ISKANDAR
Y EL ANILLO DE ESMERALDA
Autor: Carlos A. (Madrid).
ISKANDAR Y EL ANILLO DE ESMERALDA
Érase una vez una Reina que tenía siete hijas y todas
eran tan bellas como la luna en su décimo cuarta noche. Sin embargo, a pesar de
que la Reina y su marido las amaban tiernamente, el Rey estaba triste cuando las
miraba, por no tener un solo hijo varón.
Un día la Reina, con el rostro oculto por un velo, fue
donde vivía un mago y le dijo: "Señor, sé de sus poderes mágicos, ¿podría
darme algún encantamiento para tener un hijo varón, dado que tengo siete
descendientes y todas son hijas?".
El mago respondió: "Señora, beba de este frasco
cuando regrese a su casa al llegar la medianoche y tendrá su deseo
realizado". Y dio a la Reina un frasquito conteniendo un líquido verdoso.
La Reina, agradecida, le dio una bolsa de oro y regresó al
palacio. Aquella noche bebió el líquido en una copa con agua de rosas y cayó
en un profundo sueño.
En el tiempo debido, nació un niño y hubo gran alegría
en todo el reino. El Rey estaba tan encantado que ordenó que fueran
distribuidos comida y oro durante treinta días y treinta noches, hasta que no
quedase ninguna persona con hambre en todo el reino.
El joven príncipe fue llamado Iskandar y recibió todo el
amor del mundo a través de su madre y hermanas.
Un día, cuando tenía diez años y jugaba con su arco y
flechas en el jardín del palacio, el mago surgió delante de él. "Llévame
hasta tu madre, la Reina", dijo el mago en un profundo y siniestro susurro.
Iskandar estaba tan hipnotizado por lo ojos del mago que no
pudo resistir la orden y condujo al viejo a los aposentos de su madre.
"Señora", dijo el mago reclinándose delante de
ella, que se aterrorizó al ver allí al anciano, "Su hijo debe venir
conmigo pues necesito de él".
"¡Oh, no, no!", exclamó la pobre Reina, "¿Por
qué debe llevárselo?. No puedo permitirlo".
"Entonces deme alguna de sus hijas o tendré que
transformar al niño en un sapo", dijo el mago amenazante.
"Si no hay otra solución, llévese a una de mis
hijas", sollozó la Reina en su miedo y, llamando a la hija mayor, Shiraz,
se la entregó al mago.
Durante algún tiempo la infortunada Reina se lamentó por
Shiraz, pero terminó por olvidarse de ella al ver a su joven príncipe a salvo.
Un año pasó y el mago nuevamente apareció. "Deme la
segunda hija o transformaré a su hijo en una gacela".
"¡No, no, no!", gritó la Reina, "¡Por
favor, no haga eso!. Puede llevarse a mi hija, pero no embruje a Iskandar".
Y así sucedió año tras año, hasta que seis hijas habían
sido llevadas por el perverso mago y encerradas en una alta torre.
Cuando Iskandar tenía 17 años, quedaba sólo la princesa
más joven, Shirina. Ella era la hermana favorita del príncipe y éste no podía
soportar la idea de que en breve ella sería alejada de él como las otras.
Se dirigió a su madre y le dijo: "Por favor, no dejes
que mi hermana Shirina sea llevada por el maldito mago. Me quedaré solo sin su
compañía".
"Hijo mío, el corazón de tu padre se rompería si
algo te ocurriese. Intento no pensar en tus hermanas, ¿qué puedo hacer?".
"Debes dejar que yo parta para salvarlas madre, yo se
cómo hacerlo. Así, cuando venga el mago, lo seguiré".
"Si es preciso que vayas, Iskandar hijo mío",
dijo la Reina con pesar, "Entonces ve, pero toma este anillo de esmeralda
porque él te traerá un genio cuando tengas necesidad", y colocó en el
dedo de Iskandar un anillo de oro con una extraña piedra verde con símbolos mágicos.
"Este anillo me fue dado por mi madre que era una de
las siervas de Salomón, hijo de David, sobre quien sea la paz. Cuando te haga
falta, frótalo tres veces y el genio aparecerá".
Entonces mandó buscar a su hija Shirina y le habló:
"Mi criatura, tu serás en breve llevada a compartir el destino de tus
hermanas, pero tu hermano está resuelto a salvaros. Por tanto, cuando estés
siendo llevada por el mago, ve dejando caer en el camino las semillas de esta
granada para que Iskandar pueda seguirte".
No bien había acabado de hablar cuando apareció el mago:
"Saludos, ¡oh, Reina!, vengo a buscar al príncipe Iskandar, pues necesito
de él".
"¡Oh, no, no, no! déjalo conmigo un poco más",
imploró la Reina desesperadamente.
"Entonces", dijo el mago susurrando," Me
llevaré a la hija más pequeña".
Shirina estaba tranquilamente al lado de su madre y cuando
el mago terminó de hablar se adelanto lentamente.
"¿Puedo llevar esta granada para comer en el
camino?".
"Si, si", dijo el mago, "Trae lo que
necesites, pero deprisa, pues hay que marcharse".
La Reina dijo adiós a su hija y sofocó sus sollozos
cuando vio que el mago se la llevaba.
Entonces el príncipe, disfrazado de músico ambulante, con
una flauta y un pequeño tambor en la cintura, salió en su persecución. La
Reina no se atrevió a contar al Rey que el muchacho había partido en esa misión
tan peligrosa y explicó que había salido de caza.
Iskandar anduvo y anduvo siguiendo las simientes de la
granada arrojadas por su hermana, hasta que al caer la noche el mago y la
princesa llegaron a una alta torre a la cual se podía acceder sólo por una
puerta pequeña con una sólida reja de hierro.
Cuando hubieron entrado, Iskandar escondido en unos
arbustos cercanos vio como se encendían las luces de la torre y en siete
ventanas con barrotes, a sus hermanas cautivas.
Este era el momento para invocar al genio, así frotó tres
veces el anillo. Hubo un estruendo, como un trueno, y una nube de humo se elevó
del suelo y de ella surgió un genio sonriente con los brazos cruzados diciendo:
"En nombre de Salomón, hijo de David, sobre quien sea la paz, ¿cuál es
tu deseo?, oh maestro del anillo de esmeralda".
"Tráeme siete escalas, siete sierras y siete caballos
blancos pura sangre árabes, porque mis hermanas están encerradas en la torre
del mago y he venido para liberarlas", dijo Iskandar.
"Escucho y obedezco", dijo el genio y desapareció.
Iskandar no tuvo que esperar mucho tiempo entre los arbustos, pues a los pocos
minutos oyó un relincho y he aquí que estaban siete caballos blancos pura
sangre atados a un árbol, junto a ellos se encontraban siete sierras y,
apoyadas contra la pared de la torre, siete escalas, una debajo de cada ventana.
En menos tiempo del que lleva contarlo, Iskandar subió por
cada una de las escalas, serró los barrotes de las ventanas y ayudó a sus
hermanas a descender.
Cuando estaban riendo y llorando del alborozo y la excitación,
el mago surgió súbitamente de una de las ventanas.
"Vuelvan princesas tontas", gritó elevando sus
brazos por encima de su cabeza. En seguida Iskandar frotó el anillo tres veces
y gritando cuando el genio apareció, dijo: "En nombre de Salomón, transpórtanos
a otro lugar fuera del poder del mago para siempre".
Entonces hubo un trueno y una nube de humo surgió del
suelo. "Escucho y obedezco", respondió el genio. Iskandar se encontró
galopando tan veloz como el viento, montado en un bello caballo blanco como la
nieve. Su hermana Shirina montaba tras él, abrazada a su cintura y sus otras
hermanas montaban cada una un hermoso caballo. La luz de la luna inundaba el
paisaje y se vieron en una planicie arenosa, desértica y deshabitada. Iskandar
hizo una señal con la mano para que se detuvieran y cuando dominaron a los
caballos habló: "Hermanas, necesitamos descansar esta noche, mañana
emprenderemos el regreso a casa".
Así, todas se arrebujaron en sus capas y se apretujaron
para hacer frente a la fría noche del desierto.
Iskandar amarró los caballos a un espino cercano y
permaneció durante toda la noche velando el sueño de sus hermanas.
Cuando llegó la mañana, el sol se levantó en el cielo.
Montaron en sus caballos y partieron sedientos y hambrientos en dirección al
lejano horizonte.
"Invocaré al genio", dijo Iskandar, "Y le
pediré alimento y agua".
Pero al buscar el anillo mágico su sangre se heló. Éste
no estaba en su dedo. Debía haberlo perdido entre la arena del desierto.
Al decírlas a sus hermanas lo que había sucedido, ellas
lloraron y se lamentaron: "Oh, hermano, hermano ¿qué será de nosotros?.
Estamos a salvo del mago, pero es terrible el destino que nos aguarda aquí en
el desierto si no conseguimos llegar a un oasis".
Iskandar intentó animarlas y continuaron adelante
sintiendo más y más calor a medida que el sol iba subiendo.
Llegaron a un pequeño monte y al subirlo descubrieron súbitamente
que al otro lado había una pequeña depresión en la que había tres árboles y
un pozo. Desmontaron de sus cabalgaduras y bebieron agradecidamente.
Entonces tres hombre vestidos con unos mantos de parches se
acercaron a Iskandar y éste les habló: "Paz y bendiciones recaigan sobre
vosotros. Mis siete hermanas y yo precisamos descansar pues hemos estado
viajando, hambrientos y sedientos, desde que nació el sol. ¿Tienen algo de
comida que podamos comprar ya que tenemos una larga jornada antes de que podamos
llegar a nuestro hogar?".
Los tres hombres que eran derviches, dijeron: "¡Que
sobre vosotros sea también la paz!. No les podemos vender comida, pues apenas
tenemos para nosotros mismos, pero la compartiremos. Sean bienvenidos, deben
estar realmente hambrientos si vienen viajando desde el amanecer".
Se sentaron entonces en círculo indicándole a Iskandar y
a las jóvenes que se unieran a ellos.
Uno a uno repartieron unos dátiles secos que eran los más
dulces que jamás Iskandar había comido.
"¿Qué especie de dátiles son estos", preguntó
al derviche sentado a su lado.
"Son dátiles del conocimiento", replicó el
anciano, "Aquel que los come, sabe más de lo que sabía antes de
comerlos".
Al comer su dátil, Iskandar repentinamente vio como su
caballo se apartaba del resto, mientras escarbaba con su pata.
"Por mi alma", dijo él, "Mi caballo tiene
algo en el casco", se levantó y lo examinó.
Para su sorpresa vio que lo que molestaba a su caballo era
el anillo de esmeralda mágico que estaba encajado en una hendidura del casco.
Se lo puso en el dedo y lo frotó tres veces. Cuando el genio apareció,
Iskandar exclamó: "Llévanos de vuelta al hogar maravilloso genio y déjanos
allí a salvo de la magia en el reino de mi padre".
Tan pronto terminó de hablar, el sol se oscureció y se oyó
un barullo como de ventarrón. De repente, Iskandar se encontró en el jardín
real, rodeado de rosas y de sus hermanas.
La Reina estaba apoyada en la baranda de su balcón y todos
corrieron hacia ella que, llorando de alegría, abrazó a cada uno de sus hijos.
"¡Oh, Iskandar, mi buen hijo!, trajiste a tus
hermanas de regreso sanas y salvas. Mi corazón está lleno de alegría",
exclamó.
"Debido a la magia del anillo maravilloso", dijo
Iskandar sacándolo de su dedo y devolviéndoselo a ella. "Si no hubiese
recibido ayuda del genio del anillo, yo nunca podría haber hecho lo que
hice".
En ese instante un pequeño papagayo verde apareció y se
posó en la mano de la Reina.
"En nombre de Salomón, hijo de David, sobre quien sea
la paz, yo reclamo el anillo que debe volver al propio rey Salomón", graznó
el papagayo y tomó el anillo con su pico.
Entonces voló, más la Reina estaba tan agradecida por
tener a sus hijos con ella nuevamente que no le importó y todos vivieron
felices hasta el fin de sus días.
Fin.