LA
OLA LOLA
Érase una vez una ola chiquitita,
chiquitita, que estaba triste.
¿Qué te pasa?, le preguntaban los
cangrejos cuando salían de la arena al retirarse las aguas del mar.
Que nunca llego a la orilla con mis
hermanas y primas (las olas también tienen hermanas y primas), porque soy pequeñita.
Y se ponía a llorar.
La pobre ola Lola no podía llegar hasta la
orilla. Al ser pequeña, cuando empezaba a desplazarse para llegar y romper en
la orilla de la playa, siempre era adelantada por sus hermanas y primas, que
eran mayores que ella, y cuando estaba a punto de llegar, sus hermanas y primas
se la llevaban para atrás al retroceder la marea, ya sabéis, ese movimiento
alternativo de ascenso y descenso de las aguas del mar debido a la atracción
gravitatoria del Sol y de la Luna.
Un día de mucho sol, mientras que Lola
seguía de adelante para atrás, entre las risas y el bullicio de sus hermanas y
primas, llegó a la orilla una niñita rubia, como los rayos del sol, y con los
ojos azules, intensos como la propia Lola.
Lola pensó:
- Mira que niñita tan bonita. Voy a jugar
con ella.
Pero, mientras que se ponía en marcha,
como tantas otras veces, las más mayores se adelantaron y fueron a chocar
contra la niña, que se tambaleó y cuando se iba a caer ya al agua fue izada
por su papá.
¡Uf!, menudo susto, pensó Lola. La niñita
se puso a llorar desconsoladamente en el hombro de su papá, y ya no quería
volver al agua, así que se marcharon hacia donde estaban sentados en la arena
para jugar con el cubo y la pala, y hacer un gran castillo.
Lola se quedó muy triste, y muy enfadada
con sus hermanas y primas porque habían tirado a la niña y, por su culpa, se
había marchado y ya no podría jugar con ella.
- Mirad lo que habéis hecho. Casi tiráis
a la niña y ya no puedo jugar con ella, dijo Lola gritando.
Pero sus hermanas y primas no la hacían
caso y seguían llevándola de adelante hacia atrás, sin llegar nunca a la
orilla.
- Ya no vendrá más, pensaba Lola.
Al día siguiente, se encontraba Lola algo
distraída de adelante hacia atrás, cuando, de repente, vio que se acercaba a
la orilla la niñita de los ojos azules con su papá, con su mamá y con su güeli
(que es como llamaba la niña a su abuelita), y que llevaban una barca. En
realidad era un flotador con forma de barca que tenía en la cubierta un par de
agujeros para sacar las piernecitas y poder nadar, en la proa tenía una especie
de barra horizontal de plástico para agarrarse, y en la popa un respaldo
hinchado del mismo material.
- Que flotador más chulo, decía Lola,
mientras se iba alegrando poco a poco.
- Si se mete ahí la niñita irá más
segura y podré acercarme a ella para jugar sin que mis hermanas y primas la
tiren otra vez.
En efecto, el flotador/barca era para meter
a la niña y que pudiera disfrutar del mar sin ningún contratiempo.
El papá de María, pues así se llamaba la
bebita rubia, según había oído Lola, puso el flotador sobre las aguas
mientras que lo sujetaba la mamá de la niña, pues las hermanas y las primas de
Lola seguían haciendo de las suyas, y colocaron a la niña en él. Al
principio, como el agua estaba algo fresca, pues todavía el sol no brillaba con
fuerza y, por lo tanto, no había calentado aún el agua, la niñita no parecía
muy contenta con la idea de mojarse. Enseguida su güeli empezó a echarle
poquitas a poquitas gotas de agua por los hombritos, y la niña comenzó a
tranquilizarse. Al poco tiempo, entre juegos de los papás y de la güeli, la niñita
se sintió más segura y pronto empezó a meter una manita en el agua. La
sensación que le produjo era muy agradable, tanto que acto seguido metió la
otra manita.
Lola estaba feliz. Ahora que la bebita había
perdido el miedo, podría acercarse hacia el flotador y jugar con María. Pero
había un inconveniente, ya sabéis, las otras olas mayores la llevaban para
adelante y para atrás y no podía acercarse al flotador. Recordando esto, Lola
se volvió a entristecer.
Algunos días más tarde, estando jugando
María con sus papás y con su güeli en la orilla, Lola vio como se adentraban
más hacía el mar, más y más, que se estaban acercando a Lola.
- ¿Será posible que vengan hacia aquí y
que pueda estrechar entre mis brazos a María?, pensó Lola que, por fin, podría
ver cumplido su sueño de jugar con la niña y dejar de estar sola.
En efecto. Los papás, la güeli y María
fueron avanzando hacia adentro y llegaron a un punto donde el agua estaba más
calentita.
- ¿Nos quedamos aquí?, que parece que está
más templada el agua, preguntó la mamá de la niña.
- Sí, vale. Contestaron su papá y su güeli.
Era Lola, claro. Al ser una ola chiquitita, el sol la calentaba antes que a
ninguna otra, y como iba para adelante y para atrás continuamente se quedaba
siempre en el mismo sitio, con lo que en ese punto el agua siempre estaba más
caliente.
Que contenta se puso Lola. No paraba de
espumar sonrisas, pero todavía se puso más contenta cuando, de repente, la niñita
pidió brazos a su mamá pues quería salir del flotador y jugar más en el
agua.
- ¡Que la cojan!, decía Lola llena de
expectación.
- ¿La cojo? Preguntó la mamá de María.
Aquí cubre mucho.
- Bueno, estamos nosotros. No creo que le
pase nada, contestó su padre.
- Sí, venga, gritaba Lola.
Y la cogieron.
La niñita, sujeta por su mamá, empezó a
dar con sus manitas y sus piernecitas como si quisiera echarse a nadar, y Lola
iba por debajo, saltaba por arriba, se ponía en un lado de la niña, tan feliz
se encontraba que no se lo podía creer.
- Por fin tengo una amiguita, se decía
para sí toda satisfecha.
Los días siguientes fue igual. Los papás
y su güeli no sabían que Lola estaba allí. Iban a ese sitio porque el agua
estaba más caliente y pensaban que eso era mejor para la bebita. Pero la niñita
sí sabía que Lola se encontraba ahí, y las dos jugaban, y se reían mucho con
el flotador o sin él.
El último día de las vacaciones, tuvieron
que despedirse y las despedidas entre dos buenos amigos son muy tristes, pero
como al año siguiente volvería a esa playa, Lola la estaría esperando para
jugar.
De todos modos, Lola no era plenamente
feliz pues aún no había roto sobre la arena y no sabía si eso era divertido o
no, aunque debía de serlo, y mucho, pues sus hermanas y primas mayores volvían
una y otra vez a la playa y se reían sin para.
Entonces se le ocurrió una brillante idea.
Si María la ayudaba, ella se agarraría al flotador mientras la niña daba a
sus piernecitas y así, las dos, podrían llegar a la orilla, aprovechándose
además de la fuerza de arrastre de sus hermanas y primas.
- De acuerdo, dijo en pensamiento María,
cuando Lola se lo comentó.
Pasaba en ese momento una prima de Lola,
grande y esbelta, con una gran cresta espumosa, muy impetuosa.
- Vamos, esta es la nuestra, se dijo Lola.
- Chtsí (es decir, si), dijo María también,
mientras que empezaba a dar a sus piernecitas.
Lola se agarró como pudo al flotador y fue
arrastrada, con tal ímpetu que casi se suelta, por su prima y por María hacia
la orilla.
Como la ola prima de Lola era más fuerte y
rápida, enseguida llegó a la orilla. Al retroceder se llevó un poco para atrás
al flotador, a María y a Lola, pero Lola que estaba colocada por debajo del
flotador dio un gran salto hacia arriba, erizó su cresta, avanzó con todas sus
fuerzas y ¡zas!, chocó contra la arena del borde de la playa, desaciéndose en
multitud de pequeñísimas gotas espumosas de agua sobre la arena. El contacto
con las partículas de arena le hizo cosquillas y se rió, sabiendo ya, por fin,
porque disfrutaban tanto con esto sus hermanas y primas mayores.
- Gracias, le dijo a María, con el
pensamiento, claro. Hasta el año que viene.
La niñita le decía adiós con una manita,
mientras que con la otra le mandaba muchos besos.
Por fin Lola era plenamente feliz. De ahora
en adelante, hasta que fuese más mayor, sólo tendría que buscarse alguna
tretilla para llegar hasta la orilla y disfrutar, mientras que esperaba la
vuelta de su buena amiguita.
Y, colorín colorado, este cuento se ha
acabado.
Autor: Carlos Manuel da COSTA CARBALLO