MARINO DE TIERRA

 

MARINO DE TIERRA

Jayo era el único niño de la escuela que no sabía nadar y lo curioso es que era hijo de un buen marinero. Por este motivo sus compañeros no cesaban de burlarse de él:

-¡Jayo sardineta no sabe nadar! ¡Jayo bogavante es un mal navegante! ¡Jayo cobardica no se quiere mojar¡

Y así, uno y otro día, en clase, en el patio, en la plaza mayor; en cualquier lugar, en que se topaba con sus compañeros de clase, siempre le tarareaban la misma coplilla.

Jayo no sabía qué hacer para evitar que siguieran metiéndose con él y es que desde aquel desdichado accidente, ocurrido varios años atrás cuando aún era un bebé, en que se cayó dentro de un profundo pozo donde se hubiera ahogado si su padre no llega a bajar de inmediato para rescatarlo, le había cogido pánico al agua.

Los padres de Jayo habían vivido aquel trágico accidente y no querían forzar a su hijo a que se acercara al agua, ni siquiera llevarlo a cursillos para que aprendiera a nadar: Lo habían intentado, eso sí, pero cuando veían el terrible miedo que se reflejaba en el rostro de su hijo, debían cambiar rápidamente de conversación para tranquilizarlo, como si no hubieran dicho nada que se relacionara con el agua.

A causa de las continuas burlas, nuestro pequeño amigo, siempre estaba triste y solo a pesar que le hubiera gustado chapotear en la piscina del pueblo, junto a sus compañeros, nadar a su lado y pescar en el mar cercano. Pero no podía ser ya que se sentía tan avergonzado de sí mismo que, en lugar de quedarse junto a sus amigos al terminar las clases, salía corriendo hacia su casa, entraba sin decir nada y se encerraba en su habitación. Allí, tumbado sobre su cama, lloraba de rabia por no atreverse a estar con sus compañeros, por la vergüenza que le entraba al escuchar aquellas horribles canciones y el miedo de que aún se metieran más con él.

Asi estaban las cosas cuando cierto día, hacia mitad de curso, apareció por clase una nueva alumna. Se llamaba Dori y, a pesar de su bonito pelo rubio, era muy fea, regordeta y con cara de pocos amigos.

La maestra, la señorita Edelmira, presentó la niña al resto de la clase, explicándoles que procedía de Alemania, país al que sus padres habían emigrado hacia muchos años en busca de trabajo; sus abuelos aún residían en el el pueblo: los "Rojo", la familia del pueblo de la que todos contaban que descendían de terribles antepasados piratas.

Tras acabar con las presentaciones, la maestra indicó a la nueva alumna que se sentara junto a Jayo que puso tal cara de sorpresa que todos empezaron a carcajearse, excepto Jayo que se puso más rojo que un tomate. La niña, nerviosa por aquellas risas cuyo motivo no entendía, acabó tropezando y cayendo estrepitosamente contra el suelo. Esto aumentó aún más las fuertes carcajadas. A pesar de ello y ante la sorpresa de todos, Jayo se levantó a toda prisa, se acercó a la nueva alumna y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

La pequeña Dori, se agarró fuertemente con su temblorosa mano y se reincorporó: sus ojos estaban llorosos, a punto de estallar en sollozos, aunque la mirada temerosa que dirigió hacia Jayo mostraba cierto brillo de agradecimiento. Por un momento sonrió y se aproximó al oido de su valiente compañero, susurrándole en voz baja:

-¡Gracias por ayudarme!

La señorita Edelmira se acercó a Dori mientras gritaba muy enojada: - ¡Callaros todos, al primero que se ría lo mando a por leña!. No os da vergüenza burlaros de un accidente. No veis que Dori se podría haber hecho daño. ¡Muy bien Jayo!, eres todo un caballero, así me gusta...

Jayo bajó la cabeza avergonzado por el inesperado halago de su maestra, aunque se sentía contento y orgulloso: contento porque había ayudado a la niña y orgulloso porque la maestra lo felicitaba por su buena acción.

Poco a poco, Jayo y Dori se fueron haciendo amigos; uno y otra se sentían a gusto cuando estaban juntos y hablaban y hablaban sin cesar, aunque el resto de la clase no paraba de incordiarles y cantarles estribillos:

-¡El sardineta y la fea¡ ¡El vogabante y la gordeta!

Cuando ocurría esto Jayo aconsejaba a Dori:

-Mira, tu no te enfades porque si lo haces, entonces disfrutan más y no pararan de molestarte. Si ven que no haces caso se cansaran y no se meteran más contigo.

La niña intentaba hacer caso a su amigo pero le preocupaba mucho ver que no la aceptaban

-Pero Jayo, ¿Porqué se meten conmigo, si yo no les he hecho nada?

Y el pobre Jayo, no sabía que contestar. Al fin y al cabo que culpa tenía élla si era fea o él mismo por tener tanto miedo del agua:

-No hagas caso, Dori, es que los niños de este pueblo son así y tienen la fea costumbre de meterse con los forasteros

- ¿Entonces porqué se meten contigo Jayo, si tú eres del pueblo?

Y ahí si que Jayo no sabía qué contestar, como le iba a confesar a su única amiga que no sabía nadar. No, no podía arriesgarse a perderla, era fea pero muy buena chica, además ¡Qué caray! era su amiga y le gustaba un montón.

Cierto día Dori no acudió a clase, al día siguiente tampoco, ni al siguiente....Jayo se encontraba muy sólo, y la hechaba mucho de menos: le preocupaba tanto no verla que ni hacía caso de las canciones que le cantaban.

En pocos días dejaron de oirse las canciones burlonas ya que Jayo no les hacía caso, ni se molestaba ya por nada. Los niños de clase ya no le inventaron más coplillas

-¿Para qué si no hace caso? Era muy aburrido hacer algo y que la gente no se enfadara así que comenzaron a meterse con un pobre viejo del pueblo que tenía fama de ser muy gruñón, pero que hasta entonces había permanecido tranquilo.

Por fin, Jayo se decidió a actuar:

- Voy a ir a su casa: tengo que saber que le ocurre a Dori, . Tal vez le haya ocurrido algo malo y yo pueda ayudarla

Ni corto ni perezoso se dirigió a la casa de su amiga. Poco antes de llegar a la puerta oyó unos amargos sollozos, se acercó sigilosamente y vió a Dori llorando desconsoladamente en las escaleras de su casa.

Jayo se acercó y apoyó su mano en el hombro de la pequeña. Dori levantó la mirada y al verlo comenzó a llorar con más fuerza, apoyando su cabeza en el brazo de su amigo. Jayo no pudo aguantarse más y se puso a llorar tambien. De pronto Dori se calló y con cara muy sorprendida miró a Jayo quien también dejó de llorar. Sus miradas chocaron entre sí y Dori comenzó a sonreir. Jayo tambien se sentía feliz

Al poco rato los dos se estaban riendo a carcajada limpia, repletos de felicidad como hacia tiempo no habían sentido.

Más tarde, mientras permanecían cogidos de la mano, Jayo preguntó:

-¿Que te ha pasado?

Dori contestó cabizbaja:

-Es que no me atrevo a ir a clase porque se ríen de mi y eso me duele mucho ¡No sé que puedo hacer!

Jayo pensó que tenía que decírselo, era su amiga y no podía fallarle, debía decirle toda la verdad

-Es que eres fea- dijo en voz muy baja

-¿Qué?- replicó la niña que no le había oido bien

-Es que eres fea, pero a mi eso no me importal porque eres mi mejor amiga

Dori se quedó pensativa unos instantes y musitó

-¿Y yo que puedo hacer?, ya se que soy fea, pero no puedo hacer nada...

Jayo parecía estar enfadándose por momentos:

-De todas formas no es para tanto: la Mari es mucho más fea y no se metan con ella, claro que siempre lleva el pelo muy limpio y lleva la ropa recién lavada y planchada....Oye, se me ocurre una idea. verás...

Y Jayo le explicó su plan:

-Porqué no pruebas a peinarte mejor el pelo, te haces una coleta y la ropa... la podrías planchar todos los días y perfurmarla como hacen Romi y Aranzazu. Además podrías ir todas las mañanas a nadar y así perderías peso..

Dori iba asintiendo cada nueva idea de su amigo, que por eso era amigo y debía escuchar sus consejos, hasta que de pronto lo frenó:

-Pero, si voy a la playa a nadar ¿tu me acompañarás?

Jayo se quedó sorprendido y atrapado, incapaz de decirle no a su amiga

-Vale, te acompañaré pero yo no nadaré, te esperaré siempre en la orilla

Dori saltó de contento, le dió un abrazo y le gritó llena de alegria:

-Si es así te espero mañana, antes de ir a clase, delante de la barca de mi padre. Hasta mañana Jayo

Y subió corriendo las escaleras de su casa.

Jayo se marchó cabizbajo y preocupado: por un lado estaba contento de que a su amiga no le hubiera ocurrido nada malo, pero por otro tenia dos graves preocupaciones:

-¿Que ocurrirá si no tengo razón y se siguen metiendo con ella?, y eso que a mi no me parece tan fea, tiene una sonrisa que no la iguala ni la más guapa del pueblo. Aunque lo que más me preocupa es que tendré que acercarme al agua, pero he dado mi palabra y debo cumplirla; ahora que de mojarme, nada, nada de nada.

Durante las siguientes semanas y antes de ir a la escuela, acompañaba a su amiga a la playa: durante más de una hora la niña nadaba y nadaba sin que Jayo se acercara a menos de 10 metros del agua. Si bien algunas veces se acercaba más, tanto que alguna vez le mojó alguna ola atrevida que traicionera no le avisó que lo iba a pillar. Y es que disfrutaba viendo nadar a su amiga, que reía y le gritaba chillaba sin cesar:

-!Venga Jayo, métete en el agua que no está fria¡

Pero Jayo siempre tenía alguna excusa para no entrar en el agua:

- No, que me he dejado el traje de baño- -No, que hace frio- No, que estoy resfriado.....

Hasta que cierto día Dori le preguntó abiertamente:

- Jayo, ¿no será que le tienes miedo al agua?

Jayo al sentirse descubierto se sintió tan avergonzado que se levantó dispuesto a marcharse pero Dori corrió tras él hasta alcanzarlo y le dijo muy seria:

-Pero si no pasa nada, no te preocupes, a mi me dan miedo los ratones y no lo puedo evitar, igual que me da miedo que me vean fea y tu me estás ayudando a que me preocupe menos

Jayo, algo avergonzado todavía, cedió a las súplicas de su amiguita y volvió a sentarse mientras Dori retornaba a nadar. En el fondo Jayo se sentía contento de que Dori hubiera aceptado su problema, aunque permanecía pensativo:

-Es de veras que es mi mejor amiga porque ha descubierto mi secreto y no se ha reido, ni tan siquiera se ha enfadado. Eso si que es tener una amiga, una buena amiga... bueno yo tambien haría lo que fuera por élla, porque se lo merece todo

Poco a poco la pequeña niña estaba dando un formidable cambio de imagen: primero fue la ropa, ahora muy limpia, bien planchada y perfumada; lo segundo, su peinado, al principio recogido y más tarde suelto, lavado a diario y bien cortado. Y por último el ejercicio, porque con tanto nadar había perdido los kilos que le sobraban.

Entre unas cosas y otras la otrora niña fea se estaba convirtiendo en una chiquilla preciosa de grandes ojos, larga cabellera rubia, siempre bien vestida y con una mirada y una sonrisa que irradiaban felicidad. Tanto fue así que, a los pocos meses, todos los niños estaban de acuerdo con que Dori era la niña más guapa de la clase y el niño más afortunado, Jayo, por ser su mejor amigo. Aunque todos seguiían también de acuerdo en afirmar que Jayo era un cobardica que no sabía nadar.

Dori estaba muy bien integrada en clase con sus compañeros, y todos la apreciaban. Se acercaba el final de las clases con la llegada del Verano y la señorita Edelmira decidió una mañana, por sorpresa, llevarlos de excursión:

-Bueno niños, como pronto lllegarán as vacaciones y habeis trabajado mucho durante el curso, hoy nos iremos todos juntos a la playa. No os preocupeis por la comida que os he preparado unos bocadillos y refrescos. Yo os invito porque os habeis portado muy bien.

A Jayo se le cayó el mundo a los pies ya que en esta ocasión no podría escaparse y quedarse en su casa como hacía otras veces. Ahora estaría obligado a ir con todos sus compañeros a la playa y mientras nadarían y jugarían en el agua, sería el único que no lo haría, se burlarían nuevamente y lo avergonzarían delante de Dori. ¡Menudo problema tenía!.

Así pues, fueron a la playa y todos se metieron en el agua menos él, aunque nadie le dijo nada.

-¡Que extraño!- pensó- ¿Cómo es que no se meten conmigo?...

Nuestro pequeño amigo Jayo no se había dado cuenta de que sus amigos ya no le daban importancia a que supiera nadar o no ya que por fin lo habían aceptado tal y como era

Jayo se sentía avergonzado:

-Pues no son tan malos amigos:me aceptan como soy y yo que aún pensaba que se burlarían de mi

Así que permaneció tranquilamente tumbado sobre la arena, observando como se divertían sus compañeros en el mar.

La hora de comer aún fué mejor: rieron, hicieron bromas, contaron chistes y se lo pasaban la mar de bien. Pero, de pronto, se percató que Dori no estaba allí, que se había marchado; la buscó con la mirada y se tranquilizó cuando la vio nadando a pocos metros de la orilla, levantando el brazo para saludarle

La siguió mirando y súbitamente oyó que Dori comenzaba a chillar mientras movía sus brazos de modo muy extraño:

-¡Socorro!

-¡Socorro!¡Me ahogo!

Sin pensarlo dos veces, y vestido como estaba, Jayo salió corriendo y se hechó al mar, nadando con furia hasta llegar junto a su amiguita que no paraba de gritar.

Cuando llegó al lado de Dori, ésta dejó de desgañitarse y comenzó a sonreírle mientras nadaba tranquilamente. Tras hacer algunas piruetas, se acercó a Jayo y le dijo, muy contenta:

-¿Ves Jayo? ¿Te das cuenta de que no era tan díficil?: sólo había que tener un motivo. Yo no me arreglaba y era fea porque no tenía amigos que me importara que me viesen guapa hasta que tu me ayudaste. Tú tenías miedo a nadar porqué pensabas demasiado en tí mismo y no tenías porqué nadar, pero cuando he hecho ver que me ahogaba has tenido un motivo para bracear y has nadado sin pensar en nada más que en ayudarme. ¡Gracias Jayo!

-Gracias Dori, replicó Jayo -agradecido y orgulloso de su amiga- ¡ahora que esta broma me la pagas!- añadió riendo mientras le echaba un brazado de agua sobre su cara

Tras una carrera hasta la orilla, que ganó Dori, salieron del agua, y todos sus compañeros y compañeras les aplaudieron a rabiar, contentos y orgullosos de tener a unos amigos tan buenos como Jayo y Dori.

Ese día aprendieron una nueva y muy importante lección, que resumida en breves palabras consiste en que cuando existen motivos se mueven montañas, y que un buen motivo es el querer ayudar a los demás.

FIN