MAMÁ CONEJO EN EL HOSPITAL

 

MAMÁ CONEJO EN EL HOSPITAL

Érase una vez un muñeco con forma de conejo al que todos llamaban Mamá Conejo. Seguro que os estaréis preguntando, gente menuda, que ¿quién es esa Mamá Conejo ?, ¿verdad ?.

Pues bien. Mamá Conejo es un muñeco, mejor dicho es uno de esos mordedores de los que utilizáis cuando os están saliendo los dientes para aliviar el dolor de las encías. Su cabecita es de plástico, mientras que sus orejas y su cuerpecito es de tela. Pero ¿por qué es Mamá Conejo, y no Papá Conejo ?. Muy fácil. Sus patitas son rosas, y el interior de sus grandes orejotas también. Tiene además un corazoncito pintado en su pijama azul, rosa. Por lo tanto, es Mamá Conejo. ¡Alguna duda !. Bien, prosigamos.

Mamá Conejo pertenecía a una hermosa niña de cabellos amarillos y profunda mirada azul, y era su muñeco preferido.

Pero un día, la niña se puso malita, muy malita y sus padres, preocupados durante todo el día, la tuvieron que llevar al hospital, pues no mejoraba.

Varias horas de espera en urgencias, y al final :

- ¿Son ustedes los padres ?, preguntó el doctor a los papás de María, que así se llamaba la preciosa niña.

- Sí, ¿qué tiene doctor nuestra bebita?, preguntaron éstos angustiados.

- Debe quedarse ingresada. Una semana. Tal vez... dos.

- ¿Pero qué tiene doctor ?, insistieron los padres.

- Neumonía, les comunicó fría y escuetamente el doctor.

¡Neumonía !. Parecía el fin del mundo para los desdichados padres de María. Neumonía, ¿cómo puede una bebita de seis meses tener neumonía ?, se preguntaban sin dar crédito al diagnóstico que les acababan de anunciar.

De urgencias subieron a la primera planta, donde se encontraba el servicio de pediatría. Dos enfermeras muy solícitas acudieron a coger a la niña en cuanto entraron por la puerta. Dos enfermeras muy amables y simpáticas. La tomaron en sus brazos, le aplicaron una mascarilla de oxígeno y la pincharon en una de sus minúsculas venitas para ponerle el tratamiento, mientras que los padres, en un rincón, se consolaban mutuamente. Finalmente uno de ellos tuvo que marcharse.

Pasaron dos días. De noche, Mamá Conejo preguntaba a los otros muñecos :

- ¿No os parece extraño que María no juegue con nosotros ?. ¿Alguno de vosotros la ha visto desde hace dos o tres días ?.

- Igual se ha cansado ya de nosotros, o tiene muñecos nuevos, respondió ZipiRipi, un muñeco de goma que en sus ratos libres ejercía de jardinero con su regadera amarilla.

- A lo mejor se ha ido a otra casa, comentaron Payasete, un mordedor que sólo tenía cabeza con pelo amarillo y narizota y boca rojas, y el Elefantito de la pajarita.

- Es posible que ya no nos quiera, decía muy triste uno de los gemelos Papá Conejo. El otro, no hacía más que llorar.

- Es extraño, volvía a insistir Mamá Conejo. Sí, muy extraño. Si se hubiera ido a otra casa, nos hubiera llevado. Si tuviese otros amiguitos como nosotros, los veríamos. ¡Debe de ser otra la razón !. Hay que averiguar ¿qué pasa ?.

- ¿Cómo ?, preguntaron todos a la vez no sin cierta sorpresa.

- ¡Hummm, hummm !. Dejadme pensar, dijo Mamá Conejo, mientras movía sus grandes orejotas, pues así pensaba mejor, decía. ¡Ya lo tengo !, dijo casi gritando, tanto que asustó a los demás.

- Si recordáis, últimamente solo viene uno de sus padres a dormir todas las noches. No paran de dar vueltas y tardan muchísimo en dormirse, y si lo consiguen, no paran de hablar en sueños.

- Y que, si no nos podemos enterar de que hablan, dijo Payasete mientras sacaba brillo a su narizota roja.

- Solamente debemos ir hasta la cabecera de la cama y escuchar, comentó escuetamente Mamá Conejo.

- Así de fácil. ¿Cómo ?, si somos muñecos, ¿o es que te has vuelto loca ?, le contestó preguntando ZipiRipi.

- Tú los has dicho, empezó hablar de nuevo Mamá Conejo. Como somos muñecos y estamos en un cuento, podemos hacer lo que queramos.

- ¡Anda !, pues es verdad, se admiró al decirlo uno de los Papás Conejo, el llorón para ser más exactos. ¡Que tontos hemos sido !, se decía ZipiRipi esgrimiendo una gran sonrisa.

En esa misma noche, cuando el papá de María se acostó, sin cenar, muy preocupado, angustiado por la salud de su hijita, cuando estaba medio adormecido, creyó escuchar una vocecita que le preguntaba :

- ¿Qué le pasa a María ?. ¿Dónde está ?. ¿Por qué ya no juega con nosotros ?.

El papá de María se dio media vuelta y no prestó atención, mientras seguía gimiendo por una de sus chicas preferidas, como les decía a María y a mamá.

Pero las vocecillas no desistieron : ¿Qué le pasa a María ?. ¿Dónde está ?. ¿Por qué ya no juega con nosotros ?.

- Está en el hospital muy enferma, balbuceó casi imperceptiblemente el papá de María.

Todos los muñecos se arremolinaron alrededor de Mamá Conejo, angustiados, preocupados :

- Habéis oído, comentó uno de ellos.

- Sí, sí, le contestaron los demás. ¡Pobrecilla !.

- Hay que ir al hospital, dijo en ese preciso momento Mamá Conejo, con decisión. Vamos, que era incuestionable.

- Si, ¿pero cómo vamos a ir ?, le preguntaron los demás con sus caritas muy tristes por la noticia, aunque conociendo, como conocían, a Mamá Conejo, sabían que ya habría pensado algo.

- Igual que nos hemos enterado, contestó, y volviéndose hacia la oreja del papá de María, empezó a decir :

- Mañana tienes que llevar a Mamá Conejo al hospital, pues ya había decidido que iría sola. Mañana tienes que llevar a Mamá ..., siguió diciendo lo que restaba de noche.

A la mañana siguiente, el papá de María se levantó muy cansado. Había tenido otra mala noche. Pensaba :

- Que cansado estoy. He dormido fatal. Voy a llamar ahora mismo al hospital para ver como sigue mi pequeña. Tengo la sensación de haber estado hablando con alguien toda la noche, tengo la boca seca.

Al hacer el neceser con las cosas que llevaba todos los días al hospital, metió en el mismo, de forma inconsciente, mecánicamente, a Mamá Conejo, y así es como, Mamá Conejo, llegó al hospital.

Al llegar, el papá de María besó a su mujer y se acercó a ver a su hijita que seguía con la mascarilla de oxígeno, con el tratamiento intravenoso, y con un evolutivo parecido : nada de mejoría. Estaba dormidita.

El padre abrió el neceser para dar algo a su mujer y al ver a Mamá Conejo, de la que ya no se acordaba, la cogió para ponerla, a continuación, sobre el pechito de la niña.

En ese instante, el corazoncito rosa de Mamá Conejo se iluminó, y Mamá Conejo le dijo a la bebita en voz muy baja:

- María, María, despierta. He venido de parte de todos tus muñecos, ZipiRipi, los dos Papás Conejo, Payasete y Elefantito con pajarita, para decirte que te cures pronto para que vuelvas a jugar con todos nosotros. Que te queremos mucho y estamos deseando que regreses a casa. Venga María, ¡cúrate !.

La niñita abrió los ojos y dijo :

- Ma...ma, ma...ma, pa...pa, pa...pa, y cogió a Mamá Conejo con el bracito en el que tenía introducida la aguja del tratamiento y la mordió las orejotas, como solía hacer cuando estaba buena.

Mamá Conejo se puso muy contenta. Los padres, que habían estado hablando entre ellos en el pasillo para no molestar a la bebita, al volver a la habitación vieron como la pequeña María estaba pataleando de contenta, como estaba casi engullendo a Mamá Conejo por las orejotas, como todos los aparatos que tenía enchufados se habían vuelto locos de alegría y empezaron a pitar. ¡Menudo escandalera que se formó !.

Todos estaban felices, María, su papá, su mamá, los médicos, las enfermeras y, por supuesto, Mamá Conejo.

En una semana, estaba totalmente restablecida y se marchó para casa, a jugar de nuevo con todos sus muñecos.

El padre siguió pensando por una temporada que aquella noche había sido muy extraña.

¡Amiguitos, amiguitos !. No creo que Mamá Conejo curase a María, pero no cabe duda de que el cariño de ella y de sus compañeros debió de servir para que la dulce pequeña mejorase más rápido. Además, los muñecos, muñecos son.

- ¡Eh !, Don Kiko, deja ya de contar historias y ven a jugar con nosotros y con María, le dijo ZipiRipi al gallo de trapo amarillo que respondía al nombre de Don Kiko.

Y Don Kiko fue volando hasta ellos, porque los muñecos, ilusiones son.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

AUTOR: Carlos Manuel da COSTA CARBALLO