PINOCHO Cap. 1 al 5

 

PINOCHO Cap. 1 al 5

CAPITULO I

De cómo el carpintero maese Cereza encontró un trozo de madera que lloraba y reía como un niño.

--Pues, señor, éste era...

--¡Un rey! --dirán en seguida mis pequeños lectores.

--Pues no, muchachos nada de eso.

Este era un pedazo de madera.

Pero no un pedazo de madera de lujo, sino sencillamente un leño de esos con que en el invierno se encienden las estufas y chimeneas para calentar las habitaciones.

Pues, señor, es el caso que, Dios sabe cómo, el leño de mi cuento fue a parar cierto día al taller de un viejo carpintero, cuyo nombre era maese Antonio, pero al cual llamaba todo el mundo maese Cereza, porque la punta de su nariz, siempre colorada y reluciente, parecía una cereza madura. Cuando maese Cereza vio aquel leño, se puso más contento que unas Pascuas. Tanto, que comenzó a frotarse las manos, mientras decía para su capote:

--¡Hombre! ¡llegas a tiempo! ¡Voy a hacer de ti la pata de una mesa!

Dicho y hecho; cogió el hacha para comenzar a quitarle la corteza y desbastarlo. Pero cuando iba a dar el primer hachazo, se quedó con el brazo levantado en el aire, porque oyó una vocecita muy fina, muy fina, que decía con acento suplicante:

--¡No! ¡No me des tan fuerte!

¡Figuraos cómo se quedaría el bueno de maese Cereza!

Sus ojos asustados recorrieron la estancia para ver de dónde podía salir aquella vocecita, y no vio a nadie. Miró debajo del banco, y nadie; miró dentro de un armario que siempre estaba cerrado, y nadie; en el cesto de las astillas y de las virutas, y nadie; abrió la puerta del taller, salió a lacalle, y nadie tampoco. ¿Qué era aquéllo?

--Ya comprendo --dijo entonces sonriendo y rascándose la peluca--. Está visto que esa vocecita ha sido una ilusión mía. ¡Reanudemos la tarea!

Y tomando de nuevo el hacha, pegó un formidable hachazo en el leño

--¡Ay! ¡Me has hecho daño! --dijo quejándose la misma vocecita.

Esta vez se quedó maese Cereza como si fuera de piedra, con los ojos espantados, la boca abierta y la lengua fuera, colgando hasta la barba como uno de esos mascarones tan feos y tan graciosos por cuya boca sale el cañno de una fuente.

Se quedó hasta sin voz. Cuando pudo hablar, comenzó a decir temblando de miedo y balbuceando:

--Pero, ¿de dónde sale esa vocecita que ha dicho ¡ay!? ¡Si acjuí no hay un alma! ¿Será que este leño habrá aprendido a llorar y a quejarse como un niño? ¡Yo no puedo creerlo... Este leño... Aquí está: es un leño de chimenea como todos los leños de chimenea: bueno para echarlo al fuego y guisar un puchero de habichuelas! ¡Zambomba! ¿Se habrá escondido alguien dentro de él? ¡Ah! Pues si alguno se ha escondido dentro, peor para él. Ahora le voy a arreglar yo.

Y diciendo esto agarró el pobre leño con las dos manos, y empezó a golpearlo sin piedad contra las paredes del taller.

Después se puso a escuchar si se queja alguna vocecita. Esperó dos minuto y nada; cinco minutos, y nada: diez minntos, y nada.

--Ya comprendo --dijo entonces tratando de sonreir y arreglándose la peluca--. Está visto que esa vocecita que ha dicho ¡ay! ha sido una ilusión mia ¡Reanudemos la tarea!

Y como tenía tanto miedo, se puso a canturrear paca cobrar ánimos

Entre tanto dejó el hacha y tomó el cepillo para cepillar y pulir el leño. Pero cuando lo estaba cepillando por un lado y por otro, oyó la misma vocecita que le decía riendo:

--¡Pero hombre! ¡Que me estás haciendo unas cosquillas terribles!

Esta vez maese Cereza se desmayó del susto. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró sentado en el suelo.

¡Qué cara. de bobo se le había puesto! La punta de la nariz ya no estaba colorada; del susto se le había puesto azul.

CAPITULO II

Maese Cereza regala el pedazo de tronco a su amigo Goro, el cual lo acepta para construir un muñeco maravilloso, que sepa bailar, tirar a las armas y dar saltos mortales.

En aquel momento llamaron a la puerta.

--¡Adelante! --contestó el carpintero con voz débil, asustado y sin fuerzas para ponerse en pie.

Entonces entró en la tienda un viejecillo muy vivo, que se llamaba maese Goro; pero los chiquillos de la vecindad, para hacerle rabiar, le llamaban maese Fideos, porque su peluca amarilla parecia que estaba hecha con fideos finos. Goro tepía un genio de todos los diablos, y además le daba muchisima rabia que le llamasen maese Fideos. ¡Pobre del que se lo dijera!

--Buenos días, maese Antonio --dijo al entrar--. ¿Qué hace usted en el suelo?

--¡Ya ve usted! ¡Estoy enseñando Aritmética a las hormigas!

--¡Es una idea feliz!

--¿Qué le trae por aqui, compadre Goro?

--¡Las piernas! Sabra usted, maese Antonio, que he venido para pedirle un favor.

--Pues aquí me tiene dispuesto a servirle --replicó el carpintero.

--Esta mañana se me ha ocurrido una idea.

--Veamos cuál es.

--He pensado hacer un magnifico muñeco de madera; pero ha de ser un muñeco maravilloso, que sepa bailar, tirar a las armas y dar saltos mortales. Con este muñeco me dedicaré a correr por el mundo para ganarme un pedazo de pan y... un traguillo de vino.

¡Eh! ¿Qué le pareceí?

--¡Bravo, maese Fideos! --gritó aquella vocecita que no se sabía de dónde salía.

Al oírse llamar maese Fideos, el compadre Goro se puso rojo como una guindilla, y volviéndose hacia el carpintero, le dijo encolerizado:

--¿Por qué me insulta usted?

--¿Quién le insulta?

--¡Me ha llamado usted Fideos!

--¡Yo no he sido!

--¡Si le parece, pondremos que he sido yo! ¡Digo y repito que ha rido usted!

--¡No!

--¡Sí!

Y furiosos los dos, pararon de Ias palabrss a los hechos, y agarrandose con furia se arañaron, se mordieron, se tiraron del pelo... Se pusieron hechos una lástima.

Cuando terminó la batalla, maese Antonio se encontró con la peluca amarilla de Goro en las manos, y Goro tenía en la boca la peluca gris del carpintero.

--¡Dame mi peluca! --gritó maese Antonio.

--¡Dame tú la mía, y hagamos las paces!

Los dos viejecillos se entregaron las pelucas y se dieron las manos, prometiendo solemnemente ser buenos amigos toda la vida.

--Conque vamos a ver qué favor es el que tiene que pedirme, compadre Goro --dijo el maestro carpintero como muestra de que la paz estaba consolidada.

--Quisiera un poco de madera para hacer ese muñeco de que le he hablado. ¿Puede usted dármela?

Maese Antonio. contentísimo, se apresuró a coger aquel leño que le habia hecho pasar tan mal rato. Pero. cuando iba a entregárselo a su amigo dio el leño una fuerte sacudida y se le escapó de las manos, yendo a dar un palo tremendo en las esmirriadas pantorrillas del compadre Goro.

--¡Ay! ¿Tan amablelnente regala usted las cosas, maese Antonio? ¡Por poco me deja usted cojo!

--¡Pero si no he sido yo!

--¡Y dale! ¡Habre sido yo entonces!

--¡No, si la culpa la tiene este demonio de leño!

--Ya lo sé que ha sido el leño; pero, ¿quien me lo ha tirado a las piernas, sino usted?

--Le digo a usted que yo no lo he tirado.

--¡Embustero!

--¡Goro, no me insulte usted, o le llamo Fideos!

--¡Borrico!

--¡Fideos!

--¡Hipopótamo!

--¡Fideos!

--¡Orangután!

--¡Fideos!

Al oirse llamar fideos por tercera vez perdió Goro los estribos, se arrojó sobre el carpintero, y de nuevo se obsequiaron con una colección de coscorrones, pellizcos y arañazos.

Al terminar la batalla maese Antonio se encontró con dos arañazos más en la nariz, y Goro con dos botones menos en el chaleco. Arregladas así sus cuentas, se estrecharon las manos y otra vez se ofrecieron indestructible amistad para toda la vida.

Hecho lo cual, Goro tomó bajo el brazo el famoso leño, y dando las gracias a maese Antonio, se marchó cojeando a su casa.

CAPITULO III

De vuelta maese Goro en su casa, comienza sin dilación a hacer el muñeco, y le pone por nombre Pinocho. --Primeras monerías del muñeco.

La casa de Goro era una planta baja, que recibía luz por una claraboya. El mobiliario no podía ser más sencillo: una mala silla, una mala cama y una mesita maltrecha. En la pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; pero el fuego estaba pintado, y junto al fuego había también una olla que hervía alegremente y despedía una nube de humo que parecía de verdad.

Apenas entrando en su casa, Goro fuese a buscar sin perder un instante los útiles de trabajo, poniéndose a tallar y fabricar su muñeco.

--¿Qué nombre le pondré? --preguntóse a sí mismo--. Le llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una familia de Pinochos. Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinocho los chiquillos, y todos lo pasaban muy bien. El más rico de todos ellos pedía limosna.

Una vez elegido el nombre de su muñeco, comenzó a trabajar de firme, haciéndole primero los cabellos, después la frente y luego los ojos.

Figuraos su maravilla cunado hechos los ojos, advirtió que se movían y que le miraban fijamente.

Goro, viendose observado por aquel par de ojos de madera, sintióse casi molesto y dijo con acento resentido:

--Ojitos de madera, ¿por qué me miráis?

Nadie contestó.

Entonces, después de los ojos, hízole la nariz; pero, así que estuvo lista, empezó a crecer; y crece que crece convirtiéndose en pocos minutos en una narizota que no se acababa nunca.

El pobre Goro se esforzaba en recortársela, pero cuando más la acortaba y recortaba, más larga era la impertinente nariz.

Después de la nariz hizo la boca.

No había terminado de construir la boca cuabdo de súbito ésta empezó a reirse y a burlarse de él.

--¡Cesa de reír! --dijo Goro enfadado; pero fue como si lo hubiese dicho a la pared.

--¡Cesa de reír, te repito! --gritó con amenazadora voz.

Entonces la boca cesó de reír, pero le sacó toda la lengua.

Goro, para no desbaratar su obra, fingió no darse cuenta de ello, y continuó trabajando.

Después de la boca, le hizo la barba; luego el cuello, la espalda, la barriguita, los brazos y las manos.

Recien acabadas las manos, Goro sintió que le quitaban la peluca de la cabeza. Levantó la vista y, ¿que es lo que vio? Vio su peluca amarilla en manos del muñeco.

--Pinocho!... ¡Devuélveme en seguida mi peluca!

Pero Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la puso en su propia cabeza, quedándose medio ahogado metido en ella.

Ante aquellas demostraciones de insolencia y de poco respeto, Goro se puso triste y pensativo como no lo había estado en su vida; y dirigiendose a Pinocho, le dijo:

--¡Diantre de chico! No estás todavía acabado de hacer y ya empiezas a falatarle el respeto a tu padre! ¡Mal hijo mío, muy mal!

Y se secó una lagrima.

Quedaban todavía por modelar las piernas y los pies.

Cuando Goro terminó de hacerle los pies, recibió un puntapié en la punta de la nariz.

--¡Bien merecido lo tengo! --dijo para sí--. ¡He debido pensarlo antes; ahora ya es tarde!

Después tomó el muñeco por los sobacos, y le puso en el suelo para enseñarle a andar.

Pinocho tenía las piernas agarrotadas y no sabía moverse, por lo cual Goro le llevaba de la mano, enseñándole a echar un pie tras otro.

Cuando ya las piernas se fueron soltando, Pinocho empezó primero a andar solo, y después a correr par la habijtacion, hasta que al legar frente a la puerta se puso de un salto en la calle y escapó como una centella.

El pobre Goro corría detrás sin poder alcanzarle, porque aquel diablejo de Pinocho corría a saltos como una liebre, haciendo sus pies de madera más ruido en el empedrado de la calle que veiente pares de zuecos de aldeanos.

--¡Cogedle, cogedle! --gritaba Goro; pero las personas que en aquel momento andaban por la calle, al ver aquel muñeco de madera corriendo a todo correr, se paraban a contemplarle encantadas de admiración, y reían, reían, reían como no os podéis figurar.

Afortunadamente un guardia de orden público acertó pasar por allí, y al oír aquel escándalo Creyó que se trataría de algún aprendiz travieso que habría levantado la mano a su maestro, y con ánino esforzado se plantó en medio de la calle con las piernas abiertas, decidido a impedir el paso y evitar que ocurrieran mayores desgracias.

Cuando Pinocho vio desde lejos aquel obstáculo que se ofrecía a su carrera vertiginosa, intentó pasar por sorpresa, escurriéndose entre las piernas del guardia; pero se llevó chasco.

El guardia ni tuvo que moverse. La nariz de Pinocho era tan enorme que se le vino a las manos ella solita. Le cogió, pues, y le puso en manos de Goro, el cual quiso propinar a Pinocho, en castigo de su travesura, un buen tirón de orejas. Pero figuraos qué cara pondría cuando, al buscarle las orejas, vio que no se las encontra. ¿Sabéis por qué! Porque, en su afán de acabar el muñeco, se había olvidado de hacerselas.

Entonces le agarró por el cuello, y mientras lo llevaba de este modo, le decía mirandole furioso:

--¡Vamos a casa! ¡Ya te ajustaré yo allí las cuentas!

Al oír estas palabras se tiró Pinocho al suelo y se negó a seguir andando. Mientras tanto iba formándose alrededor un grupo de curiosos y de papanatas.

Cada uno de ellos decían una cosa.

--¡Pobre muñeco! --decían unos--. Tiene razón en no querer ir a su casa. ¡Quién sabe lo que hará con él ese bárbaro de Goro!

Otros murmuraban con mala intención:

--Ese Goro parece un buen hombre; pero es muy cruel con los muchachos. Si le dejan a ese pobre muñeco en sus manos, es capaz de hacerle pedazos.

En suma, tanto dijeron y tanto murmuraron, que el guardia, dejando en libertad al muñeco, se llevó preso al pobre Goro, el cual, no sabiendo qué decir para defenderse, lloraba como un becerro; cuando iba camino de la cárcel, balbuceaba entre sollozos:

--¡Hijo ingrato! ¡Y pensar que me ha costado tanto trabajo hacerlo! ¡Me está muy bien empleado! ¡He debido pensarlo antes!

Lo que sucedió después de esto es un caso tan extraño, que cuesta trabajo creerlo, y os lo contaré en el capítulo siguiente.

CAPITULO IV

De lo que sucedió a Pinocho con el grillo-parlante, en lo cual se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien sabe más que ellos.

Pues, señor, sucedió que mientras el pobre Goro era conducido a la cárcel sin culpa alguna, el monigote de Pinocho, libre ya de las garras del guardia, escapó a campo traviesa; corría como un automóvil, y en el entusiasmo de la carrera saltaba altísimos matorrales, setos, piedras y fosos llenos de agua, como una liebre perseguida por galgos.

Cuando llegó a su casa encontró la puerta entornada. Abrió, entró en la habitación, y después de correr el cerrojo se sentó en el suelo, lanzando un gran suspiro de satisfacción.

Pero la satisfacción le duró poco, porque oyó que alguien decía dentro del cuarto:

--¡Cri, cri, cri!

--¿Quién me llama? --gritó Pinocho lleno de miedo.

--Soy yo.

Volvió Pinocho la cabeza, y vio que era un grillo que subía poco a poco por la pared.

--Dime, grillo: ¿y tú quién eres?

--Yo soy el grillo-parlante que vive en esta habitación hace más de cien años.

--Bueno --contestó el muñeco--; pero hoy esta habitación es mía; si quieres hacerme un gran favor márchate prontito y sin volver siquiera la cabeza.

--No me marcharé sin decirte antes una verdad como un templo.

--Pues dila, y despacha pronto.

--¡Ay de los niños que se rebelan contra su padre y abandonan caprichosamente la casa paterna! Nada bueno puede sucederles en el mundo, y pronto o tarde acabarán por arrepentirse amargamente.

--Como quieras, señor grillo; pero yo sé que mañana al amanecer me marcho de aquí, porque si me quedo, me sucederá lo que a todos los niños: me llevarán a la escuela y tendré que estudiar quiera o no quiera. Y yo te digo en confianza que no me gusta estudiar, y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y en subir a los árboles a cogrer nidos de pájaros.

--¡Pobre tonto! Pero, ¿no comprendes que de ese modo cuando seas mayor estarás hecho un solemne borrico y que todo el mundo se burlará de ti?

--¡Cállate, grillucho de mal agüero!--gritó Pinocho.

Pero el grillo, que era paciente y filósofo, no se incomodó al oir esta impertinencia, y continuó diciendo con el mismo tono:

--Y ya que no te gusta ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un oficio que te sirva para ganar honradamente un pedazo de pan?

--¿Quieres que te lo diga?--contestó Pinocho, que empezaba ya a perder la paciencia--. Entre todos los oficios del mundo no hay más que uno que me guste.

--¿Y qué oficio es ese?

--El de comer, beber, dormir, divertirme y hacer desde la mañana a la noche vida de paseante en corte.

--Te advierto-- replicó el grillo-parlante con su acostumbrada calma-- que todos los que siguen ese oficio acaban casi siempre en el hospital o en la carcel.

--¡Mira, grillucho de mal agüero, si se me acaba la paciencia, pobre de tí!

--¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Me das verdadera lástima!

--¿Por qué te doy lástima?

--Porque eres un muñeco, y, lo que es peor aún, porque tienes la cabeza de madera.

Al oír estas palabras saltó del suelo Pinocho muy enfurecido, y cogiendo un mazo de madera que había sobre el banco, se lo tiró al grillo-parlante.

Quizás no creía que iba a darle; pero, por desgracia, le dio en la misma cabeza, y el pobre grillo apenas si pudo decir cri, cri quedó aplastado en la pared.

CAPITULO V

Pinocho tiene hambre, y buscando, buscando, encontró un huevo con el cual pensó hacer una tortilla; pero cuando menos los pensaba se encontró con que la tortilla salió volando por la ventana.

Mientras tanto se iba haciendo de noche. Pinocho se acordó de que no había comido nada, Y empezó a sentir en el estómago un cosquilleo que se parecía muchísimo al apetito.

Pero el apetito en los muchachos camina muy de prisa. A los pocos minutos el apetito de Pinocho se convirtió en hambre, y en un abrir y cerrar de ojos el ambre se hizo canina, rabiosa.

El pobre Pinocho se acercó al fuego donde estaba aquella olla que hervía, y quiso destaparla para ver lo que había dentro; pero ya os acordáis que estaba pintada en la pared. Figuraos la cara que puso. La nariz, que ya era bien larga, le creció lo menos una cuarta.

Entonces empezó a recorrer la habitación buscando por todos los cajones y por todos los escondrijos un poco de pan, aunque fuera muy duro y muy seco; una corteza, un hueso que se hubiera dejado para los perros, una raspa de pescado: cualquier cosa, en fin, que se pudiera llevar a la boca; pero no encontró nada, ¡nada! ¡¡absolutamente nada!!

Y mientras tanto el hambre crecía y crecía. El pobre Pinocho no tenía más consuelo ni más alivio que bostezar; y eran tan grandes los bostezos, que algunas veces abría la boca hasta las ore]as. Pero a pesar de los bostezos, el estómago seguía dando tirones.

Entonces empezó a llorar y a desesperarse, mientras decía:

--¡Razón tenía el grillo-parlante! ¡Qué mal he hecho en rebelarme contra mi papá y en escaparme de casa! Dios me castiga. ¡Si mi papá estuviera aquí, no me vería expuesto a morir bostezando! ¡Oh! ¡Qué enfermedad tan mala es el hambre!

De pronto le pareció ver en el montón de virutas una cosa redonda y blanca, semejante a un huevo de gallina. Dar un salto y cogerlo, fue cuestión de un momento: era un huevo de verdad.

No es posible describir la alegría del muñeco; poneos en su caso. Temía estar soñando; acariciaba el huevo, le daba vueltas mirándole por todos lados, y lo besaba diciendo:

--¿Y ahora cómo lo guisaré? ¿Haré una tortilla? ¡No; estará mejor pasado por agua! ¿Y no estará más sabroso frito? ¿Y escalfado? ¡No; lo mejor que puedo hacer es cocerlo en una cacerola! Esto es lo más rápido, y el hambre que tengo no es para esperar mucho.

Dicho y hecho; puso una cacerola en una estufita que tenía algunas brasas; echó un poco de agua en vez de aceite o de manteca, y cuando empezó a hervir, ¡tac!, rompió el cascarón del huevo para hecharlo dentro.

Pero en lugar de clara y yema salió un pollito muy alegre y muy ceremonioso, que después de acerle una linda reverencia, dijo:

--Muchísimas gracias, señor Pinocho, por haberme evitado la molestia de romper el cascarón. ¡Vaya, hasta la vista! ¡Me alegrro mucho de verle bueno, y recuerdos a la familia!

Después de decir esto extendió sus alitas, y salió volando por la ventana hasta que se perdio de vista.

El pobre muñeco se quedó estupefacto, con los ojos fijos, la boca abierta y las cáscaras del huevo en las manos. Cuando volvió de su asombro comenzó a llorar, a gritar y a dar patadas en el suelo con desesperación, diciendo:

--¡Cuanta razón tenía el grillo-parlante! ¡Si yo no me hubiera escapado de casa y si mi papá estuviera aquí, no me moriría de hambre!

Y como el estómago le gritaba cada vez más y no sabía cómo hacerle callar, se le ocurrió salir de la casa y dar una vuelta, con la esperanza de encontrar alguna persona caritativa que le socorriera con un pedazo de pan.


P.D. DE NINO: Espera los siguientes capitulos....En unos dias pondre más, no se desesperen.