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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y
la cámara secreta
Tras
derrotar una vez más a lord Voldemort, su siniestro enemigo en Harry Potter
y la piedra filosofal, Harry espera impaciente en casa de sus insoportables
tíos el inicio del segundo curso del Colegio Hogwarts de Magia y hechicería.
Sin embargo, la espera dura poco, pues un elfo aparece en su habitación y le
advierte que una amenaza mortal se cierne sobre la escuela. Así pues, Harry no
se lo piensa dos veces y, acompañado de Ron, su mejor amigo, se dirige a
Hogwarts en un coche volador. Pero ¿puede un aprendiz de mago defender la
escuela de los malvados que pretenden destruirla? Sin saber que alguien ha
abierto la Cámara de los Secretos, dejando escapar una serie de monstruos
peligrosos, harry y sus amigos Ron y Hermione tendrán que enfrentarse con
arañas gigantes, serpientes encantadas, fantasmas enfurecidos y, sobre todo,
con la mismísima reencarnación de su más temible adversario.
Título
original: Harry Potter and the Chamber of Secrets
Traducción: Adolfo Muñoz
García y Nieves Martín Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1998
Copyright
© Emecé Editores, 1999
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008
Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-495-5
Depósito legal:
B-33.840-2000
1ª edición, octubre de 1999
10ª edición, julio de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Liberdúplex, S.L.
Constitución, 19
08014 Barcelona
Para Séan P.F. Harris,
Gúia en la escapada y amigo
en los malos tiempos.
18
Hubo
un momento de silencio cuando Harry, Ron, Ginny y Lockhart aparecieron en la
puerta, llenos de barro, suciedad y, en el caso de Harry, sangre. Luego
alguien gritó:
—¡Ginny!
Era la señora Weasley, que estaba llorando delante
de la chimenea. Se puso en pie de un salto, seguida por su marido, y se
abalanzaron sobre su hija.
Harry, sin embargo, miraba detrás de ellos. El
profesor Dumbledore estaba ante la repisa de la chimenea, sonriendo, junto a la
profesora McGonagall, que respiraba con dificultad y se llevaba una mano al pecho.
Fawkes pasó zumbando cerca de Harry para posarse en el hombro de
Dumbledore. Sin apenas darse cuenta, Harry y Ron se encontraron atrapados en
el abrazo de la señora Weasley
—¡La habéis salvado! ¡La habéis salvado! ¿Cómo lo hicisteis?
—Creo que a todos nos encantaría enterarnos —dijo
con un hilo de voz la profesora McGonagall.
La señora Weasley soltó a Harry, que dudó un
instante, luego se acercó a la mesa y depositó encima el Sombrero Seleccionador,
la espada con rubíes incrustados y lo que quedaba del diario de Ryddle.
Harry empezó a contarlo todo. Habló durante casi un
cuarto de hora, mientras los demás lo escuchaban absortos y en silencio. Contó
lo de la voz que no salía de ningún sitio; que Hermione había comprendido que
lo que él oía era un basilisco que se movía por las tuberías; que él y Ron
siguieron a las arañas por el bosque; que Aragog les había dicho dónde había
matado a su víctima el basilisco; que había adivinado que Myrtle la Llorona había sido la víctima, y que la entrada a la Cámara de los Secretos podía
encontrarse en los aseos...
—Muy bien —señaló la profesora McGonagall, cuando
Harry hizo una pausa—, así que averiguasteis dónde estaba la entrada,
quebrantando un centenar de normas, añadiría yo. Pero ¿cómo demonios
conseguisteis salir con vida, Potter?
Así que Harry, con la voz ronca de tanto hablar, les
relató la oportuna llegada de Fawkes y del Sombrero Seleccionador, que
le proporcionó la espada. Pero luego titubeó. Había evitado hablar sobre la
relación entre el diario de Ryddle y Ginny. Ella apoyaba la cabeza en el hombro
de su madre, y seguía derramando silenciosas lágrimas por las mejillas. ¿Y si
la expulsaban?, pensó Harry aterrorizado. El diario de Ryddle no serviría ya
como prueba, pues había quedado inservible... ¿cómo podrían demostrar que era
el causante de todo?
Instintivamente, Harry miró a Dumbledore, y éste esbozó
una leve sonrisa. La hoguera de la chimenea hacía brillar sus lentes de media
luna.
—Lo que más me intriga —dijo Dumbledore amablemente—,
es cómo se las arregló lord Voldemort para embrujar a Ginny, cuando mis
fuentes me indican que actualmente se halla oculto en los bosques de Albania.
Harry se sintió maravillosamente aliviado.
—¿Qué... qué? —preguntó el señor Weasley con voz atónita—.
¿Sabe qui-quién? ¿Ginny embrujada? Pero Ginny no ha... Ginny no ha sido...
¿verdad?
—Fue el diario —dijo inmediatamente Harry,
cogiéndolo y enseñándoselo a Dumbledore—. Ryddle lo escribió cuando tenía
dieciséis años.
Dumbledore cogió el diario que sostenía Harry y examinó
minuciosamente sus páginas quemadas y mojadas.
—Soberbio —dijo con suavidad—. Por supuesto, él ha
sido probablemente el alumno más inteligente que ha tenido nunca Hogwarts. —Se
volvió hacia los Weasley, que lo miraban perplejos—. Muy pocos saben que lord
Voldemort se llamó antes Tom Ryddle. Yo mismo le di clase, hace cincuenta
años, en Hogwarts. Desapareció tras abandonar el colegio... Recorrió el
mundo..., profundizó en las Artes Oscuras, tuvo trato con los peores de entre
los nuestros, acometió peligros, transformaciones mágicas, hasta tal punto que
cuando resurgió como lord Voldemort resultaba irreconocible. Prácticamente
nadie relacionó a lord Voldemort con el muchacho inteligente y encantador que
recibió aquí el Premio Anual.
—Pero Ginny —dijo la señora Weasley—. ¿Qué tiene que
ver nuestra Ginny con él?
—¡Su... su diario! —dijo Ginny entre sollozos—. He
estado escribiendo en él, y me ha estado contestando durante todo el curso...
—¡Ginny! —exclamó su padre, atónito—. ¿No te he enseñado
una cosa? ¿Qué te he dicho siempre? No confíes en cosas que tengan la capacidad
de pensar pero de las cuales no sepas dónde tienen el cerebro. ¿Por qué no me
enseñaste el diario a mí o a tu madre? Un objeto tan sospechoso como ése,
¡tenía que ser cosa de magia negra!
—No..., no lo sabía —sollozó Ginny—. Lo encontré dentro
de uno de los libros que me había comprado mamá. Pensé que alguien lo había
dejado allí y se le había olvidado...
—La señorita Weasley debería ir directamente a la enfermería
—terció Dumbledore con voz firme—. Para ella ha sido una experiencia terrible.
No habrá castigo. Lord Voldemort ha engañado a magos más viejos y más sabios.
—Fue a abrir la puerta—. Reposo en cama y tal vez un tazón de chocolate
caliente. A mí siempre me anima —añadió, guiñándole un ojo bondadosamente—. La
señora Pomfrey estará todavía despierta. Debe de estar dando zumo de mandrágora
a las víctimas del basilisco. Seguramente despertarán de un momento a otro.
—¡Así que Hermione está bien! —dijo Ron con alegría.
—No les han causado un daño irreversible —dijo Dumbledore.
La señora Weasley salió con Ginny, y el padre iba detrás,
todavía muy impresionado.
—¿Sabes, Minerva? —dijo pensativamente el profesor
Dumbledore a la profesora McGonagall—, creo que esto se merece un buen
banquete. ¿Te puedo pedir que vayas a avisar a los de la cocina?
—Bien —dijo resueltamente la profesora McGonagall,
encaminándose también hacia la puerta—, te dejaré para que ajustes cuentas con
Potter y Weasley.
—Eso es —dijo Dumbledore.
Salió, y Harry y Ron miraron a Dumbledore
dubitativos. ¿Qué había querido decir exactamente la profesora McGonagall con
aquello de «ajustar cuentas»? ¿Acaso los iban a castigar?
—Creo recordar que os dije que tendría que
expulsaros si volvíais a quebrantar alguna norma del colegio —dijo Dumbledore.
Ron abrió la boca horrorizado.
—Lo cual demuestra que todos tenemos que tragarnos
nuestras palabras alguna vez —prosiguió Dumbledore, sonriendo—. Recibiréis
ambos el Premio por Servicios Especiales al Colegio y... veamos..., sí, creo
que doscientos puntos para Gryffindor por cada uno.
Ron se puso tan sonrosado como las flores de San
Valentín de Lockhart, y volvió a cerrar la boca.
—Pero hay alguien que parece que no dice nada sobre
su participación en la peligrosa aventura —añadió Dumbledore—. ¿Por qué esa
modestia, Gilderoy?
Harry dio un respingo. Se había olvidado por
completo de Lockhart. Se volvió y vio que estaba en un rincón del despacho,
con una vaga sonrisa en el rostro. Cuando Dumbledore se dirigió a él, Lockhart
miró con indiferencia para ver quién le hablaba.
—Profesor Dumbledore —dijo Ron enseguida—, hubo un
accidente en la Cámara de los Secretos. El profesor Lockhart..
—¿Soy profesor? —preguntó sorprendido—. ¡Dios mío!
Supongo que seré un inútil, ¿no?
—... intentó hacer un embrujo desmemorizante y el
tiro le salió por la culata
—explicó Ron a Dumbledore tranquilamente.
—Hay que ver —dijo Dumbledore, moviendo la cabeza de
forma que le temblaba el largo bigote plateado—, ¡herido con su propia espada, Gilderoy!
—¿Espada? —dijo Lockhart con voz tenue—. No, no tengo
espada. Pero este chico sí tiene una. —señaló a Harry—. Él se la podrá prestar.
—¿Te importaría llevar también al profesor Lockhart
a la enfermería? —dijo Dumbledore a Ron—. Quisiera tener unas palabras con
Harry.
Lockhart salió. Ron miró con curiosidad a Harry y
Dumbledore mientras cerraba la puerta.
Dumbledore fue hacia una de las sillas que había
junto al fuego.
—Siéntate, Harry —dijo, y Harry tomó asiento, incomprensiblemente
azorado—. Antes que nada, Harry, quiero darte las gracias —dijo Dumbledore,
parpadeando de nuevo—. Debes de haber demostrado verdadera lealtad hacia mí en
la cámara. Sólo eso puede hacer que acuda Fawkes.
Acarició al fénix, que agitaba las alas posado sobre
una de sus rodillas. Harry sonrió con embarazo cuando Dumbledore lo miró
directamente a los ojos.
—Así que has conocido a Tom Ryddle —dijo Dumbledore
pensativo—. Imagino que tendría mucho interés en verte.
De pronto, Harry mencionó algo que le reconcomía:
—Profesor Dumbledore... Ryddle dijo que yo soy como
él. Una extraña afinidad, dijo...
—¿De verdad? —preguntó Dumbledore, mirando a un
Harry pensativo, por debajo de sus espesas cejas plateadas—. ¿Y a ti qué te
parece, Harry?
—¡Me parece que no soy como él! —contestó Harry, más
alto de lo que pretendía—. Quiero decir que yo..., yo soy de Gryffindor, yo
soy...
Pero calló. Resurgía una duda que le acechaba.
—Profesor —añadió después de un instante—, el Sombrero
Seleccionador me dijo que yo... haría un buen papel en Slytherin. Todos
creyeron un tiempo que yo era el heredero de Slytherin, porque sé hablar pársel...
—Tú sabes hablar
pársel, Harry —dijo
tranquilamente Dumbledore—, porque lord Voldemort, que es el último
descendiente de Salazar Slytherin, habla pársel. Si no estoy muy
equivocado, él te transfirió algunos de sus poderes la noche en que te hizo esa
cicatriz. No era su intención, seguro...
—¿Voldemort puso algo de él en mí? —preguntó Harry,
atónito.
—Eso parece.
—Así que yo debería estar en Slytherin —dijo Harry,
mirando con desesperación a Dumbledore—. El Sombrero Seleccionador distinguió
en mí poderes de Slytherin y...
—Te puso en Gryffindor —dijo Dumbledore reposadamente—.
Escúchame, Harry. Resulta que tú tienes muchas de las cualidades que Slytherin
apreciaba en sus alumnos, que eran cuidadosamente escogidos: su propio y
rarísimo don, la lengua pársel..., inventiva..., determinación..., un
cierto desdén por las normas —añadió, mientras le volvía a temblar el bigote—.
Pero aun así, el sombrero te colocó en Gryffindor. Y tú sabes por qué. Piensa.
—Me colocó en Gryffindor —dijo Harry con voz de derrota—
solamente porque yo le pedí no ir a Slytherin...
—Exacto —dijo Dumbledore, volviendo a sonreír—. Eso
es lo que te diferencia de Tom Ryddle. Son nuestras elecciones, Harry, las que
muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades. —Harry estaba en su
silla, atónito e inmóvil—. Si quieres una prueba de que perteneces a
Gryffindor, te sugiero que mires esto con más detenimiento.
Dumbledore se acercó al escritorio de la profesora
McGonagall, cogió la espada ensangrentada y se la pasó a Harry. Sin mucho
ánimo, Harry le dio la vuelta y vio brillar los rubíes a la luz del fuego. Y
luego vio el nombre grabado debajo de la empuñadura: Godric Gryffindor:
—Sólo un verdadero miembro de Gryffindor podría haber
sacado esto del sombrero, Harry —dijo simplemente Dumbledore.
Durante un minuto, ninguno de los dos dijo nada. Luego
Dumbledore abrió uno de los cajones del escritorio de la profesora McGonagall y
sacó de él una pluma y un tintero.
—Lo que necesitas, Harry, es comer algo y dormir. Te
sugiero que bajes al banquete, mientras escribo a Azkaban: necesitamos que
vuelva nuestro guarda. Y tengo que redactar un anuncio para El Profeta,
además —añadió pensativo—. Necesitamos un nuevo profesor de Defensa Contra las
Artes Oscuras. Vaya, parece que no nos duran nada, ¿verdad?
Harry se levantó y se dispuso a salir. Pero apenas
tocó el pomo de la puerta, ésta se abrió tan bruscamente que pego contra la
pared y rebotó.
Lucius Malfoy estaba allí, con el semblante furioso;
y también Dobby, encogido de miedo y cubierto de vendas.
—Buenas noches, Lucius —dijo Dumbledore amablemente.
El señor Malfoy casi derriba a Harry al entrar en el
despacho. Dobby lo seguía detrás, pegado a su capa, con una expresión de
terror.
—¡Vaya! —dijo Lucius Malfoy, fijos en Dumbledore sus
fríos ojos—. Ha vuelto. El consejo escolar lo ha suspendido de sus funciones,
pero aun así, usted ha considerado conveniente volver.
—Bueno, Lucius, verá —dijo Dumbledore, sonriendo serenamente—,
he recibido una petición de los otros once representantes. Aquello parecía un
criadero de lechuzas, para serle sincero. Cuando recibieron la noticia de que
la hija de Arthur Weasley había sido asesinada, me pidieron que volviera
inmediatamente. Pensaron que, a pesar de todo, yo era el hombre más adecuado
para el cargo. Además, me contaron cosas muy curiosas. Algunos incluso decían
que usted les había amenazado con echar una maldición sobre sus familias si no
accedían a destituirme.
El señor Malfoy se puso aún más pálido de lo
habitual, pero seguía con los ojos cargados de furia.
—¿Así que... ha puesto fin a los ataques? —dijo con
aire despectivo—. ¿Ha encontrado al culpable?
—Lo hemos encontrado —contestó Dumbledore, con una
sonrisa.
—¿Y bien? —preguntó bruscamente Malfoy—. ¿Quién es?
—El mismo que la última vez, Lucius —dijo Dumbledore—.
Pero esta vez lord Voldemort actuaba a través de otra persona, por medio de
este diario.
Levantó el cuaderno negro agujereado en el centro, y
miró a Malfoy atentamente. Harry, por el contrario, no apartaba los ojos de
Dobby.
El elfo hacia cosas muy raras. Miraba fijamente a
Harry, señalando el diario, y luego al señor Malfoy. A continuación se daba
puñetazos en la cabeza.
—Ya veo... —dijo despacio Malfoy a Dumbledore.
—Un plan inteligente —dijo Dumbledore con voz desapasionada,
sin dejar de mirar a Malfoy directamente a los ojos—. Porque si Harry, aquí
presente —el señor Malfoy dirigió a Harry una incisiva mirada de soslayo—, y su
amigo Ron no hubieran descubierto este cuaderno..., Ginny Weasley habría
aparecido como culpable. Nadie habría podido demostrar que ella no había
actuado libremente...
El señor Malfoy no dijo nada. Su cara se había
vuelto de repente como de piedra.
—E imagine —prosiguió Dumbledore— lo que podría
haber ocurrido entonces... Los Weasley son una de las familias de sangre
limpia más distinguidas. Imagine el efecto que habría tenido sobre Arthur
Weasley y su Ley de defensa de los muggles, si se descubriera que su
propia hija había atacado y asesinado a personas de origen muggle.
Afortunadamente apareció el diario, con los recuerdos de Ryddle borrados de
él. Quién sabe lo que podría haber pasado si no hubiera sido así.
El señor Malfoy hizo un esfuerzo por hablar.
—Ha sido una suerte —dijo fríamente.
Pero Dobby seguía, a su espalda, señalando primero
al diario, después a Lucius Malfoy, y luego pegándose en la cabeza.
Y Harry comprendió de pronto. Hizo un gesto a Dobby
con la cabeza, y éste se retiró a un rincón, retorciéndose las orejas para
castigarse.
—¿Sabe cómo llegó ese diario a Ginny, señor Malfoy?
—le preguntó Harry.
Lucius Malfoy se volvió hacia él.
—¿Por qué iba a saber yo de dónde lo cogió esa
tonta? —preguntó.
—Porque usted se lo dio —respondió Harry—. En Flourish
y Blotts. Usted le cogió su libro de transformación y metió el diario dentro,
¿a que sí?
Vio que el señor Malfoy abría y cerraba las manos.
—Demuéstralo —dijo, furioso.
—Nadie puede demostrarlo —dijo Dumbledore, y sonrió
a Harry—, puesto que ha desaparecido del libro todo rastro de Ryddle. Por otro
lado, le aconsejo, Lucius, que deje de repartir viejos recuerdos escolares de
lord Voldemort. Si algún otro cayera en manos inocentes, Arthur Weasley se asegurará
de que le sea devuelto a usted...
Lucius Malfoy se quedó un momento quieto, y Harry
vio claramente que su mano derecha se agitaba como si quisiera empuñar la
varita. Pero en vez de hacerlo, se volvió a su elfo doméstico.
—¡Nos vamos, Dobby!
Tiró de la puerta, y cuando el elfo se acercó
corriendo, le dio una patada que lo envió fuera. Oyeron a Dobby gritar de dolor
por todo el pasillo. Harry reflexionó un momento, y entonces tuvo una idea.
—Profesor Dumbledore —dijo deprisa—, ¿me permite que
le devuelva el diario al señor Malfoy?
—Claro, Harry —dijo Dumbledore con calma—. Pero date
prisa. Recuerda el banquete.
Harry cogió el diario y salió del despacho
corriendo. Aún se oían alejándose los gritos de dolor de Dobby, que ya había
doblado la esquina del corredor. Rápidamente, preguntándose si sería posible
que su plan tuviera éxito, Harry se quitó un zapato, se sacó el calcetín sucio
y embarrado, y metió el diario dentro. Luego se puso a correr por el oscuro
corredor.
Los alcanzó al pie de las escaleras.
—Señor Malfoy —dijo jadeando y patinando al detenerse—,
tengo algo para usted.
Y le puso a Lucius Malfoy en la mano el calcetín
maloliente.
—¿Qué diablos...?
El señor Malfoy extrajo el diario del calcetín, tiró
éste al suelo y luego pasó la vista, furioso, del diario a Harry.
—Harry Potter, vas a terminar como tus padres uno de
estos días —dijo bajando la voz—. También ellos eran unos idiotas entrometidos.
—Y se volvió para irse—. Ven, Dobby. ¡He dicho que vengas!
Pero Dobby no se movió. Sostenía el calcetín sucio y
embarrado de Harry, contemplándolo como si fuera un tesoro de valor
incalculable.
—Mi amo le ha dado a Dobby un calcetín —dijo el elfo
asombrado—. Mi amo se lo ha dado a Dobby.
—¿Qué? —escupió el señor Malfoy—. ¿Qué has dicho?
—Dobby tiene un calcetín —dijo Dobby aún sin poder
creérselo—. Mi amo lo tiró, y Dobby lo cogió, y ahora Dobby... Dobby es libre.
Lucius Malfoy se quedó de piedra, mirando al elfo.
Luego embistió a Harry.
—¡Por tu culpa he perdido a mi criado, mocoso!
Pero Dobby gritó:
—¡Usted no hará daño a Harry Potter!
Se oyó un fuerte golpe, y el señor Malfoy cayó de
espaldas. Bajó las escaleras de tres en tres y aterrizó hecho una masa de
arrugas. Se levantó, lívido, y sacó la varita, pero Dobby le levantó un dedo
amenazador.
—Usted se va a ir ahora —dijo con fiereza, señalando
al señor Malfoy—. Usted no tocará a Harry Potter. Váyase ahora mismo.
Lucius Malfoy no tuvo elección. Dirigiéndoles una
última mirada de odio, se cubrió por completo con la capa y salió
apresuradamente.
—¡Harry Potter ha liberado a Dobby! —chilló el elfo,
mirando a Harry. La luz de la luna se reflejaba, a través de una ventana
cercana, en sus ojos esféricos—. ¡Harry Potter ha liberado a Dobby!
—Es lo menos que podía hacer, Dobby —dijo Harry, sonriendo—.
Pero prométame que no volverá a intentar salvarme la vida.
Una sonrisa amplia, con todos los dientes a la
vista, cruzó la fea cara cetrina del elfo.
—Sólo tengo una pregunta, Dobby —dijo Harry, mientras
Dobby se ponía el calcetín de Harry con manos temblorosas—. Usted me dijo que
esto no tenía nada que ver con El-que-no-debe-ser-nombrado, ¿recuerda? Bueno...
—Era una pista, señor —dijo Dobby, con los ojos muy
abiertos, como si resultara obvio—. Dobby le daba una pista. Antes de que
cambiara de nombre, el Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se
da cuenta?
—Bien —dijo Harry con voz débil—. Será mejor que me
vaya. Hay un banquete, y mi amiga Hermione ya estará recobrada...
Dobby le echó los brazos a Harry en la cintura y lo
abrazó con fuerza.
—¡Harry Potter es mucho más grande de lo que Dobby
suponía! —sollozó—. ¡Adiós, Harry Potter!
Y dando un sonoro chasquido, Dobby desapareció.
Harry
había estado presente en varios banquetes de Hogwarts, pero en ninguno como
aquél. Todos iban en pijama, y la celebración duró toda la noche. Harry no
sabía si lo mejor había sido cuando Hermione corrió hacia él gritando: «¡Lo has
conseguido! ¡Lo has conseguido!»; o cuando Justin se levantó de la mesa de
Hufflepuff y se le acercó veloz para estrecharle la mano y disculparse
infinitamente por haber sospechado de él; o cuando Hagrid llegó, a las tres y
media, y dio a Harry y a Ron unas palmadas tan fuertes en los hombros que los
tiró contra el postre; o cuando dieron a Gryffindor los cuatrocientos puntos
ganados por él y Ron, con lo que se aseguraron la copa de las casas por segundo
año consecutivo; o cuando la profesora McGonagall se levantó para anunciar que
el colegio, como obsequio a los alumnos, había decidido prescindir de los
exámenes («¡Oh, no!», exclamó Hermione); o cuando Dumbledore anunció que, por
desgracia, el profesor Lockhart no podría volver el curso siguiente, debido a
que tenía que ingresar en un sanatorio para recuperar la memoria. Algunos de
los profesores se unieron al grito de júbilo con el que los alumnos recibieron
estas noticias.
—¡Qué pena! —dijo Ron, cogiendo una rosquilla
rellena de mermelada—. Estaba empezando a caerme bien.
El
resto del último trimestre transcurrió bajo un sol radiante y abrasador.
Hogwarts había vuelto a la normalidad, con sólo unas pequeñas diferencias: las
clases de Defensa Contra las Artes Oscuras se habían suspendido («pero hemos
hecho muchas prácticas», dijo Ron a una contrariada Hermione) y Lucius Malfoy
había sido expulsado del consejo escolar. Draco ya no se pavoneaba por el colegio
como si fuera el dueño. Por el contrario, parecía resentido y enfurruñado. Y
Ginny Weasley volvía a ser completamente feliz.
Muy pronto llegó el momento de volver a casa en el
expreso de Hogwarts. Harry, Ron, Hermione, Fred, George y Ginny tuvieron todo
un compartimento para ellos. Aprovecharon al máximo las últimas horas en que
les estaba permitido hacer magia antes de que comenzaran las vacaciones.
Jugaron al snap explosivo, encendieron las últimas bengalas del doctor
Filibuster de George y Fred, y jugaron a desarmarse unos a otros mediante la
magia. Harry estaba adquiriendo en esto gran habilidad.
Estaban llegando a Kings Cross cuando Harry recordó
algo.
—Ginny.., ¿qué es lo que le viste hacer a Percy, que
no quería que se lo dijeras a nadie?
—¡Ah, eso! —dijo Ginny con una risita—. Bueno, es
que Percy tiene novia.
A Fred se le cayeron los libros que llevaba en el
brazo.
—¿Qué?
—Es esa prefecta de Ravenclaw, Penélope Clearwater
—dijo Ginny—. Es a ella a quien estuvo escribiendo todo el verano pasado. Se
han estado viendo en secreto por todo el colegio. Un día los descubrí besándose
en un aula vacía. Le afectó mucho cuando ella fue..., ya sabéis..., atacada. No
os reiréis de él, ¿verdad? —añadió.
—Ni se me pasaría por la cabeza —dijo Fred, que ponía
una cara como si faltase muy poco para su cumpleaños.
—Por supuesto que no —corroboró George con una risita.
El expreso de Hogwarts aminoró la marcha y al final
se detuvo.
Harry sacó la pluma y un trozo de pergamino y se
volvió a Ron y Hermione.
—Esto es lo que se llama un número de teléfono —dijo
Harry, escribiéndolo dos veces y partiendo el pergamino en dos para darles un
número a cada uno—. Tu padre ya sabe cómo se usa el teléfono, porque el verano
pasado se lo expliqué. Llamadme a casa de los Dursley, ¿vale? No podría
aguantar otros dos meses sin hablar con nadie más que con Dudley...
—Pero tus tíos estarán muy orgullosos de ti, ¿no?
—dijo Hermione cuando salían del tren y se metían entre la multitud que iba en
tropel hacia la barrera encantada—. ¿Y cuando se enteren de lo que has hecho
este curso?
—¿Orgullosos? —dijo Harry—. ¿Estás loca? ¿Con todas
las oportunidades que tuve de morir, y no lo logré? Estarán furiosos...
Y juntos atravesaron la verja hacia el mundo
muggle.