J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y
la cámara secreta
Tras
derrotar una vez más a lord Voldemort, su siniestro enemigo en Harry Potter
y la piedra filosofal, Harry espera impaciente en casa de sus insoportables
tíos el inicio del segundo curso del Colegio Hogwarts de Magia y hechicería.
Sin embargo, la espera dura poco, pues un elfo aparece en su habitación y le
advierte que una amenaza mortal se cierne sobre la escuela. Así pues, Harry no
se lo piensa dos veces y, acompañado de Ron, su mejor amigo, se dirige a
Hogwarts en un coche volador. Pero ¿puede un aprendiz de mago defender la
escuela de los malvados que pretenden destruirla? Sin saber que alguien ha
abierto la Cámara de los Secretos, dejando escapar una serie de monstruos
peligrosos, harry y sus amigos Ron y Hermione tendrán que enfrentarse con
arañas gigantes, serpientes encantadas, fantasmas enfurecidos y, sobre todo,
con la mismísima reencarnación de su más temible adversario.
Título
original: Harry Potter and the Chamber of Secrets
Traducción: Adolfo Muñoz
García y Nieves Martín Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1998
Copyright
© Emecé Editores, 1999
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008
Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-495-5
Depósito legal:
B-33.840-2000
1ª edición, octubre de 1999
10ª edición, julio de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Liberdúplex, S.L.
Constitución, 19
08014 Barcelona
Para Séan P.F. Harris,
Gúia en la escapada y amigo
en los malos tiempos.
14
Harry,
Ron y Hermione siempre habían sabido que Hagrid sentía una desgraciada afición
por las criaturas grandes y monstruosas. Durante el curso anterior en Hogwarts
había intentado criar un dragón en su pequeña cabaña de madera, y pasaría
mucho tiempo antes de que pudieran olvidar al perro gigante de tres cabezas al
que había puesto por nombre Fluffy. Harry estaba seguro de que si, de
niño, Hagrid se enteró de que había un monstruo oculto en algún lugar del
castillo, hizo lo imposible por echarle un vistazo. Seguro que le parecía inhumano
haber tenido encerrado al monstruo tanto tiempo y debía de pensar que el pobre
tenía derecho a estirar un poco sus numerosas piernas. Podía imaginarse
perfectamente a Hagrid, con trece años, intentando ponerle un collar y una
correa. Pero también estaba seguro de que él nunca había tenido intención de
matar a nadie.
Harry casi habría preferido no haber averiguado el
funcionamiento del diario de Ryddle. Ron y Hermione le pedían constantemente
que les contase una y otra vez todo lo que había visto, hasta que se cansaba de
tanto hablar y de las largas conversaciones que seguían a su relato y que no
conducían a ninguna parte.
—A lo mejor Ryddle se equivocó de culpable —decía
Hermione—. A lo mejor el que atacaba a la gente era otro monstruo...
—¿Cuántos monstruos crees que puede albergar este
castillo? —le preguntó Ron, aburrido.
—Ya sabíamos que a Hagrid lo habían expulsado —dijo
Harry, apenado—. Y supongo que entonces los ataques cesaron. Si no hubiera
sido así, a Ryddle no le habrían dado ningún premio.
Ron intentó verlo de otro modo.
—Ryddle me recuerda a Percy. Pero ¿por qué tuvo que
delatar a Hagrid?
—El monstruo había matado a una persona, Ron —contestó
Hermione.
—Y Ryddle habría tenido que volver al orfanato
muggle si hubieran cerrado Hogwarts —dijo Harry—. No lo culpo por querer quedarse
aquí.
Ron se mordió un labio y luego vaciló al decir:
—Tú te encontraste a Hagrid en el callejón
Knockturn, ¿verdad, Harry?
—Dijo que había ido a comprar un repelente contra
las babosas carnívoras —dijo Harry con presteza.
Se quedaron en silencio. Tras una pausa prolongada,
Hermione tuvo una idea elemental.
—¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid?
—Sería una visita muy cortés —dijo Ron—. Hola, Hagrid,
dinos, ¿has estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa
furiosa y peluda?
Al final, decidieron no decir nada a Hagrid si no
había otro ataque, y como los días se sucedieron sin siquiera un susurro de la
voz que no salía de ningún sitio, albergaban la esperanza de no tener que
hablar con él sobre el motivo de su expulsión. Ya habían pasado casi cuatro
meses desde que petrificaron a Justin y a Nick Casi Decapitado, y parecía que
todo el mundo creía que el agresor, quienquiera que fuese, se había retirado,
afortunadamente. Peeves se había cansado por fin de su canción ¡Oh, Potter,
eres un zote!; Ernie Macmillan, un día, en la clase de Herbología, le pidió
cortésmente a Harry que le pasara un cubo de hongos saltarines, y en marzo
algunas mandrágoras montaron una escandalosa fiesta en el Invernadero 3. Esto
puso muy contenta a la profesora Sprout.
—En cuanto empiecen a querer cambiarse unas a las
macetas de otras, sabremos que han alcanzado la madurez —dijo a Harry—.
Entonces podremos revivir a esos pobrecillos de la enfermería.
· · ·
Durante
las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo en que
pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso siguiente,
decisión que al menos Hermione se tomó muy en serio.
—Podría afectar a todo nuestro futuro —dijo a Harry
y Ron, mientras repasaban minuciosamente la lista de las nuevas materias,
señalándolas.
—Lo único que quiero es no tener Pociones —dijo
Harry.
—Imposible —dijo Ron con tristeza—. Seguiremos con
todas las materias que tenemos ahora. Si no, yo me libraría de Defensa Contra
las Artes Oscuras.
—¡Pero si ésa es muy importante! —dijo Hermione, sorprendida.
—No tal como la imparte Lockhart —repuso Ron—. Lo
único que me ha enseñado es que no hay que dejar sueltos a los duendecillos.
Neville Longbottom había recibido carta de todos los
magos y brujas de su familia, y cada uno le aconsejaba materias distintas.
Confundido y preocupado, se sentó a leer la lista de las materias y les
preguntaba a todos si pensaban que Aritmancia era más difícil que Adivinación Antigua.
Dean Thomas, que, como Harry, se había criado con muggles, terminó
cerrando los ojos y apuntando a la lista con la varita mágica, y escogió las
materias que había tocado al azar. Hermione no siguió el consejo de nadie y las
escogió todas.
Harry sonrió tristemente al imaginar lo que habrían
dicho tío Vernon y tía Petunia si les consultara sobre su futuro de mago. Pero
alguien lo ayudó: Percy Weasley se desvivía por hacerle partícipe de su
experiencia.
—Depende de adónde quieras llegar, Harry —le dijo—.
Nunca es demasiado pronto para pensar en el futuro, así que yo te recomendaría
Adivinación. La gente dice que los estudios muggles son la salida más
fácil, pero personalmente creo que los magos deberíamos tener completos conocimientos
de la comunidad no mágica, especialmente si queremos trabajar en estrecho
contacto con ellos. Mira a mi padre, tiene que tratar todo el tiempo con muggles.
A mi hermano Charlie siempre le gustó el trabajo al aire libre, así que
escogió Cuidado de Criaturas Mágicas. Escoge aquello para lo que valgas, Harry.
Pero lo único que a Harry le parecía que se le daba
realmente bien era el quidditch. Terminó eligiendo las mismas optativas
que Ron, pensando que si era muy malo en ellas, al menos contaría con alguien
que podría ayudarle.
A
Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido de quidditch contra
Hufflepuff. Wood los machacaba con entrenamientos en equipo cada noche después
de cenar, de forma que Harry no tenía tiempo para nada más que para el quidditch
y para hacer los deberes. Sin embargo, los entrenamientos iban mejor, y la
noche anterior al partido del sábado se fue a la cama pensando que Gryffindor
nunca había tenido más posibilidades de ganar la copa.
Pero su alegría no duró mucho. Al final de las
escaleras que conducían al dormitorio se encontró con Neville Longbottom, que
lo miraba desesperado.
—Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la
puerta. El contenido del baúl de Harry estaba esparcido por todas partes. Su
capa estaba en el suelo, rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas
de la cama, y habían sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba
desparramado sobre el colchón.
Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas
sueltas de Recorridos con los trols. No podía creer lo que había
sucedido.
En el momento en que Neville y él hacían la cama, entraron
Ron, Dean y Seamus. Dean gritó:
—¿Qué ha sucedido, Harry?
—No tengo ni idea —contestó. Ron examinaba la túnica
de Harry. Habían dado la vuelta a todos los bolsillos.
—Alguien ha estado buscando algo —dijo Ron—. ¿Qué te
falta?
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el
baúl. Hasta que hubo separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de
qué era lo que faltaba.
—Se han llevado el diario de Ryddle —dijo a Ron en
voz baja.
—¿Qué?
Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del
dormitorio, y Ron lo siguió. Bajaron corriendo hasta la sala común de
Gryffindor, que estaba medio vacía, y encontraron a Hermione, sentada, sola,
leyendo un libro titulado La adivinación antigua al alcance de todos.
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.
—Pero... sólo puede haber sido alguien de
Gryffindor. Nadie más conoce la contraseña.
—En efecto —confirmó Harry.
Despertaron
al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
—¡Perfectas condiciones para jugar al
quidditch!
—dijo Wood emocionado a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con
los huevos revueltos—. ¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!
Harry había estado observando la mesa abarrotada de
Gryffindor, preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor
del diario de Ryddle. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el
robo, pero a Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente
al diario a algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a
Hagrid hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la
luz.
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para
ir a recoger su equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se
añadió a la creciente lista de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera
de mármol cuando oyó de nuevo aquella voz:
—Matar esta vez... Déjame desgarrar... Despedazar...
Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de
él asustados.
—¡La voz! —dijo Harry, mirando a un lado—. Acabo de
oírla de nuevo, ¿vosotros no?
Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza.
Hermione, sin embargo, se llevó una mano a la frente.
—¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo
que ir a la biblioteca!
Y se fue corriendo por las escaleras.
—¿Qué habrá comprendido? —dijo Harry distraídamente,
mirando alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.
—Muchas más cosas que yo —respondió Ron, negando con
la cabeza.
—Pero ¿por qué habrá tenido que irse a la
biblioteca?
—Porque eso es lo que Hermione hace siempre —contestó
Ron, encogiéndose de hombros—. Cuando le entra alguna duda, ¡a la biblioteca!
Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar
la voz, pero los alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto,
hacia la puerta principal. Iban al campo de quidditch.
—Será mejor que te muevas —dijo Ron—. Son casi las
once..., el partido.
Harry subió a la carrera la torre de Gryffindor,
cogió su Nimbus 2.000 y se mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de
juego. Pero su mente se había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que
no salía de ningún sitio, y mientras se ponía su túnica de juego en los
vestuarios, su único consuelo era saber que todos estaban allí para ver el
partido.
Los equipos saltaron al campo de juego en medio del
clamor del público. Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento
alrededor de los postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff,
que jugaban de color amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica
en el último minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora
McGonagall llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
—El partido acaba de ser suspendido —gritó por el
megáfono la profesora, dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y
silbidos. Oliver Wood, con aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde
estaba la profesora McGonagall sin desmontar de la escoba.
—¡Pero profesora! —gritó—. Tenemos que jugar... la
Copa... Gryffindor...
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó
gritando por el megáfono:
—Todos los estudiantes tienen que volver a sus
respectivas salas comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Id lo
más deprisa que podáis, por favor!
Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para
que se acercara.
—Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.
Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella
ocasión, Harry vio que Ron se separaba de la multitud descontenta y se unía a
ellos corriendo para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora
McGonagall no se opuso.
—Sí, quizá sea mejor que tú también vengas, Weasley.
Algunos de los estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la
suspensión del partido y otros parecían preocupados. Harry y Ron siguieron a la
profesora McGonagall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera
de mármol. Pero esta vez no se dirigían a ningún despacho.
—Esto os resultará un poco sorprendente —dijo la profesora
McGonagall con voz amable cuando se acercaban a la enfermería—. Ha habido otro
ataque... Un ataque doble.
A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora
McGonagall abrió la puerta y entraron en la enfermería.
La señora Pomfrey atendía a una muchacha de quinto
curso con el pelo largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de
Ravenclaw a la que por error habían preguntado cómo se iba a la sala común de
Slytherin. Y en la cama de al lado estaba...
—¡Hermione! —gimió Ron.
Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos
abiertos y vidriosos.
—Las encontraron junto a la biblioteca —dijo la
profesora McGonagall—. Supongo que no podéis explicarlo. Esto estaba en el
suelo, junto a ellas...
Levantó un pequeño espejo redondo.
Harry y Ron negaron con la cabeza, mirando a
Hermione.
—Os acompañaré a la torre de Gryffindor —dijo con seriedad
la profesora McGonagall—. De cualquier manera, tengo que hablar a los
estudiantes.
—Todos
los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las seis en
punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después de esa
hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá entrar en
los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos los partidos
y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades extraescolares.
Los alumnos de Gryffindor, que abarrotaban la sala
común, escuchaban en silencio a la profesora McGonagall, quien al final
enrolló el pergamino que había estado leyendo y dijo con la voz entrecortada
por la impresión:
—No necesito añadir que rara vez me he sentido tan
consternada. Es probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor.
Si alguno de vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que
lo diga.
La profesora salió por el agujero del retrato con
cierta torpeza, e inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el
silencio.
—Han caído dos de Gryffindor, sin contar al
fantasma, que también es de Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff
—dijo Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, contando con los dedos—.
¿No se ha dado cuenta ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a
salvo? ¿No es evidente que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de
Slytherin, el monstruo de Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de
Slytherin? —preguntó con fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron
algunos aplausos aislados.
Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de
Lee, pero por una vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista.
Estaba pálido y parecía ausente.
—Percy está asustado —dijo George a Harry en voz
baja—. Esa chica de Ravenclaw.., Penélope Clearwater..., es prefecta. Supongo
que Percy creía que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.
Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder
olvidar la imagen de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como
esculpida en piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar
el resto de su vida con los Dursley. Tom Ryddle había delatado a Hagrid ante la
perspectiva del orfanato muggle si se cerraba el colegio. Harry
entendía perfectamente cómo se había sentido.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ron a Harry al oído—.
¿Crees que sospechan de Hagrid?
—Tenemos que ir a hablar con él —dijo Harry, decidido—.
No creo que esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez,
también sabrá llegar hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.
—Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer
en nuestras torres cuando no estemos en clase...
—Creo —dijo Harry, en voz todavía más baja— que ha
llegado ya el momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.
Harry
sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada para hacerse
invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del colegio y
visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a la cama a la hora habitual,
esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar sobre la
Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron, volvieron a
vestirse y se cubrieron con la capa.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo
no fue en absoluto agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había
caminado por allí de noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del
sol, tan lleno de gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los
corredores en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de
llevar la capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante
especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban
muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape
estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente alcanzaron
la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron aliviados.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez
guiándose por la luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se
desprendieron de la capa hasta que hubieron llegado ante la puerta.
Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió.
Les apuntaba con una ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba
furiosamente detrás de él.
—¡Ah! —dijo, bajando el arma y mirándolos—. ¿Qué hacéis
aquí los dos?
—¿Para qué es eso? —preguntó Harry, señalando la ballesta
al entrar.
—Nada, nada... —susurró Hagrid—. Estaba esperando...
No importa... Sentaos, prepararé té.
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el
fuego al derramar agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de
puros nervios al golpearla con la mano.
—¿Estás bien, Hagrid? —dijo Harry—. ¿Has oído lo de
Hermione?
—¡Ah, sí, claro que lo he oído! —dijo Hagrid con la
voz entrecortada.
Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas
jarritas llenas sólo de agua hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas
de té). Cuando les estaba poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas,
aporrearon la puerta.
Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron
miradas de pánico, se echaron encima la capa para hacerse invisibles y se
retiraron a un rincón oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid
cogió la ballesta y fue otra vez a abrir la puerta.
—Buenas noches, Hagrid.
Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro
individuo de aspecto muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con
el pelo gris alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación
de ropas: traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas
púrpura acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
—¡Es el jefe de mi padre! —musitó Ron—. ¡Cornelius
Fudge, el ministro de Magia!
Harry dio un codazo a Ron para que se callara.
Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer
abatido en una de las sillas y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
—¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fudge, telegráficamente—.
Muy feo. He tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles.
El Ministerio tiene que intervenir.
—Yo nunca... —dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore—.
Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...
—Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta
con mi plena confianza —dijo
Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.
—Mira, Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid tiene
antecedentes. El Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha
puesto en contacto...
—Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid
no va a solucionar nada —dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una
manera que Harry no había visto nunca.
—Míralo desde mi punto de vista —dijo Fudge, cogiendo
el sombrero y haciéndolo girar entre las manos—. Me están presionando. Tengo
que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y
no habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no
estaría cumpliendo con mi deber...
—¿Llevarme? —dijo Hagrid, temblando—. ¿Llevarme
adónde?
—Sólo por poco tiempo —dijo Fudge, evitando los ojos
de Hagrid—. No se trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución.
Si atrapamos al culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda
regla.
—¿No será a Azkaban? —preguntó Hagrid con voz ronca.
Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con
fuerza a la puerta.
Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un
codazo en las costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien
audible.
El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid
con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa
de satisfacción. Fang se puso a aullar.
—¡Ah, ya está aquí, Fudge! —dijo complacido al entrar—.
Bien, bien...
—¿Qué hace usted aquí? —le dijo Hagrid furioso—.
¡Salga de mi casa!
—Créame, buen hombre, que no me produce ningún
placer entrar en esta... ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy
contemplando la cabaña con desprecio—. Simplemente, he ido al colegio y me han
dicho que el director estaba aquí.
—¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius?
—dijo Dumbledore. Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de
furia.
—Es lamentable, Dumbledore —dijo perezosamente el
señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino—, pero el consejo escolar ha
pensado que es hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y
aquí están las doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las
manos. ¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A
este ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos
sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.
—¿Qué? ¡Vaya, Lucius! —dijo Fudge, alarmado—, Dumbledore
cesado... No, no..., lo último que querría, precisamente ahora...
—El nombramiento y el cese del director son competencia
del consejo escolar, Fudge —dijo con suavidad el señor Malfoy—. Y como
Dumbledore no ha logrado detener las agresiones...
—Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado
detenerlas —dijo Fudge, que tenía el labio superior empapado en sudor—, ¿quién
va a poder?
—Ya se verá —respondió el señor Malfoy con una desagradable
sonrisa—. Pero como los doce hemos votado...
Hagrid se levantó de un salto, y su enredada
cabellera negra rozó el techo.
—¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear
para que accedieran, eh, Malfoy? —preguntó.
—Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento
suyo le dará un disgusto un día de éstos —dijo Malfoy—. Me permito aconsejarle
que no grite de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo
tomen a bien.
—¡Puede quitar a Dumbledore! —chilló Hagrid, y
Fang,
el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los
alumnos de familia muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más
asesinatos!
—Cálmate, Hagrid —le dijo bruscamente Dumbledore.
Luego se dirigió a Lucius Malfoy—. Si el consejo escolar quiere mi renuncia,
Lucius, me iré.
—Pero... —tartamudeó Fudge.
—¡No! —gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules
de los ojos fríos y grises de Malfoy.
—Sin embargo —dijo Dumbledore, hablando muy claro y
despacio, para que todos entendieran cada una de sus palabras—, sólo abandonaré
de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará
al que lo pida.
Durante un instante, Harry estuvo convencido de que
Dumbledore les había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Ron y él
estaban ocultos.
—Admirables sentimientos —dijo Malfoy, haciendo una
inclinación—. Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el
centro, Albus, y sólo espero que su sucesor consiga evitar los... asesinatos.
Se dirigió con paso decidido a la puerta de la
cabaña, la abrió, saludó a Dumbledore con una inclinación y le indicó que
saliera. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid
pasara delante, pero Hagrid no se movió, sino que respiró hondo y dijo
pausadamente:
—Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo
único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso
es todo lo que tengo que decir. —Fudge lo miró extrañado—. De acuerdo, ya voy
—añadió, poniéndose el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir
a Fudge por la puerta, se detuvo y dijo en voz alta—: Y alguien tendrá que
darle de comer a Fang mientras estoy fuera.
La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la
capa invisible.
—En menudo embrollo estamos metidos —dijo con voz
ronca—. Sin Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él,
habrá un ataque cada día.
Fang
se puso a aullar, arañando la puerta.