Pelo
Parado
Resulta que una vez vino al jardín un nene
nuevo. Se llamaba Pedro, y era rubio y de rulos. Tenía tantos rulos, que por más
que se peinara el pelo siempre le quedaba parado.
La maestra se lo presentó a todos los
chicos, y les pidió que fueran amables con él hasta que se hiciera de amigos.
Pedro estuvo tratando de aprenderse los nombres de todos sus compañeros, desde
Berberecho, el más grande, hasta Nahuel, el más chiquito, que estaba
aprendiendo a hablar. Cuando Nahuel vio a Pedro, lo señaló y le dijo:
- Pelo.
Estaba bastante bien para un chico tan
chiquito, pero Pifucio, que estaba cerca, se tentó y dijo: - Pelo Parado. Y
todos los demás chicos se rieron y empezaron a decirle así: Pelo Parado. Hasta
que le quedó de sobrenombre.
Pelo Parado se puso a llorar, y la maestra
tuvo que intervenir para explicarles a todos que no debían llamarlo de ese
modo, y que tener el pelo parado o de cualquier otra forma no era motivo de
risa. Pero Pelo Parado seguía llorando a moco tendido, porque no le gustaba que
se rieran de su pelo parado. Entonces Pifucio tuvo una idea:
- A ver, todo el mundo a despeinarse con la
mano, y dejarse los pelos bien parados. Así Pelo Parado no llora más.
Los chicos le obedecieron, y al rato
estaban todos con el pelo parado. Y Pelo Parado no lloraba más, porque ya no
era el único que tenía el pelo parado.
Pero en eso llegó la maestra, y al ver a
todos con el pelo revuelto, pensó en una sola explicación posible:
- ¡Piojos! - y salió corriendo a buscar a
la directora.
La directora del jardín llegó y mandó:
- Todo el mundo en fila, bien separados. Y
se van sentando de a uno en el banquito.
Les revisó la cabeza a uno por uno,
durante un rato largo. Y no encontró un solo piojo.
La maestra y la directora terminaron rascándose
la cabeza ellas también, porque no entendían porqué tenían una clase entera
de Pelos Parados.
Hasta que Pifucio explicó lo que había
pasado:
- Nos pusimos todos así para que Pelo
Parado no se sintiera mal. ¿No es cierto? - preguntó. Y todos contestaron que
así era. Hasta Pelo Parado, que ya no lloraba más.
Entonces la maestra y la directora
entendieron, y los dejaron volver a jugar. Y les dieron permiso para seguir el
resto del día con los pelos revueltos y parados. Pero con una sola condición:
que antes de volver a sus casas, pasaran por el baño y salieran bien peinados.
Y así lo hicieron todos. Salvo Pelo Parado, claro, que salió con los pelos
parados como de costumbre.