LUCERO

 

 

 Cuento de navidad -1971-

 

 A mis hijos, realizadores de la hermosa aventura de hallar un lucero herido, curarlo, jugar con él y devolverlo a su alto cielo.

Tomás Tracy tenía un tigre, en realidad era una pantera negra. Pero la cosa no importaba, porque él creía que era un tigre.

 

William Saroyan

 

 I

 

 

Un lucero herido en la sabana

 

Regresaba de un corto paseo con los niños. El automóvil bordeaba la Sabana. Íbamos por una carretera empedrada. Unos eucaliptos en doble hilera parecían frailes rezando a la hora del ángelus. Todo era paz y quietud. El sol moría entre los árboles, cuando algo inesperado aconteció. Los niños, como si se hubieran puesto de acuerdo, exclamaron a la vez:

– Mira, papá, allí detrás de aquellos árboles hay algo que se está incendiando. ¡Para! ¡Para! Bajémonos –dijo uno de ellos– señalando con el dedo el lugar del incendio. Miré y no vi nada. El sol de los venados, pensé. Si hubiera una quema, se vería el humo. Y me pregunté: ¿será que los niños tienen mejor vista que los grandes y en su rica fantasía aumentan las cosas de tal modo que sólo ellos pueden ver lo que para otros no existe? Yo no veo nada. Nada distinto de un sol amarillo que agoniza en la arboleda.

Mientras así pensaba, había frenado el automóvil. Cuando iba a tratar de convencerlos de que allí no había nada, de que eran visiones, ya los niños se habían bajado y sentía sus pequeñas voces lejanas entre los árboles. Como si alguien escondido tras los troncos les estuviera robando las palabras, éstas me llegaban salteadas:

– Corraaan... Allí... Vengaaan...

Después, silencio.

El primero en regresar fue Alfredito. Con voz aflautada, que casi no se le oía por la emoción, y la cara encendida, dijo:

– Papá, Alfonso se encontró una cosa que echa luz...

Aprobaba con la cabeza como para que no me quedaran dudas. Y agregó:

– Sí, papá, es una cosa que echa luz...

Como estaba acostumbrado a las invenciones de Alfredito, confieso que no le presté atención. Él, sin embargo, esperaba con los ojos agrandados la llegada de los hermanos. Clemencia emocionada, cojeando, con un zapato en la mano y la falda llena de zarzas, se acercó y respiró hondo antes de pronunciar palabra:

– Papá, lo que se ha encontrado Alfonso es verdad y lo trae cargado. Allí viene –dijo señalándolo–. Lo que trae es... es... ¡Un Lucero! –Y añadió:

– ¿Se imaginan? ¿Nosotros con un Lucero para jugar con él?

Mi sorpresa fue grande. Se estarían volviendo locos estos niños. Sigo sin ver nada. Tal vez la ilusión sostenida durante varios días, de la llegada del Niño Dios. La música a todo volumen. La bulliciosa pólvora que todas las noches quemaron hasta muy tarde y el poco dormir, como a Don Quijote, les ha secado el seso a estos muchachos. Quién sabe cuánto irá a durar esta fantasía. En fin, hoy es veintitrés de diciembre y pueden hacer lo que se les antoje.

– No. No es. No puede ser nada –insistía en mis dudas–. Ni el sol de los venados, ni una lámpara olvidada en una hacienda, ni los llamados fuegos fatuos, esas lucecitas que brillan sobre la tierra por el fósforo de los huesos enterrados. Nada de esto puede ser; sobre todo, porque Alfonso parece traerlo cargado con cuidado, y no le veo la luz... Dios sabrá por qué los niños insisten que es un Lucero.

Y seguía pensando:

Será mejor dejarlos que sigan con la idea para ver a dónde llega la fantasía infantil. Eso sí, tan pronto estemos en la casa, les hago dar un baño caliente, una taza de agua de manzanas y a la cama. ¡Y sanseacabó! Naturalmente, que si insisten en lo del Lucero, en el plan de complacerlos en que estoy, soy capaz de bañarlo, limpiarle los dientes y cobijarlo, para que no me vayan a decir:

– Usted sí que es, papá, Lucero se muere de frío y no hace nada por él.

No me quedaba la menor duda. Se habían contagiado todos. Alguno al ver el sol debió de soltar la palabra Lucero y todos lo vieron al instante. Creen en él a ojo cerrado y hasta juran que se le puede tocar. Que podrá jugar con los amiguitos del barrio.

Alfonso, que no acostumbraba decir mentiras, ya estaba cerca. Alegre para acabar de confundirme, dijo:

– ¡Imagínese, papá, fui yo quien lo encontró!...

Enseguida, Clemencia y Alfredito, en el colmo del entusiasmo, lo interrumpieron gritando:

– ¡Que viva! ¡Que viva! Un Lucero.

Una vena azul brotó de la frente de Alfredito. Y como si la carga no pesara, Alfonso agregó:

– Sí, papá, lo encontré privado, en el suelo. Parecía muerto. No se movía. Al principio con tanta luz que echaba, me encandiló y no podía verlo bien. Después se fue apagando... Creí que se estaba muriendo. Como ahora. Míralo, pobrecito, muerto de frío; casi no respira. Y añadió, preocupado:

– Papá, yo creo que Lucero está herido. Tal vez se golpeó duro en la caída. Menos mal que cayó en la montaña. Si es en la costa, se apachurra. Si no apuramos, se nos muere en el camino. Tenemos que llamar al doctor –terminó casi llorando.

Yo seguía sin ver lo que veía la imaginación afiebrada de mis hijos: lo que se dice nada. Y me hubiera considerado un mal papá si les hubiera negado atención en esos momentos de angustia. Alfonso, al ver que yo callaba, como regañado, subió al asiento de atrás llevando con mucho cuidado al invisible Lucero.

– Apúrele, papá. Hay que llegar pronto.

– Cierren las ventanillas porque el frío le hace daño a Lucero –gritó Clemencia, quien, al lado del hermano, no le quitaba la mirada.

En el asiento de adelante, sin dejar de mirar a Lucero, asustado, estaba Alfredito. Carlos, de dos años, seguía indiferente como si nada pasara, jugando con las luces del tablero. Y esto, en verdad, era lo único que me daba fuerzas en mis dudas. Cuando Carlos "lo vea", me dije, no sé que me va a pasar.

Ya en marcha, Clemencia rompió el silencio:

– Dinos, papá: fuera de esas piedras grandes, los aerolitos, ¿qué más puede caer del cielo?

– Fingí no haberla oído y estar preocupado como ellos. Y volvió a preguntar:

– ¿No es cierto que también pueden caer ángeles?

Silencio.

– ¿Hay ángeles ciegos o tan viejos que pueden tropezarse y caer?

Gran silencio.

– Papá, Alfredito, Clemencia, miren, miren: Lucero se está encendiendo otra vez –dijo ahora, Alfonso.

– ¿Será que ya no tiene frío? –comentó Clemencia.

Luego, el silencio lo rompió Alfredito:

– ¿No será Dios lo que nos encontramos, papá?

– No, mijo –se apresuró a responder Clemencia–. Como Dios es Dios... El no se deja caer de ninguna parte.

– ¿No les da pena con la mamá de Lucero? Tiene que estar como loca buscándolo –exclamó Clemencia, visiblemente excitada. Y añadió:

– ¿No se podrá hablar con ella con tu radiotransmisor, papá?

Así como hablaste con el Japón.

– No, hija, es imposible. Eso sería como querer darle una pedrada con una honda a la luna. ¡Imposible!

– ¿No será el Niño Dios al que nos hemos encontrado? –dijo Alfonso, que no dejaba de mirar al Lucero.

– ¡Clarísimo que no! –explicó Clemencia con tonito de autoridad–. Porque Lucero vino desnudo y el Niño llega siempre en pañales, en medio de la mula y el buey. Además –agregó– el Niño, como su Papá, es muy cumplido; y si dijo que llegaba a las doce de la noche, no va a venir solo, sin la Virgen y San José, a estas horas, el día anterior.

– ¿No estás cansado, Alfonso? –preguntó Alfredito.

– ¡Qué va!, pesa más un canario. ¿No ven que no es de carne?

– Papá, ahora sí, mire: a Lucero le está saliendo un chorrito de luz de la frente... y se está apagando otra vez... ¿Qué será?

–anotó Alfonso, muy preocupado.

Yo guardé silencio.

– Papá, ¿y también los luceros sangran? –preguntó Clemencia.

– Pues... Pues... –no pude responder nada. Se me había llenado la medida de la paciencia. ¡Esa me faltaba! Que si también sangran los luceros... Ni el más sabio de los astrónomos puede saberlo. Porque nadie ha visto un lucero sino a millones de kilómetros de distancia. Pero reflexioné: para preguntas fantásticas respuestas de lo mismo. Si la luz se muere en las sombras, ¿qué tal resultará un trapo oscuro?...

Y como si no lo dudara, respondí a Clemencia:

– Sí, hija, los luceros tienen sangre blanca. Póngale en la herida un trapo negro y verán cómo mejora.

– Préstanos tu suéter, papá –pidió alguno.

Era tal mi situación, que ya no distinguía las voces de mis hijos.

– Ya está la manga sobre la herida –comentó Alfonso.

Habíamos andado unos minutos, la ciudad a la vista, cuando Clemencia gritó con alegría:

– Ay, Lucero está mejor. Se ha encendido de nuevo. –Y terminó satisfecha:

No hay como los trapos negros ¡para cuando sangran los luceros! Tú sí que eres bueno con los luceros, papá.

Un frío me recorrió el cuerpo y no solté palabra.

Al llegar cerca de la casa, Clemencia me hizo las más difíciles preguntas:

– Papá ¿qué comen los luceros? Este pobre debe de estar muerto de hambre. –Y como si fuera poco lo que me preguntaba, amplió:

– ¿Cómo pueden dormir los luceros con tanta luz? ¿Será que se la pasan toda la noche despiertos, jugando por el cielo?

Y remató:

– ¿Hay médicos para luceros? ¿Tienes algún libro que enseñe todas estas cosas, papá?

No recordaba haber leído nada sobre luceros. Escasamente podría recordar el nombre de dos o tres estrellas. Vaya un apuro. ¿Existirá algún libro sobre la vida de los luceros? ¿Cómo enferman? ¿Qué comen? ¿Habrá especialistas en luceros? Menudo lío el que así me exasperaba.

Ya en la puerta de la casa, Clemencia, hinchadas las venas del cuello, gritaba:

– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Corran! Traemos un lucero herido. ¡Viene muerto de hambre! Tengan listas bolsas

de agua, calentadores, teteros. Alfonso ya baja con él. ¡Abran pronto! ¡Abran!

 

II

 

Lucero cuenta un cuento y hace una llamada a larga distancia. Los niños subieron al segundo piso con el invisible Lucero y le arreglaron una pieza. Lo rodearon de cobijas y bolsas de agua caliente para que no sintiera frío. Desde abajo se oía claramente la conversación que sostenían los niños con Lucero.

 – ¿Quieres ir mañana al circo?

– ¿Qué es un circo?

– Una tolda grande donde van los niños a ver osos, perros, otros animales, y payasos.

– ¿En el cielo hay circos?

– ¿Creo que debió de existir alguno hace mucho tiempo, pues allá hay Osar Mayor, Osa Menor, Can Mayor y las Siete Cabrillas...

– ¿Te gustaría jugar con una muñeca, Lucero?

– ¿Qué es una muñeca?

– Pues ésta, mírala, qué linda es.

– No, no me gusta, parece un niño muerto.

– ¡Ay! –gritó Clemencia– Lucero está sin comer.

– ¿Tú qué comes, Lucero?

– Pues luz, nada más que luz, Clemencia.

– ¿Y nunca has tomado tetero? -dijo Alfredito.

– Sí, claro, de luz. Allá arriba nos conectan la cintura con electricidad, cada dos horas, cuando estamos chiquitos; después, tres veces al día; y, cuando grandes, una vez al año. Los viejos no necesitan que los alimenten.

– ¿Quieres tomar el tetero ahora?

– No, gracias, Clemencia; me lo tomaré en la cama.

– ¿Quieres que te cuente el cuento de Tío Conejo, Lucero?

– Bueno, ¿cómo es?

– No –gritó Alfonso–. Mejor que él nos cuente uno del cielo.

– Sí, sí, que nos cuente uno del cielo.

– Bueno, si así lo quieren.

Erase una vez una Lucerita que consultó con un Hada para que la dejara ir a la tierra. El permiso le fue dado pero con la condición de que no se acercara a un ciego. La Lucerita desobedeció y al acercarse a uno, al instante perdió la vista.

– ¿Y qué pasó, Lucero?

– Pues que una viejecita que cuidaba al ciego ofreció sus ojos al Hada Madrina de los Luceros con tal que le volviera la vista a la bella Lucerita... "A una vieja como yo, no le hacen falta los ojos como a ella" dizque dijo la viejecita.

– ¿Y qué más?

– Que la Lucerita volvió a ver; y el Hada la castigó dejando sus dos ojos en el cielo brillando para siempre.

– ¿Y qué más?

– Pues que así explican en el cielo los ojitos de Santa Lucía.

– Échanos otro cuento, Lucero.

– No, ya es tarde –dijo Clemencia, autoritaria–. Mañana temprano tenemos que localizar como sea a la mamá de Lucero.

– ¿Cómo se llama?

–Venus –contestó Lucero.

– ¿Y por qué no la llamamos ahora mismo?

– Si tú quieres –le respondió Alfonso.

– ¿Podré hablar desde aquí con mamá?

– Claro que sí. Papá habla a cada rato con Nueva York, París, Moscú y hasta con el Japón... El aparato es muy potente.

– ¿Y en el cielo hay teléfonos? –preguntó Alfredito.

– Imagínense. Allá hay de todo.

– ¿La luz de aquí es buena? En el cielo cuando hacen llamadas a larga distancia, entre planetas, prenden todas las plantas eléctricas.

– Aquí podemos conseguir lo mismo para ti.

– ¿No será mucha molestia?

– Ninguna. Y voy a llamar ahora mismo al gerente de la energía, que es amigo de papá y muy bueno, para que toda la luz de la ciudad sea para tu llamada –repuso Clemencia.

– ¿Aló? ¿Aló?... ¿Con el señor gerente? Mire, necesitamos una llamada a larga distancia al cielo; Lucero cree que la luz no será suficiente. ¿Podría usted ordenar que apaguen la ciudad diez minutos?

– Imposible, hija, perdería el puesto. Además, no entiendo de qué se trata.

– ¿Aló? ¿Por unos segundos?... Lucero dice que en tres él puede hablar con su mamá, Doña Venus.

– Bueno, ya que insistes... Te complazco aunque entiendo menos ahora.

– ¿Listo?

– Listos.

– Una... Dos... y Tres...

– ¡Ya estuvo! –gritó feliz Lucero ante la cara de asombro de los niños–. Mil gracias a todos. Mamá viene mañana a las seis de la tarde. ¡Que viva!

– Que vivaaa...

– Mañana viene la mamá de Lucero –gritó Alfredito–. Mañana viene. –Y enseguida preguntó:

– Dinos, Lucero: ¿en el cielo duermen los niños con la luz encendida?

– Hasta mañana, Lucero.

– Hasta mañana.

Se cerró el cuarto de Lucero y al punto el segundo piso se inundó de una luz platinada que salía por las rendijas de la puerta.

III

 

Enfermedad de Lucero

 

– ¡Clemencia, Alfredito, todos! ¡Lucero amaneció enfermo! –gritó Alfonso–. No quiso la luz... está muy encendido. Debe tener fiebre... ¡Vengan!

– A ver... a ver... –dijo Clemencia al entrar a la pieza, posesionada del papel de médico de Lucero, con grandes lentes de aros vacíos, uniforme blanco y los instrumentos en la mano: dos largos tubos de plástico para colocárselos en los oídos y un termómetro. Alfredito, de gorra y saco blanco, bigotes pintados, llevaba el maletín de los "remedios".

– ¿Qué te pasa, Lucero? –le dijo Clemencia, muy seria con actitudes de doctor.

– Nada, Clemencia.

Y volvió a meterse bajo las cobijas.

– Aquí está el doctor –empezó Clemencia, ahuecando la voz–. A ver... a ver... Abra la boca, diga ¡aaah!... ¡aaah!...

Y tú, Alfredito, ponle el termómetro debajo del brazo como lo hace Papá Juanbé cuando viene a vernos.

– ¡Ajá! Tiene la garganta roja. Está ronco. Lucero, lo que usted tiene es una angina... –Y arreglándose los lentes que tenía encima de la boca, pidió:

– Alfredito, por favor, el termómetro.

– ¡Qué horror! ¡43 de temperatura! ¡Este niño se nos muere! Hay que llamar a Papá Juanbé (así llamaban, con cariño, a su médico los niños Martínez).

Clemencia voló a llamar por teléfono al doctor. Y le dijo que Lucero estaba grave, con fiebre de 43 grados. Que viniera pronto. Del otro lado, el complaciente viejito, sin ofuscarse, le respondió:

– Pero, hija, ese Lucero... ¿es algún hermanito que yo desconozco? Tú sabes que voy siempre con gusto. ¿No será otro hijito de la perra? La última vez me llamaste para que viera a la gata; y de paso le formulé a Gina, la perrita, que sufría de pesadillas, asustada por unos hombres...

– No, Papá Juanbé, esta vez es en serio –repuso Clemencia en tono convincente–. ¡Se va a morir!... ¡Imagínese que la mamá no ha aparecido todavía! ¿Qué hacemos?... Lucero es como un nuevo hermanito que nos cayó del cielo. Venga por favor, Papá Juanbé.

– Bien, si así es la cosa –contestó el buenazo del doctor Juanbé, desconcertado, –iré enseguida a curar a Lucero.

Quedó pensativo: Lucero... Hermanito caído del cielo... ¡No entiendo nada!

– Qué bueno que es Papá Juanbé. Viene enseguida –dijo Clemencia al colgar la bocina, y agregó:

– Nunca manda inyecciones, no da cucharadas feas y trae juguetes lindos en el maletín. ¡Ese sí es un doctor!

Miraba el angustioso cuadro de los niños y no podía perderme la llegada del doctor Juanbé. Él es magnífico y les lleva la idea a los muchachos... Quién sabe qué cara pondrá cuando en la pieza no vea paciente alguno, sino las cabecitas calenturientas de mis hijos, pasadas de castaño a oscuro en el cuento del Lucero. Me aposté tras la puerta de mi alcoba y atisbé por la rendija.

– A ver... a ver... ¿dónde anda el enfermito? –dijo entrando en la casa Papá Juanbé.

– ¡Ya vino! ¡Ya vino! –gritaron los niños con cariño, al oír la voz familiar de su médico.

– Allí, Papá Juanbé –le dijeron, señalando la pieza de Lucero.

– ¡Ajá! Buenos días, caballerito –entró diciendo Juanbé, frotándose las cansadas manos, y añadió:

– ¿Es éste el hermanito que les cayó del cielo? ¡Qué hermoso es!

("Bueno, no es posible que un hombre serio se contagie tan pronto de la locura de mis hijos. ¿Será que, como conocedor experto de la mente infantil, les lleva la idea para no contrariarlos?").

Yo seguí sin entender nada de lo que estaba pasando. Ahora, comprendía menos que al principio. Pero él doctor Juanbé debió de verlo todo claro, Dios sabría por qué, pues se limitó tranquilamente a decirles:

– Mis niños, Lucero no tiene nada.

– ¿Que nada? –gritó Clemencia, palmoteándole en la cara al viejo médico–. ¿Es que le parece poco 43 grados de temperatura? ¡Se va a quemar el pobre Lucero!

Sin contrariarse, Papa Juanbé le explicó a Clemencia en tono dulce:

– Es la temperatura normal de los Luceros, Clemencita.

La niña bajó la cabeza sonrojada, y le dio excusas a Papá Juanbé.

– Entonces, ¿qué le va a mandar a Lucero? –preguntó Alfonso un poco angustiado.

El doctor Juanbé, de pantalón a rayas algo maltratado, saco negro, solapas brillantes, cuello duro de puntas volteadas, acariciándose los largos bigotes, se quedó un momento pensativo. Luego, sacó la pluma fuente de oro y escribió con letras mayúsculas para que los niños leyeran con facilidad la fórmula para Lucero:

Muéstrenle unas láminas grandes del cielo y las estrellas más brillantes que encuentren. Un poco de música celestial le sentará muy bien. Papá Juanbé.

Le pasó la fórmula a Clemencia, que la esperaba preocupada, y le dijo seriamente:

– Hazla despachar enseguida, hijita.

– ¿En la droguería de la esquina habrá de esos remedios?

Más serio aún, le contestó:

– Aquí mismo, en la biblioteca de tu papá, lo encontrarás todo.

Clemencia, desconcertada, leyó la receta en voz alta para que la oyeran los demás. Y preguntó:

– ¿Qué clase de música celestial aconseja, Papá Juanbé?

– Pues una que ustedes han oído mucho. Se llama Ave María.

Sin dar gracias a Papá Juanbé, los niños corrieron a la biblioteca.

Papá Juanbé se retorcía los bigotes de felicidad y esperaba. Se acomodó en una poltrona y se dio a preparar un cigarrillo al viejo estilo, envolviendo en fino papel de seda un puñadito de olorosa picadura, y pegó el rollito como quien cierra un sobre de carta.

– ¡Aquí están las fotos del cielo, Papá Juanbé! –gritaron los niños.

Y se las fueron mostrando a Lucero quien reía dichoso delante de cada lámina. Cuando vio la estrella más brillante y grande del cielo, el Lucero de la Tarde, gritó:

– ¡Mamá! ¡Mamá!... –y fue directamente a la ventana y desde allí le hacía señas, como diciéndole:

– ¡Ven pronto!

Regresó al grupo un poco triste y se puso a jugar con los muchachos, con el maromero que traía a las visitas Papá Juanbé y que daba volteretas en la cadena de oro que le cruzaba el chaleco.

– ¿Cómo se llama el muñequito, Clemencia? –preguntó Lucero.

– Se llama Priqui... Priqui... –le contestó, soltando una carcajada.

Todos rieron.

– Bueno, niños, hasta luego. No lo olviden. Cuando vean triste, como enfermo a Lucero, denle "cucharaditas" de esas tan buenas que hay en el Tesoro de la juventud... –dijo Papá Juanbé.

Arrastrando los pies, con una dulce sonrisa que le iluminaba el arrugado rostro, el noble médico empezó a bajar escaleras. Cuando llegó a la puerta, Clemencia comentó:

– Yo que les decía, Papá Juanbé es el mejor doctor, porque no da cucharadas feas, no pone inyecciones, trae a Priqui... Priqui... y tiene un maletín lleno de juguetes. –Y con voz alta y satisfecha, agregó:

– Mejoró a Lucero, y es el único médico que cura con ¡retratos!

Los niños bajaron contentos a la sala. Con ellos debía estar Lucero, pues Alfonso le aconsejó:

– Siéntate allí en la butaca de cuero. Quedarás cómodo. –Y la señaló.

Le conversaron del circo y le prometieron que iban a regalarle un elefantito que tenía una nariz larga, larga y blanda con la cual recibía maní de manos de los niños. Lucero se rió mucho y se mostró contento con la noticia. Dijo que se lo llevaría para jugar con él en el cielo.

Cuando se levantó para ver a los muchachos de la cuadra, Alfonso le puso en el asiento una tachuela. En el acto lo reprendí, y le dije que eso no se hacía con nadie y menos con un amiguito. Al regresar Lucero de la puerta, a la cual apenas se asomó, vi caer, y romperse en mil pedazos, el bello jarrón de porcelana japonesa.

Acusé a Alfredito:

– ¡Usted fue!

– Yo no fui, papá, fue Lucero –dijo, señalándolo.

Lucero estaba en el comienzo de la escalera... Y aproveché para asegurarme que Lucero existía, de que se hubieran levantado los muchachos. El asiento de Lucero lo toqué, era verdad: ¡estaba más caliente que el de mis hijos!... Y lo vi, hermosamente iluminado, como debieron verlo ellos desde el primer momento, con sus enormes ojos brillantes para mirar grandes distancias.

 

IV

 

Una entrevista radial

 

– Tengo una idea –dijo de pronto, Clemencia.

– ¿Cuál?

– Decirles a todos los niños del mundo que aquí tenemos un Lucero. Que a las seis de la tarde llega doña

Venus, su mamá.

– Y agregó:

– Lucero, ¿tú quieres saludar a los niños de la tierra?

– Bueno, ¿y sí me oirán?

– ¡Claro!, así como hablaste con tu mamá.

Clemencia tomó el micrófono y dijo:

– ¡Silencio! Chist... (tapando el micrófono).

– ¿Listos?

– Listos –contestó Alfonso, responsable de la transmisión. Y agregó, pasito:

– Tú primero, Clemencia, y después, Lucero. Clemencia, muy seria, empezó:

– Con ustedes, niños y niñas de la tierra, la estación HJCL, en su banda de 20 metros, transmitiendo el reportaje del siglo, ¡único!, con un Lucero. Desde su cuarto, en casa de la familia Martínez, de Bogotá.

 –Y dirigiéndose a Lucero:

– Acércate, y háblales claro y despacito.

– Con ustedes, niños de la tierra... ¡Lucero!

– Buenas tardes, amiguitos, ¿cómo están?

Clemencia tomó de nuevo el micrófono:

– ¡Ya lo oyeron! En cadena con todas las estaciones del mundo, vamos a hacerle unas preguntas a

Lucero:

– Diles, Lucero, ¿cuándo llegaste?

– Ayer tarde. No llegué, sino que me caí... y por poco me mato. Si no es por ustedes, los Martínez, no estaría echando el cuento. Por eso son mis mejores amigos del cielo y de la tierra.

– ¿Y te golpeaste muy duro?

– Ni mucho, Clemencita. Por ser de pura luz y no pesar nada, el golpe no fue nada. Sólo una heridita en la frente.

– Lucero, en el barrio dijeron que por desobediente te caíste de un columpio... ¿es cierto?

– ¡Bah! Tonterías. Yo venía en brazos de mamá, de la cocina, y como tenía las manos untadas de grasa, me resbalé, y ¡zás!, me caí.

– ¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros?

– Depende de lo que diga mi mamá.

– ¿Y tu papá?

– No se asusten por lo que voy a decir, amiguitos. Allá en el cielo las estrellas no tienen papá.

– Pero, ¿cómo?

– Sería largo de explicar. En vez de papá tenemos un gran abuelo, el sol... –Y agregó–: Hablemos de otra cosa.

– ¿Y cómo te llamas?

– Pues, Lucero, no más... como todos. Piensen que en mi familia hay doscientos mil millones, mal contados por ustedes... Si fuéramos a nombrarlos no alcanzarían los diccionarios del mundo.

– ¿Y tu apellido?

– Galaxia.

– ¿Entonces eres Lucero Galaxia?

– Sí, pero se oye feo. Llámenme simplemente Lucero.

– ¿Y cuántos años tienes?

– Bueno, de los de aquí como cinco...

– ¿Cómo es eso?

– Como lo oyen. En el cielo soy un recién nacido. Allá tengo quinientos años... cinco siglos, no lo olviden...

– Dinos, Lucero, ¿allá hay colegios?

– Por supuesto. Nadie nace sabido. Hace doscientos años que asisto al Santa Lucía, de los mejores.

– Con razón sabes tanto.

– Ni mucho. Piensen lo que sabrá mamá.

– ¿Y en el cielo hay relojes?

– ¿Y muy grandes?

– Los hay pero sólo para los sabios... Imagínense, amiguitos de la tierra –agregó–, que cada segundo de allá, es como miles de horas de acá. No conozco a ninguno que use reloj.

– Para terminar, Lucero, se nos acaba el tiempo, dinos, de lo poco que has visto en la tierra, ¿hay algo que te haya chocado?

– Pues no me atrevo a decirlo. Ustedes han sido tan amables conmigo.

– Dilo sin pena. Que todos te oigan.

– Bueno, si insisten, Clemencita, lo diré. Lo que se me ha hecho insufrible es que se metan los dedos en las narices. En el cielo es tan perfecto todo, hay castigo hasta de cárcel... Y además, que se limpien los dientes con palillos en la mesa.

– Te lo ha dicho mamá mil veces, Alfonso, ¿te fijas? (y esto dijo, tapando discretamente el micrófono, malhumorada, Clemencia).

–¡Mentiras!, es Alfredito.

– Yo no fui. ¡Tonto!

– Y además, se me olvidaba, el ruido infernal que hacen en la calle. Anoche por poco no pego los párpados.

– ¡Hasta pronto, niños!

– Amiguitos de la tierra, estamos sobre el tiempo. Lucero se despide de ustedes, pues no ha hecho todavía las maletas. Regresa esta noche al cielo con su mamá, doña Venus. Además tiene que hacerle un guacal a un elefantito vivo que se llevará también...

–Y remató la locutora:

– Han escuchado, personalmente, al primer Lucero que habla por una estación de radio. Quiero recordarles que Lucero, por su edad, no tiene dirección registrada para las cartas, que seguramente ustedes le escribirán. Pueden dirigirlas al cuidado de doña Venus, y pongan simplemente: El Cielo, o a nuestra estación, HJCL, Bogotá.

Buenas tardes.

 

V

 

Conmoción en el mundo por la llegada de Lucero

 

La transmisión radial de los niños fue escuchada en buenas condiciones en todo el mundo. Una estación de Londres la pasó durante doce horas consecutivas en varios idiomas.

Si tratara de relatar la conmoción mundial que este inocente reportaje produjo, no acabaría en muchos meses. Afortunadamente, no dieron la dirección de nuestra casa. El mundo puso su curiosidad, sus ojos, su corazón, su fantasía en la capital. En una hora llegaron diez millones de radiogramas de todos los rincones del planeta, sin contar los del país. Como simplemente decía Lucero, Bogotá, resolvieron enviárselos al señor alcalde. A las tres de la mañana, me informaron que tal era la cantidad de radiogramas y telegramas, que un niño se extravió en la selva de papeles. Los teletipos de los periódicos no daban abasto, y había que ver los titulares, a ocho columnas:

¡Lucero vivo en Bogota! ¡Colombia enloquecida!

Delegaciones de todo el mundo a Bogotá.

¡La población de Colombia llegará a cien millones!

Lucero, con reservas para iluminar el mundo mil años.

Telescopio miniatura para Lucero regala la OEA.

Estampillas Lucero lanzará el gobierno.

¡Hallan otro Lucero, sano y salvo, en Moscú!

Pediatras examinarán a Lucero. Le tomarán radiografías.

Y ¡hallan Lucero con dos cabezas en Johannesburgo!

Delirio en Bogotá. El apagón de anoche, Lucero lo resuelve saliendo a la ventana.

Redoblan vigilancia de Lucero. ¿Lo secuestrarán?

"Sociedad Protectora de Luceros en Londres".

¡Extradición de Lucero! ¡Invadirán la tierra! ¡Milicias del cielo!

La madre de Lucero millonaria. Leyendas sobre doña Venus.

Original tetero de luz para Lucero.

¡Lucero, ciudadano del mundo!

 

VI

 

Llega doña Venus. Regreso al cielo

 

A las seis de la tarde Lucero estaba pegado al ventanal de vidrio de su cuarto, en espera de la llegada de mamá, como ella se lo había prometido. Si el viento era favorable, pronto llegaría en su carruaje-destellante, el más lindo de las avenidas del cielo. Un chorro de luz se precipitó desde las comarcas de Venus hasta nuestra casa. Una luz dulce, distinta, como barnizada de plata, provenía de los reflectores de la nave espacial. Corrimos a la calle. Clavados en la altura los ojazos hechos para mirar grandes distancias, Lucero, todo emocionado, gritaba:

– ¡Allí viene mamá...! Yo la vi primero.

Y se lanzó con los muchachos a la acera. Los soldados que cuidaban la casa para que no fueran a robarse a Lucero no se dieron cuenta de lo que pasaba.

Sonaron las trompetas de las escoltas-luceros que a lado y lado de la carroza montaban guardia. En pocos segundos estaban sobre la calle la Estrella y sus astro-tripulantes. A través de la ventanilla, la gran reina del cielo saludaba con el pañuelo a los terrícolas. Atada a una lanza reluciente de platino, con incrustaciones de diamante, iba una pareja de cisnes negros que dejaban caer, pausadamente, sus párpados de vidrio. Un cochero luminoso, de imponente librea, los guiaba por medio de largas cintas de muaré rojo. Batían las alas los cisnes haciendo descender y sofrenando el carruaje hasta posarlo, leve y firme, frente a la casa.

Los tripulantes ceñían libreas tachonadas de pedrería sobre el pecho. El cochero encendía relámpagos de plata en el extremo de la fusta, y con voces ininteligibles dirigía el aterrizaje de la nave, que fue perfecto. La carroza, de puro diamante y ruedas de oro macizo, emanaba una fragancia sutil. Los cuellos de los cisnes eran arcos de una luz negra que abrillantaba el suelo donde la reina, doña Venus, habría de poner su pie.

El son de cuatro trompetas gigantes llenó los ámbitos silenciosos y azules. Un lucero-tripulante abrió la portezuela central y tendió un tapiz de niebla-rosa, desde la nave hasta la casa. Radiante, etérea, apareció doña Venus, delicadamente sonreída, pero con el leve temor de quien no sabe qué le espera. Fue tal el destello de sus ojos al posarlos en el hijo, que por un instante se velaron, como eclipsadas, las facciones. Un manto azul bordado de oro y gemas la ceñía esbeltamente de los hombros a los pies.

Parecía caminar por el aire. Al primer paso, dejó ver un pie diminuto con zapatillas guarnecidas en platino. Tendidos los brazos y desbordada en llanto, doña Venus se dirigió al hijo. Al abrazarlo, confundieron sus luces, mientras le susurraba estremecida:

– ¡Hijo mío! ¡Mi hijo!... ¡Cuántos días sin ti!

La escena era como si de pronto se hubiera inmovilizado un huracán de lumbres. Al llegar a la casa, con majestuosa calma, doña Venus se quitó la capa y la pasó a un ujier. Fue un instante de suprema indescriptible irradiación.

– ¡Qué linda es tu mamá! –dijo Clemencia a Lucero.

– Sí, ella es muy linda y se ha ganado todos los concursos de belleza del cielo.

Ya en la sala, Lucero le dijo feliz:

– Siéntate, mamá, aquí en el diván: debes de venir cansada.

En esos momentos bajaba las escaleras mi esposa, que había visto el fantástico arribo desde el balcón.

– Te voy a presentar a la mamá de los Martínez –dijo Lucero–. Este es Alfonso, el que me encontró y recogió herido y me curó; ésta es Clemencia; éste, Alfredito; éste, Carlitos, el menor; y ésta, Gina, la perrita; ¿linda, verdad? ¡Todos tan buenos conmigo! Y el señor Martínez –agregó al verme acercar al grupo.

– Amigos –dijo doña Venus dirigiéndose a mi esposa–, no tengo con qué pagarles lo que han hecho por este muchacho. El pobrecito no tuvo la culpa; se resbaló de mis brazos... la entrecortó un sollozo, pero al punto, reaccionando, agregó: Ustedes comprenden. Hace mucho que no duermo pensando en lo que hubiera podido pasarle... Mil gracias, señora. El cielo todo les desea por lo buenos que han sido con mi Lucero.

– No piense en eso, doña Venus –respondió mi señora–. Es que Lucero nos ha ganado a todos el corazón en tal forma que no sabemos qué hacer al pensar que ha venido por él. Hasta la pobre Gina va a sufrir. Menos mal que el elefantito vivo que tiene aquí en el patio piensa llevárselo al cielo para jugar con él. Además...

– Además, ¿qué? –dijo visiblemente preocupada doña Venus.

– Ay, señora de mi alma –continuó mi esposa– es que el mundo está conmovido con la llegada de Lucero. Usted no puede imaginárselo. Toda la gente quiere verlo. Claro que aquí nosotros no lo hemos desamparado un segundo. La tropa que usted vio en la calle lo protege de secuestros. Hay gente, con decirle, señora, hasta de Nueva Zelanda, una isla remota, en espera de turno para verlo.

– ¿Y todo este alboroto, por un mocoso? –dijo doña Venus, sorprendida–. A poco, si me descuido, quién sabe qué le pasa a mi Lucero. ¡Qué tal si no llego a tiempo! –dijo y se levantó, lo tomó del brazo, y abriendo visiblemente exaltada una de las ventanas, gritó:

– Tripulación, ¡lista!. Regresamos enseguida. Vayan calentando las alas de los cisnes. No quiero que se nos haga tarde.

Hasta la sala llegaba el rumor del control de la nave:

– ¿Listos, alerones?

– Listos.

– ¿Colas de ascenso perpendicular?

– Listas.

– ¿Luces de peligro?

– Listas.

– ¿Súper-radar?

– Listo.

– ¿Naves especiales en ruta?

– Ninguna.

– ¿Sándwiches y consomé de luz?

– Listos

– ¿Cisnes de repuesto?

– Sí.

– ¿Rumbo cielo?

– Rumbo.

Doña Venus escuchaba con atención, cuando mi señora le dijo:

– ¿No nos acompañan a la llegada del Niño Dios?

– Imposible. Allá también lo recibimos. Por eso llega a las doce a la tierra. –Y agregó: miren qué hermoso brilla el árbol de navidad del cielo. Yo debiera estar allá arriba.

– Señora Venus, por favor, descanse un poco. Tómese un coñac, la entonará –le dijo mi señora. Pero haciendo un gesto negativo con la mano, le respondió gentilmente:

– Mil gracias, se lo agradezco. Tal vez ustedes sepan que nos alimentamos con luz. No probamos nada distinto. –Y añadió:

– La última comida que recuerdo es del año uno, exactamente cuando nació el Niño Dios, un pequeño rey de la tierra; y para esto, a mí y a mis hermanitos, hoy estrellas de primera magnitud, nos llevaron a... –se quedó pensando, y luego continuó:

– A... Belén, un pueblito humilde pero lindo.

Ya bastante angustiada, después de hacerle, no sin cierto temor, a la perrita una caricia, exclamó como para cerrar la corta visita:

– Bueno, señora, papá y niños Martínez: debemos partir. La casa queda lejos. –Y dirigiéndose a Lucero:

– Y tú, despídete como un niño educado. Dale un beso a la señora y a cada uno de tus amiguitos. Al papá dile que muchas gracias por todo. También, que en tu casa hay miles de habitaciones para tus amiguitos del cielo, que ahora están a las órdenes de la familia Martínez. Que les enviaremos cuando quieran el carruaje, que en un billón de años no ha tenido un accidente.

– Dijo esto mirando a mi señora como para que no tuviera temores.

– Ay, sí mamá, ¡déjanos ir! –gritó Alfredito.

Lucero no fue capaz de despedirse de ninguno. Llorando, corrió a la carroza y se sentó a mirar por el vidrio lateral. Mientras tanto iban calentándoles las alas a los enormes cisnes negros para el largo viaje.

Clemencia, que no le quitaba los ojos a Lucero, ya instalado en la nave, volvióse de pronto a doña Venus, y le preguntó:

– ¿Por qué usan cisnes negros, señora?

– Para no confundirlos con los ángeles.

– ¿Y es que no hay ángeles negros?

– Silencio.

Al subir a bordo, cayósele a doña Venus el pañuelo. La calle toda se iluminó facilitando así el ascenso vertical de la nave.

Sonaron las trompetas. Los cisnes aceleraron el batir de las alas. La nave como un meteoro tomó altura. Doña Venus y Lucero hacían señales cariñosas por las ventanillas mientras iban esfumándose entre las nubes.

Alfredito gritaba hasta enronquecer:

– ¡Lucero!... ¡Lucero!... se te olvidó el elefantito... Allá te lo llevaremos...

Y Carlitos, el de dos años, señalándolo con la manecita gordeta, le decía, como él llama a las palomas que tanto quiere:

– Cucú... Cucú...

Cuando la nave era un punto en el espacio estreché en un gran abrazo a mis hijos, que lloraban como yo. Alcé la mano y dije como un suspiro:

-Buen viaje, Lucero.

 

Alfonso Bonilla Naar