuridad una voz cascada, como de guitarra sin templar.
-¿Quién me ha hablãdo? -preguntó
Pinocho, sintiendo aún mayor espanto.
-¡Soy yo, un mísero bacala. Al que el
dragón ha engullido lo mismo que a ti! ¡Y tú, qué pez eres!
-¡Que pez ni qué narices! ¡Yo no soy pez
de ninguna clase! ¡Yo soy un muñeco!
-Pues si no eres un pez, ¿Por Qué te has
dejado tragar por el monstruo?
-¡Hombre, eso no se le ocurre más que a
un bacalao! He hecho todo lo posible para que no me tragara; pero se ha empeñado,
y como este diablo de dragón corre que se las pela... Bueno, ¿y qué hacemos
en esta oscuridad?
-Resignarnos y esperar a que el dragón nos
digiera a los dos.
-¡Es un lindo porvenir! -dijo Pinocho. Y
poniéndose muy triste de repente, empezó a llorar como un becerro.
-Hombre, a mi tampoco me hace una gracia
extraordinaria contestó el bacalao; pero soy filósofo, y me resigno. Bien
mirado, hasta me alegro; porque cuando uno nace bacalao, es más honroso morir
en el agua que en el aceite frito.
-¡Valiente majadería! -dijo Pinocho.
-Es una opinión; y como dicen los peces de
la política, todas las opiniones deben ser respetadas.
-Bueno, yo lo que digo es que quiero salir
de aquí, que quiero escaparme .
-Prueba, si lo consigues, mejor para ti.
-¿Es muy grande este dragón que nos ha
tragado? -preguntó el muñeco.
-Figúrate que su cuerpo tiene más de un
kilómetro de largo, sin contar la cola.
Mientras así conversaba Pinocho en aquella
oscuridad, le pareció ver allá lejos, pero muy lejos, una especie de
resplandor.
-¿Qué será aquella lucecita que se ve
allá lejos? -dijo Pinocho, -Será algún compañero nuestro de desgracia, que
estará esperando, igual que nosotros, el momento de ser digerido.
-Me voy a buscarle. ¡Quizá sea algún pez
viejo que pueda enseñarme la salida!
-Te lo deseo con toda mi alma, simpático
muñeco
-¡Adiós, amable bacalao!
-¡Adiós, muñeco, y buena suerte!
-¿Dónde volveremos a vernos?
-¡Vete a saber! ¡Vale más no pensarlo!
CAPITULO
XXXV
Pinocho encuentra en el cuerpo del dragón...
¿A quién encuentra? Leed este capítulo y lo sabréis.
Apenas hubo dicho adiós a su buen amigo el
bacalao, Pinocho se puso en marcha, andando a tientas en aquella oscuridad por
el cuerpo del dragón, y dando con cuidado un paso tras otro en dirección de
aquel pequeño resplandor que divisaba a lo lejos, muy lejos. Al andar sentía
que sus pies se mojaban en una aguaza grasienta y resbaladiza, y con un olor tan
fuerte a pescado frito, como si estuviese en una cocina un viernes de Cuaresma.
Pues, señor, que a medida que andaba, el resplandor iba siendo cada vez más
visible, hasta que, andando, andando, Ilegó al sitio donde estaba. Y al Ilegar,
¿qué diréis que vio? ¿A que no lo adivináis? ¡Ha! ¡No·lo adivináis!
Pues vio una mesita encima de la cual lucía
una vela que tenía por candelero una botella de cristal verdoso, y sentado a la
mesita, un viejecito todo blanco, blanco, como si fuera de nieve. El viejecito
estaba comiendo algunos pececillos vivos; tan vivos, que algunas veces se le
escapaban de la misma boca.
Pinocho sintió una alegría tan grande y
tan inesperada, que le faltó poco para volverse loco. Quería reir, quería
Ilorar, quería decir una porción de cosas; pero no podía, y en su lugar no
hacía más que lanzar sonidos inarticulados o balbucear palabras confusas y sin
sentido. Finalmente, consiguió lanzar un grito de alegría, y abriendo los
brazos se arrojó al cuello del viejecito gritando:
-¡Papaíto! ¡Papá! ¡Papá! ¡Por fin te
he encontrado! ¡Ahora ya no te dejaré nunca, nunca, nunca!
-¡Es verdad lo que ven mis ojos! -replicó
el viejecito, frotándose los párpados- ¿Eres tú, realmente, mi querido
Pinocho?
-¡Sí, sí; soy yo; yo mismo! ¿Me has
perdonado, verdad? ¡Oh, papaíto, qué bueno eres! Y pensar que yo... ¡Oh! ¡Pero
no puedes figurarte cuántas desgracias me han sucedido, cuánto he sufrido, cuánto
he llorado! Figúrate que el día que tú, pobre papaíto, vendiste tu chaqueta
para comprarme la cartilla, me escapé a ver los muñecos, y el empresario quería
echarme al fuego para asar el carnero, y que después me dio cinco monedas de
oro para que te las llevase. Pero me encontré a la zorra y al gato, que me
llevaron a la posada de El Cangrejo Rojo, donde comieron como lobos, y yo salí
solo al campo, y me encontré a los ladrones, que empezaron a correr detrás, yo
a correr, y ellos detrás, y yo a correr y ellos detrás, y siempre detrás, y
yo siempre a correr... ¡Uf! iNo quiero acordarme! Bueno; pues por fin me
alcanzaron, y me colgaron de una rama de la Encina grande, de donde la hermosa
niña de los cabellos azules me hizo llevar en una carroza, y los médicos me
vieron en seguida; y yo le dije: -¡Si yo tuviese alas!; y me dijo entonces: ¿Quieres
ir con tu papa? y yo le dije: ¡Ya lo creo! Pero, ¿quien me va a llevar?; y
ella me dijo: -Monta en mí; y así volamos toda la noche; y por la mañana
todos los pescadores miraban al mar, y me dijeron: -Es un pobre hombre en una
barquita, que está ahogandose; Y yo desde lejos te reconocí en seguida, porque
me lo decía el corazón, y te hice señas para que volvieras a la playa...
-Y yo te reconocí también -interruplo
Goro-, y hubiera vuelto; pero no podía. El mar estaba muy malo, y una furiosa
ola me volcó la barquita. Entonces me vio un horrible dragón que estaba cerca,
vino hacia mí, y sacando la lengua me tragó como si hubiera sido una píldora.
-¿Y cuánto tiempo hace que estás aquí?
-Desde aquel día hasta hoy habrán pasado
unos dos años. ¡Dos años, Pinocho mío, que me han parecido dos siglos!
-¿Y qué has hecho para comer? ¿Y dónde
has encontrado la vela? ¿Y de dónde has sacado las cerillas?
-Te lo contaré todo. Aquella misma
borrasca que hizo volcar mi barquilla echó a pique un buque mercante. Todos los
marineros se salvaron; pero el buque se fue al fondo, y el mismo dragón, que
sin duda tenía aquel día un excelente apetito, después de tragarme a mí se
tragó también el buque.
-¿Cómo? ¡Se lo tragó de un solo bocado!
-preguntó Pinocho maravillado.
-De un solo bocado; y no devolvió más que
el palo mayor, porque se le había quedado entre los dientes, como si fuera una
espina de pescado. Por fortuna mía, aquel barco estaba cargado no sólo de
carne conservada en latas, sino también de galleta, o sea pan de marineros, y
botellas de vino, pasas, café, azúcar, velas y cajas de cerillas. Con todo
esto que Dios me envió he podido arreglarme dos años; pero hoy estoy ya en los
restos: ya no queda nada que comer, y esta vela es la última. ¡Y después! ¡Oh!
Después, hijo mío. estaremos los dos a oscuras.
-Entonces no hay tiempo que perder, papá
-dijo Pinocho-. Debemos pensar en huir.
-¡Huir! ¿Y cómo!
-Saliendo por la boca del dragón y echándonos
a nado en el mar.
-Sí, está muy bien; pero el caso es que
yo, querido Pinocho, no sé nadar.
-¡Y qué importa! Te pones a caballo sobre
mí, y como yo soy buen nadador, te llevaré a la orilla sano y salvo.
-¡Ilusiones, hijo mío! -replicó Goro
moviendo la cabeza y sonriendo melancólicamente-. Te parece posible que un muñeco
que apenas tiene un metro de alto tenga fuerza bastante para llevarme a mí
sobre las espaldas.
-Haremos la prueba, y ya lo verás. De
todos modos, si Dios ha dispuesto que debemos morir, al menos tendremos el
consuelo de morir abrazados.
Y sin decir más, tomó Pinocho la vela, y
adelantándose para alumbrar el camino, dijo a su padre: -¡Sígueme, Y no
tengas miedo! Hicieron de este modo una buena caminata, atravesando todo el estómago
del dragón. Pero al Ilegar al sitio donde empezaba la espaciosa garganta del
monstruo, se detuvieron para echar una ojeada y escoger el momento más oportuno
para la fuga.
Pues, señor, como el dragón, viejo ya y
padeciendo de asma y de palpitaciones al corazón, tenía que dormir con la boca
abierta, acercándose más Y mirando hacia arriba, pudo Pinocho ver por fuera de
aquella enorme boca abierta un buen pedazo de ciclo estrellado y el resplandor
de la Luna.
-¡Esta es la gran ocasión para
escaparnos! -dijo Pinocho en voz baja a su padre-. El dragón duerme como un lirón:
el mar esta tranquilo, y se ve como si fucra de día. ¡Ven, ven, papaíto, y
verás como dentro de poco estamos a salvo!
Dicho y hecho. Con mucho cuidado saiieron
de la garganta del monstrno, y al llegar a la inmensa boca siguieron andando muy
despacio, de puntillas, sobre la lengua, que era tan larga y tan ancha como un
paseo. Y ya estaban para dar un salto y arrojarse a nado en el mar, cuando al
dragón se le ocurre estornudar, y en el estornudo dio una sacudida tan
violenta, que Pinocho y Goro fueron lanzados hacia adentro, y se encontraron
otra vez en el estómago del monstruo, ¡Claro La vela se apagó, y padre e hijo
se quedaron a oscuras!
-¡Esto sí que es bueno! -dijo Pinocho
malhurnorado.
-¿Lo ves, hijo, lo ves? Ahora, ¿qué
hacemos? ¿Qué hacemos?
¡Ya verás! Darne la mano, y procura. no
escurrirte.
-¿Dónde quieres ir?
-Pues a empezar de nuevo. Ven conmigo, y no
tengas miedo Pinocho tomó la mano de su padre, y andando siempre sobre la punta
de los pies, consiguieron llegar otra vez a la garganta del monstruo.
Atravesaron toda la lengua, y salvaron las tres fiias de dientes, Antes de
saltar al agua dijo a su padre el muñeco.
-Monta a caballo sobre mi espalda y agárrate
fuerte. ¡Todo lo fuerte que puedas! De lo demás me encargo yo.
Así lo hizo Goro. Y el gran Pinocho,
valiente y seguro de sí mismo, se arrojó al agua y empezó a nadar
vigorosamente. El mar estaba tranquilo como un lago; la Luna llena esparcía su
pálida luz de plata, y el dragón seguía durmiendo con un sueño profundo, que
no le hubieran despertado cincuenta cañonazos.
CAPITULO
XXXVI
Por fin Pinocho deja de
ser un muñeco y se transforma en un muchacho.
Mientras Pinocho nadaba velozmente hacia la
playa, notó que su padre, siempre a caballo sobre su espalda y con las piernas
dentro del agua, temblaba sin cesar corno si estuviese con fiebres tercianas.
¿Temblaba de frío o de miedo? ¡Vaya
usted a saber! Ouizás de las dos cosas. Pero Pinocho, creyenbo que era de
miedo, le dijo para animarle:
-¡Valor, papaíto! ¡Dentro de pocos
minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo!
-Pero, ¿dónde está esa dichosa playa?
-preguntó el viejecito, cada vez más inquieto y mirando por todas partes-. Yo
no veo más que cielo y mar de frente, a derecha y a izquierda.
-Pues yo sí la veo -dijo el muñeco-. Te
advierto que yo soy como los gatos: veo mejor de noche que de día. El pobre
Pinocho fingía buen humor y confianza, pero... Pero empezaba a perderla y a
desazonarse. Estaba muy cansado, su respiración era cada vez más jadeante; en
suma: veía que se le acababan las fuerzas y que la playa aún estaba muy lejos.
Siguió nadando, nadando; pero llegó un momento en que no pudo más, y
volviendo la cabeza hacia su padre, le dijo con voz entrecortada:
-¡Papá!... iPapá!... ¡No tengo
fuerzas!... ¡Me muero!... Ya estaba casi desmayado, y empezaban a hundirse los
dos, cuando oyeron una voz de guitarra desafinada que decía:
-¿Quién es el que se muere?
-¡Soy yo y mi pobre papá!
-¡Yo conozco esa voz:! ¡Eres Pinocho!
-¡El mismo! Y tú, ¿quién eres?
-Yo soy el bacalao, tu compañero en la
barriga del dragón.
-¿Cómo has conseguido escapar?
-He imitado tu ejemplo. Tú me has enseñado
el camino, y yo no he hecho más que seguirte
-¡Oh, quendo bacalao; no has podido llegar
más a tiempo! ¡Por nuestra amistad, por la salud de la respetable bacalada, tu
mujer, y de tus bacalaítos, te ruego que nos ayudes, porque si no estamos
perdidos!
-¡Pero, hombre! ¡Pues ya lo creo! ¡Con
mil amores! ¡Agarraos a mi cola y dejaos llevar! ¡En cuatro minutos os
conduciré a la orilla! Ya podéis suponeros que padre e hijo se apresuraron a
aceptar la amable invitación del buen bacalao; pero en vez de agarrarse a la
cola, creyeron mucho más cómodo sentarse encima de él, pues era un bacalao
mucho mayor que los corrientes y con una fuerza tan grande, que era campeón de
boxeo en su pueblo.
-¿Pesamos mucho? -le preguntó Pinocho.
-¡Ba, hombre! ¡Absolutamente nada! ¡Me
parece llevar encima dos conchas de ostras! -respondió el complaciente bacalao.
Al Ilegar a la orilla saltó Pinocho el
primero, y ayudó a su papá a hacer lo mismo. Después. dirigiéndose al
bacalao, le dijo con voz conmovida :
-¡Amigo mío, has salvado a mi padre, y mi
agradecimiento es tan inmenso, que no puede expresarse con palabras! ¡No te
olvidaré nunca, porque los ingratos son los más despreciables de los hombres!
Ahora permite que te de un beso en señal de eterna gratitud.
El bacalao sacó la cabeza del agua, y se
acercó y le dio un cariñoso beso en la boca. Ante esta expresiva muestra de
afecto,...
P.D. DE NINO: Así termina este cuento de
Pinocho, así me lo mandaron. Sé que es el último capítulo, pero a este capítulo
le falta más, falta cuando el hada convierte al muñeco de Pinocho en niño de
carne y hueso.
Si tú tienes el final de este cuento, por
favor enviamelo por e-mail, para ponerle final a este cuento... Gracias.