PETER
Y SAHIB
(Escrito por LuisFe)
PETER Y SAHIB
A mi sobrina Irene, nacida hace poco.
Peter nació hace seis meses en New York.
Su padre es director de una de las principales fábricas de armas de su país,
pero todo su dinero, ganado a costa de la muerte, no ha sido capaz de evitar que
una malformación genética acabe con la vida de hijo.
Sahib nació hace dos meses y medio en un
suburbio de Bagdag. Sus padres, tan pobres como eran, no tuvieron lo suficiente
para darle de comer y murió de inanición.
Los dos subieron al Cielo, y allí se
pusieron a jugar juntos, con todos los niños. Y sus juegos son más bellos que
los que se le pueden ocurrir a los grandes ingenieros de este mundo. Ninguno
sabe lo que es una pistola, ni aunque sea de agua; cuando quieren divertirse con
el agua utilizan las mangueras de la lluvia que les cogen a los ángeles.
Tampoco saben lo que son las peleas; cuando piensan distinto uno de otro, si no
se han logrado convencer después de largas charlas sin elevar el tono de voz ni
un ápice, se lo juegan a pares o nones, y además sin hacer trampa con el dedo
gordo. Por supuesto, la palabra competición y todos sus derivados ha salido del
diccionario, y no hay nadie que gane a otro (excepto si juegan a pares y nones,
pero no lo llaman ganar, sino tener más suerte), sencillamente porque si
quieren correr o saltar, todos llegan a la vez o saltan lo mismo, o si quieren
jugar al fútbol o al baloncesto, no cuentan los goles o los puntos.
De todas formas, su juego favorito es
sentarse todos juntos al lado de las puertas del cielo y reírse de cada uno que
tiene que pasar por ella. Todos son mayores -pues los niños no necesitan pasar
por allí; entran directamente, o por las ventanas, que es más divertido- y
llevan tras de sí un montón de ataduras y prejuicios que han ido acumulando a
lo largo de su vida, y que les cuesta un montón quitárselos para entrar.
Incluso a alguno le pesan tanto, que le cuesta muchísimo elevarse, y le tienen
que ayudar los niños a subir, porque el Creador les tiene prohibido quitarles
alguna atadura, para que sean los propios mayores quienes lo hagan. De vez en
cuando, pero muy de vez en cuando, sube alguno muy deprisa, porque no tiene casi
ataduras y sí mucho amor, y el amor es lo único que nos eleva, y ése entra
casi directamente en el cielo. A esos, los niños aplauden y vitorean, y le
invitan a pasar por alguna ventana, con la correspondiente regañina (eso sí,
cariñosa) de San Pedro y sus ayudantes. Cuando más se ríen es cuando sube un
hombre todo gordo y con su puro, que en la tierra le consideraban hombre de
provecho por haber hecho muchos millones, aunque fuera con el trabajo de los demás,
y después de quitarse todas sus ataduras y cosas vanas, lo poco que queda de él
se da cuenta de que todo lo que tenía en la tierra no sirve para nada, y
entonces se le queda una cara de póker que es digna de verse.
A Sahib se le ha olvidado qué es el
hambre, porque en el cielo hay la misma comida que en la tierra, pero allí la
reparten por igual. El frío es pura anécdota, pues, además de que el sol
muchas veces es su compañero de juegos, cuando éste se va a descansar, todos
se juntan debajo de una gran manta de nube de algodón, y se duermen, no sin
antes gastar alguna broma, como esconder las llaves a San Pedro, el bastón de
peregrino a Santiago, o la cerveza a San Miguel.
Y así pasan los días los niños en el
cielo, sin preocupaciones, todos iguales, todos con todo... es decir, felices.
Por eso a Sahib y a Peter les extraña tanto que el Golfo Pérsico esté lleno
de unos barcos que en la tierra llaman portaaviones, y que la vida de tantos
como ellos dependa de las decisiones de un loco que cree ser el dueño del mundo
por tener más armas que nadie. Pero es que Sahib y Peter nunca han sido
mayores...
Fin