EL
PECECILLO PRESUMIDO
Érase una vez un pececillo muy bonito, de
cuerpo corto pero robusto, con un color anaranjado muy intenso, y una zona
central negra. Se parecía a un carbón encendido. En su pequeña cabecita tenía
una franja nacarada que le bajaba directamente a los ojos. Sus aletas eran también
anaranjadas, aunque las ventrales tenían una tonalidad oscura en su parte
anterior.
Era muy vivaz nuestro pececillo. Aunque sus
compañeros vivían en grupos pequeños, éste era muy solitario pues sólo sabía
hacer una cosa que no podía compartir con nadie : presumir.
Un día, paseándose por entre unos
guijarros en el fondo del mar, se encontró con el señor pulpo :
- ¡Eh, payaso !, ya que así se llamaba
nuestro pececillo. En realidad era un pez payaso, pero como no tenía nombre,
todos le llamaban payaso.
- ¿Qué quieres, ocho patas ?, le contestó
el pez payaso.
- ¡Ten cuidado !, hay humanos pescando, le
dijo con cierto temor el señor pulpo.
- A mí que, contestó payaso.
- En vez de pavonearte tanto, deberías
hacer algo, deberías aprender algo, si no..., el día menos pensado..., le
comentó el señor pulpo, que pasa por ser uno de los animales más
inteligentes.
- ¿Para qué ?, yo soy tan apuesto y bello
que no necesito aprender nada. Si me pescan, me soltarían por mi atractivo.
Además, ¿para qué sirve aprender ?. Por ejemplo, ¿tú qué sabes hacer ?, le
dijo el pececillo al señor pulpo, no sin cierta prepotencia.
- Yo, con mis tentáculos, puedo
defenderme, puedo coger varias cosas, puedo...
- Ya ves que interesante, le interrumpió
payaso, lo que irritó un poco al señor pulpo, pues no está bien interrumpir a
un animal o persona cuando está hablando.
- Bueno, bueno. Sigue así y verás que
pronto te pescarán.
- Tonterías, comentaba payaso mientras se
alejaba en dirección a unas algas.
Siguiendo con su paseo, al girar una roca,
se encontró con el pez globo.
- ¡Hola, payaso !, ¿qué haces ?, le
preguntó éste.
- Nada, contestó payaso, que estaba todavía
algo irritado después de su encuentro con el señor pulpo.
- Pues si no haces nada, pronto acabarás
en las redes de los humanos, le dijo el pez globo en un tono conciliador.
- ¡Otro !, dijo enfurecido payaso, y
continuó más enojado aún: ¿Tú qué sabes hacer listillo ?.
- ¿Yo ?. Pues mira, si me cogen, me hincho
y me hincho y, de este modo, como no me pueden comer me sueltan, dijo el pez
globo todo satisfecho.
Ahora sabéis ¿por qué se llama pez globo
?, mis menudos amiguitos.
- Pues menuda tontería, replicó el pez
payaso. A mí, si me cogen me soltarían por mi extraordinaria y sin igual
hermosura, le dijo al pez globo, igual que antes había hecho con el señor
pulpo.
- Yo que tú, empezó a indicarle el pez
globo, dejaba de presumir tanto y me esforzaría en aprender algo, pues hay
humanos pescando, comentó con cierto temor, también, el pez globo.
- Tonterías, volvió a replicar payaso y,
dando un fuerte movimiento a su aleta caudal, se giró y se fue.
- Ten cuidado..., se quedó hablando el pez
globo en la lejanía.
Así siguió durante parte del día el
pececillo presumido y presuntuoso, hablando con unos y con otros sobre las
distintas maneras de zafarse de un ataque de otros peces o de los humanos, las
pinzas de los cangrejos, la tinta de los calamares, el mimetismo, etc., etc.
Pero payaso no prestaba atención, pues pensaba que eso no era útil.
De repente, se oyó un gran estruendo que
provenía de detrás de una gran roca que había en el lecho marino, un ruido
como si algo grande se arrastrara por el fondo. El pez payaso se dio la vuelta y
fue a ver que era eso, y...
En la cubierta de un gran barco de pesca,
varios pecadores se encontraban separando los peces que habían caído en la
red, cuando uno de ellos vio a payaso, tan bonito y tan pequeño :
- Seguro que éste le gusta mucho a mi
nenita, pensó. Y lo metió en una bolsa con un poco de agua marina, y lo guardó
en su cesta de comida.
Cuando empezó a recuperarse, payaso se
preguntaba : ¿dónde estoy ?, ¿qué es esto tan oscuro y tan pequeño?, pues
intentando huir se daba de broces contra las paredes de la bolsa de plástico.
Al cabo de unas horas, alguien coge la
bolsa y se pone a mirar a payaso.
Payaso abre sus pequeños ojos y ve a una
niña tan rubia que sus cabellos parecían los rayos del sol, con unos ojos tan
azules como el fondo del mar por el que presumía payaso, tan bonita, pensó,
como él, o más.
- Mami, mami, decía la preciosa chiquilla,
mira que me ha traído papá.
- ¡Que bonito !, le dijo su madre. ¿Qué
vas a hacer con él ?, le preguntó su madre.
- No se. De momento lo pondré en una
pecera, dijo María, que era el nombre de esta muñequita.
Pasaron los días, las semanas, los
meses,... Payaso estaba cada día más triste, y pensaba :
- ¡Ah !, que razón tenían mis amiguitos
del mar. Sólo presumir y presumir. Antes podía presumir ante muchos. Ahora, ni
eso. Sólo puedo presumir ante esta niña, que además es más bonita que yo. Si
pudiera volver a mi mar..., pensaba una y otra vez el pez payaso totalmente
arrepentido de su forma de ser.
Pero la niñita también pensaba :
- Pobrecillo, sin su mamá, sin su papá,
sin sus amiguitos. Tan bonito como es y sólo yo puedo disfrutarlo.
- Mami, papi, empezó diciendo una tarde la
pequeñina : he decidido devolver al pececillo al agua. Está muy solo y muy
triste sin sus padres. No come casi nada y ¡es tan bonito ! que debe seguir
alegrando el fondo del mar con sus colores.
- Muy bien hija. Lo que tu digas.
Y se fueron en una barquita a devolver a
payaso a su ambiente.
A payaso, que estaba adormecido por la hora
que era, le llegó, de repente, un olor conocido, el olor del mar. En un
instante, todavía sin desperezarse del todo, unas pequeñas manitas lo cogen,
le dan un beso en la boquita, y lo meten en el agua, soltándolo a continuación.
Se puso tan contento payaso, que dio varias
vueltas sobre sí mismo, y antes de alejarse, miró a la niña dándole las
gracias y dejando escapar una pequeñísima lágrima de satisfacción. Claro, la
niña no le pudo oir, pero lo entendió perfectamente.
Nadando a toda velocidad, fue a ver al pez
mariposa para que le aceptara en la escuela de peces, y de este modo aprender
todo lo que debe saber un pez de los peces y de los humanos, aunque la primera
lección ya se la había aprendido bien.
Todos los peces marinos se enteraron pronto
de que payaso había vuelto y lo celebraron con una gran fiesta en la que
tocaron los cangrejos violinistas y el pez banjo, hizo trucos de magia el pez
hada, no paró de contar chistes el pez papagayo bicolor y los peces saltarines
no dejaron de hacer eso, precisamente, en toda la tarde.
Encima de ellos, la barquita iba en dirección
al puerto. La niñita se había dormido en los brazos de su padre que le había
contado el cuento de Pedro y el lobo. El padre estaba muy satisfecho por lo que
su hijita había hecho gracias a las cosas que había aprendido hasta ese
momento.
Y, colorín colorado, este cuento se ha
acabado.
Autor: Carlos Manuel da COSTA CARBALLO