Pinocho
Cap. 26 al 30
CAPITULO
XXVI
Pinocho va con sus compañeros de escuela a
la orilla del mar para ver al terrible dragón.
Al día siguiente fue Pinocho a la escuela.
¡Figuraos lo que ocurriría entre aquella
caterva de muchachos traviesos al ver que entraba en la escuela un muñeco!
Aquello fue una de risotadas que no tenía fin. Uno le hacía una mueca, otro le
tiraba por detrás de la chaqueta, otro le hacía caer el gorro de la mano,
alguno intentó pintarle con tinta unos bigotes, y no faltó quien quisiera
atarle hilos a los pies y a las manos para hacerle bailar.
Al principio Pinocho tuvo paciencia; pero
cuando ésta se le iba ya acabando, se encaró con los más atrevidos y les dijo
con cara de pocos amigos.
--¡Mucho cuidado conmigo! ¡Yo no he
venido aqui para divertir a nadie! Yo respeto a los demás, y quiero a mi vez
ser respetado.
--¡Bravo, Tonino; has hablado como un
libro!-- gritaron aquellos monigotes, aumentando su algazara, y uno de ellos, más
impertinente y atrevido que los demás, trato de aagarrar al muñco por la punta
de la nariz.
Pero no tuvo tiempo, porque Pinocho levantó
la pierna y le dio un puntapie en la espinilla.
--¡Ay! ¡Qué pie más duro!-- gritó el
muchacho, rascándose la parte dolorida.
--¡Y qué brazo! ¡Aún más duro que los
pies!-- dijo otro que se habia ganado un codazo en el estómago por haber
querido dar a Pinocho otra broma desagradable.
Aquel puntapie y aquel codazo, dados tan a
tiempo, hicieron adquirir a Pinocho la estimación y la simpatía de todos los
muchachos de la escuela; todos ellos quisieron ser amigos suyos, y le hicieron
mil protestas de afecto.
El maestro también se mostró satisfecho,
porque le veía atento, estudioso, inteligente, siempre el primero para entrar
en la escuela, y el último para ponerse en pie cuando había terminado la hora.
El único defecto que tenía era frecuentar
demasiado la compañía de los muchachos más traviesos y menos estudiosos.
El maestro se lo advertía todos los días,
y tampoco el Hada se cansaba de repetirle:
--¡Ten mucho cuidado, Pinocho! Tarde o
temprano, esos malos compañeros acabarán por hacerte perder la afición al
estudio, y acaso también por atraerte alguna desgracia grande.
--¡No hay cuidado!-- respondió-- muñeco
encogiéndose de hombros y tocándose la frente con el dedo índice, como
queriendo decir:
--"Soy yo más listo de lo que
parece".
Pues, señor, que un día iba Pinocho a la
escuela y se encontró con unos cuantos compañeros que se acercaron a él y le
dijeron:
--¿Sabes la gran noticia?
--Pues que ha venido a este mar un dragón
grande como una montaña.
--¿De veras? Quizás sea el mismo de
cuando se ahogó mi pobre papá.
--Nosotros vamos a la playa para verle. ¿Quieres
venir?
Yo, no; quiero ir a la escuela.
--¿Qué te importa la escuela? Iremos mañana.
Por una lección más o menos no hemos de ser menos burros.
--¿Y qué dirá el maestro?
--¡Déjale que diga! ¡Para eso le pagan:
para estar riñendo todo el día!
--¿Y mamá?
--Las mamás no saben nunca nada--
respondieron aquellos pilletes.
--¿Sabéis lo que voy a hacer?-- dijo
Pinocho--: Por ciertas razones que vosotros no sabéis, quiero ver el dragón;
pero iré después de salir de la escuela.
--¡Valiente tonto!-- repuso uno de los del
grupo--. ¡Se creerá, sin duda, que un pez de ese tamano va a esperarle para
que lo vea a la hora que quiera? En cuanto se aburra de estar en este mar, se
marchará a otro, y si te he visto no me acuerdo.
--¿Cuánto se tarda en llegar a la
playa?-- preguntó el muñeco.
--En una hora podemos ir y volver.
--¡Pues vamos allá, y a ver quien corre más!--
gritó Pinocho.
Y dicho esto, aquellos monigotes, con los
libros bajo el brazo, echaron a correr a través de los campos. Pinocho iba
siempre delante de todos: parecía tener alas en los pies.
De cuando en cuando volvía la cabeza para
mirar hacia atrás, y se, burlaba de sus compañeros, retrasados a una buena
distancia. Al verlos jadeantes, fatigados, cubiertos de polvo y con una cuarta
de lengua fuera, se reía con toda el alma. ¡El infeliz no podía presumir en
aquel momento que aquella carrera le llevaba al encuentro de nuevas calamidades!
CAPITULO
XXVII
Gran pelea entre Pinocho y sus compañeros.
--Uno de estos cae herido, y Pinocho es preso por la guardia civil.
Apenas llegaron a la playa, comenzó
Pinocho a mirar ansiosamente por toda la extensión del mar, pero no vio ningún
dragón.
El agua estaba tan tranquila y clara, que
parecía un inmenso espejo.
--¿Dónde está el dragón?-- preguntó el
muñeco, dirigiéndose a sus compañeros.
--Se habrá ido a merendar-- dijo uno de
ellos riendo.
--O se habrá metido en la cama para dormir
la siesta-- agregó otro, riendo aún más fuerte.
Pinocho comprendió que sus compañeros,
para burlarse de él, habían inventado la historia del dragón. Y al verse engañado,
se enfadó mucho, y les dijo con acento de amenaza:
--Y ahora, ¿queréis decirme qué habéis
ganado con esta broma tan tonta?
--¡Ya lo creo que hemos ganado!--
respondieron a coro aquellos pilletes--. Hacerte perder la clase.
--¿No te da vergüenza de ser siempre tan
puntual y de saberte todos los días las lecciones? ¿No te da vergüenza de
tanto romperte la cabeza estudiando?
--Y eso, ¿qué os importa a vosotros?
--Nos importa mucho, porque por tu culpa
hacemos mal papel en la escuela.
--¿Por qué?
--Porque los muchachos que estudian dejan
en mal lugar a los que no quieren estudiar, como nos pasa a nosotros. Y no
queremos que nadie se luzca a costa nuestra. ¡Entiendes! ¡También nosotros
tenemos nuestro amor propio!
--Bueno. ¿Y qué es, entonces, lo que debo
hacer para teneros contentos!
--Hacer que te fastidien, como a nosotros,
la escuela, los libros y el maestro, que son nuestros tres mayores enemigos.
--¿Y si yo quisiera seguir estudiando?
--No te miraríamos más a la cara, y en la
primera ocasión que se presentase nos la pagarías.
--¡La verdad es que casi me dais risa!--
dijo el muñeco rascándose la cabeza.
--¡Eh, Pinocho!-- gritó entonces el mayor
de aquellos muchachos mirándole fijamente a la cara--. ¡No vengas aquí a
pintarla de valiente! ¡No quieras hacerte el gallito, porque si tú no tienes
miedo de nosotros, tampoco nosotros lo tenemos de ti! ¡Ten presente que tú
estas solo, y que nosotros somos siete!
--¡Siete como los pecados capitales!--
dijo Pinocho soltando una carcajada.
--¿Habéis visto? ¡Nos ha insultado a
todos! ¡Nos ha llamado pecados capitales!
--¡Pinocho, ten cuidado con lo que dices,
porque si no...!
--¡Uy, qué miedo!-- contestó el muñeco,
sacándoles la lengua y haciéndoles burla.
--¡Pinocho, que vamos a acabar mal!
--¡Uy, qué miedo!
--¡Que vas a volver a casa con la nariz
rota!
--¡Uy, qué miedo!
--¡Sí! ¡Ahora vas a ver!-- grito el más
atrevido, dandole un coscorrón en la cabeza--. Toma este capón, para que cenes
esta noche.
Como es de suponer, la respuesta no se hizo
esperar: el muñeco contestó en el acto con otro coscorrón, y desde este
momento el combate se hizo general y encarnizado.
Aunque Pinocho estaba solo, se defendía
como un héroe. Sus duros pies de madera trabajaban de tal manera, que sus
enemigos se mantenían a respetuosa distancia. Allí donde uno de sus pies
conseguía alcanzar, dejaba un cardenal para recuerdo.
Cuando los siete muchachos se convencieron
de que cuerpo a cuerpo no podían meter mano al muñeco, echaron mano de los
proyectiles, y soltando las correas con que llevaban sujetos los libros,
empezaron a apedrearle con ellos.
Pero Pinocho, que era listo y ágil,
esquivaba los golpes dando saltos, y los libros, uno a uno, fueron cayendo al
mar sin que ninguno le tocara.
¡Figuraos la revolución que se armó
entre los peces! Creyendo que los libros eran cosa de comer, iban disparados a
cogerlos; pero apenas daban un bocado se apresuraban a escupir el papel,
haciendo una rueda, como si dijeran: "¡Uf! ¡Qué malo está esto! Mi
cocinera guisa mucho mejor".
Entretanto el combate seguía siempre
encarnizaclo; cuando he aquí que un cangrejo muy grande que había salido del
agua y que andaba perezosamente por la playa, dijo con voz atiplada:
--¡Basta ya, locos, que no se os puede
llamar de otro modo! Juego de manos, son juegos de villanos. Estoy viendo que os
vais a hacer daño. ¡Esas peleas suelen terminar con una desgracia!
¡Predicar en desierto! El bueno del
cangrejo pudo muy bien ahorrarse saliva. En vez de hacerle caso, el diablejo de
Pinocho se volvió, y mirándole con ojos de cólera, le dijo asperamente:
--¡Cállate, mamarracho! ¡Vaya una voz
ridícula! Más te valdría tomar unas pastillas para curarte la garganta. ¡Anda,
anda, vete a la cama y procura sudar el resfriado!
Los otros muchachos habían ya dado fin de
sus libros; pero en aquel momento vieron el cartapacio de Pinocho y se
apresuraron a cogerlo.
Entre sus libros había uno encuadernado
con cartón grueso y con el lomo y las puntas de pergamino. Era un Tratado de
Aritmética. Podéis imaginaros lo pesado que sería!
Uno de los muchachos se apoderó del libro,
y apuntando a la cabeza de Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza que pudo; pero
en vez de dar al muñeco, fue a estrellase en la cabeza de otro de los
muchachos, que se quedó blanco como la cera y cayó en la arena, diciendo:
--¡Madre mía! ¡Yo me... muero!
A la vista del presunto cadáver echaron a
correr los asustados muchachos, y pocos instantes después habían desaparecido.
Pinocho no escapó; a pesar de que el dolor
y el espanto le tenían más muerto que vivo, fue a mojar su pañuelo en el agua
del mar, y empezó a humedecer las sienes que su desgraciado compañero de
escuela. Y en tanto que realizaba esta operación, llorando desesperadamente,
llamaba al muerto por su nombre, y decía:
--¡Paco! ¡Paquito! ¡abre los ojos y mírame!
¿Por qué no respondes? ¿No me oyes? No he sido yo, ¡sabes!, el que te ha
hecho daño, ¿sabes? ¡Créeme: de verdad que no he sido yo! ¡Abre los ojos,
Paquito! ¡Si los tienes así cerrados, harás que yo también me muera!
¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podré volver
ahora a mi casa? ¿Con qué cara me presentaré a mi mamá? ¿Qué va a ser de mí?
¿Dónde podré esconderme? ¡Cuanto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¿Por
qué habré hecho caso de esos compañeros, que son mi perdición! Bien me lo
había advertido el maestro, y también mi mamá, que me repetía:
¡Guárdate de las malas compañías! Pero
yo soy un testarudo y un desobediente, que oigo como quien oye llover todos los
consejos, y hago siempre mi voluntad, sin tener presente que después tengo que
pagar las consecuencias! ¡Por eso, y sólo por eso, no he tenido aún una hora
de tranquilidad desde que estoy en el mundo! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?
Y Pinocho continuaba llorando, lamentándose
y llamando al pobre Paquito, cuando sintió de pronto ruido de pasos que se
acercaban.
Volvió la cabcza, y vio una pareja de la
guardia civil.
--¿Qué haces ahí en el suelo?-- preguntó
uno de los guardias.
--Estoy auxiliando a este compañero de
escuela.
¿Se ha puesto malo?
--Parece que sí.
--¡Qué malo ni qué ocho cuartos!-- dijo
el otro guardia, que se había inclinado y miraba a Paco atentamente--. Lo que
tiene este muchacho es que le han herido en la sien ¿Quién ha sido?
--¡Yo no he sido!-- balbuceó el muñeco,
que se quedó, como suele decirse, sin gota de sangre en el cuerpo.
--Pues si no has sido tú, entonces, ¿quién
le ha herido?
--¡Yo, no!-- repitió Pinocho.
--¿Con qué ha sido herido?
--Con este libro-- dijo el muñeco,
recogiendo del suelo y mostrando a los guardias aquel Tratado de Aritmética,
encuadernado en cartón y pergamino.
--¿De quién es este libro?
--Mío.
--¡Basta ya; no necesitamos saber más!
Ponte en pie y ven con nosotros.
--¡Pero si yo...!
--¡Ven con nosotros!
--¡Pero si soy inocente!
--¡Bueno, bueno; ven con nosotros, y a
callar!
Antes de marchar, llamaron los guardias a
unos pescadores que en aquel momento pasaban en su barca cerca de la orilla, y
les dijerón:
--Aquí os dejamos este muchacho, que ha
sido herido en la cabeza, para que le llevéis a vuestra casa y le cuideis. Mañana
vendremos por aquí para verle.
Después se volvieron hacia Pinocho, y,
poniéndole en medio, le dijeron con voz áspera:
--¡En marcha, y aprieta el paso! ¡Si no,
te haremos andar de otra manera!
No se lo hizo repetir el muñeco, y empezó
a caminar por el sendero que conducía a la población; pero el pobre diablo no
sabía en qué mundo se encontraba. Creía soñar. ¡Mas era un sueno tan
horrible... ¡Apenas veía lo que le rodeaba; le temblaban las piernas y tenia
la boca seca y la lengua pegada al paladar, que apenas hubiera podido decir una
palabra. Y, sin embargo, en medio de aquel atontitamiento había una idea fija
que le causaba tristeza y dolor: la de que tenia que pasar entre aquellos dos
guardias por debajo de la ventana de su buena Hada. ¡hubiera preferido morir!
Estaba ya para entrar en la población,
cuando una ráfaga de aire arrebató el gorro de la cabeza de Pinocho y lo llevó
a una distancia de diez o doce pasos.
--¿Me permiten ustedes-- dijo el muñeco a
los guardias-- que vaya a recoger mi gorro?.
--Ve, y despacha pronto.
El muñeco fue a recoger su gorro; pero en
vez de ponérselo en la cabeza lo sujetó con los dientes, y echó a correr con
todas sus fuerzas en dirección de la playa. Aquello no era un muñeco: era una
bala disparada.
Juzgando los guardias que les sería difícil
alcanzarle, le azuzaron un perro de presa que había ganado el premio en todas
las carreras de perros. Mucho corría Pinocho, pero el perro corría más. La
gente se asomaba a las ventanas y se arremolinaba en el camino, ansiosa de ver
el resultado de aquella feroz persecución. Pero no pudieron conseguirlo, porque
Pinocho y el perro levantaban tal nube de polvo, que a los pocos momentos ya no
se les veía.
CAPITULO
XXVIII
Pinocho corre peligro de ser frito en una
sartén como un pez.
Durante aquella desesperada carrera hubo un
momento en que Pinocho se creyó perdido, porque Chato (que así se llamaba el
perro de presa) casi le daba alcance; de tal modo, que el muñeco no sólo; sentía
la jadeante respiración del animal, sino el mismo calor de su aliento.
Por fortuna estaban ya en la playa, y el
mar estaba a pocos pasos. Entonces el muñeco dio un soberbio salto, como no lo
hubiera dado mejor una rana, y fue a caer en el agua. Chato quiso detenerse;
pero, llevado por el ímpetu de la carrera, fue a parar también en el mar.
El desgraciado no sabía nadar; así es que
empezó a dar manotazos y patadas para mantenerse a flote; pero cuando más
manoteaba, más se iba hundiendo.
Haciendo un esfuerzo supremo, consiguió
sacar un momento la cabeza del agua, y gritó ladrando:
--¡Socorro! ¡Que me ahogo!
--¡Revienta de una vez!-- respondió a lo
lejos Pinocho, libre ya de peligro.
--¡Ayúdame, Pinocho mío! ¡Sálvame de
la muerte, por caridad!
Al oir estos ruegos desgarradores, el muñeco,
que tenía un corazón exelente, se conmovió, y volviéndose hacia el perro le
dijo:
--Pero si te ayudo a salvarte, ¿me
prometes no correr más detrás de mí?
--¡Te lo prometo, sí, sí! pero ven
pronto, por favor; porque sí tardas un minuto, estiro la pata!
Aún dudó un momento Pinocho; pero, acordándose
de que su papá le había dicho muchas veces que nunca se pierde por hacer una
buena acción, fue nadando hasta reunirse con Chato, y agarrándole por la cola,
le condujo sano y salvo hasta la arena de la playa.
El pobre perro no podía mantenerse en pie:
había bebido tanta agua salada, que estaba hinchado como un globo. Por otra
parte, Pinocho, que no las tenía todas consigo, creyó prudente arrojarse de
nuevo al mar, y se alejó de la orilla gritando:
--¡Adiós, Chato; que sigas bueno; muchos
recuerdos a tu familia!
--¡Adiós, Pinocho!-- respondió el
perro--. ¡Mil gracias por haberme librado de la muerte! ¡Me has prestado un
gran servicio, y todo tiene su pago en este mundo. Si se presenta la ocasión,
ya hablaremos de esto.
Pinocho continuó nadando, manteniéndose
siempre cerca de la orilla. Finalmente, le pareció que se hallaba en sitio
seguro; miro hacia la playa, y vio entre las rocas una especie de gruta, de la
cual salía un largo penacho de humo.
--En esa gruta debe de haber fuego-- se
dijo-- ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calantarme. ¿Y después? ¡Después
sucederá lo que Dios quiera!
Tornada ya su resolución, se acercó a la
orilla; pero cuando iba a trepar por las rocas, sintió que salía algo del
fondo, algo que le recogia y le hacía salir por el aire. Trató de escapar;
pero ya era tarde, porque, con asombro grande, se encontró preso dentro de una
fuerte red de pescar, y entre una multitud de pescados de todas clases y tamaños,
que coleaban desesperadamente.
Al mismo tiempo vio salir de la gruta un
pescador tan feo, tan feo, que parecía un monstruo marino. Su cabeza, en vez de
pelo, tenía una espesa mata de hierba verde; los ojos eran verdes, verde la
piel y verde la barba, tan larga, que casi llegaba hasta el suelo.
Parecía un enorme lagarto que andaba
derecho sobre las patas traseras.
Cuando el pescador sacó la red fuera del
mar, exclamó con gran alegría:
--¡Bendita sea la Providencia! ¡También
hoy me voy a dar un buen atracón de peces!
--¡Menos mal que yo no soy pez!-- se dijo
Pinocho recobrando un poco de valor.
La red, con toda la pesca que contenía,
fue llevada al interior de la gruta, una cueva oscura y ahumada, en el centro de
la cual estaba calentándose una gran sartén de aceite, con un olor a sébo que
no dejaba respirar.
--¡Vamos a ver lo que he pescado!-- dijo
el pescador verde, metiendo en la red una mano tan grande como una pala de horno
y sacando un punado de salmonetes.
--¡Buenos salmonetes!-- continuó, mirándolos
con gran complacencia, y arrojándolos después en un barreño.
Volvió a repetir la operación, y cada vez
que sacaba un puñado de peces se le hacía la boca agua y decía:
--¡Estupendos lenguados!
--¡Magníficos besugos!
--¡Hermosas sardinas!
--¡Vaya unos calamares!
--Pues, ¿y estos boquerones, que habrá
que comer con raspa y todo?
--¡Oh, qué langostinos tan ricos!
Como es de suponer, calamares, langostinos,
busugos, sardinas, boquerones y lenguados fueron a parar al barreño, para hacer
compañía a los salmonetes.
En la red no quedaba ya más que Pinocho.
Cuando el pescador le tuvo en la mano, abrió
más aún sus verdes ojazos, y gritó con asombro y casi con temor:
--¿Qué clase de pescado es éste? ¡Yo no
recuerdo haber comido nunca uno semejante!
Y volvió a mirarle y remirarle bien por
los cuatro costados, diciendo por último:
--¡Debe ser un cangrejo de mar!
Mortificado Pinocho al oír que le confundían
con un cangrejo de mar, dijo con acento resentido:
--Pero, ¡qué cangrejo ni qué narices! ¡Pues
no faltaba más! Yo no soy un cangrelo: soy un muñeco, para que usted lo sepa.
¡Un muneco! Confieso que no he visto nunca
ningún pez-muneco. ¡Tanto mejor! ¡Así te comeré con más gusto!
--¿Comerme? ¡Pero, hombre, si yo no soy
un pez! ¿No está usted viendo que pienso y que hablo como usted?
--¡Toma, pues es verdad!-- dijo el
pescador--. En fin, puesto que eres un pez que tienes la suerte de pensar y de
hablar como yo, voy a tener contigo algunos miramientos.
--¿Cuáles?
--En prueba de amistad y de especial
consideración, te dejo elegir la forma en que he de guisarte. ¿Querés que te
ponga frito con patatas, o prefieres la salsa mayonesa?
--A decir verdad-- repuso Pinocho,-- si yo
he de escoger, prefiero ser puesto en libertad para volver a mi casa.
--¡Vamos, tú bromeas! ¿Te parece que voy
a perder la ocasión de comer un pescado tan raro como tú? ¡No se pescan todos
los días en estos mares peces--muñecos! ¡Déjame a mí! ¡Verás! Voy a
freirte en la sartén con todos los demás pescados, y no podrás quejarte.
Siempre es un consuelo ser frito en compañía.
Al oír esta sentencia tan poco
consoladora, el pobre Pinocho empezó a llorar, a gritar y a lamentarse:
--¡Cuánto mejor hubiera sido ir a la
escuela! ¡He hecho caso de las malas compañías, y ahora voy a pagarlo! ¡Hi...
hi... hi...!
Y como se revolvía igual que si fuera una
anguila, y hacía esfuerzos extraordinarios para librarse de las manos del
pescador, éste cogió un fuerte junco y le ató brazos y piernas, como si fuera
una langosta, arrojándole después en el barrero con los demás pescados.
Después sacó un bote lleno de harina y
empezó a enharinarlos. A medida que iba cubriéndolos de harina por todas
partes, los echaba en la sartén. Los primeros que tuvieron que bailar en el
aceite hirviendo fueron los pobres besugos; después les tocó la vez a los
calamares, siguiendo los salmonetes; luego las sardinas, los lenguados y los
boquerones. Llegó el turno de Pinocho, que al verse tan cerca de la muerte (¡y
qué horrible muerte!), sintió ya tal espanto, que no tuvo fuerzas para gritar
ni para quejarse.
El pobre no podía pedir compasión más
que con los ojos; pero el pescador verde, sin mirarle siquiera, le dio cinco o
seis vueltas por la harina, cubriéndole perfectamente de pies a cabeza, de tal
manera que parecía un muñeco de yeso.
Después le agarró por las piernas, y...
CAPITULO
XXIX
Vuelve Pinocho a casa del Hada. --Gran
merienda de café con leche para solemnizar el éxito de Pinocho en sus exámenes.
Cuando el pescador se disponia a echar a
Pinocho en la sartén, entró en la gruta un enorme perro, atraído por el olor
del pescado frito.
--¡Largo de aquí!-- gritó el pescador
amenazándole, y teniendo siempre en la mano el muñeco.
Pero el pobre animal tenía un hambre
terrible, y grunía y meneaba la cola, como queriendo decir:
--¡Dame un poco de pescado frito y te
dejaré en paz!
--¡Largo de aquí, te digo!-- repitió el
pescador, alargando la pierna como para darle un puntapie.
Entonces el perro, que cuando le apretaba
el hambre de verdad no tenía miedo a nada, se volvió furioso contra el
pescador, enseñandole los terribles colmillos.
Al mismo tiempo se oyó en la gruta una
vocecita muy débil, que dijo:
--¡Sálvame, Chato, que me van a freir!
El perro conoció en el acto la voz de
Pinocho, y observó con gran asombro que la voz salía de aquel bulto enharinado
que el pescador tenía en la mano.
¿Y qué hizo? Pues, dando un salto, tomó
delicadamente entre los dientes al muñeco enharinado, y salió de la gruta
corriendo como el viento.
Furioso el pescador de que le arrebataran
aquel pez que pensaba comer con tanto gusto, trató de alcanzar al perro; pero
apenas había dado algunos pasos, le acometió un golpe de tos que le hizo
volver atras.
Mientras tanto, Chato había llegado a la
senda que conducía a la población, y depositó en tierra a su amigo Pinocho.
--¡Cuanto tengo gue agradecerte!-- dijo el
muñeco.
--¡Nada absolutamente!-- respondió el
perro--. Tú me salvaste a mí, y todo tiene su pago en este mundo: hay que
ayudarse unos a otros.
--Pero, ¿cómo es que me has encontrado en
aquella gruta?
--Es que seguía tendido en la playa, mas
muerto que vivo, cuando el aire me trajo un olorcillo a pescado frito que me
abrió el apetito de par en par; así es que: me levanté para ir al sitio de
donde venía aquel olor. ¡La verdad es que si llego un minuto más tarde...!
--¡No me lo digas!-- exclamó Pinocho, que
aún temblaba de miedo--. ¡No me lo recuerdes! ¡Si llegas un minuto más
tarde, a estas horas estaría yo frito con patatas! ¡Uf! ¡Sólo de pensarlo me
estremezco!
Chato no pudo menos de reirse, y tendió su
mano derecha al muñeco que la estrechó anmistosamente, y después se
separaron.
El perro tomó el camino de su casa, y
Pinocho se dirigió hacía una cabaña que estaba cerca de allí, y preguntó a
un viejecito que se hallaba en la puerta calentándose al sol:
--Dígame, buen hombre: ¿sabe usted algo
de un muchacho que fue herido en la cabeza, y que se llama Paquito?
--A ese muchacho le trajeron unos
pescadores a esta cabaña; pero ya...
--¿Pero ya habrá muerto?-- interrumpió
Pinocho con gran dolor.
--No; ahora ya está bueno, y se ha
marchado a su casa.
--¿De veras? ¿Es verdad eso?-- gritó el
muñeco saltando de alegría--. ¿De modo que la herida no era grave?--Pero podía
haber resultado gravísima, y aun mortal-- respondió el viejecito--, porque le
tiraron a la cabeza un grueso libro encuadernado en cartón.
--¿Y quién se lo tiró?
--Un compañero de escuela, llamado
Pinocho.
--¿Y quién es ese Pinocho?-- preguntó el
muñeco, haciendose el ignorante.
--Dicen que es un niño muy malo, un holgazán,
un pícaro de tomo y lomo.
--¡Calumnias! ¡Todo eso son calumnias!
--¿Conoces a Pinocho?
De vista-- contestó el muñeco.
--¿Y qué concepto tienes formado de él?
--Pues a mí me parece que es un excelente
muchacho, que tiene gran amor al estudio, obediente, muy amante de su papá y de
toda la familia.
Mientras el muñeco decía todas estas
mentiras con la mayor frescura, se echó mano a la nariz, y observó que habia
crecido más de un palmo. Entonces empezó a chillar lleno de miedo:
--¡No haga usted caso de todo lo que le he
dicho, buen hombre, porque conozco perfectamente a Pinocho, y puedo asegurarle
también yo que es un muchacho malo, desobediente y holgazán, y que en vez de
ir a la escuela se va con los compañeros a vagar por ahí! Apenas hubo
terminado de decir estas palabras, se acortó su nariz, y quedó del tamaño que
tenía antes.
--¿Y por que estás así pintado de
blanco!-- preguntó poco después el viejecito.
--Le diré a usted: sin darme cuenta, me he
restregado contra un muro que estaba recién blanqueado-- respondió el muñeco,
dándole verguenza confesar que había sido enharinado como un pescado, para
freirle después en olla sartén.
--¿Y qué has hecho de la chaqueta, de los
calzones y del gorro?
--Me he encontrado con unos ladrones que me
lo han quitado todo. Dígame, buen hombre: ¿No podría usted darme, por
casualidad, algo con que pudiera vestirme para volver a mi casa?
--Hijo mío, no tengo ningún traje que
poder darte: solo tengo un saco pequeño para guardar chufas. Si lo quieres,
mirarlo: aquí está.
No se lo hizo decir Pinocho dos veces: tomó
en el acto el saco, que estaba vacío, haciéndole, con unas tijeras que pidió
una abertura en el fondo y otras dos a los lados, se lo endozó a modo de
camisa.
Vestido de este modo tan ligero, se dirigió
a la población; pero al llegar al camino empezba titubear, tan pronto avanzando
como retrocediendo, y diciéndose para sus adentros:
--¿Cómo me presentaré a mi buena Hada?
¿Qué dirá cuando me vea? ¿Querrá perdonarme esta segunda diablura? ¡Me
temo que no me la va a perdonar! ¡Oh, de seguro que no! !Y me estará bien
empleado, porque soy un monigote que siempre estoy prometiendo corregirme, y
nunca lo hago!
Entró en la población siendo ya noche
cerrada; y como estaba lloviendo a cántaros, decidió ir derechito a la casa
del Hada y llamar a la puerta hasta que le abrieran.
Al llegar frente a la casa sintió que le
faltaba el valor, y en vez de llamar se alejó corriendo como unos veinte pasos.
Volvio segunda vez, pero también se apartó sin hacer nada. Volvió tercera
vez, y lo mismo. Sólo a la cuarta vez se atrevió a levantar, temblando, el
llamador de hierro y a dar un golpecito muy suave.
Esperó pacientemente, y al cada de media
hora se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro), y vio
Pinocho asomarse un caracol muy grande, con una vela encendida en la cabeza, que
preguntó:
--¿Quién llama a estas horas?
--¿Está el Hada en casa?
--El Hada está durmiendo, y no quiere que
se la despierte.
¿Quién eres tú?
--Soy yo.
--¿Quién?
--Pinocho.
--¿Qué Pinocho?
--El muñeco que vive en esta casa con el
Hada.
--¡Ah, ya sé!-- dijo el caracol--. Espérame,
que ahora bajo y te abriré en seguida.
--¡Anda de prisa, por caridad porque estoy
muriéndome de frío!
--Hijo mío, yo soy un caracol, y los
caracoles no tenemos nunca prisa.
Pasó una hora, y pasó otra sin que se
abriera la puerta, por lo cual Pinocho, que estaba completamente calado de agua
y que temblaba de frío y de miedo, cobró ánimo y llamó segunda vez, pero
algo más fuerte que la primera.
A esta segunda llamada se abrió una
ventana del piso de más abajo, o sea del piso tercero, y se asomó el mismo
caracol.
--¡Buen caracol!-- gritó Pinocho desde la
calle--. Hace dos horas que estoy esperando, y dos horas con esta noche tan mala
parecen dos años. ¡Date prisa, por caridad!
--¡Hijo mío!-- le respondio desde la
ventana aquel animal tan tranquilo y flemático--, yo soy un caracol, y los
caracoles no tenemos nunca prisa.
Y volvió a cerrarse la ventana.
Sonó poco después la media noche, sonó
la una, sonaron las dos, y la puerta siempre cerrada.
Entonces perdió Pinocho la paciencia, y
agarró con rabia el llamador para dar un golpe que hiciera retemblar toda la
casa; pero aquel llamador, que era de hierro, se convirtió en una anguila viva,
que escurriéndose entre las manos desapareció en el arroyo de agua que corría
por el centro de la calle.
--Sí, ¿eh?-- gritó Pinocho, cada vez más
lleno de cólera-- ¡Pues si el llamador ha desaparecido, yo seguiré llamando a
fuerza de patadas!
Y echándose un poco hacia atrás, pegó
una furiosa patada en la puerta de la casa. Tan fuerte fue el golpe, que penetró
el pie en la madera cerca de la mitad, y cuando el muñeco quiso sacarlo, fueron
inútiles todos sus esfuerzos, porque se había introducido como si fuera un
clavo.
¡Figuraos en qué postura quedó el pobre
Pinocho! Tuvo que pasarse toda la noche con un pie en tierra y el otro en el
aire.
Por últlmo, al ser de día se abrió la
puerta. Aquel excelente caracol no había tardado en bajar desde el cuarto piso
a la calle nada más que nueve horas, y aun así llegó sudando.
--¿Qué haces con ese pie metido en la
puerta!-- preguntó riendo al muñeco.
--Ha sido una desgracia que me ha ocurrido.
¿Quieres probar a ver si puedes librarme de este suplicico?
--¡Hijo mío, eso es cosa del carpintero,
y yo no soy carpintero!
--Díselo al Hada, de mi parte.
--El Hada está durmiendo y no quiere que
se le despierte.
--Pero, ¿qué quieres que haga clavado
todo el día en esta puerta?
--Entretente en contar las hormigas que
pasan por el camino.
--¡Tráeme, al menos, algo de comer,
porque estoy desfallecido!
--¡En seguida!-- dijo el caracol.
Al cabo de tres horas y media volvió,
trayendo en la cabeza una bandeja de plata, en la cual había un pan, un pollo
asado y cuatro albarioques maduros.
--¡Ahí tienes el desayuno que te envía
el Hada!-- dijo el caracol.
Al ver tan excelente comida se tranquilizó
algo Pinocho; pero, ¡cuál no sería su desengaño cuando, al tratar de comer,
se encontró con que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques
de cera, aunque todo tan bien hecho, que parecía de verdad!
Se echó a llorar, y lleno de desesperación
quiso tirar a lo lejos la bandeja de plata y todo ]o que contenía; pero no llegó
a hacerlo porque, fuese efecto del dolor o de la debilidad de estómago, se
desmayó.
Cuando recobró el conocimiento se encontró
tendido en un sofá y con el Hada a su lado.
--También te perdono por esta vez-- le
dijo el Hada--; pero, ¡pobre de ti si vuelves a hacer otra de las tuyas!
Pinocho prometió firmemente estudiar y ser
bueno, y cumplió su promesa todo el resto del año. Cuando llegaron los exámenes
que se celebraban antes de las vacaciones, tuvo el honor de ganar el primer
premio: y tan satisfactorio fue en general su comportamiento, que el Hada le
dijo muy contenta:
--Para celebrar tu triunfo, vamos a
convidar a merendar a tus amigos.
Pinocho se puso muy contento.
Quien no haya presenciado la alegría de
Pinocho al oír esta inesperada noticia, no podrá figurársela. Todos sus
amigos y compañeros de escuela debían ser invitados para una merienda que había
de celebrarse al día siguiente en la casa del Hada, para solemnizar el gran
acontecimiento, El Hada había mandado preparar doscientas tazas de cafe con
leche y cuatrocientos panecillos untados de manteca por dentro y por fuera.
Aquella fiesta prometía ser muy alegre y divertida; pero...
Por desgracia, siempre había en la vida de
aquel muñeco un pero que todo lo echaba a perder.
CAPITULO
XXX
Pinocho, se escapa con su amigo Espárrago
al país de los juguetes.
Pinocho pidió al Hada que le permitiese
dar una vuelta por la población, a fin de invitar a sus compañeros, y el Hada
le dijo:
--Vete, pues, a invitar a todos tus amigos
y compañeros para la merienda de mañana; pero ten cuidado de volver a casa
antes de que sea de noche. ¿Has comprendido?
--Te prometo que dentro de una hora estaré
de vuelta-- replicó el muñeco.
--¡Ten cuidado, Pinocho! Todos los
muchachos prometen en seguida, pero raras veces saben cumplir lo ofrecido.
--Pero yo no soy como los demás: cuando yo
digo una cosa, la sostengo.
--¡Ya lo veremos! Si no obedeces, tanto
peor para ti.
--¿Por qué?
--Porque a los niños desobedientes les
pasan muchas desgracias.
--¡Ya lo sé, ya! ¡Bien caro me ha
costado ser tan travieso! Pero ya he cambiado y siempre seré bueno-- dijo
Pinocho.
Sin decir una palabra más saludó el muñeco
a la buena Hada que le servía de mamá, y cantando y bailando salió de la
casa.
En poco más de una hora quedaron hechas
todas las invitaciones. Algunos muchachos aceptaron en seguida y con mucho
gusto; otros se hicieron rogar algo; pero cuando supieron que los panecillos con
que se iba a tomar el café con leche no sólo estarían untados de manteca por
dentro, sino también por fuera, acabaron por decir:
--¡Bueno!; pues iremos también, por
complacerte!
Ahora conviene saber que entre los amigos y
compañeros de escuela Pinocho había uno a quien quería y distinguía sobre
los demas.
Llamábase este amigo Ricardo; pero todos
le llamaban por el sobrenombre de Espárrago, a causa de su figura seca, enjuta
y delgada como un espárrago triguero.
Espárrago era el muchacho más travieso y
revoltoso de toda la escuela; pero Pinocho le quería entranablemente; así es
que no dejo de ir a su casa para invitarle a la merienda. Como no le encontró,
volvió segunda vez, y tampoco; volvió una tercera, y también perdió el
viaje.
¿Dónde encontrarle? Busca por aquí,
busca por alli, por fin le halló escondido en el portal de una casa de
labradores.
--¿Qué haces aquí?-- le preguntó
Pinocho, acercándose.
--Espero a que sea media noche para
marcharme.
--¿Adónde?
--Lejos, lejos; muy lejos.
--¡Y yo que he ido a buscarte tres veces a
tu casa!
--¿Qué me querías?
--Que mañana te espero a merendar en mi
casa.
--Pero, ¿no te digo que me marcho esta
noche?
--¿A qué hora?
--Dentro de poco.
--¿Y dónde vas?
--Voy a vivir en un país que es el mejor
país del mundo. ¡Una verdabera Jauja!
--¿Y cómo se llama?
--Se llama "El País de los
Juguetes" ¿Por qué no te vienes tú también?
--¿Yo? ¡No por cierto!
--Haces mal, Pinocho. Créeme a mí. Si no
vienes, te arrepentirás algún día. ¿Donde vas a encontrar un pais más sano
para nosotros los muchachos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí
no hay libros. En aquel bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay
escuela, y todas las semanas tienen seis jueves y un domingo. ¡Figúrate que
las vacaciones de verano empiezan el primer día de Enero y terminan el último
de Diciembre! ¡Ese es un país como a mí me gusta! ¡Así debieran ser todos
los países civilizados!
--Pero, entonces, ¿cómo se pasan los días
en "El País de los Juguetes"?
--Pues jugando y divirtiéndose desde la
manana hasta la noche. Después se va uno a dormir, y a la mañana siguiente
vuelta a empezar.
--¿Qué te parece?
--¡Hum!-- hizo Pinocho moviendo la cabeza,
como si quisiera decir: ¡Esa vida también la haría yo con mucho gusto!
--¡Conque, vamos, decídete! ¿Quieres
venir conmigo, si, o no?
--¡No, no y no! He prometido a mi mamá
ser bueno, y quiero cumplir mi palabra. Ya se está poniendo el Sol y tengo que
irme. ¡Conque adiós, y buen viaje!
--¿Adónde vas con tanta prisa?
--A casa. Mi mama me ha dicho que vuelva
antes de anochecer.
--¡Espera dos minutos más!
--¡Se va a hacer tarde!
--¡Tan sólo dos minutos!
--¿Y si el Hada me regaña?
--¡Déjala que regañe! Ya se cansará, y
acabará por callarse-- dijo aquel bribonzuelo de Espárrago.
--Y qué, ¿te vas solo o acompañado?
--¡Solo! ¡Pues si vamos a ser más de
cien muchachos!
--¿Hacéis el viaje a pie?
--No. Dentro de poco pasará por aquí el
coche que ha de llevarnos a ese delicioso país.
--¡Daría cualquier cosa por que pasara
ahora ese coche!
--¿Para qué?
--Para veros marchar a todos juntos.
--Pues quédate un poco más, y podrás
verlo.
--¡No, no! ¡Me voy a mi casa!
--¡Espera otros dos minutos!
--He perdido mucho tiempo. El Hada estará
ya con cuidado.
--¡Dichosa Hada! ¿Es que tiene miedo de
que te coman los murciélagos?
--Pero, dime la verdad-- preguntó Pinocho,
que parecía estar pensativo--: ¿estás bien seguro de que en aquel país no
hay escuelas?
--¡Ni sombra de ellas!
--¿Ni maestros tampoco?
--¡Mucho menos!
--¿Y no hay obligación de estudiar?
--¡Ni por asomo!
--¡Qué país tan hermoso!-- dijo Pinocho,
haciéndosele la boca agua--. ¡Qué país tan hermoso! Yo no he estado nunca,
pero me lo figuro.
--¿Por qué no te vienes?
--Es inútil que quieras convencerme. He
prometido a mi mamá ser un muchacho juicioso, y no quiero faltar a mi palabra.
--Pues entonces, adiós, y muchos recuerdos
a todos los amigos y compañeros de escuela.
--Adiós, Espárrago; que tengas buen
viaje; diviértete mucho, y que te acuerdes alguna vez de los amigos.
Dicho esto se separó el muñeco y anduvo
dos pasos, como para marcharse; pero se paró de pronto, y volviéndose hacia su
amigo le preguntó.
--Pero, ¿estas bien seguro de que en aquel
país todas las semanas tienen seis jueves y un domingo?
--¡Segurísimo!
--¿Y sabes también de cierto que las
vacaciones de verano empiezan el primer día de Enero y terminan el último de
Diciembre?
--¡Claro que lo sé!
--¡Qué hermoso país!-- repitió Pinocho
como para consolarse.
Por último, hizo un esfuerzo y dijo
apresuradamente:
--¡Vaya, adiós, y buen viaje!
--¡Adiós!
--¿Cuándo os vais?
--Dentro de poco.
--¡Qué lástima! ¡Si sólo faltase una
hora, me esperaba para veros marchar!
--¿Y el Hada?
--De todos modos, ya se ha hecho tarde. Lo
mismo da que llegue una hora antes que una hora después.
--¡Pobre Pinocho! ¡Y si el Hada te regaña!
--¡Psch...! Después de todo acabará por
cansarse y se callará.
Mientras tanto se había hecho
completamente de noche. A poco rato vieron moverse a lo lejos una lucecita, y
oyeron ruido de cascabeles y el sonido de una bocina; pero tan débil, que parecía
un zumbido.
--¡Aquí está!-- gritó Espárrago, poniéndose
de pie.
--¿Qué es?-- preguntó Pinocho en voz
baja.
--El coche que viene por mí. ¡Te vienes
por fin, o no!
--Pero, ¿es de verdad, de verdad-- preguntó
el muñeco--, que en aquel país no tienen que estudiar los niños?
--¡Nunca, nunca, nunca!
--¡Qué hermoso país!-- repitió
Pinocho--, ¡Que hermoso país!
P.D. DE NINO: Pronto más capítulos de
Pinocho...Esperalos.