¿Isla encantada o isla maldita?
Por la tarde, cuando fue a visitar al Tisabuelo, Paloma rogaba en su interior:
"¡Que esté bien, que esté bien...!", y al llegar a la puerta respiró
profundo para darse coraje.
La campanilla resonó como siempre, pero el anciano no levantó la cabeza de las
revistas que cubrían su mesa como un mantel de retazos. La muchachita se acercó
lentamente.
-¡Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto!- declamó de
repente el Tisabuelo-... ¿Sabes quién dijo eso? El Almirante de la Mar Océano:
don Cristóbal Colón. ¡Y vaya si era verdad! Cuando llegué Allá, lo primero
que vi fueron aquellas playas blanquitas, de arena tan fina como sal, como
talco, o como una mezcla de las dos cosas. Y las palmeras, altas y derechas,
peinaditas. Y el campo siempre verde, con pájaros y flores tan lindos que parecían
inventados. Y ni una serpiente o bicho malo...
Paloma se preguntaba cómo don Fermín se había enterado de que ella se iba a
Cuba con Rita, mientras éste proseguía, inspirado:
-Lo mejor era la gente: bonita, elegante, con una alegría que nada podía empañar...
Cuentan que un senador de la República propuso crear el Premio del Buen Humor,
pero tanta gente lo merecía que no alcanzó todo el oro del país para hacer
las medallas y por eso, en vez de lingotes, durante mucho tiempo el Banco
Nacional no guardó otra cosa que pilas de medallas de oro.
Paloma se sentó frente al anciano, que hablaba quedamente, con la cara apoyada
en la mano y el codo hundido en sus amarillentas revistas.
?Mi mujer era de Allá. No puedes imaginarte lo linda, alegre y buena que era.
Tenía el pelo negro, largo... Cuando me iba al trabajo, ella se quedaba en el
portal diciéndome adiós, y el aire mecía su pelo.
El Tisabuelo casi cantaba y los ojos le brillaban, pero Paloma comprendió de
pronto que lo que los hacía destellar de aquella forma eran las lágrimas.
-No tengas miedo, hijita, que no voy a gritar- declaró el viejo con una voz
rara-. No quiero que tú también pienses que estoy loco... ¡Ellos me hicieron
tanto daño! Me lo robaron todo, me obligaron a huir de la tierra donde fui más
feliz... Una tierra que yo llegué a querer más que ésta, que me vio nacer...
El Tisabuelo se ahogaba. Tuvo que hacer una pausa y coger aire por la boca
-...¡Y mi pobre mujer que se quedó sola y nunca más volví a verla!... Me la
mataron de miedo, o de hambre. O me la envenenaron para dejarme no solamente sin
nada, sino también sin nadie.
Paloma tenía un nudo en la garganta y otro en el corazón, y había empezado a
llorar ella también. Pero el Tisabuelo se secó los ojos de un manotazo y soltó
una risita maliciosa.
-Ellos me robaron, pero no todo lo que tenía... Me robaron mucho, pero no lo
que yo dejé escondido. Tan bien escondido que nadie sabe dónde está... ¡Sólo
yo, sólo yo lo sé!... Pero tú, mi hijita, ¡vas a enterarte ahora!
El Tisabuelo se reía cada vez más fuerte y comenzaba a temblar de excitación.
Paloma se levantó para correr en busca de ayuda, pero el anciano no le dio
tiempo.
Con un ademán sorprendentemente vigoroso, barrió las revistas que tapizaban su
mesa y en silencio, muy seguro de sí, apuntó con el dedo.
Paloma no pudo alejarse: la curiosidad fue más fuerte que el miedo a que su tío
bisabuelo sufriera otro ataque y se acercó.
La superficie de la mesa estaba protegida por un grueso cristal debajo del cual
yacía un verdadero mosaico de viejos papeles: algunos títulos de propiedad se
alineaban junto a un agrietado diploma de la facultad de comercio de la
Universidad de La Habana, una decena de fotos brumosas y un montón de pagarés
ilegibles. En el centro, precisamente donde se apoyaba ahora el índice del
Tisabuelo, se veía un papel no tan viejo como los demás. Había en él una
infinidad de líneas hechas con lápiz, estilográfica, bolígrafo y rotuladores
de distintos colores. Las líneas se superponían unas a otras, pues el dibujo
era siempre el mismo, repetido una y otra vez en un intento febril por lograr la
exactitud.
-Cambiaron los números de las casas, le quitaron el nombre al barrio y a las
calles, y hasta a la ciudad trataron de bautizarla de nuevo- explicó el
Tisabuelo-, pero para impedir que yo sepa donde hallar lo mío tendrían que
haber arrasado la isla entera
El Tisabuelo había hablado esta vez bajito, como para sí mismo, pero a
continuación miró intensamente a Paloma y sus palabras fueron firmes, como una
orden:
-Aquí es donde tienes que buscar: esta es mi casa y en ella... ¡mi tesoro te
espera!