La Flor de la Esperanza.

 

Autora: Harmonie Botella

 

 

Por unas tierras perdidas en el aquilón del hemisferio, vivía una niña morena que suspiraba por tener unos padres. Abandonada desde su nacimiento en una aldea arisca y lluviosa compartía la vida de unos campesinos. Compartir es mucho decir. La pobre niña estaba al cuidado de la casa y de la granja del amanecer hasta el final del día.

Cuando se iban todos  a realizar sus quehaceres, Noemí, así se llamaba, recogía la casa, limpiaba la chimenea, preparaba la comida,  arreglaba el establo y volvía a entrar paja para los animales. Por las tardes, después de fregar pilas y pilas de plato, limpiaba el gallinero, echaba semillas a los pollos, gallinas y patos.

Un día, mientras, estaba lavando las sábanas en el agua helada del río, apareció un hada guapa y sonriente. Con su varita mágica calentó el agua del río y desapareció. Era la primera vez que Noemí no se congelaba las manos haciendo la colada.

Al día siguiente, cuando limpiaba el establo volvió a aparecer la bella mujer. En un santiamén, con su varita mágica, hizo que el lugar quedará reluciente, sin olores... Por desgracia el hada volvió a desaparecer sin hablar.

El gran deseo de Noemí, era intercambiar unas palabras con la bella dama, pedirle que le ayudara a salir de este lugar y encontrar a unos padres que la amaran.

Cuando al tercer día, se iluminó el bosque donde la niña recogía la leña, la dama regresó rodeada por unos halos de colores y de luces. Noemí le dijo:

“- Bella Señora, no se marche enseguida, présteme ayuda. Quiero huir de este sitio pero no sé como hacerlo”.

El hada madrina le contestó con una sonrisa triste:

“- No tengo la facultad de conseguir los deseos que me solicitan. Una bruja me condenó a utilizar mi magia en algunos casos concretos, sin tener la posibilidad de cumplir las aspiraciones que me imploran. Solo se realizará tu deseo si me ayudas a destruir este conjuro.”

_” Bella Señora, estoy dispuesta a hacer cuanto me pidáis para librarle de este sortilegio.”

La dama siguió platicando con una voz afligida y apagada:

“- Este embrujo solo se quebrantará, el día en que alguien pueda transformar el monte de hielo que está al final del pueblo en un lago de agua caliente”

Acabando apenas de pronunciar esta frase la mujer desapareció dejando detrás de ella  un arco –iris inmenso.

Noemí comprendió que esta tarea era imposible efectuar. Por mucha leña que cortará y prendiera fuego cerca del monte nunca podría derretir tanto hielo para luego transformarlo en un lago de agua caliente.

Noemí empezó a llorar desconsoladamente. Nunca encontraría un hogar y una familia que le amara y le tratara como corresponde a una niña de su corta edad.

Regresó a casa y cuando después de cenar, se acostaron todos, se quedó sentadita delante de la lumbre que ardía en la chimenea. Cuando tocaron las doce campanadas de  media noche, surgió a su vera dos elfos del bosque:

_” Noemí, nosotros podemos auxiliarte. Sabemos como anular el conjuro de la bruja. Sólo tienes que plantar en la cima de este bosque la Flor de la Esperanza que crece escondida en la Gruta del Silencio.”

-“¿ Y como encontraré la gruta y penetraré en ella?. Todos cuentan que esta escondida en medio del bosque. Nadie ha podido penetrar en su interior.”

Los elfos se rieron y le dijeron:

“- Si hasta ahora nadie ha podido entrar, es por que ninguna persona ha respetado las reglas. Este lugar se llama la Gruta del Silencio, por lo tanto él que quiera penetrar no podrá hablar, contestar a preguntas ni hacer ruidos”.

Noemí interrogó de nuevo a los elfos:

¿-“ ¿Cómo hallaré el camino?”

Los elfos le respondieron que para eso tenía que encontrar el pájaro embrujado del bosque y que él le daría las instrucciones necesarias.

 

Al día siguiente, cuando los habitantes de la morada se marcharon, Noemí cogió unas pequeñas provisiones para el viaje, el echarpe de lana del ama de casa, los zuecos de la hija mayor y se dispuso a emprender su camino.

A las dos horas llegó a la orilla del bosque y se adentró en él con mucho miedo. Todos sabían que ahí moraban los lobos más crueles de la región. Tuvo suerte, la rondaron pero no le hicieron nada. Al poco tiempo, se le acercó el pájaro embrujado, preguntándole lo que buscaba. Y ella contestó:

-“ Busco la Flor de la Esperanza que está escondida en la Gruta del Silencio”.

El pájaro le explicó que para poder llegar hasta la gruta, tenía que cruzar el río que atravesaba el bosque, sin utilizar ninguna barca.

Noemí alcanzó el río y no supo lo que tenía que hacer. Un cisne negro se le aproximó y le pidió algo de comida. A Noemí le quedaba únicamente un trozo de pan que había cogido para almorzar. A pesar de tener mucha hambre, le regaló al cisne lo que tenía. Cuando acabó de comerlo, el cisne le dijo:

“- Para agradecer tu generosidad, cumpliré un deseo tuyo. ¿ Que quieres que haga?”

Entonces Noemí le solicitó que le ayudase a cruzar el río para alcanzar la Gruta del Silencio que se encontraba muy cerca.

Al lograr descubrir la puerta de la gruta se percató que no tenía suficientes fuerzas para abrirla. Se acercó un temible oso y le requirió que le dejase su echarpe de lana para abrigar a sus oseznos  que temblaban de frío. Noemí le regaló la prenda y el oso para agradecerle su generosidad abrió la puerta de la Gruta.

La niña  se introdujo en la gruta e intentando no hacer ruido fue andando hasta cruzarse con unos gnomos que empezaron a preguntarle su nombre, su edad... Recordando las normas de  la Gruta del Silencio, no contestó. A medidas que avanzaba, la luz iba clareando e iba descubriendo las maravillas  que se escondían en el interior. Por fin descubrió la Flor de la Esperanza. Resplandecía en medio de un jardín de ensueño.

Noemí cogió la flor y dio media vuelta hacia la salida. Allí le esperaban el pájaro embrujado, el cisne y el oso para conducirla hacia una calesa que la transportaría hacia el monte de hielo.

Cuando la niña plantó la flor en la cima del monte, el sol calentó el hielo hasta derretirlo y convertirlo en un lago de agua caliente. En el centro del lago relumbraba la Flor de la esperanza.

 

Por fin apareció el hada madrina de Noemí, liberada del conjuro que le impuso la bruja.

Con su varita mágica, transportó a Noemí a una bella casa, donde le esperaban unos padres cariñosos.

A partir de ese día Noemí vivió feliz, rodeada por unos padres que se desvivieron por ella.

Y colorín, colorado este cuento se ha acabado.