Harry Potter2 (Cap. 13)

 

 

 

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J.K. ROWLING

 

Harry Potter

y

la cámara secreta

 

 

Tras derrotar una vez más a lord Voldemort, su siniestro enemigo en Harry Potter y la piedra filosofal, Harry espera impaciente en casa de sus insoportables tíos el inicio del segundo curso del Colegio Hogwarts de Magia y hechicería. Sin embargo, la espera dura poco, pues un elfo aparece en su habitación y le advierte que una amenaza mortal se cierne sobre la escuela. Así pues, Harry no se lo piensa dos veces y, acompañado de Ron, su mejor amigo, se dirige a Hogwarts en un coche volador. Pero ¿puede un aprendiz de mago defender la escuela de los malvados que pretenden destruirla? Sin saber que alguien ha abierto la Cámara de los Secretos, dejando escapar una serie de monstruos peligrosos, harry y sus amigos Ron y Hermione tendrán que enfrentarse con arañas gigantes, serpientes encantadas, fantasmas enfurecidos y, sobre todo, con la mismísima reencarnación de su más temible adversario.

 

 

 

Título original: Harry Potter and the Chamber of Secrets

 

Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra

 

 

Copyright © J.K. Rowling, 1998

Copyright © Emecé Editores, 1999

 

Emecé Editores España, S.A.

Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99

 

ISBN: 84-7888-495-5

Depósito legal: B-33.840-2000

 

1ª edición, octubre de 1999

10ª edición, julio de 2000

Printed in Spain

 

Impresión: Liberdúplex, S.L.

Constitución, 19              08014 Barcelona

 

 

 

Para Séan P.F. Harris,

Gúia en la escapada y amigo en los malos tiempos.

 

 

13

 

El diario secretísimo

 

 

Hermione pasó varias semanas en la enfermería. Corrieron rumores sobre su desaparición cuando el resto del colegio regresó a Hogwarts al final de las vacaciones de Navidad, porque naturalmente todos creyeron que la habían atacado. Eran tantos los alumnos que se daban una vuelta por la en­fermería tratando de echarle la vista encima, que la señora Pomfrey quitó las cortinas de su propia cama y las puso en la de Hermione para ahorrarle la vergüenza de que la vie­ran con la cara peluda.

Harry y Ron iban a visitarla todas las noches. Cuan­do comenzó el nuevo trimestre, le llevaban cada día los de­beres.

—Si a mí me hubieran salido bigotes de gato, aprove­charía para descansar —le dijo Ron una noche, dejando un montón de libros en la mesita que tenía Hermione junto a la cama.

—No seas tonto, Ron, tengo que mantenerme al día —replicó Hermione rotundamente. Estaba de mucho mejor humor porque ya le había desaparecido el pelo de la cara, y los ojos, poco a poco, recuperaban su habitual color ma­rrón—. ¿Tenéis alguna pista nueva? —añadió en un susu­rro, para que la señora Pomfrey no pudiera oírla.

—Nada —dijo Harry con tristeza.

—Estaba tan convencido de que era Malfoy... —dijo Ron por centésima vez.

—¿Qué es eso? —preguntó Harry, señalando algo dora­do que sobresalía debajo de la almohada de Hermione.

—Nada, una tarjeta para desearme que me ponga bien

—dijo Hermione a toda prisa, intentando esconderla, pero Ron fue más rápido que ella. La sacó, la abrió y leyó en voz alta:

 

A la señorita Granger deseándole que se recupere muy pronto, de su preocupado profesor Gilderoy Lockhart, Caballero de tercera clase de la Orden de Merlín, Miembro Honorario de la Liga para la De­fensa Contra las Fuerzas Oscuras y cinco veces ga­nador del Premio a la Sonrisa más Encantadora, otorgado por la revista «Corazón de Bruja».

 

Ron miró a Hermione con disgusto.

—¿Duermes con esto debajo de la almohada?

Pero Hermione no necesitó responder, porque la señora Pomfrey llegó con la medicina de la noche.

—¿A que Lockhart es el tío más pelota que has conocido en tu vida? —dijo Ron a Harry al abandonar la enfermería y empezar a subir hacia la torre de Gryffindor. Snape les ha­bía mandado tantos deberes, que a Harry le parecía que no los terminaría antes de llegar al sexto curso. Precisamente Ron estaba diciendo que tenía que haber preguntado a Her­mione cuántas colas de rata había que echar a una poción crecepelo, cuando llegó hasta sus oídos un arranque de cóle­ra que provenía del piso superior.

—Es Filch —susurró Harry, y subieron deprisa las es­caleras y se detuvieron a escuchar donde no podía verlos.

—Espero que no hayan atacado a nadie más —dijo Ron, alarmado.

Se quedaron inmóviles, con la cabeza inclinada hacia la voz de Filch, que parecía completamente histérico.

—... aun más trabajo para mí. ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera otra cosa que hacer! No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a Dumbledore.

Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos.

Asomaron la cabeza por la esquina. Evidentemente, Filch había estado cubriendo su habitual puesto de vigía; se encontraban de nuevo en el punto en que habían atacado a la Señora Norris. Buscaron lo que había motivado los gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del co­rredor, y parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de Myrtle la Llorona. Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.

—¿Qué le pasará ahora? —preguntó Ron.

—Vamos a ver —propuso Harry, y levantándose la túnica por encima de los tobillos, se metieron en el charco chapo­teando, llegaron a la puerta que exhibía el letrero de «No funciona» y, haciendo caso omiso de la advertencia, como de costumbre, entraron.

Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ga­nas y más sonoramente que nunca. Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.

—¿Qué pasa, Myrtle? —inquirió Harry.

—¿Quién es? —preguntó Myrtle, con tristeza, como ha­ciendo gorgoritos—. ¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?

Harry fue hacia el retrete y le preguntó:

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—No sé —gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de agua que cayó al suelo ya mojado—. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un libro...

—Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler —razonó Harry—. Quiero decir, que simplemente te atrave­sará, ¿no?

Acababa de meter la pata. Myrtle se sintió ofendida y chilló:

—¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sen­tirlo! ¡Diez puntos al que se lo cuele por el estómago! ¡Cin­cuenta puntos al que le traspase la cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!

—Pero ¿quién te lo arrojó? —le preguntó Harry.

—No lo sé... Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio en la cabeza —dijo Myrtle, mirándoles—. Está ahí, empapado.

Harry y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí un libro pequeño y delgado. Tenía las ta­pas muy gastadas, de color negro, y estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos. Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.

—¿Qué pasa? —preguntó Harry.

—¿Estás loco? —dijo Ron—. Podría resultar peligroso.

—¿Peligroso? —dijo Harry, riendo—. Venga, ¿cómo va a resultar peligroso?

—Te sorprendería saber —dijo Ron, asustado, miran­do el librito— que entre los libros que el Ministerio ha con­fiscado había uno que les quemó los ojos. Me lo ha dicho mi padre. Y todos los que han leído Sonetos del hechicero han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida. ¡Y una bruja vieja de Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola mano. Y...

—Vale, ya lo he entendido —dijo Harry. El librito seguía en el suelo, empapado y misterioso—. Bueno, pero si no le echamos un vistazo, no lo averiguaremos —dijo y, esquivan­do a Ron, lo recogió del suelo.

Harry vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado. En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, «T.M. Ryddle».

—Espera —dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por encima del hombro de Harry—, ese nombre me suena... T.M. Ryddle ganó un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio.

—¿Y cómo sabes eso? —preguntó Harry sorprendido.

—Lo sé porque Filch me hizo limpiar su placa unas cin­cuenta veces cuando nos castigaron —dijo Ron con resenti­miento—. Precisamente fue encima de esta placa donde vo­mité una babosa. Si te hubieras pasado una hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.

Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera «cumpleaños de tía Mabel» o «dentista, a las tres y media».

—No llegó a escribir nada —dijo Harry, decepcionado.

—Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retre­te —dijo Ron con curiosidad.

Harry volvió a mirar las tapas del cuaderno y vio impre­so el nombre de un quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.

—Debió de ser de familia muggle —dijo Harry, especu­lando—, ya que compró el diario en la calle Vauxhall...

—Bueno, eso da igual —dijo Ron. Luego añadió en voz muy baja—. Cincuenta puntos si lo pasas por la nariz de Myrtle.

Harry, sin embargo, se lo guardó en el bolsillo.

 

 

Hermione salió de la enfermería, sin bigotes, sin cola y sin pelaje, a comienzos de febrero. La primera noche que pasó en la torre de Gryffindor, Harry le enseñó el diario de T.M. Ryddle y le contó la manera en que lo habían encontrado.

—¡Aaah, podría tener poderes ocultos! —dijo con entu­siasmo Hermione, cogiendo el diario y mirándolo de cerca.

—Si los tiene, los oculta muy bien —repuso Ron—. A lo mejor es tímido. No sé por qué lo guardas, Harry

—Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó tirarlo —dijo Harry—. Y también me gustaría saber cómo consiguió Ryddle el Premio por Servicios Especiales.

—Por cualquier cosa —dijo Ron—. A lo mejor acumuló treinta matrículas de honor en Brujería o salvó a un profe­sor de los tentáculos de un calamar gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran servicio...

Pero Harry estaba seguro, por la cara de interés que po­nía Hermione, de que ella estaba pensando lo mismo que él.

—¿Qué pasa? —dijo Ron, mirando a uno y a otro.

—Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cin­cuenta años, ¿no? —explicó Harry—. Al menos, eso nos dijo Malfoy.

—Sí... —admitió Ron.

—Y este diario tiene cincuenta años —dijo Hermione, golpeándolo, emocionada, con el dedo.

—¿Y?

—Venga, Ron, despierta ya —dijo Hermione brusca­mente—. Sabemos que la persona que abrió la cámara la úl­tima vez fue expulsada hace cincuenta años. Sabemos que a T.M. Ryddle le dieron un premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio. Bueno, ¿y si a Ryddle le die­ron el premio por atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo explicado: dónde está la cá­mara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en ella. La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría que el diario anduviera por ahí, ¿no?

—Es una teoría brillante, Hermione —dijo Ron—, pero tiene un pequeño defecto: que no hay nada escrito en el diario.

Pero Hermione sacó su varita mágica de la bolsa.

—¡Podría ser tinta invisible! —susurró.

Y dio tres golpecitos al cuaderno, diciendo:

—¡Aparecium!

Pero no ocurrió nada. Impertérrita, volvió a meter la mano en la bolsa y sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo.

—Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon —dijo ella.

Frotó con fuerza donde ponía «1 de enero». Siguió sin pasar nada.

—Ya te lo decía yo; no hay nada que encontrar aquí —dijo Ron—. Simplemente, a Ryddle le regalaron un dia­rio por Navidad, pero no se molestó en rellenarlo.

 

 

Harry no podría haber explicado, ni siquiera a sí mismo, por qué no tiraba a la basura el diario de Ryddle. El caso es que aunque sabía que el diario estaba en blanco, pasaba las páginas atrás y adelante, concentrado en ellas, como si conta­ran una historia que quisiera acabar de leer. Y, aunque esta­ba seguro de no haber oído antes el nombre de T.M. Ryddle, le parecía que ese nombre le decía algo, como si se tratara de un amigo olvidado de la más remota infancia. Pero era absurdo: no había tenido amigos antes de llegar a Hogwarts, Dudley se había encargado de eso.

Sin embargo, Harry estaba determinado a averiguar algo más sobre Ryddle, así que al día siguiente, en el recreo, se dirigió a la sala de trofeos para examinar el premio espe­cial de Ryddle, acompañado por una Hermione rebosante de interés y un Ron muy reticente, que les decía que había vis­to el premio lo suficiente para recordarlo toda la vida.

La placa de oro bruñido de Ryddle estaba guardada en un armario esquinero. No decía nada de por qué se lo ha­bían concedido.

—Menos mal —dijo Ron—, porque si lo dijera, la placa sería más grande, y en el día de hoy aún no habría acabado de sacarle brillo.

Sin embargo, encontraron el nombre de Ryddle en una vieja Medalla al Mérito Mágico y en una lista de antiguos alumnos que habían recibido el Premio Anual.

—Me recuerda a Percy —dijo Ron, arrugando con dis­gusto la nariz—: prefecto, Premio Anual..., supongo que se­ría el primero de la clase.

—Lo dices como si fuera algo vergonzoso —señaló Her­mione, algo herida.

 

 

El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la gente parecía más optimista. No ha­bía vuelto a haber ataques después del cometido contra Jus­tin y Nick Casi Decapitado, y a la señora Pomfrey le encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taci­turnas y reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia. Una tarde, Harry oyó que la se­ñora Pomfrey decía a Filch amablemente:

—Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente. Dentro de poco tendrá a la Se­ñora Norris con usted otra vez.

Harry pensaba que tal vez el heredero de Slytherin se había acobardado. Cada vez debía de resultar más arriesga­do abrir la Cámara de los Secretos, con el colegio tan alerta y todo el mundo tan receloso. Tal vez el monstruo, fuera lo que fuera, se disponía a hibernar durante otros cincuenta años.

Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de que Harry era el culpable y que se ha­bía delatado en el club de duelo. Peeves no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores saltan­do y cantando: «¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...!», pero ahora además interpretando un baile al ritmo de la canción.

Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto freno a los ataques. Harry le oyó expo­nerlo así ante la profesora McGonagall mientras los de Gryffindor marchaban en hilera hacia la clase de Transfi­guración.

—No creo que volvamos a tener problemas, Minerva —dijo, guiñando un ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto—. Creo que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante sensatos para detenerse ahora, antes de que caye­ra sobre ellos... Lo que ahora necesita el colegio es una in­yección de moral, ¡para barrer los recuerdos del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exac­tamente lo que...

De nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso decidido.

La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry no había dormido mucho a causa del entrenamiento de quidditch de la noche anterior y llegó al Gran Comedor corriendo, algo retrasado. Pensó, por un momento, que se había equivocado de puerta.

Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones. Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire asqueado, y Her­mione, que se reía tontamente.

—¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y qui­tándose de encima el confeti.

Ron, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que combinaba con la decora­ción, reclamaba silencio con las manos. Los profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento, Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía el mismo aspecto que si se hu­biera bebido un gran vaso de crecehuesos.

—¡Feliz día de San Valentín! —gritó Lockhart—. ¡Y quiero también dar las gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he tomado la libertad de pre­parar esta pequeña sorpresa para todos vosotros... ¡y no aca­ba aquí la cosa!

Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockbart les había puesto alas doradas y además llevaban arpas.

—¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —son—rió Lockhart—. ¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de San Valentín! ¡Y la di­versión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas que­rrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago que haya conocido!

El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Sna­pe parecía dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro amoroso.

—Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis —le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en la bolsa, y no respondió.

Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a Harry.

—¡Eh, tú! ¡Harry Potter! —gritó un enano de aspecto particularmente malhumorado, abriéndose camino a coda­zos para llegar a donde estaba Harry.

Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felici­tación de San Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba Ginny Weasley, Harry in­tentó escabullirse. El enano, sin embargo, se abrió camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos pasos.

—Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona —dijo, rasgando el arpa de manera pavo­rosa.

—¡Aquí no! —dijo Harry enfadado, tratando de escapar.

—¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.

—¡Suéltame! —gritó Harry, tirando fuerte.

Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se rompió encima de todas las demás cosas.

Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano co­menzara a cantar ocasionando un atasco en el corredor.

—¿Qué pasa ahí? —Era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmen­te meterlo todo en la bolsa rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación musical de San Valentín.

—¿Por qué toda esta conmoción? —dijo otra voz familiar, la de Percy Weasley, que se acercaba.

A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le echó a las rodillas y lo derribó.

—Bien —dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry—, ésta es tu canción de San Valentín:

 

Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche

y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.

Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,

el héroe que venció al Señor Tenebroso.

 

Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desva­necerse en aquel momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía para dis­persar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando de risa.

—¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a clase todos ahora mismo —decía, empujan­do a algunos de los más pequeños—. Tú también, Malfoy.

Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido era el diario de Ryddle.

—¡Devuélveme eso! —le dijo Harry en voz baja.

—¿Qué habrá escrito aquí Potter? —dijo Malfoy, que ob­viamente no había visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry. Los espectadores se quedaron en silencio. Ginny miraba alternativamente a Harry y al diario, aterrorizada.

—Devuélvelo, Malfoy —dijo Percy con severidad.

—Cuando le haya echado un vistazo —dijo Malfoy, bur­lándose de Harry.

Percy dijo:

—Como prefecto del colegio...

Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:

—¡Expelliarmus!

Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Mal­foy vio que el diario se le escapaba a Malfoy de las manos y salía volando. Ron, sonriendo, lo atrapó.

—¡Harry! —dijo Percy en voz alta—. No se puede hacer magia en los pasillos. ¡Tendré que informar de esto!

Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Mal­foy, y eso bien valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy esta­ba furioso, y cuando Ginny pasó por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:

—¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicita­ción de San Valentín!

Ginny se tapé la cara con las manos y entró en clase co­rriendo. Dando un gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Harry se la quitó de un tirón. Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando babosas.

Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario de Ryddle hasta que llegaron a la clase del pro­fesor Flitwick. Todos los demás libros estaban empapados de tinta roja. El diario, sin embargo, estaba tan limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto. Intentó ha­cérselo ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más.

 

 

Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte fue porque no creía poder soportar a Fred y George cantando: «Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche» una vez más, y en parte, porque quería exami­nar de nuevo el diario de Ryddle, y sabía que Ron opinaba que eso era una pérdida de tiempo.

Se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco; nin­guna tenía la más ligera mancha de tinta roja. Luego sacó una nueva botellita de tinta del cajón de la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del diario.

La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego, como si la hubieran absorbido desde el in­terior de la página, se desvaneció. Emocionado, Harry mojó de nuevo la pluma y escribió:

«Mi nombre es Harry Potter.»

Las palabras brillaron un instante en la página y desa­parecieron también sin dejar huella. Entonces ocurrió algo.

Rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él, aparecieron unas palabras que Harry no ha­bía escrito:

«Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Ryddle. ¿Cómo ha llegado a tus manos mi diario?»

Estas palabras también se desvanecieron, pero no an­tes de que Harry comenzara de nuevo a escribir:

«Alguien intentó tirarlo por el retrete.»

Aguardó con impaciencia la respuesta de Ryddle.

«Menos mal que registré mis memorias en algo más du­radero que la tinta. Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»

«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, emborronando la página debido a los nervios.

«Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron ocultadas; cosas que sucedieron en el Cole­gio Hogwarts de Magia y Hechicería.»

«Es donde estoy yo ahora», escribió Harry apresurada­mente. «Estoy en Hogwarts, y también suceden cosas horri­bles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de los Secretos?»

El corazón le latía violentamente. La réplica de Ryddle no se hizo esperar, pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo cuanto sabía.

«¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Se­cretos! En mi época, nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era cierto. Cuando yo esta­ba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a varios estudiantes y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la cámara, y lo expulsaron. Pero el director, el profe­sor Dippet, avergonzado de que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad. Inventaron la his­toria de que la muchacha había muerto en un espantoso ac­cidente. A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la boca cerrada. Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevi­vió, y el que pudo liberarlo no fue encarcelado.»

En su precipitación por escribir, Harry casi vuelca la bo­tellita de la tinta.

«Ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién está detrás. ¿Quién fue en aquella oca­sión?»

«Te lo puedo mostrar, si quieres», contestó Ryddle. «No necesitas leer mis palabras. Podrás ver dentro de mi memo­ria lo que ocurrió la noche en que lo capturé.»

Harry dudó, y la pluma se detuvo encima del diario. ¿Qué quería decir Ryddle? ¿Cómo podía alguien introdu­cirse en la memoria de otro? Miró asustado la puerta del dormitorio; iba oscureciendo. Cuando retornó la vista al dia­rio, vio que aparecían unas palabras nuevas:

«Deja que te lo enseñe.»

Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió una sola palabra:

«Vale.»

Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si es­tuviera soplando un fuerte viento, y se detuvieron a media­dos del mes de junio. Con la boca abierta, Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban ligeramente. Levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia de­lante. La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo de­jaba la cama y era absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras.

Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas borrosas que lo rodeaban se iban defi­niendo rápidamente.

Enseguida se dio cuenta de dónde estaba. Aquella sala circular con los retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era Dumbledore quien estaba sen­tado detrás del escritorio. Un mago de aspecto delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía una carta a la luz de una vela. Harry no había visto nunca a aquel hombre.

—Lo siento —dijo con voz trémula—. No quería moles­tarle...

Pero el mago no levantó la vista. Siguió leyendo, frun­ciendo el entrecejo levemente. Harry se acercó más al escri­torio y balbució:

—¿Me-me voy?

El mago siguió sin prestarle atención. Ni siquiera pare­cía que le hubiera oído. Pensando que tal vez estuviera sor­do, Harry levantó la voz.

—Lamento molestarle, me iré ahora mismo —dijo casi a gritos.

Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas.

El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso a juguetear con los pulgares.

Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fé­nix, ni los artilugios metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los tiempos de Ryddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma, completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.

Llamaron a la puerta.

—Entre —dijo el viejo mago con una voz débil.

Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero puntiagudo. En el pecho le brillaba una insig­nia plateada de prefecto. Era mucho más alto que Harry pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.

—Ah, Ryddle —dijo el director.

—¿Quería verme, profesor Dippet? —preguntó Ryddle. Parecía azorado.

—Siéntese —indicó Dippet—. Acabo de leer la carta que me envió.

—¡Ah! —exclamó Ryddle, y se sentó, cogiéndose las ma­nos fuertemente.

—Muchacho —dijo Dippet con aire bondadoso—, me temo que no puedo permitirle quedarse en el colegio duran­te el verano. Supongo que querrá ir a casa para pasar las va­caciones...

—No —respondió Ryddle enseguida—, preferiría que­darme en Hogwarts a regresar a ese..., a ese...

—Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato mug­gle, ¿verdad? —preguntó Dippet con curiosidad.

—Sí, señor —respondió Ryddle, ruborizándose ligera­mente.

—¿Es usted de familia muggle?

—A medias, señor —respondió Ryddle—. De padre mug­gle y de madre bruja.

—¿Y tanto uno como otro están...?

—Mi madre murió nada más nacer yo, señor. En el orfa­nato me dijeron que había vivido sólo lo suficiente para po­nerme nombre: Tom por mi padre, y Sorvolo por mi abuelo.

Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión.

—La cuestión es, Tom —suspiró—, que se podría haber hecho con usted una excepción, pero en las actuales circuns­tancias...

—¿Se refiere a los ataques, señor? —dijo Ryddle, y a Harry el corazón le dio un brinco. Se acercó, porque no que­ría perderse ni una sílaba de lo que allí se dijera.

—Exactamente —dijo el director—. Muchacho, tiene que darse cuenta de lo irresponsable que sería que yo le per­mitiera quedarse en el castillo al término del trimestre. Especialmente después de la tragedia..., la muerte de esa pobre muchacha... Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De hecho, el Ministerio de Magia se está plan­teando cerrar el colegio. No creo que vayamos a poder locali­zar al..., descubrir el origen de todos estos sucesos tan desa­gradables...

Ryddle abrió más los ojos.

—Señor, si esa persona fuera capturada... Si todo termi­nara...

—¿Qué quiere decir? —preguntó Dippet, soltando un gallo. Se incorporó en el asiento—. ¿Ryddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?

—No, señor —respondió Ryddle con presteza.

Pero Harry estaba seguro de que aquel «no» era del mis­mo tipo que el que él mismo había dado a Dumbledore.

Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente de­cepcionado.

—Puede irse, Tom.

Ryddle se levantó del asiento y salió de la habitación pi­sando fuerte. Harry fue tras él.

Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Ryddle se detuvo y Harry hizo lo mismo, mirán­dolo. Le pareció que Ryddle estaba concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida.

Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio. No vie­ron a nadie hasta llegar al vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de color castaño rojizo y con barba, llamó a Ryddle desde la escalera de mármol.

—¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?

Harry miró sorprendido al mago. No era otro que Dum­bledore, con cincuenta años menos.

—Tenía que ver al director, señor —respondió Ryddle.

—Bien, pues váyase enseguida a la cama —le dijo Dum­bledore, dirigiéndole a Ryddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien—. Es mejor no andar por los pa­sillos durante estos días, desde que...

Suspiró hondo, dio las buenas noches a Ryddle y se marchó con paso decidido. Ryddle esperó que se fuera y a continua­ción, con rapidez, tomó el camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por Harry.

Pero, para su decepción, Ryddle no lo condujo a un pasa­dizo oculto ni a un túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase. Como las antorchas no estaban encendidas y Ryddle había cerrado casi completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Ryddle, que, inmóvil tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado.

A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo únicamente la figura de Ryddle en la puerta, mirando por la rendija, aguardando inmóvil. Y cuan­do Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía alga al otro lado de la puerta.

Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese, pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Ryddle. Éste, silencioso como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía de punti­llas, sin recordar que no le podían oír.

Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos, cuando de improviso Ryddle se detuvo, incli­nando la cabeza hacia el lugar del que provenían unos rui­dos. Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a alguien que hablaba en un ronco susurro.

—Vamos..., te voy a sacar de aquí ahora..., a la caja...

Algo le resultaba conocido en aquella voz.

De repente, Ryddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante de una puerta abier­ta, junto a una caja muy grande.

—Hola, Rubeus —dijo Ryddle con voz seria.

El muchacho cerró la puerta de golpe y se levantó.

—¿Qué haces aquí, Tom?

Ryddle se le acercó.

—Todo ha terminado —dijo—. Voy a tener que entre­garte, Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.

—¿Que vas a...?

—No creo que quisieras matar a nadie. Pero los mons­truos no son buenas mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y...

—¡No ha matado a nadie! —interrumpió el muchachote, retrocediendo contra la puerta cerrada. Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos procedentes del otro lado de la puerta.

—Vamos, Rubeus —dijo Ryddle, acercándose aún más—. Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...

—¡No fue él! —gritó el muchacho. Su voz resonaba en el oscuro corredor—. ¡No sería capaz! ¡Nunca!

—Hazte a un lado —dijo Ryddle, sacando su varita má­gica.

Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor re­pentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír.

Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una ma­raña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas... Ryddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Ryddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero el muchachón se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: ¡NOOOOOOOO!

Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo com­pleta. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los bra­zos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Ryddle abierto sobre el ab­domen.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entró Ron.

—¡Estás aquí! —dijo.

Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.

—¿Qué pasa? —dijo Ron, preocupado.

—Fue Hagrid, Ron. Hagrid abrió la Cámara de los Se­cretos hace cincuenta años.