Enviado por: Fernando Fernán Alonso
Desde
muy pequeño todo lo que le rodeaba era diferente, nunca entendía por qué los
demás podían disfrutar de aquellas grises tardes, de aquellos grises juegos o
de las grises historias del viejo ermitaño del pueblo.
Sus
mayores tenían razón, no se debe jugar con el suelo mojado, no se pueden tocar
los animales, esto no se toca, esto no se hace, esto no se puede. Estaba
convencido de que los demás muchachos eran de otro mundo, pues cuando tenían
la menor oportunidad ignoraban las correctas indicaciones de los mayores.
Los
mayores siempre tienen la razón, ¿Por qué no les escuchaban?, ¿Por qué no
les hacían caso?.
Pasaban
los meses y los demás niños continuaban con sus grises juegos, sus grises
risas, mientras él realmente iba por el buen camino; aquél que los mayores le
marcaban.
Un
día, la más pequeña del grupo, se acercó y le pregunto: ¿Por qué no juegas
con los demás?
¿Jugar?
– contestó - Según los mayores, jugar es cosa de niños.
Pero,
¿acaso no eres tú un niño como todos nosotros? – replicó la niña –
Por
un segundo, todo lo que le rodeaba comenzó a tomar color. Pensó en todo
aquello que según los mayores estaba bien, pero que ahora para él empezaba a
ser gris.
Las
palabras de la pequeña habían conseguido que, por primera vez, diera color a
todo aquello que le estaba vedado.
Nuestro
pequeño aprendió que ser niño no es cuestión de edad.