Pinocho
Cap. 11 al 15
CAPITULO
XI
Tragalumbre estornuda y perdona a Pinocho,
el cual, después salva la vida de su amigo Arlequín.
Tragalumbre (que éste era el nombre del
dueño del teatro! parecía a primera vista un hombre terrible, sobre todo por
aquellas barbazas negras que le tapraban el pecho y las piernas; pero en el
fondo no era malo. La prueba es que cuando vio delante de él al pobre Pinocho,
que pataleaba desesperadamente, y que gritaba: ¡No quiero morir! ¡No! ¡No
quiero!, empezó a conmoverse y a apiadarse. Al principo quiso mantener sus
amenazas; pero por último no pudo contenerse y lanzó un estrepitoso estornudo.
El buen Arlequín, que estaba acurrucado en
un rincón, todo compungido y con ojos de carnero moribundo, al oír el
estornudo se puso contentísimo, y acercándose a Pinocho le dijo en voz baja:
--¡Buena señal, hermano! Tragalumbre ha
estornudado, lo cual indica que se ha compadecido de ti y que estás salvado.
Porque habéis de saber que así como todo
el mundo cuando se enternece, llora, o por lo menos hace como que se limpia las
lágrimas,Tragalumbre tenía la ocurrencia de estornudar cada vez que se conmovía
de verdad. Después de todo, es un sistema como otro cualquiera.
Luego de haber estornudado, Tragalumbre
trató de recobrar su aspecto terrible, y gritó a Pinocho:
--¡Basta ya de lloriqueos! Tus chillidos
me han hecho cosquillas en el estómago... algo así como... ¡Vamos, que siento
una... ¡ahchíss! ¡ahchiss!
Y lanzó otros dos formidables estornudos.
--¡Jesús!-- dijo Pinocho.
--¡Gracias! ¿Y tu papá? ¿Y tu mamá? ¿Están
buenos?-- preguntó Tragalumbre.
--Mi papá, sí; pero a mi mamá no la he
conocido nunca.
--¡Qué disgusto tan grande tendría tu
pobre padre si yo te arrojara al fuego! ¡Pobre viejo! ¡Tengo lástima de él!
¡Ahchiss!, ¡ahchiss!
Y estornudó otras tres veces.
--¡Jesús-- dijo Pinocho.
--¡Gracias! En fin, también yo soy digno
de compasión, porque ya ves, no tengo leña bastante para terminar ese asado, y
la verdad, tú me hubieras sido muy útil. Pero, ¿qué le vamos a hacer? ¡Me
has dado lastima! ¡Tendremos paciencia!... En tu lugar echaré al fuego a
cualquiera de mis muñecos. ¡Hola, guardias!
Al oír esta llamada aparecieron en el acto
dos guardias civiles de madera altos, altos y delgados, delgados, con el
tricornio en la cabeza y el sable desenvainado, en la mano.
Entonces Tragalumbre les dijo con voz
imperiosa:
--¡Prended a Arlequín, y después de bien
atado arrojadle al fuego! ¡Quiero que mi carnero esté bien dorado!
¡Figuraos el espanto del pobre Arlequín!
Se le doblaron las piernas de temor y cayó al suelo.
Al presenciar este conmovedor espectáculo
se arrojó Pinocho a los pies de Tragalumbre, y llenándole de lágrimas su
larguísima barba, empezó a decir con voz suplicante:
--¡Piedad, señor Tragalumbre!
--¡Aquí no hay ningún señor!-- respondió
con dureza Tragalumbre.
--¡Piedad, noble caballero!
--¡Aquí no hay caballeros!
--¡Piedad, Excelencia!
El tratamiento de Excelencia consiguió
suavizar un tanto la terrible expresión del rostro de Tragalumbre, y volviéndose
de pronto más humano y tratable, dijo a Pinocho:
--Y bien, ¿qué es lo que quieres?
--El perdón del pobre Arlequín.
--Eso no puede ser, amiguito. Si te he
perdonado a ti, tengo que echarle al fuego en tu lugar. No quiero que mi carnero
esté poco asado.
--¡En ese caso, yo sé cuál es mi
deber!-- dijo arrogantemente Pinocho, tirando al suelo su gorro de miga de
pan--. ¡En marcha, señores guardias! ¡Atenme y arrójenme al fuego! ¡No, no
es justo y no puedo consentir que mi buen amigo Arlequín muera por mi causa!
Estas palabras, dichas en voz alta y con
acento heróico, hicieron llorar a todos los muñecos que presenciaban la
escena. Los mismos guardias, a pesar de ser de madera, lloraban como dos
borreguillos.
Al principio permaneció Tragalumbre
insensible y frío como un mármol; pero poco a poco comenzó a enternecerse y a
estornudar. Y después de lanzar cuatro o cinco tremendos estornudos, abrió los
brazos y dijo afectuosamente a Pinocho:
--¡Eres un buen muchacho! ¡Ven a mis
brazos y dame un beso!
Pinocho acudió corriendo, y trepando como
una ardilla por la barba de Tragalumbre, le dio un prolongado y sonoro beso en
la misma punta de la nariz.
--¿De modo que estoy perdonado?-- preguntó
el pobre Arlequín con voz que apenas se oía.
--¡Estás perdonado!-- respondió
Tragalumbre.
Dicho esto lanzó un profundo suspiro, y
bajando la cabeza murmuró:
--¡Paciencia! Por esta noche me resignaré
a comer el carnero, medio crudo; pero lo que es otra vez, ¡pobre del que le
toque!
Apenas los munecos oyeron que Arlequín
estaba perdonado, corrieron al escenario, encendieron todas las luces, como en
las noches de gala, y empezaron a saltar y a bailar.
Cuando amaneció seguían bailando todavía.
CAPITULO
XII
Tragalumbre regala a Pinocho cinco monedas
de oro para que se las lleve a su padre Goro; pero Pinocho se deja engañar por
la zorra y el gato y se marcha con ellos.
Al día siguiente Tragalumbre llamó aparte
a Pinocho y le preguntó:
--¿Cómo se llama tu padre?
--Goro.
--¿Oué oficio tiene?
--El de pobre.
--¿Gana mucho?
--Lo bastante para no tener nunca un céntimo
en el bolsillo. Figúrese que para comprarme la cartilla que yo necesitaba para
ir a la escuela vendió la única chaqueta que tenía; una chaqueta tan llena de
remiendos y de piezas que parecía un mapa.
--¡Pobre hombre! ¡Me da lástima! Aquí
tienes cinco monedas de oro. Vete en seguida a llevárselas, y dale muchos
recuerdos de mi parte.
Como puede suponerse, Pinocho dio miles de
gracias a Tragalumbre; abrazó uno por uno a todos los muñecos de la compañía,
incluso a los guardias civiles, y lleno de alegría se puso en camino con
dirección a su casa.
Pero todavía no había andado medio kilómetro,
cuando encontró una zorra coja y un gato ciego, que iban andando poquito a poco
y ayudándose uno a otro, como buenos amigos. La zorra andaba apoyándose en el
gato, que a su vez se dejaba guiar por la zorra.
--¡Buenas días, Pinocho!-- le dijo la
zorra, saludándole gentilmente.
--¿Cómo sabes mi nombre!-- preguntó el
muñeco.
--Porque conozco mucho a tu papa.
--¿Dónde le has visto?
--Le vi ayer en la puerta de su casa.
¿Y que hacía?
--Estaba en mangas de camisa y tiritaba de
frío.
--¡Pobre papaíto mío! Pero, si Dios
quiere, desde hoy ya no tendrá frío.
--¿Por qué?
--Porque yo me he convertido en un gran señor.
--¿Tú, un gran señor?-- dijo la zorra
comenzando a reir burlona y descaramente. También se reía el gato, pero
trataba de ocultarlo atusándose los bigotes con una de las manos.
--¡No es caso de risa!-- replicó Pinocho
incomodado--. No es por daros envidia; pero mirad esto, si es que entendéis de
dinero. Estas son cinco magníficas monedas de oro.
Y enseñó las monedas que le había
regalado Tragalumbre.
Al oír el simpático ruido del oro, la
zorra coja, sin darse cuenta, alargó la pata que parecía coja, y el gato ciego
abrió tanto los ojos, que parecían dos faroles verdes; pero volvió a
cerrarlos tan rápidamente, que Pinocho no llegó, a notarlo.
--¿Y qué piensas hacer con ese dinero!--
preguntó la zorra.
--Ante todo-- contestó el muñeco--,
quiero comprar a mi papá una hermosa chaqueta nueva, toda bordada en oro y
plata, y con botones de brillantes, y después me compraré una cartilla para mí,
--¿Para ti?
--¡Claro está; como que quiero ir a la
escuela y estudiar mucho!
--¡Dios te libre!-- dijo la zorra--. Mírate
en mí. Por mi loca afición al estudio he perdido una pata.
--¡Dios te libre!-- dijo el gato--. Mírate
en mí. Por mi loca afición al estudio he perdido la vista de los dos ojos.
En aquel instante un mirlo blanco que
estaba encaramado en un seto a orilla del camino, dejó oír su acostumbrado
silbido y dijo:
--¡Pinocho, no hagas caso de los consejos
de las malas compañías, porque tendrás que arrepentirte!
¡Pobre mirlo; nunca lo hubiera dicho! El
gato, dando un gran salto, le cayó encima, y sin dejarle tiempo ni para decir
¡ay!, se lo tragó de un bocado, con plumas y todo.
Después de comerlo y de haberse limpiado
el hocico, cerró los ojos y volvió a hacerse el ciego nuevamente.
--¡Pobre mirlo!-- dijo Pinocho al gato--.
¿Por qué has hecho eso?
--Para darle una lección. Así aprenderá
para otra vez a no meterse en camisa de once varas ni en conversaciones ajenas.
Cuando ya estaban a mitad del camino, la
zorra se detuvo de pronto y dijo a Pinocho:
--¿Quiéres aumentar tus monedas de oro?
--¿Cómo?
¿Quiéres hacer con sólo esas cinco
monedas, ciento, mil, dos mil?.
--¡Ya lo creo! Pero, ¿de que modo?
--De un modo muy sencillo. En vez de ir a
tu casa, vente con nosotros.
--¿Y adónde vamos?
--Al país de los buhos.
Pinocho meditó un instante, pero al fin
dijo resueltamente:
--No, no quiero. Ya estoy cerca de mi casa,
y quiero ir a buscar a mi papá, que me está esperando. ¡Pobre viejo! Estará
muy triste. ¡Dios sabe cuánto habrá suspirado desde ayer al no verme volver!
He sido un mal hijo, y el grillo parlante tenía razón cuando me decía que a
los niños desobedientes les castiga Dios. Yo lo sé por experiencia, porque me
he buscado muchas desgracias, y aun anoche mismo me vi bien en peligro en casa
de Tragalumbre. ¡Uf! ¡Sólo el recordarlo me da frío!
--¡Ah! ¿Te empeñas en volver a tu casa?
Bueno; pues vete; peor para ti.
--¡Peor para ti!-- repitió el gato.
--¡Piénsalo bien, Pinocho, porque pierdes
la ocasión de hacer fortuna.
--¡De hacer fortuna!-- repitio el gato.
--De hoy a mañana, tus cinco monedas se
hubieran convertido en dos mil.
--¡Dos mil!-- repitio el gato.
--Pero, ¿cómo es posible que se
conviertan en tantas preguntó Pinoçho, quedando con la boca abierta por la
sorpresa.
--Pues verás-- dijo la zorra--. Sabrás
que en el país de los buhos hay un campo extraordinario, al cual llaman todos
el Campo de los Milagros. Tú haces un agujero en aquel campo y meter; por
ejemplo, una moneda de oro. Tapas después el agujero con tierra, lo riegas con
un poco de agua, echas encima un poquito de sal, y ya puedes irte tranquilamente
a dormir en tu cama. Durante la noche la moneda echa raíces y ramas, y cuando
vuelvas al campo, a la mañana siguiente, ¿sabes lo que encuentras? Pues un
hermoso árbol que está tan cargado de oro como las espigas lo están de granos
de trigo en el mes de Junio.
--Así, pues-- dijo Pinocho, que estaba
cada vez más asombrado--, si yo enterrase en ese campo mis cinco monedas de
oro, ¿cuántas encontraría a la manana siguiente?
--Es una cuenta sencillísima-- contesto la
zorra--; una cuenta que puede echarse con los dedos. Pongamos que cada moneda se
convierte en un racimo de quinientas; multiplica quinientas por cinco, y verás
que mañana puedes tener en el bolsillo dos mil quinientas monedas de oro
contantes y sonantes.
--¡Oh, qué hermosura!-- gritó Pinocho
saltando de alegría--. En cuando recoja todas esas monedas me quedaré con dos
mil para mí, y os daré a vosotros quinientas de regalo.
--¿Un regalo a nosotros?-- dijo la zorra
con acento desdeñoso y ofendido--. ¡Dios te guarde de hacerlo!
--¡Dios te guarde de hacerlo!-- repitió
el gato.
--Nosotros no trabajamos por el vil interés--
continuó la zorra-; trabajamos sólo por enriquecer a los demás.
--¡A los demás!-- repitió el gato.
--¡Qué excelentes personas!--pensó
Pinocho; y olvidándose en el acto de su papaíto, de la chaqueta nueva, de la
cartilla y de todos sus buenos propósitos, dijo a la zorra y al gato:
--¡Vamos en seguida; os acompaño!
CAPITULO
XIII
La posada de El Cangrejo Rojo
Andando, andando, llegaron al terminar la
tarde, rendidos de cansancio y de fatiga, a la posada de El Cangrejo Rojo.
--Detengámonos aquí un poco--dijo la
zorra--. Tomaremos un bocadillo y descansaremos unas cuantas horas. A media
noche nos pondremos de nuevo en camino hacia el Campo de los Milagros.
Entraron en la posada, y se sentaron én
torno de una mesa, pero ninguno de los tres tenía apetito.
El pobre gato, que tenía el estómago
sucio, sólo pudo comer treinta y cinco salmonetes a la mayonesa y cuatro
raciones de callos a la andaluza; pero como le pareció que los callos no
estaban muy sustanciosos, hizo que les agegaran así como kilo y medio de
longaniza y tres kilos de jamón bien magro.
También la zorra hubiera tomado alguna
cosilla; pero el médico le había ordenado dieta absoluta, y tuvo que
conformarse con una liebre más grande que un borrego, adornada con unas dos
docenas de capones bien cebados y de pollitos tomateros. Después de la liebre
se hizo traer un estofado de perdices, tres platos de langosta, un un asado de
conejo y dos sartas de chorizos. Por último, pidió para postre unos cuantos
kilos de uva moscatel, un melón y dos sandías, diciendo que no quería nada más,
porque estaba tan desganada que no quería ni ver la comida.
El que menos comió de los tres fue
Pinocho, que se contentó con una nuez y un mendruguillo de pan, y aun dejó
algo en el plato.
El Pobre muchacho tenía el pensamiento
fijo en el Campo de los Milagros, y había cogido ya una indigestión de monedas
de oro.
Cuando acabaron de cenar dijo la zorra al
posadero:
--Prepárenos dos buenos cuartos, uno para
el señor Pinocho y otro para mi compañero y para mí. Antes de marcharnos
echaremos un sueñecillo. Pero tenga presente que a media noche queremos estar
despiertos para continuar nuestro viaje.
--Sí, señores-- respondió el posadero
guiñando el ojo a la zorra y al gato, como queriendo decirles: ¡Ya os he
comprendido, compadres!
Apenas cayó Pinocho en la cama, se quedó
dormido y empezó a soñar. Y así soñando le parecía estar en medio de un
campo, y que este campo estaba todo lleno de arbolillos cargados de racimos
formados por monedas de oro, que al ser movidas por el aire hacían tin, tin,
tin, como si quisieran decir: ¡Aquí estamos para el que nos quiera llevar!
Pero cuando Pinocho estaba en lo mejor, es decir, cuando ya extendía las manos
para coger aquellas monedas y metérselas en el bolsillo, fue despertado de
pronto por tres fuertes golpes que dieron en la puerta del cuarto.
Era el posadero, que venía a decirle que
era media noche.
--¿Están ya dispuestos mis compañeros?--
preguntó el muñeco.
--¿Cómo dispuestos? ¡Ya hace dos horas
que se fueron!
--¿Por qué tenían tanta prisa?
--Porque el gato ha recibido un parte
telegráfico diciendo que el mayor de sus gatitos está en peligro de muerte por
culpa de los saballones.
--¿Han pagada la cena?
--¿Cómo es eso? Son personas muy bien
educadas, y no habían de hacer tamaña ofensa a un caballero como usted.
--¡Diantre! ¡Pues es una ofensa que
hubiera recibido con mucho gusto!-- dijo Pinocho--. Después preguntó:
¿Y dónde han dicho que me esperaban esos
buenos amigos?
--Mañana al amanccer, en el Campo de los
Milagros.
Después de haber tenido que soltar una de
sus monedas para paganr la cena de los tres, salió Pinocho de la posada.
Pero puede decirse que salió a tientas,
porque la noche estaba tan oscura, que no se veian los dedos de la mano. Por
todo alrededor no se oia moverse una hoja. Unicamente algún que otro pájaro
nocturno cruzaba el camino de un lado a otro, tropezando a veces con la nariz de
Pinocho, el cual daba un salto y gritaba lleno de miedo:
¿Quién va?, y entonces el eco repetia a
lo lejos: ¿Quién va?, ¿Quién va?, ¿Quién va?
En tanto seguía Pinocho su camino, y a
poco vio en el tronco de un árbol un animalito muu pequeño, que relucía con
resplandor pálido y opaco, como luce una mariposa detrás de la porcelana
transparente de una lamparilla de noche.
--¿Quién eres?-- preguntó Pinocho.
--¡Soy la sombra del grillo-parlante!--
respondió el animalito con una vocecita débil, débil, que parecía venir del
otro mundo.
--¿Y qué me qieres?--dijo el muñeco.
--Quiero darte un consejo. Vuélvete por tu
camino y lleva esas cuatro monedas que te quedan a tu pobre papaíto, que llora
y se desespera al no verte.
--Mañana mi Papaíto se convertirá en un
gran señor, porque en vez de cuatro monedas tendrá dos mil
--¡Hijo mío, no te fíes de los que te
ofrecen hacerte rico de la noche a la mañana! Generalmente, o son locos o
embusteros que tratan de engañar a los demás. Créeme a mí, que te quiero
bien: vuélvete a tu casa.
--Pues a pesar de eso, yo sigo adelante.
--¡Mira que es muy tarde!
--¡Quiero seguir adelante!
--¡Mira que la noche está muy oscura!
--¡Te digo que quiero seguir adelante!
--¡Mira que este camino es muy peligroso!
--¡Que lo sea! ¡Yo sigo adelante!
--Acuérdate de que a los muchachos que no
obedecen más que a su capricho y a su voluntad, les castiga Dios, y pronto o
tarde tienen que arrepentirse.
--¡Sí, ya lo sé! ¡La misma historia de
siempre! ¡Buenas noches!
--¡Buenas noches, Pinocho! ¡Que Dios te
guarde del relente y de los ladrones!
Apenas terminó de hablar la sombra del
grillo-parlante, se apagó su lucecita como si la hubieran soplado, y el camino
quedó aún más oscuro que antes.
CAPITULO
XIV
Por no haber hecho caso a los consejos del
grillo-parlante, se encuentra Pinocho con unos ladrones.
--¡Verdaderamente que los niños somos
bien desgraciados!-- se decía el muñeco al emprender de nuevo su viaje--. ¡Todo
el mundo nos grita, todos nos riñen y se meten a darnos consejos! Si les hiciéramos
caso, todos harían oficio de padres o maestros: ¡hasta los grillos-parlantes!
Por ejemplo por no hacer caso de ese fastidioso grillo; ¿quién sabe cuántas
desgracias deberán ocurrirme, según él! ¡Hasta ladrones dice que voy a
encontrarme! Menos mal que no creo ni he creído nunca en los ladrones. Para mí
los ladrones han sido inventados por los papás a fin de meter miedo a los
muchachos que quieren andar por las noches fuera de su casa. Además, aunque me
los encontrase aquí mismo en el camino, ¿qué me iba a pasar? De seguro que
nada, porque les gritaría bien fuerte, en su misma cara: "Señores
ladrones, ¿qué quieren de mí? ¡Les advierto que conmigo no se juega; conque
ya pueden largarse de aquí, y silencio! Cuando les diga todo esto muy en serio,
los pobres ladrones escaparán como el viento. ¡Ya me parece que los estoy
viendo correr! Y en último término, si estuvieran tan mal educádos que no
quisieran escapar, entonces me escapaba yo, y asunto concluído.
Pero no pudo Pinocho terminar sus
razonamientos, porque en aquel instante le pareció oír detrás de él un
ligero ruido de hojas.
Volvióse para mirar lo que fuera, y vio en
la oscuridad dos mascarones negros que, disfrazados con sacos de carbón, corrían
tras él dando saltitos de puntillas como dos fantasmas.
--¡Aquí están-- se dijo Pinocho; y no,
sabiendo dónde esconder las cuatro monedas de oro, se las metió en la boca
debajo de la lengua.
Después trrató de escapar; pero aún no
hahía dado el primer paso, cuando sintió que le agarraban por los brazos y que
dos voces horribles y cavernosas le decían:
--¡La bolsa o la vida!
No pudiendo Pinocho contestar de palabra,
porque se lo impedían las monedas que tenía en la boca, hizo mil gestos y señas
para a entender a aquellos dos encapuchados (de los cuales sólo podía verse
los ojos por unos agujeros hechos en los sacos) que él era un pobre muñeco, y
que no tenía en el bolsillo ni siquiera un céntimo partido por la mitad.
--¡Ea, vamos! ¡Menos gestos, y venga
pronto el dinero!-- gritaron bruscamente los dos bandidos.
Y el muñeco hizo de nuevo con la cabeza y
con las manos un gesto como diciendo: ¡No tengo absolutamente nada!
--¡Saca pronto el dinero, o eres
muerto:--dijo el más alto de los dos ladrones.
--¡Muerto!-- repitió el otro.
--¡Y después de matarte a ti, mataremos
también a tu padre!
--¡También a tu padre!
--¡No, no, no! ¡A mi pobre papá no!--
gritó Pinocho con acento desesperado; pero al gritar le sonaron las monedas en
la boca.
--¡Ah, bribón! ¿Conque llevabas
escondido el dinero en la boca? ¡Escúpelo en seguida!
Y Pinocho firme como una roca.
--Te haces el sordo, ¿eh? ¡Pues espera, y
ya verás cómo nosotros hacemos que lo escupas!
Uno de ellos cogió el muñeco por la punta
de la nariz y el otro por la barba, y comenzaron a tirar cada uno por su lado a
fin de obligarle a que abriera la boca; peru no fue posible: parecia como si
estuviera clavada y remachada.
Entonces el más bajo de los dos ladrones
sacó un enorme cuchillo, y trató de meterlo por entre los labios de Pinocho
para obligarle a abrir la boca; mas el muñeco, rápido como un relámpago, le
cogió la mano con los dientes y se la cortó en redondo de un mordisco.
Figuraos lo ásombrado que se quedaría cuando al echarlo de la boca vio que era
una zarpa de gato!
Envalentonado con esta primera victoria,
consiguió librarse de los ladrones a fuerza de arañazos, y saltando por encima
de un matorral escapó a campo traviesa. Los ladrones echaron a correr tras él,
como dos perros tras una libre.
Después de una carrera de quince kilómetros,
el pobre Pinocho no podía ya más: viendose perdido, se encaramó por el tronco
de un altísimo pino, y cuando llegó a la copa se sentó cómodamente entre dos
ramas. También los ladrones trataron de subir al árbol; pero al llegar a la
mitad de la altura resbalaron por el tronco y cayeron a tierra, con los pies y
las manos despellejados.
Pero no por eso se dieron por vencidos,
sino que recogiendo un brazado de leña seca, la arrimaron al pie del árbol y
prendieron fuego. En menos tiempo del que se tarda en decirlo empezó a arder el
pino. Viendo Pinocho que las llamas iban subiendo cada vez más, y no queriendo
terminar asado como un pollo, dio un magnífico salto desde lo alto del árbol,
y se lanzó a correr como un gamo por campos y viñedos. Y los ladrones detrás,
siempre detrás, sin cansarse nunca.
En tanto empezaba a clarear el día, y de
pronto se encontró Pinocho con que estaba el paso cortado por un foso ancho y
muy profundo, lleno de agua sucia de color de café con leche. ¿Qué hacer? El
muñeco no se detuvo a pensarlo. Tomó carrerilla y gritando: ¡Una, dos, tres!,
salvó de un salto el foso, yendo a parar a la otra orilla. También saltaron a
su vez los ladrones; pero como no habían calculado bien la distancia, ¡cataplum!,
cayerón de patitas en el agua.
Al sentir Pinocho el golpetazo de la caída
y las salpicaduras del agua, gritó, burlándose y sin dejar de correr:
--¡Que siente bien el bano, señores
ladrones!
Y ya se figuraba que se habrían ahogado en
el foso, cuando al volver una vez la cabeza vio que seguían corriendo detrás
siempre metidos en los sacos y chorreando agua por todas partes.
CAPITULO
XV
Los ladrones continúan persiguiendo a
Pinocho y cuando al fin consiguen darle alcance, le cuelgan de la Encina grande.
Entonces el muñeco, perdida ya toda
esperanza de salvación, estuvo tentado de arrojarse al suelo y darse por
vencido; pero al dirigir en torno suyo una mirada, vio a lo lejos blanquear una
casita entre las verdes copas de los árboles.
--¡Si tuviera fuerzas para llegar hasta
allí, quizás podría salvarme!-- se dijo.
Y sin perder un segundo se lanzó
nuevamente a todo correr por el bosque en dirección de aquella casita. Y los
ladrones siempre detrás.
Después de haber corrido desesperadamente
durante cerca de dos horas, llegó, por último, sin aliento a la puerta de la
casita y llamó.
No respondib nadie.
Volvió a llamar con más fuerza, porque
sentía acercarse el rumor de los pasos y la respiración jadeante de sus
perseguidores.
El mismo silencio.
Viendo que el llamar no le daba resultado,
empezó a dar puntapies y cabezadas en la puerta. Entonces se asomó a la
ventana una hermosa niña de cabellos de un color azul precioso y de cara blanca
como la nieve, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, que
sin mover los labios dijo, con una vocecita que parecía venir del otro mundo.
--¡En esta casa no hay nadie; todos están
muertos!
--¡Pues, ábreme tú!-- gritó Pinocho
suplicante y lloroso.
--¡Yo también estoy muerta!
--¡Muerta! Pues, entonces, ¿qué haces ahí
en la ventana?
--¡Estoy esperando la caja que ha de
servir para enterrarme!
Apenas dijo estas palabras desapareció la
niña, y se cerró la ventana sin hacer ruido alguno.
--¡Oh, hermosa niña de cabellos azules:
abre, por piedad!-- gritaba Pinocho--. ¡Ten compasión de un pobre niño
perseguido por los ladr...
Pero no pudo terminar la palabra, porque
sintió que le agarraban por el cuello, y oyó los mismos dos vozarrones, que
decían con acento amenazador:
--¡Esta vez no te escaparás!
Al verse el muñeco tan cerca de la muerte,
fue acometido de un temblor tan grande, que le sonaban las junturas de sus
piernas de madera y las monedas de oro que había escondido debajo de la lengua.
--Conque vamos a ver: ¿abres la boca o
no?-- le preguntaron los ladrones--. ¡Ah! ¿No quieres responder? ¡Ahora
veremos!
Y sacando dos cuchillos largos, largos y
afilados como navajas de afeitar, ¡zas... zas...!, le dieron dos cuchilladas en
la espalda.
Pero por fortuna, el muñeco estaba hecho
de una madera tan dura, que las hojas de los cuchillos saltaron en mil pedazos,
y los ladrones se quedaron con los mangos en las manos y mirándose asombrados.
--¡Ah!, ¡ya comprendo!-- dijo entonces
uno de ellos--. Hay que ahorcarle! ¡Ahorquémosle!
--¡Ahorquémosle!-- repitió el otro.
Dicho esto le ataron las manos a la
espalda, y pasándole un nudo corredizo por la garganta, le colgaron de una
gruesa rama de la Encina grande.
Después se sentaron sobre la hierba para
esperar a que el muñeco hiciese la última pirueta; pero tres horas después
seguía el muñeco con los ojos abiertos, la boca cerraba y moviendo los pies
cada vez más.
Finalmente, cansados de esperar, se
levantaron, y dirijiéndose a Pinocho, le dijeron en tono de burla:
Vaya, hasta mañana! Esperamos que cuando
volvamos otra vez, nos habrás hecho el favor de estar bien muerto y con la boca
abierta.
Dicho esto se marcharon.
Entretanto se había levantado un fuerte
viento Norte que silbaba rabiosamente, y que, moviendo de un lado a otro al
pobre ahorcado, le hacía oscilar violentamence como badajo de campana en día
de fiesta. Este continuo movimiento le causaba grandes dolores, y el nudo
conrredizo le apretaba cada vez más la garganta, quitándole la respiración.
Poco a poco iban apagándose sus ojos; sentía
que se acercaba el instante dc su muerte, y se encomendaba a Dios, suplicándole
que le enviase alguna persona caritativa que le salvara.
Sólo cuando después de esperar tanto
tiempo vio que no pasaba nadie, balbuceó:
--¡Oh, papá mío; si estuvieras aquí!
No tuvo fuerzas para decir más. Cerró los
ojos, abrió la boca, estiró las piernas, y dando una gran sacudida, se quedó
rígido e inmóvil.
P.D. DE NINO: Pronto más capítulos de
Pinocho...Esperalos.