Harry Potter2 (Cap.11)

 

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J.K. ROWLING

Harry Potter

y

la cámara secreta

Tras derrotar una vez más a lord Voldemort, su siniestro enemigo en Harry Potter y la piedra filosofal, Harry espera impaciente en casa de sus insoportables tíos el inicio del segundo curso del Colegio Hogwarts de Magia y hechicería. Sin embargo, la espera dura poco, pues un elfo aparece en su habitación y le advierte que una amenaza mortal se cierne sobre la escuela. Así pues, Harry no se lo piensa dos veces y, acompañado de Ron, su mejor amigo, se dirige a Hogwarts en un coche volador. Pero ¿puede un aprendiz de mago defender la escuela de los malvados que pretenden destruirla? Sin saber que alguien ha abierto la Cámara de los Secretos, dejando escapar una serie de monstruos peligrosos, harry y sus amigos Ron y Hermione tendrán que enfrentarse con arañas gigantes, serpientes encantadas, fantasmas enfurecidos y, sobre todo, con la mismísima reencarnación de su más temible adversario.

Título original: Harry Potter and the Chamber of Secrets

Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín Azofra

Copyright © J.K. Rowling, 1998

Copyright © Emecé Editores, 1999

Emecé Editores España, S.A.

Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99

ISBN: 84-7888-495-5

Depósito legal: B-33.840-2000

1ª edición, octubre de 1999

10ª edición, julio de 2000

Printed in Spain

Impresión: Liberdúplex, S.L.

Constitución, 19              08014 Barcelona

Para Séan P.F. Harris,

Gúia en la escapada y amigo en los malos tiempos.

11

El club de duelo

Al despertar Harry la mañana del domingo, halló el dormi­torio resplandeciente con la luz del sol de invierno, y su bra­zo otra vez articulado, aunque muy rígido. Se sentó ensegui­da y miró hacia la cama de Colin, pero estaba oculto tras las largas cortinas que el propio Harry había corrido el día an­terior. Al ver que se había despertado, la señora Pomfrey se acercó afanosamente con la bandeja del desayuno, y se puso a flexionarle y estirarle a Harry el brazo y los dedos.

—Todo va bien —le dijo, mientras él apuraba torpe­mente con su mano izquierda las gachas de avena—. Cuan­do termines de comer, puedes irte.

Harry se vistió lo más deprisa que pudo y salió precipi­tadamente hacia la torre de Gryffindor, deseoso de hablar con Ron y Hermione sobre Colín y Dobby, pero no los encon­tró allí. Harry dejó de buscarlos, preguntándose adónde po­dían haber ido y algo molesto de que no parecieran interesa­dos en saber si él había recuperado o no sus huesos.

Cuando pasó por delante de la biblioteca, Percy Weas­ley precisamente salía de ella, y parecía estar de mucho me­jor humor que la última vez que lo habían encontrado.

—¡Ah, hola, Harry! —dijo—. Excelente jugada la de ayer, realmente excelente. Gryffindor acaba de ponerse a la cabeza de la copa de las casas: ¡ganaste cincuenta puntos!

—¿No has visto a Ron ni a Hermione? —preguntó Harry.

—No, no los he visto —contestó Percy, dejando de son­reír—. Espero que Ron no esté otra vez en el aseo de las chicas...

Harry forzó una sonrisa, siguió a Percy con la vista hasta que desapareció, y se fue derecho al aseo de Myrtle la Llorona. No encontraba ningún motivo para que Ron y Hermione estuvieran allí, pero después de asegurarse de que no merodeaban por el lugar Filch ni ningún prefecto, abrió la puerta y oyó sus voces provenientes de un retrete cerrado.

—Soy yo —dijo, entrando en los lavabos y cerrando la puerta. Oyó un golpe metálico, luego otro como de salpica­dura y un grito ahogado, y vio a Hermione mirando por el agujero de la cerradura.

—¡Harry! —dijo ella—. Vaya susto que nos has dado. Entra. ¿Cómo está tu brazo?

—Bien —dijo Harry, metiéndose en el retrete. Habían puesto un caldero sobre la taza del inodoro, y un crepitar que provenía de dentro le indicó que habían prendido un fuego bajo el caldero. Prender fuegos transportables y su­mergibles era la especialidad de Hermione.

—Pensamos ir a verte, pero decidimos comenzar a pre­parar la poción multijugos  —le explicó Ron, después de que Harry cerrara de nuevo la puerta del retrete. Hemos pensa­do que éste es el lugar más seguro para guardarla.

Harry empezó a contarles lo de Colin, pero Hermione lo interrumpió.

—Ya lo sabemos, oímos a la profesora McGonagall ha­blar con el profesor Flitwick esta mañana. Por eso pensa­mos que era mejor darnos prisa.

—Cuanto antes le saquemos a Malfoy una declaración, mejor —gruñó Ron—. ¿No piensas igual? Se ve que después del partido de quidditch estaba tan sulfurado que la tomó con Colin.

—Hay alguien más —dijo Harry, contemplando a Her­mione, que partía manojos de centinodia y los echaba a la poción—. Dobby vino en mitad de la noche a hacerme una visita.

Ron y Hermione levantaron la mirada, sorprendidos. Harry les contó todo lo que Dobby le había dicho... y lo que no le había querido decir. Ron y Hermione lo escucharon con la boca abierta.

—¿La Cámara de los Secretos ya fue abierta antes? —le preguntó Hermione.

—Es evidente —dijo Ron con voz de triunfo—. Lucius Malfoy abriría la cámara en sus tiempos de estudiante y ahora le ha explicado a su querido Draco cómo hacerlo. Está claro. Sin embargo, me gustaría que Dobby te hubiera dicho qué monstruo hay en ella. Me gustaría saber cómo es posible que nadie se lo haya encontrado merodeando por el colegio.

—Quizá pueda volverse invisible —dijo Hermione, em­pujando unas sanguijuelas hacia el fondo del caldero—. O quizá pueda disfrazarse, hacerse pasar por una armadura o algo así. He leído algo sobre fantasmas camaleónicos...

—Lees demasiado, Hermione —le dijo Ron, echando crisopos encima de las sanguijuelas. Arrugó la bolsa vacía de los crisopos y miró a Harry—. Así que fue Dobby el que no nos dejó coger el tren y el que te rompió el brazo... —Mo­vió la cabeza—. ¿Sabes qué, Harry? Si no deja de intentar salvarte la vida, te va a matar.

La noticia de que habían atacado a Colin Creevey y de que éste yacía como muerto en la enfermería se extendió por todo el colegio durante la mañana del lunes. El ambiente se llenó de rumores y sospechas. Los de primer curso se des­plazaban por el castillo en grupos muy compactos, como si temieran que los atacaran si iban solos.

Ginny Weasley, que se sentaba junto a Colin Creevey en la clase de Encantamientos, estaba consternada, pero a Harry le parecía que Fred y George se equivocaban en la manera de animarla. Se turnaban para esconderse detrás de las estatuas, disfrazados con una piel, y asustarla cuan­do pasaba. Pero tuvieron que parar cuando Percy se hartó y les dijo que iba a escribir a su madre para contarle que por su culpa Ginny tenía pesadillas.

Mientras tanto, a escondidas de los profesores, se desa­rrollaba en el colegio un mercado de talismanes, amuletos y otros chismes protectores. Neville Longbottom había com­prado una gran cebolla verde, cuyo olor decían que alejaba el mal, un cristal púrpura acabado en punta y una cola po­drida de tritón antes de que los demás chicos de Gryffindor le explicaran que él no corría peligro, porque tenía la sangre limpia y por tanto no era probable que lo atacaran.

—Fueron primero por Filch —dijo Neville, con el miedo escrito en su cara redonda—, y todo el mundo sabe que yo soy casi un squib.

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó, como de costumbre, a recoger los nom­bres de los que se quedarían en el colegio en Navidades. Harry, Ron y Hermione firmaron en la lista; habían oído que Malfoy se quedaba, lo cual les pareció muy sospechoso. Las vacaciones serían un momento perfecto para utilizar la po­ción multijugos e intentar sonsacarle una confesión.

Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún ne­cesitaban el cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbó­rea africana, y el único lugar del que podrían sacarlos era el armario privado de Snape. A Harry le parecía que preferi­ría enfrentarse al monstruo legendario de Slytherin a tener que soportar las iras de Snape si lo pillaba robándole en el despacho.

—Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Her­mione, cuando se acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con algo. Entonces uno de no­sotros podrá entrar en el despacho de Snape y coger lo que necesitamos. —Harry y Ron la miraron nerviosos—. Creo que es mejor que me encargue yo misma del robo   —continué Hermione, como si tal cosa—. A vosotros dos os expulsarían si os pillaran en otra, mientras que yo tengo el expediente limpio. Así que no tenéis más que originar un tumulto lo su­ficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.

Harry sonrió tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón dormido.

Las clases de Pociones se impartían en una de las maz­morras más espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre. Veinte calderos humeaban en­tre los pupitres de madera, en los que descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica. Draco Malfoy, que era el alumno favorito de Snape, hacia burla con los ojos a Ron y Harry, que sa­bían que si le contestaban tardarían en ser castigados me­nos de lo que se tarda en decir «injusto».

A Harry la pócima infladora le salía demasiado líquida, pero en aquel momento le preocupaban otras cosas más im­portantes. Aguardaba una seña de Hermione, y apenas pres­tó atención cuando Snape se detuvo a mirar con desprecio su poción agnada. Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a Neville, Hermione captó la mirada de Harry; y le hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

Harry se agachó rápidamente y se escondió detrás de su caldero, se sacó de un bolsillo una de las bengalas del doctor Filibuster que tenía Fred, y le dio un golpe con la varita. La bengala se puso a silbar y echar chispas. Sabiendo que sólo contaba con unos segundos, Harry se levantó, apuntó y la lanzó al aire. La bengala aterrizó dentro del caldero de Goyle.

La poción de Goyle estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban cuando los alcanzaba la pócima inflado­ra. A Malfoy le salpicó en toda la cara, y la nariz se le empe­zó a hinchar como un balón; Goyle andaba a ciegas tapándo­se los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué había sucedido. Harry vio a Her­mione aprovechar la confusión para salir discretamente por la puerta.

—¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritaba Snape—. Los que ha­yan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha hecho esto...

Harry intentó contener la risa cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón. Mientras la mitad de la clase se apiñaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos del tamaño de grandes garrotes, y otros sin po­der hablar debido a la hinchazón de sus labios, Harry vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un bulto debajo de la túnica.

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antí­doto y las diversas hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Goyle y extrajo los restos negros y retor­cidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.

—Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Sna­pe—, me aseguraré de que lo expulsen.

Harry puso una cara que esperaba que fuera de perple­jidad. Snape lo miraba a él, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser mejor bienvenida.

—Sabe que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mien­tras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.

Hermione echó al caldero los nuevos ingredientes y re­movió con brío.

—Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.

—Snape no tiene ninguna prueba de que hayas sido tú —dijo Ron a Harry, tranquilizándolo—. ¿Qué puede hacer?

—Conociendo a Snape, algo terrible —dijo Harry, mien­tras la poción levantaba borbotones y espuma.

Una semana más tarde, Harry, Ron y Hermione cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agol­paba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean Thomas les hacían señas, entusiasmados.

—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles en estos días...

—¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el mons­truo de Slytherin? —preguntó Ron, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

—Podría ser útil —les dijo a Harry y Hermione cuando se dirigían a cenar—. ¿Vamos?

Harry y Hermione se mostraron completamente a fa­vor, así que aquella noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la ma­yor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entu­siasmados.

—Me pregunto quién nos enseñará —dijo Hermione, mientras se internaban en la alborotada multitud—. Alguien me ha dicho que Flitwick fue campeón de duelo cuan­do era joven, quizá sea él.

—Con tal de que no sea... —Harry empezó una frase que terminó en un gemido: Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima, resplandeciente en su túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su usual túnica negra.

Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:

—¡Venid aquí, acercaos! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedi­do permiso para abrir este modesto club de duelo, con la in­tención de prepararos a todos vosotros por si algún día nece­sitáis defenderos tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consultad mis obras).

»Permitidme que os presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demos­tración antes de empezar. Pero no quiero que os preocupéis los más jóvenes: no os quedaréis sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no temáis!

—¿No estaría bien que se mataran el uno al otro? —su­surró Ron a Harry al oído.

En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de desprecio. Harry se preguntaba por qué Lock­hart continuaba sonriendo; si Snape lo hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en la dirección opuesta.

Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reve­rencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritu­ra de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal hu­mor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.

—Como veis, sostenemos nuestras varitas en la posi­ción de combate convencional —explicó Lockhart a la silen­ciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.

—Yo no estaría tan seguro —susurró Harry, viendo a Snape enseñar los dientes.

—Una..., dos... y tres.

Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hom­bros del contrincante. Snape gritó:

—¡Expelliarmus!

Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despe­gó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo.

Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Her­mione se puso de puntillas.

—¿Creéis que estará bien? —chilló por entre los dedos con que se tapaba la cara.

—¿A quién le preocupa? —dijeron Harry y Ron al mis­mo tiempo.

Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.

—¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de de­sarme; como podéis ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fá­cil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...

Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:

—¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por pare­jas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...

Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lock­hart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Ron y Harry

—Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter...

Harry se acercó automáticamente a Hermione.

—Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frial­dad—. Señor Malfoy, aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. La señorita Granger que se ponga con Buls­trode.

Malfoy se acercó pavoneándose y sonriendo. Detrás de él iba una chica de Slytherin que le recordó a Harry una foto que había visto en Vacaciones con las brujas. Era alta y ro­busta, y su poderosa mandíbula sobresalía agresivamente. Hermione la saludó con una débil sonrisa que la otra no le devolvió.

—¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lock­hart, de nuevo sobre la tarima— y haced una inclinación!

Harry y Malfoy apenas bajaron la cabeza, mirándose fi­jamente.

—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecutad vuestros hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya nin­gún accidente. Una, dos y... tres.

Harry apuntó la varita hacia los hombros de Malfoy, pero éste ya había empezado a la de dos. Su conjuro le hizo el mismo efecto que si le hubieran golpeado en la cabeza con una sartén. Harry se tambaleó pero aguantó, y sin perder tiempo, dirigió contra Malfoy su varita, diciendo:

—¡Rictusempra!

Un chorro de luz plateada alcanzó a Malfoy en el estó­mago, y el chico se retorció, respirando con dificultad.

—¡He dicho sólo desarmarse! —gritó Lockhart a la com­bativa multitud cuando Malfoy cayó de rodillas; Harry lo había atacado con un encantamiento de cosquillas, y ape­nas se podía mover de la risa. Harry no volvió a atacar, por­que le parecía que no era deportivo hacerle a Malfoy más encantamientos mientras estaba en el suelo, pero fue un error. Tomando aire, Malfoy apuntó la varita a las rodillas de Harry, y dijo con voz ahogada:

—¡Tarantallegra!

Un segundo después, a Harry las piernas se le empeza­ron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo.

—¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo car­go de la situación.

—¡Finite incantatem! —gritó. Los pies de Harry deja­ron de bailar, Malfoy dejó de reír y ambos pudieron levantar la vista.

Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Neville como Justin estaban tendidos en el suelo, ja­deando; Ron sostenía a Seamus, que estaba lívido, y le pedía disculpas por los efectos de su varita rota; pero Hermione y Millicent Bulstrode no se habían detenido: Millicent tenía a Hermione agarrada del cuello y la hacía gemir de dolor. Las varitas de las dos estaban en el suelo. Harry se acercó de un salto y apartó a Millicent. Fue difícil, porque era mucho más robusta que él.

—Muchachos, muchachos... —decía Lockhart, pasando por entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos—. Levántate, Macmillan..., con cuidado, señorita Fawcett..., pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida...

»Creo que será mejor que os enseñe a interceptar los hechizos indeseados —dijo Lockhart, que se había queda­do quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró a Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato—. Necesito un par de voluntarios... Longbottom y Finch-Fletchley, ¿qué tal vosotros?

—Mala idea, profesor Lockhart —dijo Snape, deslizán­dose como un murciélago grande y malévolo—. Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendría­mos que enviar a Finch-Fletchley a la enfermería en una caja de cerillas. —La cara sonrosada de Neville se puso de un rosa aún más intenso—. ¿Qué tal Malfoy y Potter? —dijo Snape con una sonrisa malvada.

—¡Excelente idea! —dijo Lockhart, haciéndoles un ges­to para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiem­po que la multitud se apartaba para dejarles sitio—. Vea­mos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte con la varita, tienes que hacer esto.

Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo. Snape sonrió y Lockhart se apresuró a re­cogerla, diciendo:

—¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!

Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy también sonrió. Harry miró asustado a Lock­hart y le dijo:

—Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?

—¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lock­hart no pudiera oírle.

—Eso quisieras tú —le dijo Harry torciendo la boca.

Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.

—¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!

—¿El qué?, ¿dejar caer la varita?

Pero Lockhart no le escuchaba.

—Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.

Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:

—¡Serpensortia!

Hubo un estallido en el extremo de su varita. Harry vio, aterrorizado, que de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos y se erguía, lista para atacar. To­dos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un segundo.

—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...

—¡Permitidme! —gritó Lockhart. Blandió su varita apun­tando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos.

Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo percibió que las piernas lo impulsaban hacia de­lante como si fuera sobre ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Déjale!» Y milagrosa e inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa man­guera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry. A éste se le pasó el miedo. Sabía que la serpiente ya no atacaría a nadie, aunque no habría podido explicar por qué lo sabía.

Sonriendo, miró a Justin, esperando verlo aliviado, o con­fuso, o agradecido, pero ciertamente no enojado y asustado.

—¿A qué crees que jugamos? —gritó, y antes de que Harry pudiera contestar, se había dado la vuelta y abando­naba el salón.

Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapa­reció en una pequeña nube de humo negro. También Snape miraba a Harry de una manera rara; era una mirada astuta y calculadora que a Harry no le gustó. Fue vagamente cons­ciente de que a su alrededor se oían unos inquietantes mur­mullos. A continuación, sintió que alguien le tiraba de la tú­nica por detrás.

—Vamos —le dijo Ron al oído—. Vamos...

Ron lo sacó del salón, y Hermione fue con ellos. Al atra­vesar las puertas, los estudiantes se apartaban como si les diera miedo contagiarse. Harry no tenía ni idea de lo que pasaba, y ni Ron ni Hermione le explicaron nada hasta lle­gar a la sala común de Gryffindor, que estaba vacía. Enton­ces Ron sentó a Harry en una butaca y le dijo:

—Hablas pársel. ¿Por qué no nos lo habías dicho?

—¿Que hablo qué? —dijo Harry.

—¡Pársel! —dijo Ron—. ¡Puedes hablar con las serpientes!

—Lo sé —dijo Harry—. Quiero decir, que ésta es la se­gunda vez que lo hago. Una vez, accidentalmente, le eché una boa constrictor a mi primo Dudley en el zoo... Es una larga historia... pero ella me estaba diciendo que no había estado nunca en Brasil, y yo la liberé sin proponérmelo. Fue antes de saber que era un mago...

—¿Entendiste que una boa constrictor te decía que no había estado nunca en Brasil? —repitió Ron con voz débil.

—¿Y qué? —preguntó Harry—. Apuesto a que pueden hacerlo montones de personas.

—Desde luego que no —dijo Ron—. No es un don muy frecuente. Harry, eso no es bueno.

—¿Que no es bueno? —dijo Harry, comenzando a enfa­darse—. ¿Qué le pasa a todo el mundo? Mira, si no le hubie­ra dicho a esa serpiente que no atacara a Justin...

—¿Eso es lo que le dijiste?

—¿Qué pasa? Tú estabas allí... Tú me oíste.

—Hablaste en lengua pársel —le dijo Ron—, la lengua de las serpientes. Podías haber dicho cualquier cosa. No te sorprenda que Justin se asustara, parecía como si estuvie­ras incitando a la serpiente, o algo así. Fue escalofriante.

Harry se quedó con la boca abierta.

—¿Hablé en otra lengua? Pero no comprendo... ¿Cómo puedo hablar en una lengua sin saber que la conozco?

Ron negó con la cabeza. Por la cara que ponían tanto él como Hermione, parecía como si acabara de morir alguien. Harry no alcanzaba a comprender qué era tan terrible.

—¿Me quieres decir qué hay de malo en impedir que una serpiente grande y asquerosa arranque a Justin la ca­beza de un mordisco? —preguntó—. ¿Qué importa cómo lo hice si evité que Justin tuviera que ingresar en el Club de Cazadores Sin Cabeza?

—Sí importa —dijo Hermione, hablando por fin, en un susurro—, porque Salazar Slytherin era famoso por su ca­pacidad de hablar con las serpientes. Por eso el símbolo de la casa de Slytherin es una serpiente.

Harry se quedó boquiabierto.

—Exactamente —dijo Ron—. Y ahora todo el colegio va a pensar que tú eres su tatara-tatara-tatara-tataranieto o algo así.

—Pero no lo soy —dijo Harry, sintiendo un inexplicable terror.

—Te costará mucho demostrarlo —dijo Hermione—. Él vivió hace unos mil años, así que bien podrías serlo.

Aquella noche, Harry pasó varias horas despierto. Por una abertura en las colgaduras de su cama, veía que la nieve co­menzaba a amontonarse al otro lado de la ventana de la torre, y meditaba.

¿Era posible que fuera un descendiente de Salazar Slytherin? Al fin y al cabo, no sabía nada sobre la familia de su padre. Los Dursley nunca le habían permitido hacerles preguntas sobre sus familiares magos.

En voz baja, trató de decir algo en lengua pársel, pero no encontró las palabras. Parecía que era requisito impres­cindible estar delante de una serpiente.

«Pero estoy en Gryffindor —pensó Harry—. El Sombre­ro Seleccionador no me habría puesto en esta casa si tuviera sangre de Slytherin...»

«¡Ah! —dijo en su cerebro una voz horrible—, pero el Sombrero Seleccionador te quería enviar a Slytherin, ¿lo re­cuerdas?»

Harry se volvió. Al día siguiente vería a Justin en clase de Herbología y le explicaría que le había pedido a la ser­piente que se apartara de él, no que lo atacara, algo (pensó enfadado, dando puñetazos a la almohada) de lo que cual­quier idiota se habría dado cuenta.

A la mañana siguiente, sin embargo, la nevada que había empezado a caer por la noche se había transformado en una tormenta de nieve tan recia que se suspendió la última clase de Herbología del trimestre. La profesora Sprout quiso tapar las mandrágoras con pañuelos y calcetines, una operación delicada que no habría confiado a nadie más, puesto que el crecimiento de las mandrágoras se había convertido en algo tan importante para revivir a la Señora Norris y a Colin Creevey.

Harry le daba vueltas a aquello, sentado junto a la chi­menea, en la sala común de Gryffindor, mientras Ron y Her­mione aprovechaban el hueco dejado por la clase de Herbolo­gía para echar una partida al ajedrez mágico.

—¡Por Dios, Harry! —dijo Hermione, exasperada, mien­tras uno de los alfiles de Ron tiraba al suelo al caballero de uno de sus caballos y lo sacaba a rastras del  tablero—. Si es tan importante para ti, ve a buscar a Justin.

De forma que Harry se levantó y salió por el retrato, preguntándose dónde estaría Justin.

El castillo estaba más oscuro de lo normal en pleno día, a causa de la nieve espesa y gris que se arremolinaba en to­das las ventanas. Tiritando, Harry pasó por las aulas en que estaban haciendo clase, vislumbrando algunas esce­nas de lo que ocurría dentro. La profesora McGonagall gri­taba a un alumno que, a juzgar por lo que se oía, había convertido a su compañero en un tejón. Aguantándose las ganas de echar un vistazo, Harry siguió su camino, pensando que Justin podría estar aprovechando su hora libre para hacer alguna tarea pendiente, y decidió mirar antes que nada en la biblioteca.

Efectivamente, algunos de los de Hufflepuff que tenían clase de Herbología estaban en la parte de atrás de la biblio­teca, pero no parecía que estudiasen. Entre las largas filas de estantes, Harry podía verlos con las cabezas casi pegadas unos a otros, en lo que parecía una absorbente conversa­ción. No podía distinguir si entre ellos se encontraba Justin. Se les estaba acercando cuando consiguió entender algo de lo que decían, y se detuvo a escuchar, oculto tras la sección de «Invisibilidad».

—Así que —decía un muchacho corpulento— le dije a Justin que se ocultara en nuestro dormitorio. Quiero decir que si Potter lo ha señalado como su próxima víctima, es mejor que se deje ver poco durante una temporada. Por su­puesto, Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle. Lo que Justin le dijo exactamente es que le habían reservado plaza en Eton. No es el mejor comentario que se le puede hacer al heredero de Slytherin, ¿verdad?

—¿Entonces estás convencido de que es Potter, Ernie? —preguntó asustada una chica rubia con coletas.

—Hannah —le dijo solemnemente el chico robusto—, sabe hablar pársel. Todo el mundo sabe que ésa es la marca de un mago tenebroso. ¿Sabes de alguien honrado que pue­da hablar con las serpientes? Al mismo Slytherin lo llama­ban «lengua de serpiente».

Esto provocó densos murmullos. Ernie prosiguió:

—¿Recordáis lo que apareció escrito en la pared? «Te­med, enemigos del heredero.» Potter estaba enemistado con Filch. A continuación, el gato de Filch resulta agredido. Ese chaval de primero, Creevey, molestó a Potter en el partido de quidditch, sacándole fotos mientras estaba tendido en el barro. Y entonces aparece Creevey petrificado.

—Pero —repuso Hannah, vacilando— parece tan majo... y, bueno, fue él quien hizo desaparecer a Quien-vosotros-sabéis. No puede ser tan malo, ¿no creéis?

Ernie bajó la voz para adoptar un tono misterioso. Los de Hufflepuff se inclinaron y se juntaron más unos a otros, y Harry tuvo que acercarse más para oírlas palabras de Ernie.

—Nadie sabe cómo pudo sobrevivir al ataque de Quien-vosotros-sabéis. Quiero decir que era tan sólo un niño cuando ocurrió, y tendría que haber saltado en pedazos. Sólo un mago tenebroso con mucho poder podría sobrevivir a una maldi­ción como ésa. —Bajó la voz hasta que no fue más que un su­surro, y prosiguió—: Por eso seguramente es por lo que Quien-vosotros-sabéis quería matarlo antes que a nadie. No quería tener a otro Señor Tenebroso que le hiciera la compe­tencia. Me pregunto qué otros poderes oculta Potter.

Harry no pudo aguantar más y salió de detrás de la es­tantería, carraspeando sonoramente. De no estar tan enoja­do, le habría parecido divertida la forma en que lo recibie­ron: todos parecían petrificados por su sola visión, y Ernie se puso pálido.

—Hola —dijo Harry—. Busco a Justin Finch-Fletchley.

Los peores temores de los de Hufflepuff se vieron así confirmados. Todos miraron atemorizados a Ernie.

—¿Para qué lo buscas? —le preguntó Ernie, con voz tré­mula.

—Quería explicarle lo que sucedió realmente con la ser­piente en el club de duelo —dijo Harry.

Ernie se mordió los labios y luego, respirando hondo, dijo:

—Todos estábamos allí. Vimos lo que sucedió.

—Entonces te darías cuenta de que, después de lo que le dije, la serpiente retrocedió —le dijo Harry.

—Yo sólo me di cuenta —dijo Ernie tozudamente, aun­que temblaba al hablar— de que hablaste en lengua pársel y le echaste la serpiente a Justin.

—¡Yo no se la eché! —dijo Harry, con la voz temblorosa por el enojo—. ¡Ni siquiera lo tocó!

—Le anduvo muy cerca —dijo Ernie—. Y por si te en­tran dudas —añadió apresuradamente—, he de decirte que puedes rastrear mis antepasados hasta nueve generaciones de brujas y brujos y no encontrarás una gota de sangre muggle, así que...

—¡No me preocupa qué tipo de sangre tengas! —dijo Harry con dureza—. ¿Por qué tendría que atacar a los de fa­milia muggle?

—He oído que odias a esos muggles con los que vives —dijo Ernie apresuradamente.

—No es posible vivir con los Dursley sin odiarlos —dijo Harry—. Me gustaría que lo intentaras.

Dio media vuelta y salió de la biblioteca, provocando una mirada reprobatoria de la señora Pince, que estaba sacando brillo a la cubierta dorada de un gran libro de hechizos. Fu­rioso como estaba, iba dando traspiés por el corredor, sin ser consciente de adónde iba. Y al fin se dio de bruces contra una mole grande y dura que lo tiró al suelo de espaldas.

—¡Ah, hola, Hagrid! —dijo Harry, levantando la vista.

Aunque llevaba la cara completamente tapada por un pasamontañas de lana cubierto de nieve, no podía tratarse de nadie más que Hagrid, pues ocupaba casi todo el ancho del corredor con su abrigo de piel de topo. En una de sus grandes manos enguantadas llevaba un gallo muerto.

—¿Va todo bien, Harry? —preguntó Hagrid, quitándo­se el pasamontañas para poder hablar—. ¿Por qué no estás en clase?

—La han suspendido —contestó Harry, levantándo­se—. ¿Y tú, qué haces aquí?

Hagrid levantó el gallo sin vida.

—El segundo que matan este trimestre —explicó—. O son zorros o chupasangres, y necesito el permiso del direc­tor para poner un encantamiento alrededor del gallinero.

Miró a Harry más de cerca por debajo de sus cejas espe­sas, cubiertas de nieve.

—¿Estás seguro de que te encuentras bien? Pareces preocupado y alterado.

Harry no pudo repetir lo que decían de él Ernie y el res­to de los de Hufflepuff.

—No es nada —repuso—. Mejor será que me vaya, Hagrid, después tengo Transformaciones y debo recoger los libros.

Se fue con la mente cargada con todo lo que había dicho Ernie sobre él:

«Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó decirle a Potter que era de familia muggle...»

Harry subió las escaleras y volvió por otro corredor. Estaba mucho más oscuro, porque el viento fuerte y helado que penetraba por el cristal flojo de una ventana había apa­gado las antorchas. Iba por la mitad del corredor cuando tro­pezó y cayó de cabeza contra algo que había en el suelo.

Se volvió y afinó la vista para ver qué era aquello sobre lo que había caído, y sintió que el mundo le venía encima.

Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley. Y eso no era todo. A su lado había otra figura, componiendo la visión más extraña que Harry hubiera contemplado nunca.

Se trataba de Nick Casi Decapitado, que no era ya transparente ni de color blanco perlado, sino negro y nebli­noso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal, a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara te­nía una expresión de horror idéntica a la de Justin.

Harry se puso de pie, con la respiración acelerada y el co­razón ejecutando contra sus costillas lo que parecía un redo­ble de tambor. Miró enloquecido arriba y abajo del corredor desierto y vio una hilera de arañas huyendo de los cuerpos a todo correr. Lo único que se oía eran las voces amortiguadas de los profesores que daban clase a ambos lados.

Podía salir corriendo, y nadie se enteraría de que había estado allí. Pero no podía dejarlos de aquella manera..., te­nía que hacer algo por ellos. ¿Habría alguien que creyera que él no había tenido nada que ver?

Aún estaba allí, aterrorizado, cuando se abrió de golpe la puerta que tenía a su derecha. Peeves el poltergeist sur­gió de ella a toda velocidad.

—¡Vaya, si es Potter pipí en el pote! —cacareó Peeves, ladeándole las gafas de un golpe al pasar a su lado dando saltos—. ¿Qué trama Potter? ¿Por qué acecha?

Peeves se detuvo a media voltereta. Boca abajo, vio a Justin y Nick Casi Decapitado. Cayó de pie, llenó los pulmo­nes y, antes de que Harry pudiera impedirlo, gritó:

—¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! NINGUN MOR­TAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! SALVESE QUIEN PUEDA! AGREESIÓÓÓÓN!

Pataplún, patapán, pataplún: una puerta tras otra, se fueron abriendo todas las que había en el corredor, y la gen­te empezó a salir. Durante varios minutos, hubo tal jaleo que por poco no aplastan a Justin y atraviesan el cuerpo de Nick Casi Decapitado.

Los alumnos acorralaron a Harry contra la pared hasta que los profesores pidieron calma. La profesora McGonagall llegó corriendo, seguida por sus alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras. La profesora uti­lizó la varita mágica para provocar una sonora explosión que restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a las aulas. Cuando el lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie, el de Hufflepuff.

—¡Te han cogido con las manos en la masa! —gritó Ernie, con la cara completamente blanca, señalando con el dedo a Harry.

—¡Ya vale, Macmillan! —dijo con severidad la profesora McGonagall.

Peeves se meneaba por encima del grupo con una mal­vada sonrisa, escrutando la escena; le encantaba el follón. Mientras los profesores se inclinaban sobre Justin y Nick Casi Decapitado, examinándolos, Peeves rompió a cantar:

—¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido, te cargas a los estudiantes, y te parece divertido!

—¡Ya basta, Peeves! —gritó la profesora McGonagall, y Peeves escapó por el corredor, sacándole la lengua a Harry.

Los profesores Flitwick y Sinistra, del departamento de Astronomía, fueron los encargados de llevar a Justin a la en­fermería, pero nadie parecía saber qué hacer con Nick Casi Decapitado. Al final, la profesora McGonagall hizo aparecer de la nada un gran abanico, y se lo dio a Ernie con instruccio­nes de subir a Nick Casi Decapitado por las escaleras. Ernie obedeció, abanicando a Nick por el corredor para llevárselo por el aire como si se tratara de un aerodeslizador silencioso y negro. De esa forma, Harry y la profesora McGonagall se quedaron a solas.

—Por aquí, Potter —indicó ella.

—Profesora —le dijo Harry enseguida—, le juro que yo no...

—Eso se escapa de mi competencia, Potter —dijo de manera cortante la profesora McGonagall.

Caminaron en silencio, doblaron una esquina, y ella se paró ante una gárgola de piedra grande y extremadamen­te fea.

—¡Sorbete de limón! —dijo la profesora.

Se trataba, evidentemente, de una contraseña, porque de repente la gárgola revivió y se hizo a un lado, al tiempo que la pared que había detrás se abría en dos. Incluso aterrorizado como estaba por lo que le esperaba, Harry no pudo dejar de sorprenderse. Detrás del muro había una escalera de caracol que subía lentamente hacia arriba, como si fue­ra mecánica. Al subirse él y la profesora McGonagall, la pa­red volvió a cerrarse tras ellos con un golpe sordo. Subieron más y más dando vueltas, hasta que al fin, ligeramente ma­reado, Harry vio ante él una reluciente puerta de roble, con una aldaba de bronce en forma de grifo, el animal mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila.

Entonces supo adónde lo llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de Dumbledore.