Pinocho
Cap. 16 al 20
CAPITULO
XVI
La hermosa niña de los cabellos azules
hace recoger el muñeco; le mete en la cama, y manda llamar a tres médicos para
saber si está vivo o muerto.
En el momento en que el pobre Pinocho,
colgado por los ladrones en una rama de la Encina grande, parecía más muerto
que vivo, la hermosa niña de los cabellos azules apareció de nuevo en la
ventana. Y compadecida de aquel infeliz, que colgado por el cuello se columpiaba
movido por el viento, dio tres palmaditas con las manos.
A los pocos instantes se oyó un rápidoo
batir de alas, y apareció un milano muy grande, que vino a posarse en el
antepecho de la ventana.
--¿Qué quieres de mí, hermosa Hada?--
dijo el milano inclinando el pico en señal de respeto, porque habéis de saber
que la niña de los cabellos azules no era, en fin de cuentas, más que una bonísima
Hada, que hacía más de mil años que vivía en aquel bosque.
--¿Ves aquel muñeco que está colgado de
una rama de la Encina grande?
--Lo veo.
--Pues bien: vete allí en seguida,
volando; corta con tu fuerte pico la cuerda que le tiene suspendido en el aire,
y con mucho cuidado le colocas tendido en la hierba al pie de la Encina.
Salió volando el milano, y a los dos
minutos estaba ya de vuelta, diciendo:
--Ya está hecho lo que me has ordenado.
--¿Y cómo le has encontrado? ¿Vivo o
muerto?
--A primera vista parecía muerto; pero no
debe de estar aún muerto del todo, porque apenas he aflojado el nudo corredizo
que le apretaba la garganta, ha lanzado un fuerte suspiro y ha dicho en voz
baja: ¡Ahora me siento mejor!
Entonces el Hada dio otras dos palmadas, y
apareció un magnífico perro de lanas, que andaba sobre las patas de atrás
completamente derecho, como si fuera un hombre.
Estaba vestido como un cochero, con librea
de gala. Llevaba en la cabeza un tricornio galoneado de oro; una peluca rubia,
con rizos que colgaban hasta el cuello; una casaca de color de chocolate, con
botones de brillantes y con dos grandes bolsillos para guardar los huesos que su
ama le daba para comer; unos calzones cortos de terciopelo carmesí, medias de
seda y zapatos escotados. Detrás llevaba una especie de funda de paraguas,
hecha de raso azul, que le servía para meter el rabo cuando el tiempo amenazaba
lluvia.
--Oyeme, mi buen Sultán-- dijo el Hada al
perro de lanas--. Haz enganchar en seguida la mejor de mis carrozas, y toma el
camino del bosque. Cuanda llegues bajo la Encina grande, encontrarás tendido
sobre la hierba un pobre muñeco medio muerto. Recógele con cuidado, le colocas
bien en los almohadones de la carroza y le traes aquí. ¿Has comprendido?
El perro de lanas meneó tres o cuatro
veces la funda de raso azul, como dando a entender que había comprendido, y
salió a escape.
Al poco tiempo se vio salir de la cochera
una hermosísima carroza azul celeste, almohadillada con plumas de canario y
tirada por cien parejas de conejitos de Indias, blancos, con los ojitos
encarnados, llevando sentado en el pescante al perro de lanas, que hacía.
chasquear el látigo a derecha e izquierda, como los cocheros:cuando temen
llegar tarde.
No había pasado un cuarto de hora cuando
regresó la carroza, y el Hada, que estaba esperando a la puerta de la casa,
cogió en brazos al pobre muñeco, y conduciéndole a una habitación pequeñita
que tenía las paredes de nácar, mandó llamar a los médicos más famosos del
contorno.
Y llegaron los médicos, uno detrás de
otro: un cuervo, un mochuelo y un grillo-parlante.
--Quisiera saber, señores-- dijo el Hada
volviéndose hacia los tres médicos reunidos junto a la cama de Pinocho--, si
este desgraciado muñeco está vivo o muerto.
¡Al oír esta pregunta se adelantó
primero el cuervo, y le tomó el pulso; después le tocó la nariz y el dedo meñique
del pie izquierdo, y cuando le hubo examinado bien, pronunció solemnemente
estas palabras:
--Yo opino que el muñeco está
completamente muerto; si por fortuna no estuviese muerto, entonces sería señal
indudable de que estaba vivo.
--Siento mucho no ser de la misma opinión
de mi ilustre amigo y colega el cuervo-- dijo a su vez el mochuelo--; yo opino
que el muñeco está vivo y bien vivo; pero si por desgracia no lo estuviese
entonces sería señal indudable de que estaba muerto.
--¿Y usted qué dice?-- preguntó el Hada
al grillo-parlante.
--Yo creo que el médico prudente, cuando
no sabe qué decir, lo mejor que puede hacer es permanecer callado. Por lo demás,
este muñeco no me es desconocido: hace ya tiempo que le conozco.
Pinocho que había permanecido hasta aquel
momento como un tronco, tuvo un estremecimiento que hizo mover la cama.
--¡Este muñeco-- continuó diciendo el
grillo-parlante-- es un granuja incorregible!
Pinocho abrió los ojos, pero volvió a
cerrarlos en el acto.
--¡Es un galopín, un holgazán, un
vagabundo!
Pinocho escondió la cara entre las sábanas.
--¡Un hijo desobediente, que hará morirse
de pena a su pobre padre!
En aquel momento se sintió en la habitación
rumor de llanto y de sollozos. Levantaron el embozo de la sábana y se
encontraron con que era Pinocho el que lloraba.
--Cuando el muerto llora, es señal de que
está en vías de curación-- dijo solemnemente el cuervo.
--Siento mucho contradecir a mi ilustre
amigo y colega-- replicó el mochuelo--. Yo creo que cuando el muerto llora es
señal de que no le hace gracia morirse.
CAPITULO
XVII
Pinocho se come el azucar sin querer
purgarse; pero al ver que llegan los enterradores para llevárselo, bebe toda la
purga. Después le crece la nariz por decir metiras.
Apenas salieron los tres médicos de la
habitación, se acercó el Hada a Pinocho, y al tocarle la frente notó que tenía
una gran fiebre.
Entonces disolvió unos polvos blancos en
medio vaso de agua y se los presentó al muñeco, diciéndole cariñosamente.
--Bebe esto, y dentro de pocos días estarás
bueno.
Pinocho miró el vaso torciendo el gesto, y
preguntó con voz plañidera:
¿Es dulce, o amargo?
--Es amargo, pero te sentará bien.
--¡Amargo! No lo quiero.
--¡Anda, bébelo: hazme caso a mí!
--Es que no me gustan las cosas amargas.
--Bébelo, y te daré después un terrón
de azúcar para quitarte el mal gusto.
--¿Dónde está el terrón de azúcar?
--Aquí lo tienes-- dijo el Hada, sacándolo
de un azucarero de oro.
--Primero quiero que me des el terrón de
azúcar, y despues beberé el agua amarga.
--¿Me lo prometes?
--Sí.
El Hada le dio el terrón, y Pinocho, después
de comérselo en menos tiempo que se dice, se relamió los labios, exclamando:
--¡Qué lástima que el azúcar no sea
medicina! ¡Yo me purgaría entonces todos los días!
--Ahora vas a cumplir la promesa que me has
hecho, y a beberte este poco de agua que ha de ponerte bueno.
De mala gana tomó Pinocho el vaso en la
mano, acercando la punta de la nariz y haciendo un gesto; después hizo como que
se lo llevaba a la boca; pero se arrepintió y volvió a olerlo, hasta que por
último dijo:
--¡Es muy amarga! ¡Muy amarga! ¡No puedo
beberla!
--¿Cómo puedes saberlo, si no lo has
probado?
--Me lo figuro lo conozco en el olor.
Quiero otro terrón de azúcar primero, y después la beberé.
Con toda la paciencia de una buena madre,
el Hada le puso en la boca un poco de azúcar, y después le presentó el vaso
otra vez.
--Así no puedo beberlo-- dijo el muñeco
haciendo mil gestos.
--¿Por qué?
--Porque me fastidia esa almohada que tengo
en los, pies.
El Hada retiró la almohada.
--¡Es inútil! tampoco puedo beberlo!
--Qué es lo que ahora te fastidia?
--Me fastidia esa puerta del cuarto que está
medio abierta.
Entonces el Hada cerró la puerta.
--¡Es que no quiero!--gritó, Pinocho
llorando y pataleando--. ¡No; no quiero beber ese agua amarga; no quiero; no,
no!
--¡Hijo mío, mira que luego te arrepentirás!
--¡Mejor!
--Tu enfermedad es grave.
--¡Mejor!
--Esa fiebre puede llevarle al otro mundo.
--¡Mejor!
--¿No tienes miedo de la muerte?
--Ninguno. ¡Antes me muero que beber esa
medicina tan amarga!
En aquel momento se abrió de par en par la
puerta de la habitación, y entraron cuatro conejos, negros como la tinta, que
llevaban sobre los hombros; una caja de muerto.
--¿Qué queréis?-- gritó, Pinocho
despavorido, sentándose en la cama.
--Venimos por tí-- respondió el conejo
mas grueso de los cuatro.
--¿Por mí? ¡Pero si no me he muerto
todavia!
--Todavia no; pero te quedan pocos
instantes; de vida, por no haber querido beber la medicina, que te hubiera
curado la fiebre.
--¡Oh, Hada. mía! ¡Hada mía!-- comenzó
entonces a gritar el muñeco--. ¡Dame en seguida el vaso! ¡Anda pronto, por
favor, que yo no quiero morir, no quiero morir!
Y tomando el vaso con ambas manos, se lo
bebió de un sorbo.
--¡Paciencia!-- dijeron entonces los
conejos--. Por esta vez hemos perdido el viaje.
Y echándose de nuevo sobre los hombros la
caja, que habían dejado en tierra, salieron del cuarto refunfuñando y
murmurando entre dientes.
Claro es que a los pocos minutos pudo
Pinocho saltar de la cama completamente curado; porque ya se sabe que los muñecos
de madera tienen la particularidad de ponerse muy enfermos de pronto y de
curarse en un santiamén.
Cuando el Hada le vió correr y retozar por
la habitación, listo, y alegre como un pajarillo escapado de la jaula, le dijo:
--¿De modo que mi medicina te ha sentado
muy bien?
¡Ya lo creo! ¡Me ha resucitado!
--Entonces, ¿por que te has resistido
tanto para beberla?
--Porque los niños somos así. Tenemos, más
miedo de las medicinas que de la enfermedad.
--¡Pues muy mal hecho! Los niños
debierais recordar que una medicina a tiempo puede evitar una grave enfermedad,
y aun la misma muerte.
¡Ah! Otra vez no me resistiré tanto. Me
acordaré de esos conejos negros con la caja de muerto al hombro, y entonces
cogeré en seguida el vaso, y adentro.
--¡Muy bien! Ahora vente aquí, a mi lado,
y cuentame cómo caíste en manos de los ladrones.
Pues fue que Tragalumbre me dio cinco
monedas de oro y me dijo: "Llevaselas a tu papa", y en el camino me
encontré una zorra y un gato, dos personas muy buenas, que me dijeron: ¿Quieres
que esas monedas se conviertan en mil o en dos mil! Vente con nosotros y te
llevaremos al Campo de los Milagros. Y yo les dije: "Vamos". Y ellos
dijeron: "Nos detendremos un rato en la posada de El Cangrejo Rojo, y
cuando sea media noche seguiremos nuestro camino." Cuando yo me desperté
ya no estaban allí, porque se habían marchado. Entonces yo me marché también.
Y hacía una noche tan oscura que apenas se podía andar. Y me encontré con dos
ladrones metidos en dos sacos de carbón, que me dijeron: ¡Danos el
dinero!" y yo les dije: "No tengo ningún dinero". Porque me había
escondido las monedas de oro en la boca. Y uno de los ladrones quiso meterme la
mano en la boca, yo se la corté de un mordisco; pero al escupirla me encontré
con que, en vez de una mano, era la zarpa de un gato. Y los ladrones echaron a
correr detrás de mí; y yo corre que te corre, hasta que me alcanzaron; Y
entonces me colgaron por el cuello en un árbol del bosque, diciendo: "Mañana
volveremos, y estarás bien muerto y con la boca abierta, y entonces te
sacaremos las monedas de oro que tienes escondidas debajo de la lengua".
--¿Y dónde tienes las cuatro monedas de
oro?--le preguntó el Hada.
--¡Las he perdido!-- respondió Pinocho;
pero era mentira porque las tenía en el bolsillo.
Apenas había dicho esta mentira, la nariz
del muñeco, que ya era muy larga, creció más de dos dedos.
--¿Dónde las has perdido?
--En el bosque.
A esta segunda mentira siguió creciendo la
nariz.
--Si las has perdido en el bosque-- dijo el
Hada--, las buscaremos, y de seguro que hemos de encontrarlas, porque todo lo
que se pierde en este bosque se encuentra siempre.
--Ahora que me acuerdo bien-- dijo el muñeco,
embrollándose cada vez más--, no las he perdido, sino que me las he tragado
sin querer al tomar la medicina.
A esta tercera mentira se le alargó, la
nariz de un modo tan extraordinario que el pobre Pinocho no podía ya volverse
en ninguna dirección. Si se volvía de un lado, tropezaba con la cama o con los
cristales de la ventana; si se volvia de otro lado, tropezaba con la pared o con
la puerta del cuarto, y si levantaba la cabeza, corria el riesgo de meter al
Hada por un ojo la punta de aquella nariz fenomenal.
El Hada le miraba y se reia.
--¿Por que te ries?-- preguntó el muñeco,
confuso y pensativo, al ver cómo crecía su nariz por monmentos.
--Me río de las mentiras que has dicho.
--¿Y cómo sabes que he dicho mentiras?
--Las mentiras, hijo mio, se conocen en
seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas
cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que
tienen la nariz larga.
Sintio Pinocho tanta vergüenza, que no
sabiendo donde esconderse, trató de salir de la habitación. Pero no le fue
posible: tanto le había crecido la nariz, que no podía pasar por la puerta.
CAPITULO
XVIII
Pinocho vuelve a encontrarse con la zorra y
el gato, y se va con ellos a embrar sus cuatro monedas en el Campo de los
Milagros.
Como podéis suponer, el Hada dejó que el
muñeco llorase y gritase durante más de media hora porque con aquellas
narizotas no podia salir de la habitación. Lo hizo así para darle una lección
y para que se corrigiera del vicio de mentir, el vicio más feo que puede tener
un niño. Pero cuando ya le vio tan desesp[erado que se le salian los ojos de
las orbitas, tuvo lástima de él y dio unas palmadas. A esta señal entraron en
la habitación unos cuantos millares de esos pájaros que se llamn picos o
carpinteros, porque pican en la madera de los árboles y posandose todos ellos
en la nariz Pinocho, empezaron a picarla de tal manera, que en pocos minutos
aquella nariz enorme volvió a su tamaño anterior.
--¡Qué buena eres, Hada, y cuánto te
quiero!-- dijo el muñeco, enjuagandose los ojos.
--¡Yo también te quiero mucho-- respondió
el Hada--; y si quieres quedarte conmigo, serás mi hermanito y yo seré para ti
una buena hermanita.
--Yo sí quisiera quedarme; pero; y mi
pobre papá?
--Ya he pensado en eso. He ordenado que le
avisen y antes de media noche estara aquí.
¿De veras?--grito Pinocho saltando de
alegría--. Entonces, Hada preciosa, si te parece bien, iré a buscarle ¡Tengo
mmuchas ganas de darle un beso al pobre viejecito que tanto ha sufrido por mi!
--Bueno; pues vete. Pero cuidado con
perderte. Toma el camino del bosque, y así le encontrarás seguramente.
Salió Pinocho, y apenas llegó al bosque
emperzó a correr como un galgo. Pero al llegar cerca del sitio donde estaba la
Encina grande se paró de pronto, porque le pareció que había oido ruido de
gente entre la maleza. En efecto: vio aparecer... ¿No sabéis a quién?
Pues a la zorra y al gato; o sea a aquellos
dos compañeros de viaje con los cuales había cenado en la posada de El Cagrejo
Rojo.
--¡Pues si es nuestro querido Pinocho!--
gritó la zorra, abrazándole y besándole--. ¿Qué haces por aquí?
--¿Qué haces por aquí?-- repitió el
gato.
--Es largo de contar--dijo el muñeco--.
Pero ante todo os diré que la otra noche, cuando me dejasteis en las posada, me
salieron al camino unos ladrones.
¿Unos ladrones? ¡Pero es de veras? ¡Pobre
Pinocho! ¿Y que querían?
--Querían robarme las monedas de oro.
¡Qué granujas!--dijo la zorra.
--¡Qué grandísimos granujas-- repitió
el gato.
--Pero yo me escapé-- continuó contando
el muñeco--, y ellos siempre detrás, hasta que me alcanzaron y me colgaron en
una rama de aquella Encina.
Y Pinocho señaló la Encina grande, que
estaba a dos pasos de distancia.
--¡Que atrocida!-- exclamó la zorra--. ¡Qué
mundo tan malo! ¡Parece mentira que haya ggente así! ¿Dónde prodemos vivir
tranquilos las personas decéntes?
Mientras charlaban de este modo observó
Pinocho que el gato estaba manco de la mano derecha porque le faltaba toda la
zarpa,con uñas y todo.
¿Qué has hecho de tu zarpa?--le preguntó.
Quiso contestar el gato pero se hizo un lío,
y entonces intervino la zorra con destraza diciendo:
--Mi amigo es demasiado modesto, y por eso
no se atreve a contarlo. Yo lo contaré. Sabrás cómo hace una hora próximamente
que nos hemos encontrado en el camino un lobo viejo, casi muerto de hambre. que
nos ha pedido una limosna. No teniendo nada que darle, ¿sabés lo que ha hecho
este amigo mío, que tiene el corazón más grande del mundo? Pues se ha cortado
de un mordisco la zarpa derecha, y se la ha echado al pobre lobo para que se
desayunara.
Y al terminar su relato la zorra se enjugó
una lágrima.
También Pinocho estaba conmovido. Se acercó
al gato y le dijo al oído:
--¡Si todos los gatos fueran como tú, qué
felices vivirían los ratones!
--¿Y qué haces ahora por estos lugares?--
preguntó la zorra al muñeco.
--Esperando a mi papá, que debe de llegar
de un momento a otro.
--¿Y tus monedas de oro?
--Las tengo en el bolsillo, menos una que
gasté en la posada de El Cangrejo Rojo.
--¡Y pensar que en vez de cuatro monedas
podrían ser mañana mil o dos mil! ¿Por qué no sigues mi consejo? ¿Por qué
no vamos a sembrarlas en el Campo de los Milagros?
--Hoy es imposible; iremos otro día.
--Otro día será tarde--dijo la zorra.
--¿Por qué?
--Porque ese campo ha sido comprado por un
gran señor, que desde mañana no permitirá que nadie siembre dinero.
--¿Cuánto hay desde aquí hasta el Campo
de los Milagros?
--No llega a dos kilometros. ¿Ouieres
venir? Tardamos en llegar una media hora; siembras en seguida las cuatro
monedas, a los pocos minutos recoges dos mil, y te vuelves con los bolsillos
bien repletos. ¿Qué? ¿Vienes?
Pinocho vaciló antes de contestar, porque
se acordó de la buena Hada, del viejo Goro y de los consejos del
grillo-parlante; pero terminó por hacer lo mismo que todos los muchachos que no
tienen pizca de juicio ni de corazón; acabo por rascarse la cabeza y decir a la
zorra y al gato:
--¡Bueno; me voy con vosotros!
Y marcharon los tres juntos.
Después de haber andado durante medio día
llegaron a un pueblo que se llamaba "Engañabobos". Apenas entraron,
vio Pinocho que en todas las calles abundaban perros flacos y hambrientos que se
estiraban abriendo la boca, ovejas sucias y peladas que temblaban de frío,
gallos y gallinas sin cresta y medio desplumados, que pedían de limosna un
grano de maíz; grandes mariposas que ya no podían volar por haber vendido sus
preciosas alas de brillantes colores, pavo reales avergonzados por el lastimoso
estado de su cola y faisanes que lloraban la pérdida de su brillante plumaje de
oro y plata.
Entre aquella multitud de mendigos pasaba
de vez en cuando alguna soberbia carroza llevando en su interior ya una zorra,
ya una urraca ladrona o algún pajarraco de rapiña.
--¿Y dónde está el Campo de los
Milagros?-- preguntó Pinocho.
--A dos pasos de aquí.
Atravesaron la ciudad, y al salir de ella
se metieron por un campo solitario, pero que se parecia como un huevo a otro a
todos los demás campos del mundo.
--Ya hemos llegado-- dijo la zorra al muñeco--;
ahora haz con las manos un hoyo en la tierra, y mete en el las cuatro monedas de
oro.
Pinocho obedeció: hizo el hoyo, colocó
dentro las cuatro monedas que le quedaban y las cubrió con tierra.
--Ahora--dijo la zorra-- vete a ese arroyo
cercano y trae un poco de agua para regar la tierra en que has sembrado.
Pinocho fue al arroyo; pero como no tenía
a mano ningún cubo se quitó uno de los zapatos y lo llenó de agua, con la
cual regó Ia tierra del hoyo. Después preguntó:
--¿Hay que hacer algo más?
--Nada más respondió la zorra--; ahora ya
podemos irnos. Tu te vas a la ciudad, y cuando hayas estado allí unos veinte
minutos, vienes otra vez, y encontrarás que ya ha nacido el arbolito, con todas
las ramas cargadas de monedas de oro.
Lleno de gozo, el pobre muñeco dio
efusivamente las gracias a la zorra y al gato, ofreciendoles un magnífico
regalo.
--No queremos ningún regalo-- respondieron
aquel par de bribones--; sólo con haberte enseñado el modo de hacerte rico sin
trabajo alguno, estamos más contentos que unas Pascuas.
Dicho esto saludaron a Pinocho, y desándole
una buena cosecha, se marcharon.
CAPITULO
XIX
Roban a pinocho sus monedas de oro, y además
le tienen cuatro meses en la cárcel.
Cuando Pinocho volvió a la ciudad, empezó
a contar los minutos uno a uno y ya que creyó que había pasado el tiempo
necesario, se puso de nuevo en marcha hacia el Campo de los Milagros.
Andaba con paso rápido, y sentía que su
corazón palpitaba con más fuerza que de costumbre, haciendo "tic-tac;
tic-tac", como un reloj en marcha. Mientras tanto, pensaba en su interior:
--¡Qué chasco, si me encontrara con que
las ramas del árbol tienen dos mil monedas en vez de mil! ¿Y si en vez de dos
mil fueran cinco mil? ¿Y si en vez de cinco mil fueran cien mil? ¡Entoces sí
que sería un gran señor! ¡Tendría un magnífico palacio, y mil caballitos de
cartón en muchas cuadras, automoviles, aeroplanos, y una deespensa llena de
mantecadas, de almendras garapiñadas, de bombones, de pasteles y de caramelos
de los Alpes!
Así fantaseando vio de lejos el Campo de
los Milagros, y lo primero que hizo fue mirar si había algún arbolito que
tuviera las ramas cargadas de monedas; pero no vio ninguno. Anduvo unos cien
pasos más, y nada; entró en el campo, y llegó hasta el mismo sitio donde había
hecho el hoyo para enterrar sus monedas de oro; pero, nada, nada y siempre nada.
Entonces se quedó pensativo e inquieto y, olvidando las reg]as de urbanidad y
de buena crianza, sacó una mano del bolsillo y se rascó largo rato la cabeza.
En aquel instante llegó a sus oidos una
gran carcajada. Volviose, y vio en las ramas de un árbol un viejo papaguayo que
estaba arreglándose con el pico las escasas plumas que le quedaban.
--¿Por qué te ríes?-- le preguntó
Pinocho encolerizado.
--Me río, porque al peinarme las plumas me
he hecho cosquillas debajo del ala.
No respondió el muñeco. Se fue al arroyo,
y llenando de agua el mismo zapato de antes regó la tierra que había echado
encima de las monedas.
Otra carcajada mayor y mas impertinente que
la anterior se oyó en la soledad de aquel campo.
--¡Pero, vamos a ver, papagayo grosero!--
gritó exasperado Pinocho--, se puede saber de qué te ríes?
--¡Me río de los tontos que creen todas
las patrañas que se les cuenta, y que se dejan engañar estúpidamente por el
primero que llega!
--¿Lo dices por mí?
--Sí, lo digo por ti, pobre Pinocho, por
ti, que eres tan simple, que has podido creer que el dinero se siembra en el
campo y se recoge después, como se hace con las judías y con las patatas. Yo
también lo creí una vez, Y por eso estoy hasta sin plumas. Ahora ya sé,
aunque tarde, que para tener honradamente unas pesetas hay que saber ganarlas
con el propio trabajo, sea en un oficio manual o con el esfuerzo de la
inteligencia.
--No te comprendo-- dijo el muñeco, que
empezaba a temblar de miedo.
--Me explicaré mejor-- continuó el
papagayo--. Sabe, pues, que mientras tú estabas en la ciudad, volvieron a este
campo la zorra y el gato, desenterraron las monedas.y escaparon después como si
los llevase el viento. ¡Lo que es ya, cualquiera les alcanza!
Pinocho se quedó como quien ve visiones;
mas, no queriendo creer lo que le había dicho el papagayo, comenzó a cavar con
las manos la tierra que había regado, y cava que cava, abrió un boquete tan
grande como una cueva. Pero las monedas no parecían.
Lleno de desesperncíon, volvió corriendo
a la ciudad, y se fue derechito a presentarse ante el juez para denunciar a los
dos ladrones que le habían robado sus monedas.
El juez era un mono de la familia de los
gorilas: un mono viejo; muy respetable por su aspecto grave, por su barba
blanca, y sobre todo por unos anteojos de oro sin cristales, que usaba desde hacía
dos anos, porque padecía una enfermedad de la vista.
Cuando Pinocho estuvo en presencia del
juez, contó el engaño de que había sido víctirna; dijo los nombres y
apellidos y señas personales de los ladrones, y terminó por pedir justicia.
El juez le escuchó con mucha bondad,
poniendo gran atención en lo que el muñeco refería. Notóse claramente que se
enternecia con aquel relato y que sentía verdadera compasión. Cuando Pinocho
hubo terminado, alargó la mano y tocó una carnpanilla.
A esta llamada aparecieron dos perros
mastines, vestidos de guardias.
Señalando el juez a Pinocho, les dijo:
--A este pobre diablo le han robado cuatro
monedns de oro; asi, pues, prendedle, y a la carcel con él.
Quedóse Pinocho estupefacto al oir esta
sentencia. Quiso protestar; pero no pudo, porque los guardias, para no perder el
tiempo inútilmente, le taparon la boca y le llevaron a la cárcel.
Allí permaneció cuatro meses, cuatro
interminables meses, y aún hubiera estado mucho más tiempo, si no hubiese sido
por un acontecimiento afortunado. Pues, señor, sucecdió que el joven emperador
que reinaba en la ciudad de Engañabobos, para solemnizar una gran victoria que
había conseguido: sobre sus enemigos, ordenó que se celebrasen grandes
festejos publicos: iluminaciones, fuegos artificiales, carreras de caballos y de
bicicletas; y para demostrar su clemencia,dispusa que se abrieran las cárceles
y que se pusiera en libertad todos los bribones.
Entonces dijo Pinocho al carcelero:
--Si salen de la cárcel los demás presos,
yo también quiero salir.
--Tú no puedes salir, porque no figuras en
el número de los...
--Dispense usted--interrumpió Pinocho--;
yo soy también un bribón.
--¡Ah, ya! En ese caso, tiene usted mucha
razón-- contestó respetuosamente el carcelero, quitándose la gorra.
Y abriendo la puerta de la cárcel, dejó
salir a Pinocho, haciéndole una profunda reverencia.
CAPITULO
XX
Libre ya de la prisión, trata de volver a
la casa del Hada; pero encuentra en el camino una terrible serpiente y después
queda preso en un cepo.
Figuraos la alegría de Pinocho al
encontrarse en libertad. Sin detenerse un momento salió corriendo de la ciudad,
y tomó el camino que debía conducirle a la casita del Hada.
Había llovido mucho, y el camino tenía
una cuarta de fango. Los pies de Pinocho se hundían en barro hasta el tobillo.
Pero el muñeco no hacía caso de esto. Con
el deseo de volver al lado de su padre y de su hermanita, la hermosa niña de
los cabellos azules, corría a saltos como un galgo, y las salpicaduras del
barro le llegaban hasta el gorro.
Mientras así corría, iba diciéndose:
--Pero, ¡cuántas desgracias me han
ocurrido! ¡Y todo me lo tengo merecido, porque soy un muñeco testarudo y
travieso! ¡Siempre quiero salirme con la mía, sin atender los consejos de los
que me quieren bien, y tienen además mil veces más juicio y más experiencia
que yo!
¡Pero lo que es ahora sí que me propongo
cambiar de vida y ser un niño bueno y obediente! Ya estoy convencido de que los
chicos desobedientes acaban siempre mal. ¿Me estará esperando mi papá? ¿Estará
en la casita con el Hada? ¡Pobrecillo! ¿Cuánto tiempo hace que no le veo y
que no tengo ni siquiera el consuelo de darle un beso? ¿Y mi preciosa
hermanita? ¿Me habrá perdonado lo malo que he sido? ¡Y pensar que le debo
tantos favores, que me ha cuidado tan bien, y que me salvó la vida!... ¡No; si
es imposible que haya niño más ingrato y descastado que yo!
Al terminar de decir esto se detuvo
asustado y dio unos pasos hacia atrás. ¿Qué había sucedido? Pues que había
visto en medio del camino una terrible serpiente de piel verde con los ojos de
fuego, y cuya cola, dirigida hacia el cielo, echaba humo como una chimenea
imposible describir el terror que sintió el muñeco. Se alejó algo más de
medio kilómetro, y se sentó sobre un montón de grava esperando que la
serpiente tuviera que marcharse a sus quehaceres o tuviera que ir a algún
recado y dejara libre el paso.
Esperó una hora, dos horas, tres horas;
pero la serpiente, por lo visto, vivía de sus rentas y no tenía nada que hacer
en todo el dia. El caso es que continuaba allí, y Pinocho veía desde lejos el
brillo de sus ojos de fuego y el humo que salía de su cola.
Entonces Pinocho, creyendo que tendría
valor suficiente, se acerco hasta pocos pasos de distancia, saludó a la
serpiente con una ceremoniosa reverencia, y con vocecita insinuante y afectuosa
le dijo:
--Dispense usted, señora serpiente: "¿sería
usted tan amable que se apartara un poquitín para dejarme pasar?"
¡Cómo si se lo hubiera dicho a un
guardacantón!
Pinocho insistió con tono aún más
amable:
--Usted me perdonará, señora serpiente,
pero es que vuelvo a mi casa, donde está esperándome mi papá, y ya ve
usted... ¡hace tanto tiempo que no le veo! ¿Me permite usted que pase?
La serpiente no sólo no contestó, sino
que de pronto quedó ínmóvil casi rígida. Sus ojos se cerraron, y la cola cesó
de echar humo.
--¡Uy! ¡Parece que se ha muerto! ¡Ole!
¡Ole¡-- pensó Pinocho contentísimo, y, restregándose las manos de alegría,
fue a pasar por encima de la serpiente. Pero aún no había terminado de
levantar la pierna, cuando la serpiente se irgió de pronto como un muelle que
salta. Pinocho, aterrado, dio hacia atrás un salto tan rápido y vio lento, que
tropezó y dio una voltereta como en el circo, cayendo al suelo de cabeza. Como
Pinocho la tenía muy dura, y el camino tenía una cuarta de fango, se quedó
clavado en el suelo con los pies en el aire.
Al ver el muñeco en aquella postura tan
ridícula, que daba patadas a diestro y siniestro, como si le hubieran dado
cuerda, la serpiente empezó a reirse estrepitosamente, a carcajadas enormes.
Pero, ¡qué risa! Se ponía mala. En fin, a fuerza de reir, y reir, y reir, se
le reventó una vena del pecho, y entonces sí que quedó muerta de verdad.
Pinocho se incorporó con gran trabajo, y
volvió a emprender la carrera para llegar a la casa del Hada antes de que
cayera la noche.
Pero por lo largo que iba siendo el camino,
no podía ya resistir los pinchazos que el hambre le daba en el estómago, y
saltó a un viñedo lindante para coger algunos racimos de uva moscatel.
¡Nunca lo hubiera hecho!
Apenas penetró en el viñedo, crac...,
sintió que dos cortantes aros de hierro le aprisionaban las piernas, haciéndole
ver todas las estrellas del cielo. El pobre muñeco había caído en un cepo
colocado allí por el dueno del campo con objeto de cazar alguna garduna o
cualquiera otra alimaña de las muchas que había, y que eran el azote de todos
los gallineros del contorno.
P.D. DE NINO: Pronto más capítulos de
Pinocho...Esperalos.