LA
ORUGA
Escrito por Marina
LA ORUGA
Hubo una vez una oruguita a la que nadie
quería porque, según la gente, era muy fea. El sapo se reía cuando la veía
arrastrarse viscosamente por donde él y sus amigos estaban, yendo a pasear y a
por comida, y aunque la pobre oruga intentaba no ser vista, jamás lo conseguía.
- ¿Adónde vas tan misteriosa, oruga?- decía
el sapo.
- Voy a por comida- respondía la oruga.
- Pues la próxima vez avísanos para no
verte. Nos da repelús ver cómo te arrastras dejando ese reguero de babas por
donde pasas... - reía el sapo, las ratonas y los demás animalillos del bosque.
Y la pobre oruguita bajaba la cabeza y, ya sin ganas de comer, daba mediavuelta
y se dirigía a su casa. Y así pasaba todos los días.
En su casa del árbol, un pequeño
agujerito que compartía con otra oruga un poco más agraciada que ella, se
pasaba los días sin salir, yendo a por comida cuando llegaba la noche y a
expensas de que algún animal se la comiese, llorando a escondidas de su compañera
que en muy poco la ayudaba.
- ¿Por qué lloras? Debería darte vergüenza
andar con esas pintas por la vida, esos pelos tan mal peinados, siempre tan
descuidada... Mírame a mí y aprende. Hasta me adulan los escarabajos... No sé,
ponte de vez en cuando un poco de perfume de rosas, píntate los labios con el
polen de las flores... ¡Ay, en fin, haz algo por ti misma, pero así no puedes
ir por la vida! -.
- Yo no soy tan agraciada como tú, así
pues si hago lo que tú me dices, no aumentaré mi belleza, sino que el sapo y
sus amigos cuando me vean, se reirán con mucha más razón que ahora.-
- Haz lo que quieras, pero no llores más.
Haces que pase las noches en vela. Cuando no estás llorando, te marchas a por
comida dejando la puerta abierta. ¿Pretendes que viva tranquila? Puede entrar
cualquier bicho y comerme... ¡Oh, Dios mío, no quiero ni pensarlo!-.
- Lo siento, intentaré no molestarte más.-
Y la pobre oruguita estuvo sin comer tres días
y tres noches. El sapo, que a parte de maleducado disfrutaba haciéndola sufrir
y sometiéndola al más inmenso de los ridículos, una noche entró en su casa y
mientras ésta dormía, le pintó con polen de flores de todos los colores todo
su cuerpo.
A la mañana siguiente, su compañera, que
se había aliado con el sapo, la despertó y le dijo que aquella mañana estaba
más hermosa que nunca. Entonces la invitó a pasear y a almorzar semillas con
miel. La oruga, que estaba hambrienta y que se sintió muy halagada por su compañera,
accedió gustosamente y bajó del árbol muy contenta. Cuando estuvo abajo,
cientos de animalillos la estaban esperando con un trozo de cristal, donde sin
saber cómo ni por qué, se vio reflejada al instante.
Todos reían sin parar, y la pobre oruga,
queriéndose morir, fue testigo de las críticas e insultos que los animalillos
imputaban hacia ella misma. - ¡Vaya facha, oruga! ¿De dónde vienes, de un
baile de disfraces?- decían unos.- ¡Aunque la oruga fea se vista de seda,
oruga fea se queda!- decían otros.
Y a todo esto, la pobre oruga no podía
separar sus tristes ojitos del trozo de cristal, donde veía por primera y última
vez su rostro reflejado en él, rompiéndose por dentro como un pétalo de flor
en otoño, o como eso, como un cristal. No obstante, la oruga no hizo nada en
unos minutos. No se movió. No les miró.
Entonces fue cuando su compañera hizo un
gesto de ¡se acabó! Todos se callaron, y tras unos minutos, la oruga dio media
vuelta y subió de nuevo por el árbol dirigiéndose a su casa. - ¡Oruga, era
una broma! No te pongas así... -. Dijo su compañera, pero la oruga no hizo
caso porque no oía, solo quería morirse. Así que entró en su casa, cerró la
puerta y ya no se le vio más.
Abajo, todos los animalillos comenzaron a
sentirse mal, todos menos el sapo. -¡Bah, no os preocupéis! Ya se le pasará...
-. La otra oruga, que como los otros, fue consciente de que se habían portado
muy mal con ella, subió rápidamente hacia su también casa, pero descubrió
que la había cerrado con llave. - ¡Oruga, oruga! Siento mucho lo que ha
pasado. Sólo queríamos gastarte una broma. Anda, abre la puerta.- Pero nada se
oía, ni nadie abrió la puerta.
Tras muchos intentos, viendo llegar la
noche y sin techo donde dormir, la otra oruga tuvo que desistir y marcharse con
una lagartija que vivía sola en su madriguera. -¡Agghh, qué asco! Dormir
debajo de la tierra... ¡Bueno! al fin y al cabo, es solo una noche- Y así fue
como se resignó a compartir madriguera con el reptil. Nadie pudo dormir aquella
noche pensando en la oruguita, y hasta a buen recaudo sabemos que el sapo
tampoco pudo hacerlo. Pensaron que a la mañana siguiente la oruguita asomaría
su cabeza por su puerta, pero no fue así. Pasaban los días, las semanas, los
meses, y nada se sabía de la oruga. - ¡Dios mío, oruga! ¡Abre la puerta te
digo!- pero la rebeldía de la otra oruga no conseguía abrir la puerta. - ¿Se
habrá muerto de pena?- decían unos.- Quizás esté enferma y necesite nuestra
ayuda- decían otros, pero así estaban las cosas.
Después de dos meses, una mañana muy
temprano, la otra oruga se enfadó con su compañera la lagartija porque se le
estaban apagando los colores de dormir bajo tierra y sus pelos se habían
encrespado y arruinado de no poder peinárselos con su cepillo. .
-¡Ya no aguanto más contigo! ¡Mira qué
facha tengo! Muchas gracias por ofrecerme cama y cobijo durante estos dos meses,
pero ya no puedo soportar más vivir así... -.
- ¿Serás desagradecida? ¡Vete de mi
casa, presumida, y no vuelvas!-.
Así pues, la oruga presumida se dirigió
con mucha decisión y muy ojerosa hacia su casa, y creyó divisar que la puerta
estaba abierta. Se acercó más y más hasta que lo vio con seguridad, subiendo
enérgicamente por el tronco del árbol. Dentro estaba oscuro, muy oscuro, y allí
a lo lejos, algo se movió, algo que consiguió asustarla y que le hizo perder
el equilibrio, cayendo rápidamente al suelo. -¡Socorro! ¡Socorro! ¡Hay
alguien extraño en mi casa!-. A sus gritos, el sapo y todos los habitantes de
aquel lugar del bosque salieron en su auxilio, adelantándose el sapo y diciéndole:
- ¿Se puede saber qué es lo que te pasa? ¿Y a dónde vas con esas pintas?
Cada día estás más fea... -. La oruga, muy irritada gritó: -¡Olvídate de
mi aspecto, sapo idiota! ¡Ahí arriba hay alguien muy extraño!-. Cuando el
sapo y los demás intentaban trepar por el árbol, algo con alas salió
despedido por la puerta, tirándolos a todos al vacío. Era la oruguita fea, que
se había convertido en una hermosa mariposa de bellos y brillantes colores. A
todo esto, la mariposa bajó al encuentro de los animalillos y, posándose en
una flor, les dijo:
- Sabed que me habéis hecho mucho daño,
pero he de perdonaros porque ahora soy yo la que puede reírse de vuestra
fealdad. Vosotros, los que se han reído de mí, sois los que menos tenéis que
hacerlo, puesto que si somos realistas, todos los insectos, deberíamos
catalogarlos como feos.
¿Veis? Mi belleza de ahora la he llevado
escondida durante toda la vida. espero que a vosotros os pase igual.
Y la mariposa se fue volando y ya nunca más
volvió.
Fin