HISTORIA DE LA NIÑA QUE QUERÍA TENER SU PROPIO MAR

 

 

 "Primero estaba el mar..." Mitología Kogui  A Jorge Raúl Garzón Tello.

 

 

 Triste, acongojada, la niña le había dicho varias veces a su padre que quería tener su propio mar.

 – Te llevaré de nuevo un día de estos a la playa –le decía su padre, tratando de consolarla.

 – ¡No! –replicaba ella furiosa–: ¡Yo quiero que me traigas el mar hasta aquí! ¡Quiero tener un lindo mar para mí sola, en el jardín de la casa!

El hombre no sabía qué hacer. Por mucho que pensaba y pensaba, no encontraba la manera de explicarle a su hija que el mar no tiene dueños, y menos la idea de traerle uno para ella sola. "Se regala una flor, un mango de corazón, un banano o una sarta de huevos de iguana... pero, ¿un mar? ¡Eso es imposible!", pensaba.

Una tarde, un azulejo lo vio cabizbajo, sentado sobre un tronco. A cada momento se llevaba las manos a la cabeza y dejaba escapar una que otra queja en voz alta.

Lloraba.

Curioso, el azulejo se le acercó.

– ¿Por qué tan triste? –le preguntó, posándose en las ramas más bajas de un arbusto cercano.

– Mi hijita Irene quiere un mar para ella sola –contestó el hombre, desconcertado.

– ¿Es eso todo? –inquirió el azulejo.

– Todo... –musitó el hombre metiendo la cabeza entre las manos–. ¡Pero yo no sé cómo traerle un mar hasta aquí!

– ¡Espérame un momento! –le ordenó el azulejo–: ¡Trataré de conseguir a alguien que quiera traerle un mar a tu hija!

Y se fue.

Al rato, el hombre oyó un intenso aleteo, miró hacia el cielo y vio al azulejo y a tres gaviotas bajar hasta el arbusto.

– Te traemos el mar que deseas para tu hija –dijo una de las gaviotas–: Azulejo nos contó de tu pena y del deseo de ella de tener su propio mar, y hemos decidido complacerla –agregó.

– ¿Mar? –exclamó el hombre, decepcionado–: ¡Pero si eso no es un mar! ¡Es un simple caracol...!

– Escucha... –le profirió una gaviota blanca de copete negro que había permanecido silenciosa–: ¡Aquí está el mar! ¿Lo oyes? Y le extendió el caracol.

Incrédulo, el hombre tomó el caracol y lo acercó a su oído.

– Sí, lo oigo –respondió–. Pero mi hija no lo quiere allí, dentro de un caracol. Lo quiere en su jardín, para bañarse en sus aguas para corretear en sus arenas blancas.

– ¡Tu hija es muy exigente! –chilló la gaviota más joven–: ¿Sí lo merecerá?

Y voló hacia un cámbulo florecido. Las otras gaviotas y el azulejo la siguieron.

Un buen rato duraron cavilando.

– ¡Es una niña muy exigente! –insistió la gaviota más joven.

– Todos los niños lo son –aclaró la del copete negro–: Pensemos en una solución...

– ¡Ya...! ¡Ya...! ¡La tengo...! –graznó la más veterana de las gaviotas–: Su hija...

– ¡Irene...! –exclamó el azulejo, frotándose las alas.

–... su hija Irene tendrá su propio mar, porque así lo ha deseado.

Y volvieron donde el hombre.

– Tu hija tendrá un mar –dijo la más veterana de las gaviotas–. Pero habrá una condición.

– ¿Cuál? –preguntó el hombre.

– Tendrá que, con los días, empezarlo a compartir con todas las aves del contorno.

– ¡Lo hará! –aseguró el hombre, radiante–. Y no sólo con las aves, sino también con los insectos y las plantas. ¡Y con sus vecinos!

– Bien –dijo la más veterana de las gaviotas–: Toma el caracol que te hemos dado, llévalo a tu casa, y siémbralo en el jardín.

– ¿Sembrarlo en el jardín? –objetó el hombre, confundido.

– ¡Claro! –insistió la gaviota– ¿Acaso no hay que sembrar para recoger?

Y levantó el vuelo, las otras dos y el azulejo levantaron también el vuelo, siguiéndola de cerca.

Desconcertado, el hombre se llevó el caracol para su casa. Pero una vez allá, comenzó a dudar. No sabía si colocarlo de adorno en su mesita de noche, si usarlo para que las puertas no se cerraran de golpe, o sembrarlo en el jardín, conforme se lo había aconsejado la gaviota. "¿Sembrarlo en el jardín?", pensaba: "Nunca había escuchado tanta necedad...".

– ¡Yo quiero un mar! ¡Yo quiero un mar! –gritaba su hija, inconsolable.

– Lo sembraré en el jardín –decidió el hombre–: Al fin y al cabo, nada se pierde con probar.

Y lo sembró en todo el centro del jardín, marcando el sitio de siembra con una estaca.

Pasaban los días, y la tristeza de Irene aumentaba. A pesar de sus exigencias, su padre guardaba silencio. A veces se le veía intranquilo, sobre todo cuando por las tardes se dirigía al jardín.

Una noche, un ruido extraño despertó al hombre. Rápidamente se dirigió al jardín. El ruido lo ocasionaba un topo que, escarbando, había dado con el caracol, y se disponía a hacerlo trizas.

–¡Ea! ¡Deja eso ahí! ¡Es mío! –le gritó el hombre, visiblemente alterado.

Asustado, el topo se alejó por entre los matorrales, dejando el caracol al lado de un rosal, de donde el hombre lo rescató para volverlo a sembrar.

– Esta vez lo sembraré bien hondo –dijo el hombre.

Y lo sembró.

Otro día, fueron las hormigas. Presurosas, llevaban el caracol en andas, buscando la manera de meterlo en uno de los tantos agujeros que tenían en el jardín.

– ¡Váyanse a otro lado! –les ordenó el hombre arrebatándoles el caracol–: ¡Conténtense con las hojitas y los tallos tiernos!

Desde entonces, decidió montar vigilancia en el jardín, sobre todo en las noches, que era cuando más peligro corría el caracol de desaparecer.

Pero nada sucedía en el jardín. Salvo el desplazarse sigiloso de una ardilla, el vuelo de una torcaza, el canto de las cigarras al atardecer o el ruido imperceptible de una flor abriéndose a la vida, nada extraordinario sucedía en el jardín. Aquélla siempre parecía condenada al fracaso.

Una mañana, cuando ya Irene había perdido las esperanzas de tener su propio mar, un aleteo intenso la despertó bien temprano. La niña saltó de la cama, se frotó los ojos y se encontró con que tres bellas gaviotas –una de ellas con un copete negro– se habían posado suavemente en el alféizar de su ventana. Una brisa ligera movía las cortinas y llenaba la estancia de un olor a trópico.

– ¡Levántate, Irene! –le ordenaron las gaviotas en coro–: ¡El mar que deseabas ya está aquí!

– ¿El mar...? –preguntó la niña intrigada.

– ¡Sí! ¡El mar! –respondieron en coro las gaviotas–: ¿Acaso no lo pedías? ¿No querías tener un mar para ti sola, en el jardín de su casa?

Irene no pudo responder. Emocionada, se dirigió al jardín: ¡Todo su jardín se había convertido en un inmenso oleaje azul, con palmeras y arenas blancas, alcatraces, cangrejos y corales, y, a lo lejos, la vela blanca de un barquillo se recortaba contra el cielo!

¡Allí estaba el mar, su mar!

Presurosa, la niña corrió a la habitación de su padre, que dormía profundamente en su catre, después de otra noche de vela en el jardín.

– ¡Padre! ¡Padre! –llamó–: ¡El mar! ¡El mar! ¡Por fin tengo un mar para mí sola, en el jardín de la casa!

Y con una alegría que le salía por todo el cuerpo, agradeció a su atónito padre el que le hubiese permitido tener su propio mar, allí mismo, en el jardín de su casa.

– ¡Tendrás que compartirlo con las aves del contorno, los insectos, las plantas y tus vecinos! –alcanzó a decirle el hombre.

Irene ya no oía. Descalza, con el cabello suelto, corría por la tibia arena detrás de un cangrejo ermitaño que presuroso, volvía a su guardia en el brote rojizo de un hermoso coral.

Santiago de Cali, febrero de 1988.

Leopoldo Bederdella de la Espriella – Colombia