k
J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y
la cámara secreta
Tras
derrotar una vez más a lord Voldemort, su siniestro enemigo en Harry Potter
y la piedra filosofal, Harry espera impaciente en casa de sus insoportables
tíos el inicio del segundo curso del Colegio Hogwarts de Magia y hechicería.
Sin embargo, la espera dura poco, pues un elfo aparece en su habitación y le
advierte que una amenaza mortal se cierne sobre la escuela. Así pues, Harry no
se lo piensa dos veces y, acompañado de Ron, su mejor amigo, se dirige a
Hogwarts en un coche volador. Pero ¿puede un aprendiz de mago defender la
escuela de los malvados que pretenden destruirla? Sin saber que alguien ha
abierto la Cámara de los Secretos, dejando escapar una serie de monstruos
peligrosos, harry y sus amigos Ron y Hermione tendrán que enfrentarse con
arañas gigantes, serpientes encantadas, fantasmas enfurecidos y, sobre todo,
con la mismísima reencarnación de su más temible adversario.
Título
original: Harry Potter and the Chamber of Secrets
Traducción: Adolfo Muñoz
García y Nieves Martín Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1998
Copyright
© Emecé Editores, 1999
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008
Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-495-5
Depósito legal:
B-33.840-2000
1ª edición, octubre de 1999
10ª edición, julio de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Liberdúplex, S.L.
Constitución, 19
08014 Barcelona
Para Séan P.F. Harris,
Gúia en la escapada y amigo
en los malos tiempos.
15
El
verano estaba a punto de llegar a los campos que rodeaban el castillo. El
cielo y el lago se volvieron del mismo azul claro y en los invernaderos
brotaron flores como repollos. Pero sin poder ver a Hagrid desde las ventanas
del castillo, cruzando el campo a grandes zancadas con Fang detrás, a
Harry aquel paisaje no le gustaba; y lo mismo podía decirse del interior del
castillo, donde las cosas iban de mal en peor.
Harry y Ron habían intentado visitar a Hermione,
pero incluso las visitas a la enfermería estaban prohibidas.
—No podemos correr más riesgos —les dijo severamente
la señora Pomfrey a través de la puerta entreabierta—. No, lo siento, hay
demasiado peligro de que pueda volver el agresor para acabar con esta gente.
Ahora que Dumbledore no estaba, el miedo se había extendido
más aún, y el sol que calentaba los muros del castillo parecía detenerse en las
ventanas con parteluz. Apenas se veía en el colegio un rostro que no expresara
tensión y preocupación, y si sonaba alguna risa en los corredores, parecía
estridente y antinatural, y enseguida era reprimida.
Harry se repetía constantemente las últimas palabras
de Dumbledore: «Sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie
fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.» Pero ¿con qué finalidad había
dicho aquellas palabras? ¿A quién iban a pedir ayuda, cuando todo el mundo
estaba tan confundido y asustado como ellos?
La indicación de Hagrid sobre las arañas era
bastante más fácil de comprender. El problema era que no parecía haber quedado
en el castillo ni una sola araña a la que seguir. Harry las buscaba
adondequiera que iba, y Ron lo ayudaba a regañadientes. Además se añadía la
dificultad de que no les dejaban ir solos a ningún lado, sino que tenían que
desplazarse siempre en grupo con los alumnos de Gryffindor. La mayoría de los
estudiantes parecían agradecer que los profesores los acompañaran siempre de
clase en clase, pero a Harry le resultaba muy fastidioso.
Había una persona, sin embargo, que parecía
disfrutar plenamente de aquella atmósfera de terror y recelo. Draco Malfoy se
pavoneaba por el colegio como si acabaran de darle el Premio Anual. Harry no
comprendió por qué Malfoy se sentía tan a gusto hasta que, unos quince días
después de que se hubieran ido Dumbledore y Hagrid, estando sentado detrás de
él en clase de Pociones, le oyó regodearse de la situación ante Crabbe y
Goyle:
—Siempre pensé que mi padre sería el que echara a
Dumbledore —dijo, sin preocuparse de hablar en voz baja—. Ya os dije que él
opina que Dumbledore ha sido el peor director que ha tenido nunca el colegio.
Quizá ahora tengamos un director decente, alguien que no quiera que se cierre
la Cámara de los Secretos. McGonagall no durará mucho, sólo está de forma
provisional...
Snape pasó al lado de Harry sin hacer ningún comentario
sobre el asiento y el caldero solitarios de Hermione.
—Señor —dijo Malfoy en voz alta—, señor, ¿por qué no
solicita usted el puesto de director?
—Venga, venga, Malfoy —dijo Snape, aunque no pudo
evitar sonreír con sus finos labios—. El profesor Dumbledore sólo ha sido
suspendido de sus funciones por el consejo escolar. Me atrevería a decir que
volverá a estar con nosotros muy pronto.
—Ya —dijo Malfoy, con una sonrisa de complicidad—.
Espero que mi padre le vote a usted, señor, si solicita el puesto. Le diré que
usted es el mejor profesor del colegio, señor.
Snape paseaba sonriente por la mazmorra, afortunadamente
sin ver a Seamus Finnigan, que hacía como que vomitaba sobre el caldero.
—Me sorprende que los
sangre sucia no hayan
hecho ya todos el equipaje —prosiguió Malfoy—. Apuesto cinco galeones
a que el próximo muere. Qué pena que no sea Granger...
La campana sonó en aquel momento, y fue una suerte,
porque al oír las últimas palabras, Ron había saltado del asiento para
abalanzarse sobre Malfoy, aunque con el barullo de recoger libros y bolsas, su
intento pasó inadvertido.
—Dejadme —protestó Ron cuando lo sujetaron entre
Harry y Dean—. No me preocupa, no necesito mi varita mágica, lo voy a matar
con las manos...
—Daos prisa, he de llevaros a Herbología —les gritó
Snape, y salieron en doble hilera, con Harry, Ron y Dean en la cola, el segundo
intentando todavía liberarse. Sólo lo soltaron cuando Snape se quedó en la
puerta del castillo y ellos continuaron por la huerta hacia los invernaderos.
La clase de Herbología resultó triste, porque había
dos alumnos menos: Justin y Hermione.
La profesora Sprout los puso a todos a podar las
higueras de Abisinia, que daban higos secos. Harry fue a tirar un brazado de
tallos secos al montón del abono y se encontró de frente con Ernie Mcmillan.
Ernie respiró hondo y dijo, muy formalmente:
—Sólo quiero que sepas, Harry, que lamento haber sospechado
de ti. Sé que nunca atacarías a Hermione Granger y te quiero pedir disculpas
por todo lo que dije. Ahora estamos en el mismo barco y..., bueno...
Avanzó una mano regordeta y Harry la estrechó.
Ernie y su amiga Hannah se pusieron a trabajar en la
misma higuera que Ron y Harry.
—Ese tal Draco Malfoy —dijo Ernie, mientras cortaba
las ramas secas— parece que se ha puesto muy contento con todo esto, ¿verdad?
¿Sabéis?, creo que él podría ser el heredero de Slytherin.
—Esto demuestra que eres inteligente, Ernie —dijo
Ron, que no parecía haber perdonado a Ernie tan fácilmente como Harry.
—¿Crees que es Malfoy, Harry? —preguntó Ernie.
—No —respondió Harry con tal firmeza que Ernie y
Hannah se lo quedaron mirando.
Un instante después, Harry vio algo y lo señaló
dándole a Ron en la mano con sus tijeras de podar.
—¡Ah! ¿Qué estás...?
Harry señaló al suelo, a un metro de distancia.
Varias arañas grandes correteaban por la tierra.
—¡Anda! —dijo Ron, intentando, sin éxito, hacer como
que se alegraba—. Pero no podemos seguirlas ahora...
Ernie y Hannah escuchaban llenos de curiosidad.
Harry contempló a las arañas que se alejaban.
—Parece que se dirigen al bosque prohibido...
Y a Ron aquello aún le hizo menos gracia.
Al acabar la clase, el profesor Snape acompañó a los
alumnos al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry y Ron se rezagaron
un poco para hablar sin que los oyeran.
—Tenemos que recurrir otra vez a la capa para hacernos
invisibles —dijo Harry a Ron—. Podemos llevar con nosotros a Fang.
Hagrid lo lleva con él al bosque, así que podría sernos de ayuda.
—De acuerdo —dijo Ron, que movía su varita mágica
nerviosamente entre los dedos—. Pero... ¿no hay..., no hay hombres lobo en el
bosque? —añadió, mientras ocupaban sus puestos habituales al final del aula de
Lockhart.
Prefiriendo no responder a aquella pregunta, Harry
dijo:
—También hay allí cosas buenas. Los centauros son
buenos, y los unicornios también.
Ron no había estado nunca en el bosque prohibido.
Harry había penetrado en él en una ocasión, y deseaba no tener que volver a
hacerlo.
Lockhart entró en el aula dando un salto, y la clase
se lo quedó mirando. Todos los demás profesores del colegio parecían más
serios de lo habitual, pero Lockhart estaba tan alegre como siempre.
—¡Venga ya! —exclamó, sonriéndoles a todos—, ¿por
qué ponéis esas caras tan largas?
Los alumnos intercambiaron miradas de exasperación,
pero no contestó nadie.
—¿Es que no comprendéis —les decía Lockhart, hablándoles
muy despacio, como si fueran tontos— que el peligro ya ha pasado? Se han
llevado al culpable.
—¿A quién dice? —preguntó Dean Thomas en voz alta.
—Mi querido muchacho, el ministro de Magia no se habría
llevado a Hagrid si no hubiera estado completamente seguro de que era el
culpable —dijo Lockhart, en el tono que emplearía cualquiera para explicar que
uno y uno son dos.
—Ya lo creo que se lo llevaría —dijo Ron, alzando la
voz más que Dean.
—Me atrevería a suponer que sé más sobre el arresto
de Hagrid que usted, señor Weasley —dijo Lockhart empleando un tono de
satisfacción.
Ron comenzó a decir que él no era de la misma
opinión, pero se paró en mitad de la frase cuando Harry le arreó una patada por
debajo del pupitre.
—Nosotros no estábamos allí, ¿recuerdas? —le susurró
Harry.
Pero la desagradable alegría de Lockhart, las
sospechas que siempre había tenido de que Hagrid no era bueno, su confianza en
que todo el asunto ya había tocado a su fin, irritaron tanto a Harry, que
sintió deseos de tirarle Una vuelta con los espíritus malignos a su cara
de idiota. Pero en lugar de eso, se conformó con garabatearle a Ron una nota:
«Lo haremos esta noche.»
Ron leyó el mensaje, tragó saliva con esfuerzo y miró
a su lado, al asiento habitualmente ocupado por Hermione. Entonces parecieron
disiparse sus dudas, y asintió con la cabeza.
Aquellos
días, la sala común de Gryffindor estaba siempre abarrotada, porque a partir de
las seis, los de Gryffindor no tenían otro lugar adonde ir. También tenían
mucho de que hablar, así que la sala no se vaciaba hasta pasada la medianoche.
Después de cenar, Harry sacó del baúl su capa para
hacerse invisible y pasó la noche sentado encima de ella, esperando que la
sala se despejara. Fred y George los retaron a jugar al snap explosivo y
Ginny se sentó a contemplarlos, muy retraída y ocupando el asiento habitual de
Hermione. Harry y Ron perdieron a propósito, intentando acabar pronto, pero
incluso así, era bien pasada la medianoche cuando Fred, George y Ginny se
marcharon por fin a la cama.
Harry y Ron esperaron a oír cerrarse las puertas de
los dos dormitorios antes de coger la capa, echársela encima y salir por el
agujero del retrato.
Este recorrido por el castillo también fue difícil,
porque tenían que ir esquivando a los profesores. Al fin llegaron al vestíbulo,
descorrieron el pasador de la puerta principal y se colaron por ella,
intentando evitar que hiciera ruido, y salieron a los campos iluminados por la
luz de la luna.
—Naturalmente —dijo Ron de pronto, mientras cruzaban
a grandes zancadas el negro césped—, cuando lleguemos al bosque podría ser que
no tuviéramos nada que seguir. A lo mejor las arañas no iban en aquella
dirección. Parecía que sí, pero...
Su voz se fue apagando, pero conservaba un aire de
esperanza.
Llegaron a la cabaña de Hagrid, que parecía muy
triste con sus ventanas tapadas. Cuando Harry abrió la puerta, Fang enloqueció
de alegría al verlos. Temiendo que despertara a todo el castillo con sus
potentes ladridos, se apresuraron a darle de comer caramelos de café con leche
que había en una lata sobre la chimenea, de tal manera que consiguieron
pegarle los dientes de arriba a los de abajo.
Harry dejó la capa sobre la mesa de Hagrid. No la
necesitarían en el bosque completamente oscuro.
—Venga,
Fang, vamos a dar una vuelta —le dijo
Harry, dándole unas palmaditas en la pata, y Fang salió de la cabaña
detrás de ellos, muy contento, fue corriendo hasta el bosque y levantó la pata
al pie de un gran árbol. Harry sacó la varita, murmuró: «¡Lumos!», y en
su extremo apareció una lucecita diminuta, suficiente para permitirles buscar
indicios de las arañas por el camino.
—Bien pensado —dijo Ron—. Yo haría lo mismo con la
mía, pero ya sabes..., seguramente estallaría o algo parecido...
Harry le puso una mano en el hombro y le señaló la
hierba. Dos arañas solitarias huían de la luz de la varita para protegerse en
la sombra de los árboles.
—Vale —suspiró Ron, como resignándose a lo peor—.
Estoy dispuesto. Vamos.
De esta forma penetraron en el bosque, con
Fang correteando
a su lado, olfateando las hojas y las raíces de los árboles. A la luz de la
varita mágica de Harry, siguieron la hilera ininterrumpida de arañas que
circulaban por el camino. Caminaron unos veinte minutos, sin hablar, con el
oído atento a otros ruidos que no fueran los de ramas al romperse o el susurro
de las hojas. Más adelante, cuando el bosque se volvió tan espeso que ya no se
veían las estrellas del cielo y la única luz provenía de la varita de Harry,
vieron que las arañas se salían del camino.
Harry se detuvo y miró hacia donde se dirigían las
arañas, pero, fuera del pequeño círculo de luz de la varita, todo era
oscuridad impenetrable. Nunca se había internado tanto en el bosque. Podía recordar
vívidamente que Hagrid, una vez que había entrado con él, le advirtió que no se
saliera del camino. Pero ahora Hagrid se hallaba a kilómetros de distancia,
probablemente en una celda en Azkaban, y les había indicado que siguieran a las
arañas.
Harry notó en la mano el contacto de algo húmedo,
dio un salto hacia atrás y pisó a Ron en el pie, pero sólo había sido el hocico
de Fang.
—¿Qué te parece? —preguntó Harry a Ron, de quien
sólo veía los ojos, que reflejaban la luz de la varita mágica.
—Ya que hemos llegado hasta aquí... —dijo Ron.
De forma que siguieron a las arañas que se
internaban en la espesura. No podían avanzar muy rápido, porque había tocones
y raíces de árboles en su ruta, apenas visibles en la oscuridad. Harry notaba
en la mano el cálido aliento de Fang. Tuvieron que detenerse más de una
vez para que, en cuclillas, a la luz de la varita, Harry pudiera volver a encontrar
el rastro de las arañas.
Caminaron durante una media hora por lo menos. Las
túnicas se les enganchaban en las ramas bajas y en las zarzas. Al cabo de un
rato notaron que el terreno descendía, aunque el bosque seguía igual de espeso.
De repente,
Fang dejó escapar un ladrido
potente, resonante, dándoles un susto tremendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron en voz alta, mirando en la
oscuridad y agarrándose con fuerza al hombro de Harry.
—Algo se mueve por ahí —musitó Harry—. Escucha...
Parece de gran tamaño.
Escucharon. A cierta distancia, a su derecha,
aquella cosa de gran tamaño se abría camino entre los árboles quebrando las ramas
a su paso.
—¡Ah no! —exclamó Ron—, ¡ah no, no, no...!
—Calla —dijo Harry, desesperado—. Te oirá.
—¿Oírme? —dijo Ron en un tono elevado y poco natural—.
Yo sí lo he oído. ¡Fang!
La oscuridad parecía presionarles los ojos mientras
aguardaban aterrorizados. Oyeron un extraño ruido sordo, y luego, silencio.
—¿Qué crees que está haciendo? —preguntó Harry
—Seguramente, se está preparando para saltar —contestó
Ron.
Aguardaron, temblando, sin atreverse apenas a
moverse.
—¿Crees que se ha ido? —susurró Harry.
—No sé...
Entonces vieron a su derecha un resplandor que
brilló tanto en la oscuridad que los dos tuvieron que protegerse los ojos con
las manos. Fang soltó un aullido y echó a correr, pero se enredó en unos
espinos y volvió a aullar aún más fuerte.
—¡Harry! —gritó Ron, tan aliviado que la voz apenas
le salía—. ¡Harry, es nuestro coche!
—¿Qué?
—¡Vamos!
Harry siguió a Ron en dirección a la luz, dando
tumbos y traspiés, y al cabo de un instante salieron a un claro.
El coche del padre de Ron estaba abandonado en medio
de un círculo de gruesos árboles y bajo un espeso tejido de ramas, con los
faros encendidos. Ron caminó hacia él, boquiabierto, y el coche se le acercó
despacio, como si fuera un perro que saludase a su amo. Un perro de color
turquesa.
—¡Ha estado aquí todo el tiempo! —dijo Ron emocionado,
contemplando el coche—. Míralo: el bosque lo ha vuelto salvaje...
Los guardabarros del coche estaban arañados y embadurnados
de barro. Daba la impresión de que el coche había conseguido llegar hasta allí
él solo. A Fang no parecía hacerle ninguna gracia, y se mantenía pegado
a Harry, temblando. Mientras su respiración se acompasaba, guardó la varita
bajo la túnica.
—¡Y creíamos que era un monstruo que nos iba a atacar!
—dijo Ron, inclinándose sobre el coche y dándole unas palmadas—. ¡Me preguntaba
adónde habría ido!
Harry aguzó la vista en busca de arañas en el suelo
iluminado, pero todas habían huido de la luz de los faros.
—Hemos perdido el rastro —dijo—. Tendremos que
buscarlo de nuevo.
Ron no habló ni se movió. Tenía los ojos clavados en
un punto que se hallaba a unos tres metros del suelo, justo detrás de Harry.
Estaba pálido de terror.
Harry ni siquiera tuvo tiempo de volverse. Se oyó un
fuerte chasquido, y de repente sintió que algo largo y peludo lo agarraba por
la cintura y lo levantaba en el aire, de cara al suelo. Mientras forcejeaba,
aterrorizado, oyó más chasquidos, y vio que las piernas de Ron se despegaban
del suelo, y oyó a Fang aullar y gimotear... y sintió que lo
arrastraban por entre los negros árboles.
Levantando como pudo la cabeza, Harry vio que la bestia
que lo sujetaba caminaba sobre seis patas inmensamente largas y peludas, y que
encima de las dos delanteras que lo aferraban, tenía unas pinzas también
negras. Tras él podía oír a otro animal similar, que sin duda era el que había
cogido a Ron. Se encaminaban hacia el corazón del bosque. Harry pudo ver a Fang
que forcejeaba intentando liberarse de un tercer monstruo, aullando con
fuerza, pero Harry no habría podido gritar aunque hubiera querido: parecía como
si la voz se le hubiese quedado junto al coche, en el claro.
Nunca supo cuánto tiempo pasó en las garras del animal,
sólo que de repente hubo la suficiente claridad para ver que el suelo, antes
cubierto de hojas, estaba infestado de arañas. Estaban en el borde de una vasta
hondonada en la que los árboles habían sido talados y las estrellas brillaban
iluminando el paisaje más terrorífico que se pueda imaginar.
Arañas. No arañas diminutas como aquellas a las que
habían seguido por el camino de hojarasca, sino arañas del tamaño de caballos,
con ocho ojos y ocho patas negras, peludas y gigantescas. El ejemplar que
transportaba a Harry se abría camino, bajando por la brusca pendiente, hacia
una telaraña nebulosa en forma de cúpula que había en el centro de la
hondonada, mientras sus compañeras se acercaban por todas partes chasqueando
sus pinzas, emocionadas a la vista de su presa.
La araña soltó a Harry, y éste cayó al suelo de
cuatro patas. A su lado, con un ruido sordo, cayeron Ron y Fang. El perro
ya no aullaba; se quedó encogido y en silencio en el mismo punto en que había
caído. Ron parecía encontrarse tan mal como Harry había supuesto. Su boca se
había alargado en una especie de grito mudo y los ojos se le salían de las
órbitas.
De pronto Harry se dio cuenta de que la araña que lo
había dejado caer estaba hablando. No era fácil darse cuenta de ello, porque
chascaba sus pinzas a cada palabra que decía.
—¡Aragog! —llamaba—, ¡Aragog!
Y del medio de la gran tela de araña salió, muy
despacio, una araña del tamaño de un elefante pequeño. El negro de su cuerpo y
sus piernas estaba manchado de gris, y los ocho ojos que tenía en su cabeza
horrenda y llena de pinzas eran de un blanco lechoso. Era ciega.
—¿Qué hay? —dijo, chascando muy deprisa sus pinzas.
—Hombres —dijo la araña que había llevado a Harry.
—¿Es Hagrid? —Aragog se acercó, moviendo vagamente
sus múltiples ojos lechosos.
—Desconocidos —respondió la araña que había llevado
a Ron.
—Matadlos —ordenó Aragog con fastidio—. Estaba durmiendo...
—Somos amigos de Hagrid —gritó Harry. Sentía como si
el corazón se le hubiera escapado del pecho y estuviera retumbando en su
garganta.
—Clic, clic, clic —hicieron las pinzas de todas las
arañas en la hondonada.
Aragog se detuvo.
—Hagrid nunca ha enviado hombres a nuestra hondonada
—dijo despacio.
—Hagrid está metido en un grave problema —dijo
Harry, respirando muy deprisa—. Por eso hemos venido nosotros.
—¿En un grave problema? —dijo la vieja araña, en un
tono que a Harry se le antojó de preocupación—. Pero ¿por qué os ha enviado?
Harry quiso levantarse, pero decidió no hacerlo; no
creía que las piernas lo pudieran sostener. Así que habló desde el suelo, lo
más tranquilamente que pudo.
—En el colegio piensan que Hagrid se ha metido en...
en... algo con los estudiantes. Se lo han llevado a Azkaban.
Aragog chascó sus pinzas enojado, y el resto de las
arañas de la hondonada hizo lo mismo: era como si aplaudiesen, sólo que los
aplausos no solían aterrorizar a Harry.
—Pero aquello fue hace años —dijo Aragog con fastidio—.
Hace un montón de años. Lo recuerdo bien. Por eso lo echaron del colegio.
Creyeron que yo era el monstruo que vivía en lo que ellos llaman la Cámara de
los Secretos. Creyeron que Hagrid había abierto la cámara y me había liberado.
—Y tú... ¿tú no saliste de la Cámara de los
Secretos? —dijo Harry, notando un sudor frío en la frente.
—¡Yo! —dijo Aragog, chascando de enfado—. Yo no nací
en el castillo. Vine de una tierra lejana. Un viajero me regaló a Hagrid
cuando yo estaba en el huevo. Hagrid sólo era un niño, pero me cuidó, me
escondió en un armario del castillo, me alimentó con sobras de la mesa. Hagrid
es un gran amigo mío, y un gran hombre. Cuando me descubrieron y me culparon
de la muerte de una muchacha, él me protegió. Desde entonces, he vivido siempre
en el bosque, donde Hagrid aún viene a verme. Hasta me encontró una esposa,
Mosag, y ya veis cómo ha crecido mi familia, gracias a la bondad de Hagrid...
Harry reunió todo el valor que le quedaba.
—¿Así que tú nunca... nunca atacaste a nadie?
—Nunca —dijo la vieja araña con voz ronca—. Mi
instinto me habría empujado a ello, pero, por consideración a Hagrid, nunca
hice daño a un ser humano. El cuerpo de la muchacha asesinada fue descubierto
en los aseos. Yo nunca vi nada del castillo salvo el armario en que crecí. A
nuestra especie le gusta la oscuridad y el silencio.
—Pero entonces... ¿sabes qué es lo que mató a la
chica? —preguntó Harry—. Porque, sea lo que sea, ha vuelto a atacar a la
gente...
Los chasquidos y el ruido de muchas patas que se movían
de enojo ahogaron sus palabras. Al mismo tiempo, grandes figuras negras
parecían crecer a su alrededor.
—Lo que habita en el castillo —dijo Aragog— es una
antigua criatura a la que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa.
Recuerdo bien que le rogué a Hagrid que me dejara marchar cuando me di cuenta
de que la bestia rondaba por el castillo.
—¿Qué es? —dijo Harry enseguida.
Las pinzas chascaron más fuerte. Parecía que las arañas
se acercaban.
—¡No hablamos de eso! —dijo con furia Aragog—. ¡No
lo nombramos! Ni siquiera a Hagrid le dije nunca el nombre de esa horrible
criatura, aunque me preguntó varias veces.
Harry no quiso insistir, y menos con las arañas que
se acercaban cada vez más por todos lados. Aragog parecía cansada de hablar.
Iba retrocediendo despacio hacia su tela, pero las demás arañas seguían
acercándose, poco a poco, a Harry y Ron.
—En ese caso, ya nos vamos —dijo Harry desesperadamente
a Aragog, al oír los crujidos muy cerca.
—¿Iros? —dijo Aragog despacio—. Creo que no...
—Pero, pero...
—Mis hijos e hijas no hacen daño a Hagrid, ésa es mi
orden. Pero no puedo negarles un poco de carne fresca cuando se nos pone
delante voluntariamente. Adiós, amigo de Hagrid.
Harry miró a todos lados. A muy poca distancia,
mucho más alto que él, había un frente de arañas, como un muro macizo,
chascando sus pinzas y con sus múltiples ojos brillando en las horribles
cabezas negras.
Al coger su varita, Harry sabía que no le iba a
servir, que había demasiadas arañas, pero estaba decidido a hacerles frente,
dispuesto a morir luchando. Pero en aquel instante se oyó un ruido fuerte, y un
destello de luz iluminó la hondonada.
El coche del padre de Ron rugía bajando la
hondonada, con los faros encendidos, tocando la bocina, apartando a las arañas
al chocar con ellas. Algunas caían del revés y se quedaban agitando sus largas
patas en el aire. El coche se detuvo con un chirrido delante de Harry y Ron, y
abrió las puertas.
—¡Coge a
Fang! —gritó Harry, metiéndose por
la puerta delantera.
Ron cogió al perro, que no paraba de aullar, por la
barriga y lo metió en los asientos de atrás. Las puertas se cerraron de un
portazo. Ni Ron puso el pie en el acelerador ni falta que hizo. El motor dio un
rugido, y el coche salió atropellando arañas. Subieron la cuesta a toda
velocidad, salieron de la hondonada y enseguida se internaron en el bosque
chocando contra todo lo que se les ponía por delante, con las ramas golpeando
las ventanillas, mientras el coche se abría camino hábilmente a través de los
espacios más amplios, siguiendo un camino que obviamente conocía.
Harry
miró a Ron. En
la boca aún conservaba la mueca del grito mudo, pero sus ojos ya no estaban
desorbitados.
—¿Estás bien?
Ron miraba fijamente hacia delante, incapaz de
hablar. Se abrieron camino a través de la maleza, con Fang aullando
sonoramente en el asiento de atrás. Harry vio cómo al rozar un árbol arrancaba
de cuajo el retrovisor exterior. Después de diez minutos de ruido y tambaleo,
el bosque se aclaró y Harry vio de nuevo algunos trozos de cielo.
El coche frenó tan bruscamente que casi salen por el
parabrisas. Habían llegado al final del bosque. Fang se abalanzó
contra la ventanilla en su impaciencia por salir, y cuando Harry le abrió la
puerta, corrió por entre los árboles, con la cola entre las piernas, hasta la
cabaña de Hagrid. Harry también salió y, al cabo de un rato, Ron lo siguió,
recuperado ya el movimiento en sus miembros, pero aún con el cuello rígido y
los ojos fijos. Harry dio al coche una palmada de agradecimiento, y éste
volvió a internarse en el bosque y desapareció de la vista.
Harry entró en la cabaña de Hagrid a recoger la capa
invisible. Fang se había acurrucado en su cesta, temblando debajo de la
manta. Cuando Harry volvió a salir, vio a Ron vomitando en el bancal de las
calabazas.
—Seguid a las arañas —dijo Ron sin fuerzas, limpiándose
la boca con la manga—. Nunca perdonaré a Hagrid. Estamos vivos de milagro.
—Apuesto a que no pensaba que Aragog pudiera hacer
daño a sus amigos —dijo Harry.
—¡Ése es exactamente el problema de Hagrid! —dijo
Ron, aporreando la pared de la cabaña—. ¡Siempre se cree que los monstruos no
son tan malos como parecen, y mira adónde lo ha llevado esa creencia: a una
celda en Azkaban!
—No podía dejar de temblar—. ¿Qué pretendía enviándonos
allá? Me gustaría saber qué es lo que hemos averiguado.
—Que Hagrid no abrió nunca la Cámara de los Secretos
—contestó Harry, echando la capa sobre Ron y empujándole por el brazo para
hacerle andar—. Es inocente.
Ron dio un fuerte resoplido. Evidentemente, criar a
Aragog en un armario no era su idea de la inocencia.
Al aproximarse al castillo, Harry enderezó la capa
para asegurarse de que no se les veían los pies, luego empujó despacio la
puerta principal, para que no chirriara, sólo hasta dejarla entreabierta.
Cruzaron con cuidado el vestíbulo y subieron la escalera de mármol, conteniendo
la respiración al encontrarse con los centinelas que vigilaban los corredores.
Por fin llegaron a la sala común de Gryffindor, donde el fuego se había convertido
en cenizas y unas pocas brasas. Al hallarse en lugar seguro, se desprendieron
de la capa y ascendieron por la escalera circular hasta el dormitorio.
Ron cayó en la cama sin preocuparse de desvestirse.
Harry, por el contrario, no tenía mucho sueño. Se sentó en el borde de la cama,
pensando en todo lo que había dicho Aragog.
La criatura que merodeaba por algún lugar del
castillo, pensó, se parecía a Voldemort, incluso en el hecho de que otros
monstruos no quisieran mencionar su nombre. Pero Ron y él no se encontraban más
cerca de averiguar qué era aquello ni cómo había petrificado a sus víctimas. Ni
siquiera Hagrid había sabido nunca qué se escondía en la cámara de los
Secretos.
Harry subió las piernas a la cama y se reclinó
contra las almohadas, contemplando la luna que destellaba para él a través de
la ventana de la torre.
No comprendía qué otra cosa podía hacer. Nada de lo
que habían intentado hasta el momento les había llevado a ninguna parte.
Ryddle había atrapado al que no era, el heredero de Slytherin había escapado y
nadie sabía si sería o no la misma persona que había vuelto a abrir la cámara.
No quedaba nadie a quien preguntar. Harry se tumbó, sin dejar de pensar en lo
que había dicho Aragog.
Estaba adormeciéndose cuando se le ocurrió algo que
podía ser su última esperanza, y se incorporó de repente.
—Ron —susurró en la oscuridad—, ¡Ron!
Ron despertó con un aullido como los de
Fang,
abrió unos ojos desorbitados y miró a Harry.
—Ron: la chica que murió. Aragog dijo que fue
hallada en unos aseos —dijo Harry, sin hacer caso de los ronquidos de Neville
que venían del rincón—. ¿Y si no hubiera abandonado nunca los aseos? ¿Y si
todavía estuviera allí?
Bajo la luz de la luna, Ron se frotó los ojos y arrugó la frente. Y entonces comprendió.
—¿No pensarás... en Myrtle
la Llorona?