HOY
GALLETA DUERME EN CUCHA
EDITH
MABEL RUSSO
Galleta
llegó a sus vidas una tarde de verano.
Luciano y Micaela, estaban jugando en la plaza. Bueno, en realidad, no estaban
jugando, sino caminando bajo la sombra de los árboles porque hacía más calor
que no se qué.
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Luciano
tenía ocho años y su hermanita cuatro. La orden de la mamá había sido,
con el dedo índice de la mano derecha en alto: -¡Luciano, cuidá a tu
hermanita todo el tiempo! |
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-¡Lu! ¡Eso que está allá arriba! ¿Es una paloma o un helicóptero? Si no
hace ruido debe ser una paloma ¿no?
-¡Lu! ¡Ahí viene el heladero! ¡Quiero un helado! ¿Trajiste monedas?
-¡Lu! ¡Subime al trepador y quedate cerquita por si me caigo! ¿Si?
Pos eso, cuando lo llamó por décima vez, Luciano la escuchó sólo desde
lejos:
-¡Lu! ¡Mirá que lindo perrito!- insistió Micaela- ¡Dale! ¡Vení! ¡Mirá
como mueve la cola! ¿Lo puedo tocar? ¿Eh? ¿Lo puedo acariciar?
Y Luciano, interrumpiendo la apasionante tarea de atarse los cordones de las
zapatillas por décima quinta vez, decidió ir a ver qué pasaba.
Cuando llegó junto a su hermana, lo vio. Pequeño y movedizo. Peludo, marrón y
con los ojos negros como carbones. Era el perrito más lindo que había visto.
Movía la cola sin parar, mientras daba vueltas alrededor de una galleta tirada,
mordisqueándola con placer.
Luciano se agachó y dándose golpecitos en su pierna con la mano, dijo:
-Vení Galleta, vení conmigo...
Y Galleta fue. Ya había terminado de mordisquear el último trozo, por eso
siguió con el borde del pantalón de Luciano y después con los cordones de las
zapatillas (y bueno, habrá que atarlas por décima sexta vez...)
-Está solito...- murmuró Micaela- ¿Vamos a llevarlo a casa?
-Y... no se... capaz que mamá no quiere...- le contestó Luciano.
-Dale...le decimos que no ladre y listo.
-Claro, porque decirle a un perrito que no ladre es refácil ¿no?
-¿Y qué? Cuando vos me pedís que me calle, que no hable... ¿Yo no te hago
caso? ¿Eh? Dale... tiene cara de obediente, miralo...
Galleta, como entendiendo la conversación, movió la cola, bajó las orejas y
endulzó su mirada empalagosamente.
Luciano lo levantó, lo apoyó contra su pecho y tomando a su hermanita de la
mano, emprendió el regreso. Mientras se acercaba a su casa, no sabía quien se
movía más, si el perrito o la nena.
Cuando la mamá los vio llegar, exclamó con cara de mamá al borde de un ataque
de nervios: -¡Luciano! ¡¿Y eso qué es?!
Micaela pensó: -Qué raro... una señora tan grande que no haya visto nunca un
perro. Y cuando se disponía a explicarle de qué se trataba, la mamá prosiguió
con la siguiente pregunta:
-¿Un perro? ¿Y cachorro para colmo? ¡Cualquier día de estos te vas a
encontrar un león y lo vas a traer ¿no?
Micaela trató de recordar todo lo que había visto en la plaza hasta el
momento: hormigas, palomas, mariposas, este perro y hasta un gato, pero un león...
¡Ah! ¡Estas madres de ahora!- pensó.
-Pero mami...- suplicó Luciano- está solo, no sabe ni cruzar la calle,
nosotros nos vamos a ocupar de cuidarlo todo el tiempo ¡Te lo prometemos! Vas a
ver cuando venga papi ¡Va a estar recontento! Además, una vez vi en la
biblioteca de la escuela, un libro que leen todos los padres y se titula:
"La importancia de una mascota en la vida feliz de un niño".
-¡Y de una triste niña! - interrumpió Micaela.
La mamá estaba ahora, al borde de un ataque de risa, entonces, ante las miradas
suplicantes de los chicos, aclaró: - Bueno, está bien, vamos a dejarlo en casa
y esperemos que no ladre mucho...
-¡Gracias ma! ¡Sos una genia!- dijo Luciano abrazándola.
-¡Guau Guau Guau!- agregó Galleta.
No te preocupes mami, eso que escuchaste, no lo hace casi nunca... ¡Ya le enseñamos
a ladrar con la boca cerrada- aclaró Micaela seriamente.
La tarea
era ahora, improvisar una cucha, para que desde la primera noche, Galleta
durmiera tranquilo, en su lugar. Luciano, con el perrito a upa y con su
hermanita corriendo detrás, fue hasta la verdulería a pedir cajones de
manzanas.
Tuvieron que hacer varios viajes, pero al cabo de un rato, los cajones estaban
apilados en el cuarto de las herramientas. Galleta daba vueltas alrededor de la
pila haciéndola tambalear con los golpes de su colita. La que la derribó
definitivamente fue Micaela, cuando trató de atraparlo para que no molestara.
Uno de los cajones cayó sobre la latita repleta de clavos, desparramándolos
por el suelo.
-Bueno, bueno, bueno... - dijo Luciano, armándose de paciencia- ¿qué les
parece si yo trabajo y ustedes me miran? ¿eh?
-¡Dale! ¡Nosotros te miramos!- agregó Micaela abrazando a Galleta- ¿Y a qué
hora la vas a terminar?
-Y no sé, si todavía no la pude empezar, gracias al lío que ustedes
armaron...
-Pero... y se llega la noche y no la terminaste... ¿qué va a pasar? ¿qué
vamos a hacer?
-Y... a lo mejor vienen los duendes del cuento que te contó mamá ¿te acordás?
y la terminan.
-¡Ah! Los duendes que terminaron de arreglar los zapatos mientras el pobre
zapatero dormía... ¡Buenísimo! Pero... esas son cosas de cuentos ¿no Lu?
Luciano, con una sonrisa dibujada en la cara, siguió desarmando cajones y
tratando de unir las maderas con mucho cuidado. El papá regresaría recién a
la noche y se llevaría una gran sorpresa al ver que su hijo, solito, había
armado una cucha.
Pasaron
varias horas. Luciano martillaba y martillaba. Micaela hablaba y hablaba. El
caso es que el sueño los venció y, cuando regresó el papá, los encontró
dormidos en el suelo.
A Galleta lo descubrió jugando, un rato con los cordones de las zapatillas de
Luciano y otro rato, con las trenzas de Micaela.
Entonces fue él, quien quizo darles una sorpresa a sus hijos. Primero llevó a
cada uno a su cama, y luego, con Galleta saltando a su alrededor , terminó la
cucha.
Cuando
los primeros rayos del sol entraron por la ventana de la habitación, Luciano y
Micaela, sin detenerse a pensar cómo habían llegado ahí, saltaron de sus
camas y corrieron dispuestos a terminar su trabajo.
Pero cuando llegaron al cuarto de las herramientas, abrieron los ojos así de
grandes, al ver a Galleta durmiendo cómodamente en la cucha totalmente
terminada.
-¿Vos... vos... ve... ves lo que yo estoy viendo?- tartamudeó Luciano.
-¡Vinieron los duendes del cuento, Lu!¡Vinieron los duendes!- exclamó
Micaela.
Cuando el papá se levantó, los encontró sentados frente a la cucha, todavía
con los ojos así de grandes y la boca así de enorme.
Esperaba que los chicos le dijeran: -¡Gracias papi! Pero en cambio le dijeron:
- ¿Viste papi? ¡Encontramos un perro! ¿Se puede quedar? ¿Eh? ¿Se puede
quedar?