PEPITO
Y SU ESTRELLA (Autor: Luis Toral Moreno)
Este era un niño de diez años de edad que
se llamaba Pepito. Pero necesito hacer algunas aclaraciones antes de seguir con
este cuento. En primer lugar, ni a Pepito ni a mí nos gustó el título. El
quería a fuerza que se llamara "La historia de un niño que quería ir a
visitar una estrella"; pero yo lo convencí a que lo dejáramos en "Pepito
y su estrella", porque cuando leyera este cuento el primer productor de
cine que se tropezara con él, inmediatamente iba a querer hacer una película
con tan interesante argumento, pero un título tan largo no cabría en la
marquesina de ningún teatro o cine. En segundo lugar, le propuse a Pepito que
usáramos otro nombre para él, porque por dondequiera andan cuentos en que un
Pepito demasiado candoroso o un Pepito muy lanzado anda con cosas de un color más
o menos subido (mas bien más que menos); pero Pepito dijo que él no tenía la
culpa de que haya Pepitos tan inocentes ni Pepitos tan majaderos, y que él se
llama en realidad Pepito y en cambio la mayoría de esos cuentos mandados se los
atribuyen a Pepitos inexistentes. Lo cual es muy cierto. Así que este es un
cuento de un Pepito muy real. Podría haber seguido con otra tercera o cuarta
aclaración, etcétera; pero creo que ya no es necesario, pues posiblemente ni
las dos primeras hacían falta. Las puse principalmente para hacer más largo el
cuento, porque ni a los niños ni a la gente grande les gustan los cuentos
demasiado cortos. Además, como en realidad no ha comenzado el cuento, todo el
que lo empiece lo seguirá leyendo, unos para comprobar que es un cuento decente
de Pepito y otros para sentirse defraudados cuando resulte que es un cuento
blanco y no como se lo esperaban por el título. Y ahora sí comenzaremos ya en
serio con el cuento. Conque este era un niño de diez años que se llamaba
Pepito. Era un niño muy bueno, muy estudioso y muy obediente. Eso de lo
obediente depende más de las mamás y no de los niños, porque cuando las mamás
muelen a sus hijos no dejándolos que se muevan, que jueguen, que den un poco de
guerra, que hagan travesuras inocentes, o sea, no dejándolos que sean niños,
esos niños se hacen rebeldes (pero con causa). Sigamos adelante porque tampoco
a nadie le gusta que se metan sermones en los cuentos. Pepito era muy obediente:
cuando a su debido tiempo su mamá le decía que ya era hora de que se fuera a
la cama, lo hacía sin repelar. Todas las noches, después de haber hecho su
tarea, merendaba, se bañaba, se lavaba los dientes, se ponía su pijama y se
disponía a dormir luego de haber rezado sus oraciones. En su cuarto tenía una
ventana por la que se podía ver el cielo estrellado, y Pepito, casi todas las
noches, con permiso de su mamá, se quedaba por unos minutos pegado a la ventana
contemplando las estrellas. Había sobre todo una que le llamaba especialmente
la atención por su brillo y porque titileaba un poco más que todas las demás.
Parecía que llamaba a Pepito con su "pinkus", "pinkus","pinkus"
que hacía al aumentar y disminuir de brillo. Pepito se quedaba mirándola y
pensaba "que ganas de poder ir a visitar esa estrella para saber como es de
cerca y porque brilla tan bonito". Luego ya se separaba de la ventana y se
acostaba y se dormía. Una noche estaba Pepito muy plácidamente dormido en su
cama. A las doce de la noche, en punto, que es siempre la hora en que sucede
algo en todo cuento que se respete, se subió un enanito a la cama de Pepito y
después de recorrerle todo el cuerpo pasito a pasito a todo lo largo se le
acercó a una oreja y empezó a llamarlo. Era un personajito chistosísimo,
graciosísimo. Medía más o menos quince centímetros de estatura. En casi
todos los cuentos les llaman a estos personajes "gnomos",
"duendecillos", etc.; pero a Pepito y a mí nos gusta más decirles
"enanitos". Nos suena mejor, más cariñoso, más familiar. El enanito
empezó a llamar a Pepito por su nombre: "Pepito", "Peepiito",
"Peeepiiito", "Peepito", "Peeepiiito", cada vez más
fuerte, hasta que por fin despertó. "¿Eres tú el niño que quiere ir a
visitar una estrella?", le preguntó el enanito muy amablemente. "Sí,
claro que soy yo", contestó Pepito, "pero ¿Cómo voy a poder ir a
visitarla?". "Precisamente estoy yo aquí para eso, para
llevarte", le dijo el enanito; y entonces sacó su varita mágica y con
ella le tocó la espalda a Pepito e inmediatamente éste se redujo de tamaño a
tener quince centímetros de estatura como el enanito y le salieron unas alitas
como las de las abejas. Dirán ustedes que por qué quiero economizar con alas
tan chiquitas e insignificantes siendo que ningún trabajo me costaba ponerle
mejor unas frondosas alotas de águila; pero las alitas eran de veras de abeja
y, después de todo, en los cuentos no se necesitan alas para volar: se vuela lo
mismo de bien con alas que sin ellas. Ya con su nueva estatura y sus alas, salió
Pepito por la ventana en compañía del enanito y en un santiamén llegaron los
dos a la dichosa estrella. Todo ahí era brillante como tachonado de piedras
preciosas: las hojas de las plantas y de los árboles, las flores, la arena del
piso, todo; por eso la estrella de Pepito se ve desde la tierra brillando más
que todas las otras y haciendo "pinkus", "pinkus", "pinkus".
Por añadidura, todas las casas y las cercas eran de dulce: de caramelo, de
jamoncillo, de chocolate, etc..Otra vez me dirán ustedes que eso lo imitamos de
la casita de la bruja en el cuento de Juanito y Margarita; pero yo lo pongo aquí
porque así era en efecto, y no tenemos la culpa, ni Pepito ni yo, de que en
otros cuentos haya también casas de dulce. Otra cosa muy importante: en nuestra
estrella había por todos lados juegos para niños, de todas clases:
resbaladillas, columpios, sube y baja, rueda de la fortuna, en fin, todititos
los juegos posibles e imaginables; había también piscinas de natación de agua
templada, con todo el equipo necesario: trampolines, resbaladillas, etc., todo,
todo. Para decirlo de una vez: disneylandia le venía guanga en cuestión de
atracciones. Pepito estaba sencillamente feliz: recorría todos los juegos y
atracciones, mordisqueaba las casas, se quedaba admirado contemplando el brillo
de las hojas y flores; en fin, llevaba varias horas de diversión constante sin
cansarse ni aburrirse para nada. Serían ya como las cinco de la mañana (en la
casa de Pepito, por supuesto, porque en las estrellas son inútiles los relojes)
cuando el enanito le dijo que ya era hora de regresar. Pepito le contestó que
estaba tan contento que se proponía quedarse por lo menos una semana. Pero el
enanito le hizo notar que a las siete se iba a asomar a su cuarto su mamá a
despertarlo para que se levantara e hiciera todo lo necesario (lavarse,
vestirse, desayunar, etc.) para irse oportunamente a la escuela. "¿Te
imaginas, le dijo, qué susto y qué aflicción va a tener tu mamá si encuentra
tu cama vacía?". " Tienes mucha razón, contestó Pepito, por nada
del mundo me expondría yo a darle tan terrible disgusto a mi mamacita".
(Aquí se echa de ver lo buenísimo que es de de veras este Pepito: a pesar de
lo contento que estaba, inmediatamente accedió a regresar). Salieron volando de
regreso a la tierra y en otro santiamén estuvieron en la ventana del cuarto.
Allí le tocó en la espalda el enanito con su varita mágica y desapareció.
Pepito volvió a quedar de su tamaño natural y sin alitas; quiso bajarse de la
ventana y ¡zaz! que se da el zapotazo en el suelo. Despertó en ese momento,
porque todo lo sucedido había sido puro sueño y lo único cierto es que se había
caído de la cama. Y aquí debería haberse dado por terminado este cuento. Pero
Pepito está convencido de que fue real su viaje a la estrella; que si se cayó
en el suelo es porque no se había dado cuenta de que ya no tenía alas. Yo le
dije que la principal dificultad para creerle es que no hubo tiempo para ser en
una sola noche el viaje de ida y vuelta a su estrella; que ya debe de haber
estudiado algo de astronomía y saber que lo más aprisa que se puede viajar es
a la velocidad de la luz que recorre varios cientos de miles de kilómetros por
segundo; que la estrella más cercana está a tal distancia que a la velocidad
de la luz se necesitan años y años para llegar a ella, cuantimás a su
estrella que no es de las más cercanas. Me derrotó alegando que la velocidad
de la imaginación es mucho mayor porque con ella no se necesita ni un milésimo
de segundo para llegar a donde uno quiere. De manera que Pepito está
completamente seguro de que realmente hizo su viaje a su estrella. Además no
quiere que ninguno de sus amigos se suponga que ahora que ya tiene diez años de
edad es capaz de caerse todavía de la cama. Si queremos seguir siendo amigos de
Pepito hay que creerle que su viaje no fue sueño sino realidad. Punto.