EL GRILLO Y LA LUNA

 

EL GRILLO Y LA LUNA

Escrito por Beleth

Una noche de insomnio decidí salir a dar un paseo por la calle. Mientras iba andando trataba de comprender por qué no podía dormir... hasta que oí el sonido. "¡Ya está!" me dije, "Son los grillos los que no me dejan dormir.". Decidido a echarle una buena bronca al primer grillo que me encontrase, fui buscando por el jardín que hay cerca de mi casa.

Tras un rato de seguir el dichoso crick, crick, crick, di con uno de ellos. Estaba tan atareado con su música que cuando le hablé dio un respingo asustado.

-¡Te parece bonito el escándalo que estáis montando tú y tus hermanos a estas horas de la madrugada!.- dije yo muy enfadado.

El grillo dejó unos instantes su música y me contestó: - Te pido disculpas, humano, pero la maldición que pesa sobre mí y mis hermanos nos obliga a cantarle a la Luna todas las noches. -

-¿Una maldición?- pregunté yo muy intrigado.

- Si tienes un rato te contaré la triste historia de Alfredo, nuestro antepasado. - se ofreció.

Yo tomé asiento en el jardín, crucé las piernas y dije: - Estoy dispuesto. -

" Bien, esta historia ocurrió hace mucho, mucho tiempo. Mi antepasado, Alfredo, era un juglar que iba de ciudad en ciudad, de país en país contando historias y tocando el violín en las plazas para ganarse la vida. Era un trotamundos incorregible que nunca podía pasar más de tres días en el mismo sitio.

Un día estaba tocando en el patio del castillo de la ciudad principal de un gran reino. Ese día estaba contando para la guardia la historia de un famoso asedio mientras que amenizaba las escenas de batallas con su violín.

Cuando estaba en uno de los momentos más emocionantes del relato entró en el patio del castillo un carruaje bellamente adornado con rosas blancas y tirado por siete corceles del mismo color. Durante un momento fugaz, Alfredo pudo ver entre las cortinas del carro una tez blanca y delicada adornada con unos preciosos labios encarnados y unos ojos negros que le llegaron hasta el corazón destruyendo todas las barreras que su sed de aventuras había impuesto al amor durante toda su vida.

Alfredo quedó totalmente ensimismado, hasta tal punto que se olvido de la historia que estaba contando. Cuando se recuperó del impacto tartamudeó unas disculpas y comenzó a tocar una canción de amor. Los guardas, decepcionados por el cambio, se alejaron murmurando.

Alfredo preguntó a la gente del lugar y se enteró de que la joven a la que había visto era la princesa Alejandra. Pero también le contaron que su padre había muerto y que ahora regía el reino su madre, la reina bruja. La gente murmuraba que la reina practicaba la magia negra, aunque los que murmuraban eso muchas veces solían desaparecer para siempre. Otros decían que en los últimos tiempos el número de sapos había aumentado mucho, y quien sabe si aquello tenía algo que ver con la reina...

Lo que sí era cierto era que la reina estaba buscando marido para su hija. Pretendía utilizarla para realizar un matrimonio de conveniencia con algún otro país rico. El problema es que hasta el momento siempre las habían rechazado. No por la princesa, que los príncipes estaban encantados de tenerla como esposa, sino por la reina. Sólo de ver la clase de suegra que les iba a tocar en gracia las despedían de la forma más cortés que podían y en el plazo de tiempo más breve que se atrevían (no fuese que la reina se enfadase y lanzase una maldición).

Esa misma noche Alfredo fue al pie del torreón donde la princesa tenía sus aposentos y comenzó a entonar canciones de amor acompañado por su violín. Era la melodía más dulce que se había escuchado nunca, la princesa por fin salió a la ventana y empezó a responder a las frases de amor de su pretendiente con una voz comparable a las de los coros celestiales.

Y así fue noche tras noche, y tanto la princesa como Alfredo estaban cada vez más enamorados. Hasta que una noche todo aquello despertó a la reina, cuando vio lo que pasaba se llevó las manos a la cabeza. ¡Su hija enamorada de un juglar!. Lo que le faltaba, encima de que no podía casarla con un rico príncipe se le enamoraba de un vagabundo. Como tenía el corazón más negro que el carbón decidió acabar con todo aquello y quedarse con el reino para ella sola. Pero para eso debería quitar a su hija y al juglar de en medio. Entonces urdió el plan más perverso que nunca se ha urdido.

Con un gesto de su mano desapareció de su cámara y apareció junto al juglar, al pie del torreón. Al verla aparecer, la princesa dio un grito porque estaba convencida de que la reina convertiría a Alfredo en un sapo.

Pero no fue así. La reina, con el tono más pastoso y meloso que podía poner, le dijo al juglar:

- Si pretendes a mi hija deberás pasar tres pruebas mágicas. Al cabo de las cuales podrás tener su mano si logras alcanzarla allá arriba. -

- De acuerdo,- dijo Alfredo - dime que pruebas he de pasar. -

La primera prueba que Alfredo debía afrontar consistía en buscar el Gran Diamante del Rey de las Cavernas. La reina de dijo a Alfredo que ese diamante se encontraba en el Reino de la Piedra.

Alfredo recordó una canción que decía que para entrar al Reino de la Piedra sólo había que ir a cualquier cueva del mundo y buscar allí una entrada. él se dirigió a una cueva de cuarzo que había en el jardín del palacio y buscando entre los prismas de cuarzo encontró uno que se movía a modo de palanca. Lo movió y dos enormes columnas de cuarzo se separaron para dejar paso a un oscuro pasillo de cristal.

Comenzó a andar por el pasillo. Este al poco comenzó a descender en espiral. Alfredo sabía que avanzaba porque las paredes iban perdiendo su textura cristalina para dar paso a un pasillo cuadrado de paredes doradas. Alfredo se agachó para investigar qué podía ser aquello y cuan grande fue su sorpresa cuando vio que aquello era oro. Si los habitantes de aquel reino construían los pasillos con oro... sus riquezas debían ser impresionantes.

Cuando Alfredo empezaba a pensar que iba a salir por el otro lado de la Tierra el pasillo terminó y se abrió a una enorme caverna de cristal de la que no se veía el techo. En algún lugar, allá arriba, miles de luces se reflejaban contra las paredes de cristal de roca como si el sol se hubiese roto en un millón de trozos y cada uno de ellos se hubiese metido en un prisma de cristal.

En el centro de la enorme caverna había un gran lago de aguas transparentes, y justo en el centro de este lago había una ciudad de mármol blanco. La ciudad tenía ocho torres de mármol verde que parecían agujas. En la parte más alta de la ciudad se levantaba un gran castillo que parecía ser de plata.

Fue hasta un embarcadero, donde cogió una barca de acero negro que le llevó hasta las puertas de la ciudad. Una vez en la Ciudad de la Veta preguntó dónde podría ver el Gran Diamante. La respuesta fue siempre la misma, el gran diamante lo guarda el rey en sus habitaciones privadas y sólo pidiendo audiencia se podía ver.

Tras mucho andar por las habitaciones de palacio convenciendo a unos y a otros de la necesidad que tenía de hablar con el rey, Alfredo consiguió una audiencia con él. Al entrar en el salón del trono, una majestuosa sala de mármol negro, Alfredo se arrodilló ante el Rey y respetuosamente le dijo:

- Majestad, provengo del mundo exterior. - al decir esto un murmullo se levantó entre los cortesanos - Una noble empresa, el amor, me ha impulsado a venir a pediros el Gran Diamante. Sé que es de gran valor para usted, pero para mí tiene un valor incalculable porque sin él no podré reunirme con mi amada. -

Alfredo le habló al rey de su amada Alejandra, de la malvada Reina Madre y de las tres pruebas que esta le había impuesto. El Rey escuchó atentamente a Alfredo, pero aunque le pesaba no le pudo conceder su deseo:

- El Gran Diamante no sólo tiene un valor incalculable, sino que además es el símbolo de mi pueblo. Es por eso que no te lo puedo entregar.- dijo el Rey entristecido - Además, no podrás volver al mundo exterior. -

Cuando el Rey dijo esto Alfredo se quedó pálido: -¿Por qué? - preguntó.

- Porque si subieses al exterior y hablases de las riquezas de nuestro reino, los hombres del exterior querrían venir a apropiarse de todo esto. - le contestó el Rey - Así es la ley . Que nadie que provenga del exterior pueda volver allí con vida. No te preocupes, el Reino de la Piedra es un lugar hermoso para vivir.-

Alfredo estaba desesperado. No sólo no podía conseguir el Gran Diamante para superar la primera prueba... sino que además no podía volver a la superficie para ver su amada.

Salió del palacio cabizbajo y tras dar unos pasos se sentó apoyado contra una de las paredes de plata y comenzó a tocar una canción muy triste con el acordeón que le había regalado su abuelo.

Casualmente Alfredo se había sentado bajo al ventana de los aposentos del Rey. En el Reino de la Piedra no sabían lo que era la música, así que el Rey nunca había oído algo así. Se asomó a la ventana y vio que la fuente de aquel sonido tan agradable y triste era Alfredo. El Rey llamó a su ayudante de cámara y le dijo que quería ver a Alfredo a solas.

Alfredo estaba tan concentrado en su música que no vio a los guardias hasta que estuvieron a su lado.

- El Rey quiere verte. - le dijeron - Acompáñanos.-

Alfredo los siguió y le llevaron hasta la antesala de los aposentos del Rey. Allí estaba el Rey esperándole en un butacón. Le pidió que tomase asiento y le preguntó:

- ¿Qué era ese sonido que estabas haciendo? - preguntó el Rey.

Alfredo se quedó un poco contrariado, pero tras pensar un par de segundos dijo: - Música. -

- ¿Música? - preguntó el Rey - Nunca habíamos escuchado nada así en mi reino. Quiero que me enseñes a hacer... ¿Cómo has dicho que se llama? .-

- Música, majestad. - respondió Alfredo.

- Eso, música. - dijo el Rey.

Alfredo le enseñó a tocar el acordeón. Y no sólo canciones tristes, sino también canciones alegres para bailar. Tras un mes de clases intensas, el Rey hizo su debut desde el balcón del palacio. Congregó a sus súbditos en el patio del castillo y comenzó a tocar una canción de baile. Al principio nadie reaccionó, pero tras unas pocas notas un ligero movimiento de baile comenzó a extenderse entre la multitud. Ese ligero movimiento como una ola aumentó hasta que toda la plaza bullía con la alegría del baile. El Rey tocó durante horas, hasta que todos estuvieron tan cansados que tuvieron que irse a su casa a dormir.

El Rey estaba loco de alegría y cuando terminó el baile se dirigió a Alfredo y le dijo:

- Has traído alegría a mi pueblo. Pide lo que quieras como recompensa. -

Alfredo vio cumplidos sus deseos y dijo: - Me gustaría que me concedieseis volver a la superficie con el Gran Diamante. -

El Rey lo pensó unos instantes. Finalmente contestó:

- De acuerdo, pero con dos condiciones. - le dijo e Rey.

- Las acepto. - contestó Alfredo.

- Pero todavía no te las he dicho. - repuso el Rey.

- No me importa. - dijo Alfredo. - Sean cuales sean las condiciones las acepto. Esto significa mucho para mí.-

- Pues estas son las condiciones. La primera es que me regales tu acordeón y que toques conmigo mañana en el Teatro de Zafiro. -

- Acepto. - dijo Alfredo.

- La segunda es que cuando hayas conseguido reunirte con tu amada vuelvas con ella y me enseñas más canciones. Os aseguro que vuestra estancia aquí será muy agradable, seríais mis invitados personales. -

- Acepto encantado. - respondió Alfredo.

Y así Alfredo acompañó al Rey con su violín en el Teatro de Zafiro. El concierto fue un rotundo éxito y por todo el Reino de la Piedra se abrieron escuelas de música. Al día siguiente Alfredo volvió a la superficie con el Gran Diamante del Reino de la Piedra.

La segunda prueba consistía en conseguir El Caldero de Coral de la Bruja de los Mares. La cueva de la Bruja de los Mares estaba en un volcán en el fondo del océano. Alfredo no sabía como llegar allí sin ahogarse así que fue a consultar al Mago Aleteres, que era amigo suyo.

Alfredo llegó a la Torre de la Magia, donde vivía Aleteres, llamó y el mago le invitó a pasar.

- ¿Qué te trae por aquí Alfredo? - le preguntó Aleteres mientras encendía su pipa.

Alfredo le contó la historia de Alejandra, el Reino de la Piedra y las misiones que debía llevar a cabo.

- Y la misión que debo afrontar ahora me lleva al fondo del océano. - dijo Alfredo - Pero no sé como llegar a la cueva de la Bruja de los Mares sin ahogarme. -

- No te preocupes. - le tranquilizó el mago - Yo prepararé una poción mágica que te permitirá respirar bajo el agua durante algún tiempo. Pero he de advertirte que la Bruja de los Mares es muy peligrosa. -

- Lo sé. - dijo Alfredo - Pero por Alejandra haría cualquier cosa. -

Con esto consiguió la pócima para respirar el agua y alquiló un barco que le llevase al lugar donde estaba la cueva de la bruja. Cuando estuvo sobre la cueva se tomó la poción y se lanzó de cabeza al agua. Al principio tubo una sensación de ahogo, pero al poco comenzó a respirar como si estuviese en un prado de primavera.

Nadó y nadó hacia el fondo hasta que por fin comenzó a ver el cráter del volcán. A pesar de estar bajo el agua estaba incandescente y continuamente se desprendían de él enormes burbujas de vapor. Alfredo procuró evitarlas para no quemarse y al acercarse un poco más vio como los ríos de lava salían del volcán para quedar petrificados al poco. Todo alrededor del volcán estaba muerto y no se veía ningún animal.

Alfredo comenzó a sentir un desagradable olor a azufre que se iba intensificando a medida que se acercaba al monte de fuego. Tras dar un par de vueltas alrededor del cono del volcán, encontró la entrada a una gruta que se hundía en el interior.

Alfredo entró en la gruta, y a medida que iba avanzando los ruidos de las erupciones eran más fuertes, como si toda la gruta fuese a reventar y a llenarse de lava de repente. Finalmente, al doblar una esquina, se abrió ante él el laboratorio de la bruja. El suelo era una capa de fango gris en la cual estaban apoyados los muebles. Estos estaban estropeados y se veía que poco a poco se iban hundiendo en el fango. Encima de las mesas había partes de todo tipo de criaturas y muchos tipos de rocas. En las estanterías había montones de frascos llenos de cosas medio podridas y otras vivas que se retorcían. Flotaba en el ambiente un intenso olor a putrefacción, que mezclado con el olor a azufre hizo que Alfredo se marease un poco.

Alfredo entró cautelosamente en el laboratorio. No parecía haber ningún rastro de la bruja, pero tampoco vio el Caldero de Coral por ninguna parte. Se asomó a otra habitación y allí estaba la bruja. Era alta y huesuda, vestía una túnica hecha con algas de color pardo y llevaba en el pelo un tocado de perlas. Cuando Alfredo alcanzó a verle la cara tuvo que reprimir un grito de miedo, no tenía cara. En su rostro sólo había una boca y unas orejas.

- Adelante. - dijo la bruja - Te he estado escuchando desde que entraste en la gruta. Eres bastante ruidoso. -

Alfredo se sobresaltó. Había intentado no hacer ningún ruido, pero la bruja le había descubierto al entrar en la gruta. Sin duda era imposible esconderse de ella, ya que era capaz de escuchar cualquier ruido.

- Bien pequeñín. - dijo la bruja - Has entrado en mi casa, y quiero que sepas que nunca nadie ha escapado de aquí con vida. Creo que me vendrás muy bien para la cena. -

Alfredo estaba convencido de que la bruja cumpliría su amenaza. Pensó frenéticamente en cómo escapar de aquella situación. Pensó en qué mensaje le daría su amigo el mago... ¡Claro! Eso era, su amigo el mago. Alfredo recordó el pergamino que años atrás le diese su amigo. Entonces le dijo: - Toma este pergamino, ábrelo sólo cuando tu vida corra el mayor de los peligros. -

Alfredo buscó el pergamino en su bolsa rogando porque el agua no lo hubiese estropeado. Finalmente lo encontró, parecía estar en perfecto estado, lo desenrolló y echó una ojeada a lo que había escrito en él. Se trataba de una canción para violín. Alfredo se preguntó cómo una canción podría salvarle la vida... pero como la magia era un arte misterioso decidió probar suerte.

- He venido para alabar vuestra belleza con una bonita melodía de mi violín. - le dijo Alfredo a la bruja.

- Vaya, tienes buen gusto. - dijo la bruja halagada - Luego veremos si sabes igual de bien. Ahora, toca. -

Alfredo tomó su violín y comenzó la melodía. Era una melodía muy suave y tranquila, casi como una nana. Cuando iba por la mitad de la canción, la bruja comenzó a roncar sonoramente. ¡Se había dormido! El pergamino debía contener algún tipo de sortilegio para dormir. Cuando separó el arco de las cuerdas del violín, el pergamino se convirtió en cenizas que se esparcieron con el agua.

Con mucho cuidado de no despertar a la bruja, Alfredo buscó el Caldero de Coral. Lo encontró encima de un fuego mágico. Lo cogió y siempre sin hacer ningún ruido salió de la cueva llevando consigo el segundo objeto para la reina.

Ya sólo le quedaba una prueba por superar, pero era la más difícil. Se trataba de conseguir la Capa Oscura, que pertenecía al malvado mago Antraf. Antraf vivía en una gran torre de piedra negra, custodiada por seres mágicos creados por Antraf.

A medida que Alfredo se iba acercando a la torre de Antraf el paisaje se iba volviendo cada vez más yermo. Poco a poco comenzaron a escasear los árboles, luego la hierba se volvió amarillenta hasta que al final no había nada vivo, la Torre Negra se encontraba en mitad de un desierto.

Pronto el caballo de Alfredo no pudo seguir andando por las dunas, así que lo liberó y siguió a pie, confiando que no quedase mucho trecho para llegar a la torre. Al poco notó que la arena estaba cada vez más suelta, hasta que al dar un paso se le hundió la pierna en la arena. Intentó en vano liberarse, se encontraba atrapado por la arena, como si una mano le hubiese cogido por las piernas. De repente una duna que había unos metros más allá comenzó a cambiar de forma hasta convertirse en un rostro de arena que sonreía malévolamente. Inmediatamente toda la arena que había alrededor de Alfredo comenzó a agitarse como si estuviese hirviendo. De repente el suelo comenzó a elevarse y a tomar la forma de un gigante de arena en cuya mano estaba atrapado Alfredo.

El gigante soltó una carcajada que sonó como un trueno y se dirigió hacia la Torre Negra llevando a Alfredo. Al llegar hasta el edificio, el gigante soltó a Alfredo en el balcón de la punta de la torre.

Mientras veía como el gigante de arena volvía a su puesto, Alfredo se preguntaba por qué no le había matado y por qué le había traído hasta la torre.

- Esa pregunta tiene una respuesta muy sencilla. - dijo una voz desde detrás de la puerta del balcón. La voz le resultó familiar a Alfredo, pero no conseguía recordar a quién pertenecía.

- Vamos, entra. No te quedes ahí todo el día. - dijo la voz. Alfredo descorrió una cortina de terciopelo negro que tapaba la puerta y entró en el laboratorio del mago.

Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra que reinaba en el laboratorio y pudo distinguir que las paredes estaban forradas de estanterías con montones de libros y frascos de cristal. En mitad de la habitación había una mesa con montones de artilugios irreconocibles para Alfredo. De espaldas a él, sentado en un butacón había un hombre con una túnica tan negra que parecía absorber toda la luz.

La sorpresa de Alfredo cuando el hombre se levantó y se giró fue mayúscula, era su amigo el mago Aleteres.

- ¡Aleteres!- dijo Alfredo perplejo - No comprendo... ¿Eres Antraf? -

Aleteres sonrió y dijo: - No, no soy Antraf. Hace muchos años que le derroté en una batalla mágica y le gané su torre. Desde entonces la utilizo como lugar de reposo, le leyenda que pesa sobre esta torre es suficiente para mantener a los intrusos alejados. Y a aquellos que, como tú, se atreven a asomar las narices por el desierto, me limito a espantarlos con el gigante de arena. -

- Pero... ¿Entonces tú también haces cosas malvadas? - preguntó Alfredo sin acabar de comprender.

- No. - respondió el mago - ¿No te has dado cuenta que hace mucho que no se oía hablar de Antraf? Debe estar lamiéndose las heridas en algún lugar preparando su venganza contra mí. Yo me limito a explotar la leyenda que él creó sin hacer ningún mal a nadie.-

- Pero vamos al asunto que te ha traído hasta aquí. - continuó Aleteres. - Has venido a por la Capa Oscura. -

- Sí.- respondió Alfredo - ¿Me la darás? -

- La Capa Oscura es un artefacto mágico. - respondió Aleteres - Y como tal puede ser muy peligroso en manos de la Reina Bruja. Tendrás que ganártelo. -

Diciendo esto Aleteres murmuró unas palabras arcanas y una bola de cristal apareció en su mano.

- Tendrás que romper esta bola si quieres que la Capa Oscura sea tuya. - dijo Aleteres -Que comience la cacería. -

Entonces la bola salió disparada de la mano de Aleteres atravesó la puerta haciendo un agujero en ella. Alfredo abrió la puerta y se encontró al pie de una larga escalera de caracol. La bola de cristal estaba bajando a gran velocidad. Alfredo corrió escaleras abajo y en un par de ocasiones que tropezó estuvo a punto de rodar por las escaleras, cuando llegó al final de la escalera estaba exhausto. La bola estaba allí, a un par de metros de él, si saltaba por sorpresa quizá pudiese cogerla en la caída y estrellarla contra el suelo. Pero cuando saltó la bola hizo una rápida finta y Alfredo se dio de narices contra el suelo.

Algo parecido a una risita salió de la bola mientras que esta se perdía en lo que parecía un laberinto de habitaciones. Alfredo tenía claro que con la velocidad no le iba a ganar a aquella escurridiza pelotita, así que pensó en tenderle una trampa. Como era ventrílocuo pensó en engañar a la bola. Es escondió tras una puerta con una bolsa en la mano y esperó a que la pelota pasase por allí. Entonces hizo que su voz gritase desde la dirección opuesta a la que él estaba: - ¡Ya te tengo, ahora no escaparás!.-

La bola de cristal reaccionó inmediatamente y salió disparada en a Alfredo. Esta la esperaba con la bolsa abierta y la metió dentro. Cuando creía que por fin había atrapado a la bola, esta dio un tirón dentro de la bolsa e hizo que Alfredo cayese al suelo. La bola, dentro de la bolsa, empezó a correr arrastrando a Alfredo tras de sí por el suelo como si fuese un caballo desbocado. Lo llevó por montones de habitaciones haciendo que Alfredo chocase con todos los muebles. Finalmente la bola se metió por debajo de un mueble por el que Alfredo no podía pasar y tras un doloroso cabezazo tuvo que soltar la bolsa.

La bola salió de la bolsa y tras hacerle burla a Alfredo se fue corriendo otra vez. Alfredo tuvo que ir recorriendo todas las habitaciones para recoger todas las cosas que se le habían caído durante la carrera. Cuando encontró el violín se le ocurrió una idea luminosa. Había escuchado de mujeres que al emitir un grito muy agudo habían roto copas de cristal. Así que Alfredo ajustó su violín para producir el tono más agudo posible y buscó a la bola. Cuando la encontró se puso delante de ella, no muy cerca para no asustarla, y se llevó el violín al hombro. Bastó con que rasgase una sola vez la cuerda de su violín, para que todos los cristales de la habitación estallasen, incluida la bola. Esta se rompió en montones de puntitos de luz que se reunieron más tarde para dar forma a la Capa Oscura.

- Enhorabuena. - dijo Aleteres apareciendo de la nada - Una maniobra muy inteligente. La Capa Oscura es tuya. Ahora podrás ir junto con tu amada. -

Alfredo le dio las gracias a Aleteres y después de que el gigante de arena lo transportase hasta el borde del desierto se dirigió al castillo donde estaba su amada.

Cuando por fin Alfredo le entregó a la Reina Bruja el tercer objeto, ella invocó un huracán que los llevó al pie de la torre. Entonces la reina le dijo:

-Bien, has cumplido con tu parte. Ahora cumpliré con la mía. Si puedes alcanzarla, la princesa será tu esposa.

- Nada más fácil. - contestó Alfredo - He escalado muros mucho más difíciles que este. -

Y cuando Alfredo empezó a escalar, la reina introdujo el Gran Diamante y la Oscura Capa en el Caldero de Coral y pronunció el siguiente conjuro:

Por el poder de los Mares, la Tierra y los Avernos,

Yo, la reina bruja te maldigo a ti, Alejandra,

a que a partir de ahora seas inalcanzable por ser mortal.

Yo, la reina bruja te maldigo a ti, Alfredo,

para que tú y tus descendientes, toquéis incansablemente el violín para tu amada.

Y para que nadie conozca vuestros nombres, Alejandra y Alfredo,

se olvidarán para pasar a ser Luna y Grillo.

Alfredo estaba a punto de alcanzar la alcoba de su amada, y no vio como, al acabar el conjuro, el Gran Diamante se elevó desde el Caldero de Coral. La piedra preciosa refulgía como cientos de estrellas juntas y se detuvo levitando frente a la ventana de Alejandra. Entonces la luz de la piedra se intensificó envolviendo a Alejandra hasta que esta desapareció. Alfredo alzó una mano para tratar de atrapar la piedra, pero esta salió disparada hacia el cielo aumentando de tamaño y convirtiéndose en la prisión de Alejandra, la Luna.

En medio de su desesperación Alfredo no pudo hacer nada cuando la Capa Oscura le envolvió. Se soltó del muro y en la caída se fue haciendo más y más pequeño. Su violín se fundió con él y la capa se volvió dura hasta formar una coraza. Cuando llegó al suelo, era un grillo."

- Y es por eso que todos los grillos nos vemos obligados a tocar el violín para la Luna. - me dijo el grillo - Porque allí se encuentra prisionera Alejandra. -

Con lágrimas en los ojos por la emoción me levanté, le presenté mis disculpas al buen grillo. Y le dije que siguiera tocando, que nunca más volvería a quejarme por su música. Y como era muy tarde ya, me fui a dormir, y soñé con el día en que un grillo conseguiría liberar a Alejandra de la Luna.

FIN