Groucho
y Yo (Extracto)
Autor: GROUCHO MARX
¿POR
QUE LO LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR SEXO?
Detesto empezar a hablar del matrimonio, del amor y del noviazgo. (Creo que los
he citado a la inversa, pero en realidad no representa gran diferencia, a menos
que se esté enamorado.) Como tengo tres hijos, es justo que supongas que he
estado casado... aunque he oído hablar de ciertas excepciones a la regla.
No estoy tan loco como para embarcarme en este tema. En la historia de la
humanidad no hay otro tópico que haya sido tan rastreado, hecho trizas y
machacado como los lazos sagrados para no mencionar los menos sagrados. Ninguna
revista que se estime en algo ha aparecido en los quioscos sin publicar por lo
menos dos artículos definitivos sobre el matrimonio y el noviazgo
(frecuentemente escritos por un grupo de célibes o de vírgenes, si es queda
alguna). Ningún diario puede sobrevivir sin una columna de consejos
sentimentales, probablemente contigua a la sección cómica, la parte más
importante de la publicación. Por lo menos la mitad de las películas que se
hacen para la gran masa tratan del muchacho que conoce a la chica y del lazo
corredizo que el público se ha acostumbrado a esperar en el último rollo de la
película. Cada tarde en la televisión hay tres horas dedicadas a variaciones
sobre el tema de "La vida puede ser un éxtasis" y en la radio ocurre
otro tanto.
(...)
Mi primer matrimonio tuvo lugar en Chicago. Teníamos la licencia y dos dólares
y hubiésemos podido casarnos inmediatamente y sin trabas en el ayuntamiento,
pero mi novia insistió en que deseaba cierta atmósfera religiosa. Cualquiera
que se haya casado sabe que a esta altura de las relaciones, el novio, febril de
deseo, está dispuesto a conceder cualquier cosa.
No sé si Chicago a mejorado, pero fuimos acribillados a preguntas por cinco
sacerdotes antes de encontrar a uno que consintiese en celebrar la ceremonia.
Parece que los cinco que nos rechazaron tenían objeciones religiosas que oponer
porque no éramnos los dos de la misma fe. Además, cuando descubrieron que
ambos trabajábamos en el teatro, se apresuraron a acompañarnos hasta la
salida.
(...)
No quiero ser irreverente, pero creo que estarás de acuerdo en que quienquiera
que creó el sexo ciertamente sabía lo que hacía. Aunque todo el mundo está
loco por él, la palabra en sí, pese a su brevedad, parece asustar a muchísima
gente. Los autores de canciones, en especial, siempre suprimen esta adorable
palabrita y la sustituyen por "amor". Ningún cantante (ni siquiera un
tenor) se atrevería a cantar El sexo es algo maravilloso. Con ese título la
canción obtendría un éxito multitudinario, pero el cantante sería puesto en
la lista negra por algún comité de moralidad. ¿La acusación? Incitar a la
gente a que haga una cosa perfectamente natural.
El amor abarca una multitud de emociones y de actitudes. Creo que puedes amar a
Dios, a un niño, al vecino (o a su esposa, elegir uno o el otro), e incluso a
un chucho. Pero el amor matrimonial nunca se define con claridad.
Cuando la gente ve a una pareja joven paseando sin rumbo, cogida del brazo,
ajena al mundo entero y tan apretada como dos plátanos en la misma piel,
invariablemente esclama:
-¡Oh, qué pareja más encantadora! ¡Qué enamorados están! ¿Verdad que es
bonito?
Bueno, aquí es donde el viejo Groucho, experto en nada, saca fuerzas de
flaqueza y descubre su alma ante un mundo hostil. Lo llaman amor, pero, para ser
sinceros, en la mayoría de los casos no lo es. Se trata sólo de dos personas
que se encuentran sexualmente atractivas y que esperan, si hay suerte, estar
pronto uno en los barzos del otro.
Me gustaría saber lo entusiasmado que este Romeo se mostraría acerca de esta
Julieta si ella fuese patizamba, tonta y su busto estuviese manufacturado en
Akron, Ohio. Supongamos que tanto ella como él tuviesen patas de gallo. Me
pregunto lo fuerte que sería su amor en este caso, a menos, desde luego, que
resultara que ambos fuesen gallos, en cuyo caso se sentirían irresistiblemente
atraídos.
No niego que incluso las personas espantosas se casan (tómeme a mí, por
ejemplo), pero la mayoría de los jóvenes se casan porque sienten avidez por
esa sublime experiencia sexual que han estado acariciando en su subconciente
desde que iban a la escuela, alentada por sus amigos, por las películas y por
las novelas baratas.
En La gata sobre el tejado de zinc, Tennesse Williams hace que la madre señale
una cama y diga: "Ahí es donde se deciden los matrimonios". Si el señor
Williams cree que en el matrimonio no hay más que esa cama, le sugiero que
repase de nuevo la obra y la escriba otra vez.
No hay duda de que el sexo es la fuerza responsable de la perpetuación de la
raza humana. Si no existiese, la vida desaparecería en pocas décadas, lo que
tal vez no fuese mala idea. Creo, sin embargo, que el verdadero amor aparece sólo
cuando se han amortiguado las primeras llamaradas de pasión y quedan sólo las
ascuas. Este es el verdadero amor, que guarda sólo una relación remota con el
sexo. Sus partes integrantes son la paciencia, el perdón, la comprensión mutua
y una larga tolerancia hacia los defectos ajenos. Creo que esta es una base
mucho más firme para la perpetuación de un matrimonio feliz. Pero ¿por qué
he de divagar acerca de esto? Pongámoslo todo en manos del maestro, G.B.S. (Shaw
para tí), a quien cito: "Cuando dos personas están bajo la influencia de
la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de las
pasiones, se les pide que juren que permanecerán continuamente en esa condición
excitada, anormal y hasta agotadora hasta que la muerte los separe".
Ahora que el señor Shaw y yo hemos definido el amor y hemos hecho con él un
paquete pequeño, primoroso y superficial, prosigamos. Creo que la soledad es
responsable de más matrimonios que el tan traído y llevado sexo. He leído
muchísimas biografías describiendo la vida plácida del soltero, pero no te lo
creas. Un amigo mío llamado Devlin (hermano de sangre de Delaney) me dijo una
vez con cierto arrepentimiento que si durante los días de su noviazgo hubieran
existido la televisión y las comidas en lata, nunca se hubiera casado. Hay la
suficiente verdad en su afirmación para hacerme creer que desearía no haberse
dejado atrapar jamás.
El muy tonto no comprende que, prescindiendo de cuantas comidas en lata tragara
o de cuantos televisores tuviera en casa, seguiría estando solo. Las comidas en
lata son un invento maravilloso, pero no pueden reemplazar a una mujer enamorada
que cuida a su marido. Si tuviera que definirlo con una sola frase, tal vez
utilizaría esta: "El mejor banquete del mundo no merece la pena ser comido
a menos que se tenga a alguien con quien compartirlo". Y lo mismo ocurre
con todas las experiencias compartidas. La mitad del placer que supone ver la
televisión en casa consiste en que uno puede volverse hacia el compañero y
comentar los programas infames que las emisoras producen con toda deliberación.
No hay nada más espantoso que sentarse solo en el cine, sin nadie con quien
hablar. Durante mis retiradas de la vida matrimonial, con frecuencia experimenté
esta desagradable sensación.
Tal vez sea un caso excepcional, pero encuentro casi imposible ver una película
a menos que pueda lanzar a mi compañero, hombre o mujer, preguntas como:
"No habíamos visto el año pasado a ese gordo en Aquí está la pubertad o
"He olvidado quien ha dirigido esta porquería; ¿cómo se llama?" o
"¿Crees que ella es verdaderamente culpable?" Comprendo que esta
clase de charla estúpida puede ser enloquecedora para mi compañero, para no
mencionar a los espectadores que nos rodean, pero es un impulso que, por
desdicha, no puedo dominar. Y ése fue el origen de una aventura horrible.
Un sombrío fin de semana, sintiéndome con ánimo romántico, viajé hasta Palm
Spring. Cuando llegué estaba lloviendo. Había reservado una habitación en un
destacado club de tenis y, según tengo por costumbre, andaba en busca de alguna
compañía femenina. Aquel año el tiempo había sido desusadamente malo (según
la Cámara de Comercio) y en el club apenas encontré elementos del sexo
opuesto. Cené solo. Con excepción de mi respiración profunda, la única
distracción que había en el amplio comedor era el atemorizador sonido que
producía un viejo caballero situado en un rincón lejano. Estaba deshaciendo
una tostada en la sopa de almejas con la esperanza de que este aditamiento haría
potable aquel mejunje.
(...)
Era una noche fría y húmeda, de modo que puse unos cuantos troncos en el
hogar. Aparentemente, algo iba mal en el tiraje porque, en lugar de aquellas
llamas alegres y cálidas que debían haberse alzado hacia la chimenea, la
habitación y yo empezamos a llenarnos de humo.
Me coloqué el sombrero y desplazando un poco mi úlcera hacia un costado, decidí
que antes de convertirme en un verdadero salmón ahumado era preferible
dirigirme al cine local. No recuerdo lo que se proyectaba. Sólo me sentía atraído
hacia ese cine por un anuncio que decía: "Se permite fumar en la
sala".
Al entrar, el empresario me saludó con toda la deferencia debida a un gran
artista. Dijo:
-¡Hola, Groucho! Quedan muchas localidades buenas. ¡Ja, ja, ja!
Su risa se convirtió en sollozos mientras yo penetraba en la sala.
La platea estaba vacía, con excepción de un hombre viejo que se sentaba en el
tramo central, absorto en lo que ocurría en la pantalla. Me encaminé
directamente hacia él. Como había entrado después de empezar la película, no
tenía idea de lo que ocurría ni de quienes eran los artistas. En consecuencia,
le lancé una serie de preguntas en rápida sucesión. Me respondió con otra
serie de respuestas breves y guturales. Después de esperar unos cuantos
minutos, le hice otra pregunta. En cuyo momento él recogió su gabardina y su
sombrero y se trasladó al extremo más alejado de la sala. Como no tenía a
nadie más con quien hablar, muy pronto salí del cine y regresé a mi hermoso
refugio.
Abrí rápidamente todas las ventanas y me zambullí en la cama. Mientras yacía
en ella, tembloroso, un pensamiento terrible se me ocurrió. ¡Supongamos que el
hombre del cine hubiese acudido al empresario a quejarse de que un tipo excéntrico,
que había desparecido apresuradamente, había tratado de molestarlo! ¡Qué
bonito titular hubiese hecho! GROUCHO MARX DETENIDO POR MOLESTAR A UN ANCIANO EN
UN CINE LOCAL.
(...)