EL OSITO AZUL

 

 

Había una vez un oso, un osito con la piel de lana color azul celeste, que vivía con un niño rubio, muy blanco, de pupilas muy verdes y sonrisa clara, tan clara, que parecía un hilito de agua ahondando pocitos sobre sus mejillas.

Una día, cuando los luceros del alba comenzaban a parpadear entre las sombras, el niño aquel cerró los ojos y se fue de viaje.

No sabía el osito a dónde ni por qué; lo que sabía era que había quedado solo, inmensamente solo. Ya nadie lo alzaba de la pequeña mecedora en donde la señora le sentó cuando el niño partió. Nadie le daba apretujones, ni besos, ni abrazos, ni lo bajaba al patio a jugar con los chicos del vecindario, ni salía de paseo en el carrito de madera en el cual solía su amito dar unas vueltas por el parque.

Permanecía el día entero allí sentado en el mismo sitio, inmóvil, hastiado, mirando siempre las mismas cosas, sin aire, sin sol, sin la risa ni el juego de los rapaces que fueron durante un tiempo sus compañeros de retozo.

Una noche en que entró la luna a pintar de blanco todas las cosas de la alcoba, halló al osito despierto y cabizbajo con los ojos redondos cuajados de lágrimas de vidrio y el corazón colmado de una tristeza de aserrín.

Se sorprendió el astro que siempre lo había visto dormido o tranquilo y mientras se ocupaba en platinarle el pelo le preguntó qué le ocurría.

El osito le contó su cuita. Fue tanto lo que dijo y tanto habló de sus pesares, que la luna tuvo que guiñar los ojos para que el llanto no apagara la luz de su cara.

– Si fueras un niño, un día u otro te reunirías con él...

– Pero no soy un niño.

Y era verdad; era sólo un osito de tela con lana rizada color azul celeste y el cuerpo relleno de virutas de aserrín.

– Si fueras un hada podrías convertirme... –replicó el osito un poco molesto por no ser humano; y la luna llena, que tampoco quería parecer a menos, le contestó enseguida.

– Yo soy el Hada de la Luz Nocturna y aunque no puedo convertirte en ser de carne y hueso, sé de una manera como podrías llegar hasta donde está el niño... No, no puedo decírtela, –agregó apresuradamente al notar que el osito estaba pronto a preguntarle–, si te la dijera, la gente y muchos hombres de la tierra, querrían imitarte...

Más ese osito adujo que ningún hombre iba a saberlo. Él guardaría el secreto en lo más íntimo del alma y cuando ya se hubiera ido, nadie sabría ni a nadie le importaría por qué ni cómo había salido del dormitorio.

Le repitió llorando sus desventuras y la luna, que era un tanto romántica y el infortunio de los otros le conmovía hondamente, terminó por decirle:

– Cuando yo me haya ido, crecerá la sombra por el firmamento; yo volveré entonces con mi hoz dorada para segar esas tinieblas y me iré convirtiendo en una barca de oro que bogará por el espacio toda la noche. Espera ese día y embárcate en mi esquife. Te llevaré alto, muy alto, cada vez más alto y después lejos, muy lejos, cada vez más lejos hasta que llegue la alborada. Entonces, por la primera rendijita de sol que abra una herida en el horizonte, cuélate al cielo y allí entre muchos otros, encontrarás al niño.

El osito le hizo notar la dificultad de subir a bordo de la barca de oro porque estaría muy alta.

– Yo te alzaré con un rayito de luz y te subiré hasta ella.

Y así convenido, el osito de felpa le dio las gracias muchas veces y terminado el plenilunio se fue también la luna. Todo se volvió negro como un gran cofre de azabache; y el osito comenzó a contar los días que pasaban.

Pero es el caso que como no sabía mucho de números, perdió la cuenta; mientras más se esforzaba por hacer un cálculo aproximado del tiempo transcurrido, más se ofuscaba y su angustia crecía en miedo de que llegara el día esperado y no viera en el cielo la barca de oro de la luna.

En su afán le parecía que el tiempo no corría o había corrido demasiado y principió a desesperarse y a interrogar a todos los objetos del cuarto.

Era el caso que allá en la medianoche, cuando la oscuridad hechizaba el lugar y el Hada Silencio con su varita mágica les otorgaba a todos la facultad de hablar, la estancia se convertía en una tertulia muy amena.

Únicamente la soñolienta lámpara que vestía una falda color de rosa era quien tenía sueño después de apagada. Le incomodaba un poco la charla de los otros y a veces protestaba, pero ya nadie le hacía caso. Cuando insistía en rezongar, el florero de loza cuya semblanza con la discreta lámpara le había proporcionado más de un disgusto solía criticarla con el vecino más cercano. Aquella noche comentó al respecto:

– ¿No es ridículo usar esa pantalla desproporcionada en vez de adornarse simplemente con flores?

– Quizá es peor necesitar de ellas para verse completo... –replicó la lámpara que alcanzó a oírle–, cada vez que te dejan el cuerpo vacío parece que te hubieran cortado la cabeza.

Las figulinas de porcelana japonesa que adornaban el tocador de la señora reían con su risita delicada que amenazaba volverse añicos a cada instante. Les divertía grandemente la vieja rencilla del florero y la lámpara.

– En vez de casarse... –apuntó una de ellas.

– Tendrían una linda familia de floreritos con pantallas y lamparitas florecidas...

Y aunque algunos celebraron la ocurrencia y acogieron la agudeza como una idea factible, el florero protestó indignado. Nunca sus parientes se habían mezclado con plebeyos; su linaje era puro, acrisolado en hornos donde cocían el barro hasta trocarlo en porcelana, mayólica, en vidrio o en tantos otros nombres que apellidaban su familia de estirpe preclara...

El relojito despertador la interrumpió para inquirir por el significado de aquella palabra.

– ¿Preclara?... es algo que se puede usar para todo, –intervino la pluma que acostumbraba a apresurarse a dar explicaciones–, yo lo he visto escribir mucho a la señora: agua clara, tinta clara... día claro...

Mas el diccionario no podía permitir que se confundieran de esa manera los vocablos y de un solo tirón se abrió en la página en la cual se encontraba el susodicho término e interrumpió a la pluma para leerles.

– Preclara, adj., insigne, ilustre, digno de admiración y de respeto...

Los objetos del cuarto se miraron entre sí guardando un significativo y prudente silencio. Únicamente el alfiler de cabecita arguyó que él había frecuentado aristocráticos salones en donde se reunía la más alta nobleza; había ido prendido a los vestidos de las señoras aristrocráticas y ninguna de ellas era de loza, ni de vidrio, ni de barro cocido. Pero su voz era tan delgadita que se ahogaba en el fondo del costurero. Además, parecía que a nadie le interesaba tales observaciones; ni siquiera el osito prestó atención a sus palabras y su ilustrada mediación le llenó de esperanzas. Indudablemente el docto volumen podría informarle cuándo llegaría al cielo la barca de oro de la luna. Con mucha decencia le interrogó al respecto y el libro después de oírle atentamente, volvió a abrir sus hojas hasta encontrar en otra de ellas: Luna, satélites de la tierra, cristal de un escaparate...

¡Más le hubiera valido al osito no haber lanzado esa pregunta!... la respuesta del cultísimo tomo causó un disturbio general, pues tanto el espejo del armario como el del tocador y hasta el de mano, protestaron a coro.

¿Cómo podían parangonar la belleza permanente de sus láminas azogadas con la anémica fase que por breves ciclos argentaba a la luna?...

El alfiletero objetó que ésta era una explicación muy deficiente y añadió en voz baja que el léxico presente debía ser muy malo, pues cualquier otro diccionario habría ofrecido una definición más explícita. Y oído esto por el libro fue tan de su enojo, que al cerrarse de un golpe en señal de protesta, cayó al suelo estrepitosamente y casi se desencuaderna.

Todos los útiles del escritorio intervinieron para apaciguarle. La pluma con suma diplomacia, le hizo ver que el alfiletero era un viejo neurótico de tanto pinchazo y que los espejos estaban infatuados de tanto copiar la vanidad humana que se miraba en ellos.

El reloj agregó que debía desdeñarse la opinión de enseres superfluos, ociosos, sin otra ocupación que satisfacer presunciones mundanas, y era tal su elocuencia que el osito fascinado con los juicios del sentencioso mediador, resolvió dirigirle a él la misma pregunta.

El reloj no sabía. ¿Cómo iba a saberlo si pasaba ocupado las veinticuatro horas del día, dando vueltas y más vueltas para medir el tiempo?... ¿En qué momento iba a dedicarse a contar los días que pasaban entre luna y luna?... Cuando la existencia se consagra a un deber, a un solo deber como el suyo, cualquier otra cosa estaba desprovista de valor y de mérito y los niños, la luna, los juguetes y demás futilezas similares, carecían absolutamente de importancia. ¡Si por lo menos la luna le hubiera dicho exactamente en horas los días que faltaban!...

– O en pulgadas... –terció el metro que permanecía enroscado como un caracol de guarismos, dentro del costurero.

Era verdad, era verdad... El osito de tela con piel azul celeste sintióse avergonzado y se le humedecieron los ojos de vidrio.

– Tal vez un almanaque puede informarte –sugirió la polvera de plata que aunque nunca se dignaba conversar sino con el joyero, el cepillo y el peine de su misma clase, se sintió enternecida por las penalidades del osito. Y éste se llenó de esperanzas, mas inmediatamente volvió a entristecerse. ¿Dónde conseguirlo?... no lo había en el cuarto, no lo había en la sala, no lo había en la casa entera. Alguien criticó a la señora: ¿cómo podía vivir sin almanaque?... pero el reloj determinó que con saber la hora ya era suficiente.

– Quizás las rosas del florero... –insistió la polvera con su voz perfumada.

Y éstas se balancearon negativamente sobre sus tallos frágiles. ¡Qué iban a saber ellas que eran tan jóvenes!... desde que comenzaron a abrir sus capullos lucieron tan bellas que el jardinero las cortó para adornar la casa. Todo el mundo se maravillaba de sus hermosuras, todo el mundo...

Y el osito cada vez más acongojado, comprendió que en la alcoba como en la especie humana, cada cual se creía superior a los otros y cada cual sentíase demasiado importante para ocuparse de una cuita o de los intereses que no fueran propios.

Con gran desaliento resolvió asomarse por la ventana abierta y escudriñar el cielo. Vio las nubes densas, vio unas estrellitas como hechas de fuego y en el jardín divisó los geranios que florecían como rubíes en sus macizos de esmeraldas. Inclinó el cuerpo para preguntarles:

– ¿Saben ustedes, cuándo llega la barca de oro de la luna?...

Hasta él llegaba el aroma dulce de los botones entreabiertos; podía percibir los aterciopelados pétalos color cereza, pero no oía las vocecitas que le contestaban.

El osito azul se inclinó tanto en su ansiedad, que se fue de bruces y cayó entre los setos de lilas florecidas.

Pasado que hubo el primer instante de susto y la sorpresa consiguiente y cuando estuvo un tanto recuperado del golpe recibido, el osito contó a los arbustos lo que había ocurrido y rompió a llorar amargamente.

Lloraba por lo sucedido y por lo que había de suceder si lo encontraba el jardinero y lo conducía al ama; ella, para que no volviera a acaecer una segunda vez, lo encerraría con llave adentro del armario a donde el rayito de luz de la luna no podría enlazarlo para subirlo hasta la barca que habría de llevarlo en busca del niño.

Las plantas conmovidas le fueron consolando con besos menudos y tiernos que olían a savia y a resina verde. Ellas lo esconderían, prometieron, le cubrirán con su espesura para que ninguno pudiera encontrarlo y mientras tanto preguntarían al jardín entero, si alguno sabía cuándo comenzaría a segar la sombra la hoz dorada de la luna.

De hoja en hoja se repitieron la pregunta hasta llegar a la copa de los árboles más altos que negativamente movieron su fronda con un sincero desaliento.

– Preguntaremos al rocío... –prometieron las hojas y al llegar la aurora todas abrieron sus manitas y recogieron en sus palmas una gotita de diamante. En tanto las acunaban en sus cuencos verdes, fueron consultándoles y ellas temblaban como lágrimas porque lo ignoraban.

Entonces las gotas pensaron que tal vez el sol podía informarles y cuando el primer rayo comenzó a evaporarlas, le interrogaron.

El sol sabía menos; cuando él aparecía por el horizonte la reina blanca se ocultaba; nunca se encontraron; además, ¿para qué deseaban el rocío y las hojas saber aquello?

– Tal vez los pájaros...

Insinuó en tono despectivo después de oírlas y hasta las flores contagiadas de esperanza, embalsamaron el aire con su mejor fragancia. Evidentemente, los pájaros que volaban tan alto y llegaban cerca de las nubes, tenían que saberlo.

Mas, ¡oh, terrible desconsuelo!, las aves respondieron que a ninguna de ellas les agradaba la claridad lunar. Una vez, contaba la leyenda, la luna enojada con un pajarillo que le picó en la cara creyendo que era una flor del cielo, le condenó a vivir lejos del sol, ciego a la luz del día, los ojos redondos abiertos a la sombra, las uñas negras, el pico encorvado en busca de roedores pequeños para alimentarse o sorbiendo aceite y cortando la noche con su graznido conocido como un augurio próximo de mala suerte. No, no querían los pajarillos del jardín convertirse en lechuzas, ni en búhos, ni en mochuelos o animal parecido.

Por eso, cuando la tarde comenzaba a empolvarse con un color ceniza, las pequeñas aves corrían a cobijarse en el ramaje de los árboles; hundían los picos debajo de las alas y no sabían, ni querían saberlo, a qué hora llegaba ni a qué hora se iba, la Hechicera de la Luz Nocturna.

– Es un Hada... –les explicó el osito defendiéndola, pero los pajarillos movieron sus plumitas dudosamente y se fueron piando de rama en rama.

El jardín quedó convertido en un activo círculo de interrogaciones. De labios de las hojas pasó a las rosas y de éstas al oído de las mariposas; se congregaron las libélulas que conocieron al niño, desplegaron sus alas versicolores y llevaron la pregunta más allá del pénsil, hasta los juncos que crecían en las riberas del lago.

El lago se estremeció de orilla a orilla con una dulce palpitación azul como si dentro, muy dentro, le hubiera latido fuertemente el corazón. Y era que se decía que él siempre había estado enamorado de la luna, aunque en realidad no se sabía a ciencia cierta si era la luna quien estaba enamorada de las aguas azules, se sumergía en su cristal, o si era el lago quien apasionadamente se cristalizaba para poseerla.

El caso era que en los plenilunios, ella solía hundirse en el reposo de las aguas y permanecía inmóvil, redonda, como una medalla de oro caída en el fondo de un estuche de algas. Pero ni aun por eso pudo el lago indicarles cuándo arribaría la barca de oro de la luna.

Se consultó a los gusanillos, a los escarabajos, y hasta las hormigas que trabajaban afanosamente sin querer perder tiempo en aquellas averiguaciones. ¡Si se hubiera tratado de la lluvia!... le argumentaron al osito, entonces sí sabrían decirle porque ellas olfateaban los aguaceros, ¿pero la luna?... no, no sabían nada de la luna.

En tanto la señora se asomó a la puerta. Parecía que la pérdida del pequeño osito había causado una profunda conmoción en la casa entera. Se consultaba al jardinero, se interrogaba a las criadas, se interpelaba a los chiquillos del vecindario.

Una de las fámulas acusó al muchachito que compraba los frascos vacíos. El osito recordó que al niño le gustaban los vendedores ambulantes que recorrían las calles modulando pregones y entre ellos, el rapazuelo desgreñado, de pies descalzos, la ropa sucia y rota y un saco a la espalda, lleno con botellas que repiqueteaban como marimbas:

– Coomproo fracoo e booteeellas... Agua e colooonia... aceiitiiii... i... ricinooo...

Y el niño salía corriendo hacia la puerta para regalarle los envases de vidrio que hubiera en la casa. Rememoró el osito que la primera vez que el niño dijo al muchachito que los frascos vacíos no valían un céntimo, le miró desconfiado de no haber entendido; los tomó deprisa, aceleró el paso y se alejó volteando de rato en rato, con nervioso recelo de haberlos robado. Después, ya sabía que el niño lo hacía de acuerdo con su madre y le gritaba desde lejos.

– ¡Eh! tú, ¿no tienes botellas?...

Al niño no parecía enojarle la descortesía; si las tenía se las daba y el otro las tomaba sin retornar las gracias; si no, seguía su andar sin rumbo, silbando entre las pausas que rompían brevemente su cantinela de cristal.

Siguió el osito recordando que las criadas le tenían desconfianza; ahora le acusaban; se ensañaban en el inculpado como posible responsable a juzgar por la miseria de su ropa y la expresión taimada de sus miradas. Y la señora con los ojos húmedos no encontró razones para defenderlo.

La cocinera, que tenía aficiones detectivescas, sugirió que se buscara entre los arbustos a ver si al halarle –porque indudablemente le habían sacado con un gancho por la ventana abierta– había caído entre las lilas.

El osito tembló, y temblaron las hojas que se curvaron contra el muro para resguardarle bajo su espesura. Afortunadamente para ellos, la doméstica comisionada para la búsqueda se encontró de paso con el jardinero y entablaron una charla tan entretenida, que se olvidaron de las lilas, del oso, del niño, y del botellero.

Más tarde la holgazana contestó a la señora que no, que no había nada entre los setos florecidos. Y sonrió el osito con su hocico de seda y sonrieron las hojas y hasta las hormigas se detuvieron a sonreír y a criticar la indolencia y la haraganería de la doncella del servicio.

Aquella mañana, al pasar el mozo con su cesto colmado de frutas tropicales, hubo un nuevo motivo de sobresalto. Se acercó a la verja como siempre hacía; cuando el niño vivía, solía permitirle que hundiera sus manitas blancas dentro de la canasta pletórica de sabores y aromas, para que él escogiera a su antojo; luego le daba de ñapa un manguito de azúcar, la cáscara encendida en su color de llama y cuando el niño hincaba sus dientecitos en la carne madura y gustosa, sonreía complacido al ver cómo chorreaba por su cara el jugo de oro.

Mientras la señora contaba al muchacho lo que había pasado, éste seleccionó por sí mismo las mejores naranjas y las tendió a la dueña entre sus manos ásperas color canela. No se atrevió a ofrecerle el manguito de azúcar; tomó la cesta grávida de color y fragancias y se alejó despacio, embalsamando el aire con sus agridulces pregones frutales.

Así fue que pasado el primer peligro, los arbustos se dieron a la tarea de consultar a las arañas, a los lagartos y mosquitos y a cuantos insectos cruzaban por sobre la corteza de sus troncos. Ninguno sabía.

Al llegar la tarde se habló a las palomas de picos azulados y plumaje pizarro que regresaban al palomar. Algunas eran blancas, muchas tenían los pies calzados con plumillas negras; otras las patas rojizas, y todas los cuellos vibrátiles con reflejos metálicos de un verde ácido que se amorataba como un vino tinto sobre sus pechos opulentos.

Antes de recogerse bajaban al patio y picoteaban en la tierra; a menudo se inflaban y esponjadas, se iban rondando unas a otras con un arrullo blando, triste y amoroso que llenaba la hora de melancolía.

Tampoco sabían nada. Se interrogó a las luciérnagas y a las cigarras que preparaban su diario concierto, con gran entusiasmo. Todo en vano; ambas se entregaron a una disertación de orden personal en vez de contestar directamente la pregunta; hablaron de una perfecta acústica y el admirable fondo que hacía la sombra a sus voces y luces, y como los arbustos insistieran en saber de la luna, se manifestaron francamente extrañados. ¿La luna?... no realmente la luna no les interesaba.

Mas he aquí que a medianoche, cuando la oscuridad comenzó a formar cuevas de miedo entre los árboles, en los recodos de los caminos, en torno de las piedras y bajo el alar de los tejados, un ratoncito gris, ágil y nervioso cruzó por enfrente del osito que tenía el pelaje color azul celeste y se detuvo sorprendido.

Se quedó mirándole detenidamente y dijo:

– Yo te he visto a ti en alguna parte...

Le brillaban mucho los ojillos estrechos como pepitas de azabache. Las hojas desconfiadas se estrecharon contra el pequeño osito y relataron al ratón las dificultades que atravesaban. El roedor encomió los sentimientos del pequeño osito, ponderó la abundancia de aserrín que revelaba su panzudo cuerpo y prometió ayudarles. Preguntaría al almanaque de la casa vecina en qué fecha debía llegar la barca de oro de la luna y con una mirada llena de codicia que llenó de miedos al oso de tela, se escurrió como había llegado, sin ruido, liviano, veloz y hábilmente.

Cundió el regocijo entre los que oyeron la grata nueva. Las flores y las hojas mecían su contento movidas por un soplo de brisa húmeda que también parecía regocijada con la buena esperanza. Hasta los pajarillos entreabrieron los párpados bajo las plumas de sus alas.

Tornó el ratoncito. Marcaba el almanaque el cuarto creciente dentro de siete días pero anunciaba para antes grandes tormentas y le aconsejaba al osito de lana que fuera razonable y volviera a su casa si no quería pasar muy malos ratos.

Después de prometerles volver cuando el tiempo se lo permitiera, se despidió el ratoncito y antes de que las lilas tuvieran oportunidad de comentar las sospechosas miradas y las equívocas intenciones del informante, comenzaron a caer grandes goterones.

– El cielo está llorando... –murmuró el osito–, parece que las nubes se han puesto tristes.

Las hojas de los arbustos no contestaron porque efectivamente sentían que rodaba sobre su verdura, algo así como lágrimas.

El osito con lana color azul celeste empezó a sentir frío; se lo dijo a las ramas y éstas se apresuraron a curvarse con la intención de resguardarlo, pero aquello no servía de nada; antes, por el contrario, cada una de ellas dejaba caer más gotas de llanto sobre la piel de seda.

De rato en rato, como si Dios lanzara serpentinas de fuego, se iluminaba el ámbito; todo se veía claro como en la luz del día. Las nubes se agrupaban densas e hinchadas sobre el firmamento; el viento rugía y arqueaba las ramas altas de los árboles; el estampido de los truenos hacía temblar de espanto a todos los seres y el agua, la dulce agua nacida del fuego, caía... caía... caía...

Al principio el osito trató de reanimarse con las palabras de los setos que le infundían aliento, pero cerca del amanecer perdió toda esperanza de que escampara y aterido y yerto, cesó de quejarse.

Se hizo de día sin que el sol asomara por el horizonte. Una neblina pálida cubría el espacio amortiguando los colores y helando el aire que soplaba intensamente frío.

La señora se asomó al alféizar de la ventana. Con un papel en blanco que tenía entre las manos, hizo un barquito y desde arriba, lo arrojó hasta el patio.

La navecilla flotó un instante; luego se fue llenando de lluvia y de fango y finalmente naufragó bajo el espejo de agua que formaban los charcos.

El osito sintió que todo el llanto de su alma afluía a sus ojos y se transparentaba en sus pupilas de cristal. Las hojas conmovidas le preguntaron:

– ¿Quieres que te dejemos al descubierto?...

Así la señora podría avistarlo y le recogería... pero el osito no convino en esto. Movió tercamente su gran cabezota. Si la señora lo encontraba tal vez podría arreglarle y lo guardaría bajo llave dentro del armario, ¿cómo podía entonces la luna llena enlazarlo con su rayito de luz pálida para izarlo hasta la barca de oro que habría de llevarlo en busca del niño?... No, no podía ser, aunque estuviera calado hasta la médula y le dolieran de frío las entrañas de aserrín.

Y así pasó el día. Casi todas las rosas se deshojaron silenciosamente; los pájaros permanecieron inmóviles bajo la fronda húmeda; las mariposas no acudieron a libar en las flores; las abejas se mantuvieron recogidas en sus colmenares; el botellero, no pasó, ni acudió el jardinero, ni hubo otro ruido en el jardín que el caer del agua hilando cortinas de melancolía.

Por la tarde aún llovía torrencialmente y por tres días consecutivos continuó lloviendo. Unas veces más, otras veces menos, con ligeras treguas, pero al osito ya no le importaba cómo fuera. Tenía empapado hasta la última viruta de sus adentros, las cuales comenzaron a esponjarse más y más hasta que reventaron las costuras de lienzo donde estaba urdido el pelaje crespo de su preciosa piel de luna.

Sobre la espalda se abrió una brecha honda que sangraba aserrín; algunos de sus miembros se dislocaron; las orejas se desprendieron del cuerpo y cayeron al suelo sus bellísimos ojos de vidrio ambarino.

Ahora estaba ciego; ciego como el pájaro que le había picado la cara a la luna; ciego como el viejecito que pedía limosna; ciego como el enfermito que vivía enfrente de la casa del niño. Y el osito de lana color azul celeste, ni siquiera pudo llorar su desgracia.

En la madrugada del cuarto día, la aurora vertió sus rosicleres allá en lontananza y paulatinamente se inundó el cielo de colores.

Pasaron corriendo los dos muchachitos que vendían periódicos y se detuvieron exactamente en el lugar donde estaba tumbado el maltrecho osito.

– ¿Quieres que te dejemos descubierto?... –instaron las lilas, pero el osito rechazó obstinadamente y se alejaron corriendo los dos muchachos, mientras voceaban sin tomar aliento.

– Prensaa... y Heraldo. o...

Aparecieron las hormigas listas y habilidosas, al parecer muy contentas con el tiempo que pronosticaba el aire seco, parloteaban con todos y se acercaron al osito a preguntarle cortésmente cómo le había ido durante el temporal.

Su sorpresa no tuvo límite al hallarlo en estado tan lamentable. ¿Qué le había pasado?... ¿qué sucedió a su pelo color celeste?... ¿se lo tiñó la bruma de los días pasados?... ¿qué fue de sus ojos de iris ambarino? ¿Quién le hirió tan hondo en el costado?...

Con una gran curiosidad se fueron subiendo por sus patas, por la hinchada panza, por la gran cabezota mojada y sin ojos y se asomaron por la brecha, cuchicheando entre sí.

Al osito no le gustó nada aquel hormigueo. Hablaban muy bajo, rozando entre ellas sus diminutas cabecitas negras, pero aun estando ciego y no oyendo nada, podía presumirse lo que discurrían. Antes que nadie lo maliciaron las hojas que ya sabían por experiencia propia de la voracidad inescrupulosa de aquellos insectos.

Afortunadamente, a poco de suscitarse la amenazante invasión llegó una hormiga de mayor tamaño que revestía todo aspecto de capitanear al batallón de neutras y con ciertas órdenes modificó los malintencionados cuchicheos. Había una gran cantidad de animaluchos ahogados que era necesario recoger, almacenar cuanto antes; pronto llegarían los pájaros, las sabandijas y algunos otros camaradas que se dispondrían a darse un banquete con los bichos muertos y había que apresurarse para ganar la delantera.

Así pues se dieron a la tarea de cargar con todas las víctimas del aguacero y el osito alentó la esperanza de que el sol secara sus entrañas, se contrajeran nuevamente las virutas mojadas y la herida cicatrizara antes de que volvieran.

Fueron sucediéndose uno tras otro los habituales hechos cuotidianos; pasó el botellero con su mirada socarrona y sus marimbas de cristal; el jardinero podó unos rosales, recortó los juncos de la enredadera de Capitanes de oro y se evitó el reguío porque el césped estaba completamente húmedo.

A eso del mediodía llegó el carbonero. Era un zagalote que había mimado al niño. Cuando estuvo presente le subía de un golpe sobre el borriquete y le hacía galopar alrededor del patio.

Los ojos del niño se dilataban de alegría y de miedo y el asno trotaba y trotaba con paso alegre como si supiera que sobre su lomo iba una carguita blanca con peso de espuma, de lirio o de nieve.

Las lilas tuvieron un momento de ilusión porque cuando el muchacho se internó en la cocina a dejar el carbón, el pollino dio muy lentamente la vuelta al patio, se detuvo un instante donde estaba el herido y las hojas creyeron que acaso ahora sí dejaría el osito que lo descubriera. Pero el osito no aceptó y el burro siguió paso a paso con su gris cabeza un poco inclinada, un mucho afligida, como si comprendiera que esta vez no llevaba a cuestas la carguita blanca de la alegría del niño.

Y llegó la noche. Las estrellas abrieron sus ventanitas y la luz del cielo se asomó a ellas titilando.

El ratoncito no apareció sino hasta muy avanzada la sombra. A todos complacía el volver a verle porque traería noticias seguras sobre el tiempo que aún faltaba para que arribara la barca de oro de la luna. Mas aquel regocijo trocóse pronto en pesadumbre, pues el ratoncito, después de lamentar la ceguera del osito, el deterioro de su preciosa piel y la herida profunda abierta en su espalda, manifestó sus deseos de extraer algunas virutas del costado abierto.

Fue inútil que las lilas se indignaran de aquello; que los rosales protestaran; que el osito olvidando su agradecimiento, se negara a ello. El ratoncito, con argumento de orden facultativo, fue poniendo en práctica sus buenas razones. ¿No había sido por demasiado lleno que se había reventado?... pues bien, unas partículas menos le servían de alivio. Él había escuchado que en medicina, ésta experiencia se llamaba sangría. Una sangría de aserrín que él aprovechaba. Después de todo, el estado general del osito hacía presumir que moriría pronto.

El osito no comprendió bien el sentido de aquellas palabras, pero las flores, que sabían de la vida breve y la temprana muerte, se balancearon tristemente.

Al llegar el día, exhausto y medio vacío, el osito lloró por los huecos donde habían estado sus ojos de vidrio, pensando que la luna no le reconocería en aquella situación ni que quizá tampoco querría que él subiera a bordo de su barca de oro.

Las hojas trataban de reanimarle con el breve plazo que señalaba el almanaque: ellas le contarían al Hada de la Luz Nocturna lo que había pasado; pero el osito sentíase irremediablemente atribulado y ninguna palabra conseguía confortado.

Volvió a reanudarse la vida diaria. Los pájaros piaron desde sus nidos, los capullos cerrados abrieron su sonrisa de rosas plenas, las hormigas tornaron con sus pequeñas cabecitas negras, y con ellas, la de mayor tamaño que las dirigía.

Ahora sí había llegado la hora esperada. Se habían terminado los insectos muertos; el aserrín del osito se hallaba menos húmedo, precisamente lo que ellas querían para aligerar el paso y cargarlo hasta el hormiguero, pues precisamente les urgía un poco de madera para algunos arreglos que necesitaban en sus viviendas subterráneas. ¿Qué mejor ocasión podía presentarse?...

El jardín entero protestó del abuso. Las mariposas indignadas revolotearon con actitud amenazadora; las abejas rezongaron a coro; eso era un atropello, una injusticia, una sirvengüenzura de las hormigas.

Pero fueron protestas estériles; ladridos de perros a la luna. Ya se sabía que las hormigas no se paraban en mientes para llevar a cabo sus activos propósitos y que siempre sostenían sus laboriosos principios.

En pequeños grupos, cuadruplicaba la fuerza de sus cuerpecillos, fueron arrastrando viruta por viruta, el aserrín que había llenado la hermosa figura del panzudo osito.

Durante el proceso, se oyó a lo lejos el aguzado sonar de una flauta que anunciaba al viejo afilador.

Aunque el osito ya no podía verle, sintió cuando el hombre allegóse a la puerta, echó a dar vueltas la dura piedra de amolar que hacía saltar una lluvia de estrellitas de fuego. El osito recordó cuánto le gustaba al niño darle de sus cuchillos y tijeras por mirar el aro de chispas doradas.

Una vez, evocó el osito, había pasado otro afilador con un organillo y un monito rucio con casaca roja, sombrero de pana y una pandereta donde recogía el dinero que los curiosos le daban en pago de sus gracias.

Aunque el mico era a simple vista un animalucho desabrido y feo, con los ojillos lacrimosos y la piel deslustrada, el niño se había fascinado con él e hizo que la señora le diera unas cuantas monedas para que el infeliz, dándole vueltas al manubrio del organillo, repitiera algunas tonadas populares de aires melifluos y llorones.

El osito siguió recordando, no sin cierta especie de íntimo bochorno, que había sentido celos. Celos del movimiento y de la vida de aquel miquillo desabrido y feo. Y añorando aquello fue tal su nostalgia, que las hojas notándola le repitieron:

– ¿Quieres que te dejemos al descubierto?...

Era una buena oportunidad. El viejo manco le vería, revelaría su hallazgo y la señora contenta lo recogería. Las hormigas...

No, no quería el osito semejante cosa y con gran entereza siguió moviendo la cabeza en un gesto negativo hasta que se perdió a lo lejos la cadencia metálica del caramillo del afilador.

Esa misma tarde, una tarde color rosa que hacía del firmamento un inmenso pétalo, apareció en lontananza algo así como una tajada ligeramente más rosada que parecía a distancia una torreja de melón.

Al crecer las sombras fue precisando sus contornos y volvióse una hoz dorada que comenzó a segar la oscuridad. El espacio se fue azulando poco a poco, cada vez más, un poco más, y más y más, hasta que el cielo semejó un cóncavo de planta y por él, subiendo lentamente, avanzó la luna como una barca de oro pálido.

La piel del ratoncito que había llegado en ese instante, temblaba como azogue mientras las hojas que también parecían láminas de argento contaban a la luna lo que había ocurrido: el osito temía que el Hada de la Luz Nocturna no lo quisiera a bordo de su esquife de oro; temía que así deshecho no lo reconociera el niño, es más, podría hasta no gustarle destrozado, ciego sin su preciosa piel de seda; pero el Hada Nocturna sonrió a estos temores y les explicó a las hojas:

– Esa es la vestidura que Dios le puso para cubrir su alma...

Y arrojando un rayito de luz, enlazó al osito por la mitad del cuerpo y lo izó hasta a bordo de su barca que seguía rumbo al infinito, por el añil intenso de un espacio sin límites.

Cuando alumbró el alba, los arbustos se inclinaron sobre el guiñapo que había sido en un tiempo un osito de tela con lana color cielo y lloraron todas las gotas de diamante que dejara el rocío sobre la ternura de sus hojas verdes. Luego enderezaron su ramaje y en la mañana muy temprano, la señora que había bajado al patio a cortar unas rosas para colocarlas junto al retrato del niño, vio debajo de los setos de lilas, los restos haraposos del pequeño osito.

Hubo una nueva agitación en toda la casa. Acudió el jardinero; se avergonzaron las criadas; se envaneció la cocinera por su acertada hipótesis y al fin, cuando quedó a solas, en un rinconcito del jardín, la señora misma le cubrió de tierra y sembró en ella florecillas.

Días más tarde, sobre unos pétalos que parecían de terciopelo azul celeste, guiñando los ojos con maliciosa complicidad, se detuvo un instante la luna llena que sonreía en silencio con su ancha bocaza de plata.

Liliana Senior de Baena – Colombia