En las profundidades

Autor: José Luis Marqués Lledó

 

Aquella mañana Luis se resistía a levantarse de la cama, como de costumbre, para ir al colegio. Su madre tenía que hacer verdaderos esfuerzos para conseguir que lo hiciera. Por fin, después de mucho insistir y una vez que Luis veía a su madre al borde de un ataque de histeria, se levantaba de forma parsimoniosa.

La lucha con Luis, no acababa ahí, también se producía una batalla campal a la hora del desayuno; no había forma de hacer que lo hiciera sentado correctamente y en el tiempo lógico para poder vestirse, lavarse los dientes y poder coger el autobús escolar a tiempo. Más de una vez lo había perdido y su madre le había tenido que llevar en su coche, antes de irse al trabajo.

Sin embargo el principal problema de Luis, no era ése, era su irresponsabilidad y sus descuidos, tanto con sus cosas personales, como con las generales: la luz, el agua, etc.

Mientras se lavaba los dientes, se dejaba el grifo del agua abierto o se iba a su cuarto a ponerse el uniforme del Cole e iba dejando las luces encendidas de todas las habitaciones.

¡Apaga las luces, Luis! ¡Cierra los grifos, no te los dejes abiertos, por el Amor de Dios! El agua es un bien escaso y al paso que vamos nos quedaremos sin ella y no la tendremos, ni para beber, ni para asearnos. Éstas y otras recomendaciones similares las oía Luis,  continuamente en su casa y también en el colegio. ¡Qué pesados! Hasta en la “tele” no se cansaban de decirlo. ¡Qué plastas!

Luis pensaba que esas cosas  eran “pamplinas”. ¡Con la cantidad de agua que había en el mar y en las nubes, ¿cómo se iba a acabar el agua! ¡A él se la iban a dar!  Luis, no la desperdiciaba, porque la que se iba por el desagüe, iba a parar a los ríos y luego al mar, que él bien lo sabía, porque se lo había explicado muchas veces la Señorita Laura , su tutora.

Aquel día, Luis terminó bastante cansado. Había tenido Educación Física y el profesor de Gimnasia les había mandado veinte minutos de carrera continua, después, en el recreo,  habían jugado un partido de fútbol contra los de 5º C y para colmo, le habían mandado muchos deberes. ¡Lo qué le faltaba!

Como siempre, su lentitud hizo que los acabara muy tarde y la cena se retrasó casi hasta las diez de la noche. Como siempre, antes de irse a la cama, sus padres le obligaron a lavarse los dientes, tarea que no le hacía mucha gracia y en la que se eternizaba; dejando, como siempre el grifo abierto mientras se los lavaba con una lentitud pasmosa. Las luces de su habitación y del pasillo, permanecían mientras tanto encendidas. Sus padres, se habían dado ya por vencidos, y tenían que ir detrás de él, cerrando grifos y apagando luces.

Por fin, Luis se metió en la cama esa noche, después de darles un beso, como era preceptivo. Tan cansado estaba que al instante se durmió.

 Normalmente, tenía la costumbre de leer un libro divertido o un cómic mientras se le cerraban los ojos, pero ese día no le quedaban fuerzas ni para sostener el libro entre sus manos; así que la morriña y el cansancio, pudieron con él.

Al cabo de unos minutos entró en un profundo sueño y comenzó soñar. Al principio se vio nuevamente en el patio del colegio y después en su clase, aguantando la regañina de la señorita Laura por no saberse la lección de Conocimiento del Medio, tal vez, o por no tener los deberes hechos.  No lo tenía muy claro.  

A continuación se vio metido en una pelea con el “Franchu”, ese tonto que se las daba de “guaperas” porque las niñas siempre estaban alrededor de él y le mandaban notitas. Pero él, le bajaría los “humos” y se convertiría en el nuevo héroe de la clase. La pelea fue coreada por el resto de compañeros, mientras Luis y Franchu, rodaban por el suelo del patio. De repente fueron interrumpidos por los gritos histéricos de la Sta. Laura. Los dos chicos fueron enviados al despacho del director. Eso era más grave, tendrían una sanción y un parte disciplinario que enviarían a sus padres. La sanción consistiría seguramente en no bajar al recreo durante una semana. Bueno, eso a él no le afectaba mucho. En clase también se divertía dibujando o leyendo su cuento favorito, pero el parte disciplinario dirigido a sus padres, sí que le entristecía porque ya les daba suficientes disgustos como para darle uno más. Aunque era la primera vez, pero sobre todo su madre se enfadaría mucho con él y su padre le impondría una nueva sanción; seguro que le quitaría su PlayStation y eso ya “no le molaba”

Cuando entró en el despacho con el “Franchu”, seguido por la Sta. Laura, le pareció una habitación gigantesca con varias máquinas de tortura como en las películas medievales y, ¿aquél hombre?, aquel hombre daba pánico. Luis  no recordaba al director de esa forma, siempre le había parecido un hombre benévolo y bonachón,  pero ahora se había transfigurado.

Aquel, era un señor muy alto, casi un gigante, vestido todo de negro y con un bigote muy poblado. Estaba muy serio, con aquellos ojos ensangrentados que le miraba de una manera… Muy pronto, produjo en Luis un ataque de pánico que hizo que se le aflojara la vejiga y le temblaran las piernas. Dos lágrimas aparecieron en sus ojos, resbalando a continuación por sus mejillas

¿Ustedes se han peleado como dos vándalos en el recreo? Les dijo, señalándoles acusadoramente con el dedo índice, que más bien parecía la espada del Cid Campeador. Después todo se desvaneció en su mente y  se volvió oscuro. Ya no supo más...

A continuación, Luis dejó de ver esa escena, pero lo que vino a continuación fue aún peor: El muchacho caía y caía por un oscuro pozo sin fondo que le produjo el mayor vértigo de su vida. ¿Dónde caería? Estaba seguro que no saldría de ésta; se iba a matar y caía, caía...Y no dejaba de caer.

 

*********

 

El barco navegaba con cierta dificultad por aquellas aguas contaminadas, repletas de desechos de todo tipo: latas, cajas de madera y cartón, botellas, peces muertos y sobre todo aquella capa oleaginosa que lo impregnaba todo.

Luis sentía asco ante tanta inmundicia. El capitán del barco, que por cierto se parecía mucho al director de su “Cole”, daba las órdenes oportunas para sortear los obstáculos. El piloto que manejaba el timón también tenía cierto parecido con su padre y él iba vestido de marinero, mientras sentado en la proa del barco lo observaba todo. También las caras de los marineros, le eran conocidas, uno se parecía al “Franchu”, pero no podía ser.

De repente, el barco se vio impulsado por una corriente invisible, hacia un inmenso remolino que Luis divisó a lo lejos. El agua y todos los objetos que flotaban en ella daban vueltas y vueltas alrededor como si de un inmenso desagüe se tratara. A Luis se le erizó el cabello; el barco navegaba inexorablemente hacia allí. Él, gritó insistentemente, pero los miembros de la tripulación, incluyendo el capitán, parecían no oírle. El final estaba próximo.

Luis, insistía e insistía,  pero un silencio sepulcral lo envolvía todo hasta que el barco cayó en aquel remolino inmenso que rápidamente lo engulló conjuntamente con miles y miles de residuos de todas las clases y tamaños.

El barco descendía rápidamente hacia las profundidades del océano y Luis pensó que había llegado su última hora. No podré respirar y me ahogaré, pensó, pero nada de eso ocurrió. Mientras descendía, Luis notó que podía respirar perfectamente mientras observaba como la luz cada vez era más escasa y la oscuridad se iba adueñando de la situación.

De repente, el barco, sufrió una fuerte sacudida que le obligó a girar sobre sí mismo, quedando la quilla hacia arriba, lo que provocó que Luis cayera por la borda y siguiera bajando en solitario hacia un abismo infinito.

Al cabo de un tiempo, que a Luis le pareció eterno,  llegó al fondo del mar,  y después de dar unas cuantas vueltas como hacen los paracaidistas al tomar tierra, se estabilizó sobre una especie de lodazal gelatinoso que le produjo una sensación desagradable. Toda aquella suciedad le revolvió el estómago, sintiendo verdaderas náuseas.

En un principio, Luis se sintió desorientado, sin saber que hacer, pues a la intensa oscuridad había que añadir la desorientación que sentía al estar en un lugar totalmente desconocido para él. ¿Adónde iría? ¿Dónde habría caído el resto de la tripulación? ¿Cómo subsistiría? ¿Abría tiburones allí abajo? Si era así, estaba perdido. Tampoco había nada que comer ni beber; aún no comprendía cómo era capaz de respirar en el fondo del mar.

Posiblemente estaba muerto y él creía estar vivo, pero si había muerto, ¿cómo podía pensar? En este caos de pensamientos e ideas, Luis comenzó a caminar sin darse cuenta, como empujado por una fuerza invisible.

De vez en cuando tropezaba con algo,  que era mejor no ver ni pensar y caía al suelo, pero rápidamente se levantaba y seguía andando.

No podía recordar cuanto tiempo llevaba caminando, cuando le pareció ver una luz muy tenue en la lejanía. Caminó hacia ella, aligerando el paso. Si había alguna vida, no le cabía la menor duda que sería allí. Según se iba acercando, la luz se fue haciendo más y más intensa, hasta el punto que tuvo que ponerse la mano derecha a modo de visera para no deslumbrarse.

Por un lado la luz le permitió ver donde pisaba, pero a la vez también podía contemplar los desechos de todo tipo que le rodeaban; al final no pudo resistir y vomitó.

Cuando se estaba recuperando, se vio rodeado por cientos de criaturas extrañas, mitad peces, mitad personas, difíciles de describir. Tal fue el horror que sintió,  que se le aflojaron las piernas y se desmayó.

Cuando despertó, se encontró en una gran sala marina repleta de personas como él: niños, ancianos, hombres y  mujeres. No pudo, sin embargo, localizar a ningún miembro de la tripulación  ni a nadie conocido.

En una pasarela superior que rodeaba todo el recinto, eran vigilados por multitud de seres extraños como los que le habían cogido. Pasó un tiempo que Luis no pudo calcular,  hasta que un nuevo ser, que parecía de mayor rango que los demás, se subió a una plataforma y desde ella comenzó a dirigirles la palabra. Hablaba en varios idiomas a la vez, de tal forma que todos ellos le comprendían a pesar de ser de distintas nacionalidades.

¡Terranos! Soy el jefe de la guarnición de esta ciudad submarina, el equivalente a la policía de sus países, para que me entiendan, y les voy a explicar porque están aquí y cual será su futuro inmediato.

Ustedes Terranos, son los responsables de la destrucción de este planeta, de la tierra en que viven, del aire contaminado que respiran, de la matanza de animales inocentes y de la desaparición de hermosas plantas,  sobre las que El Creador les dio la responsabilidad de cuidar, pero sobre todo, son responsables de la destrucción del mar, y eso nos afecta especialmente a nosotros, sus habitantes,  y eso no se lo podemos perdonar ni permitir.

Así que van a ser juzgados por el tribunal superior acuático de esta ciudad de la Atlántida , que ustedes creían perdida. Dicho juicio será en presencia de su majestad el rey Neptuno y su querida esposa, la reina Cibeles.

La vista se realizará en un periodo máximo de diez días marinos, equivalentes a diez meses Terranos y lo presidirá un juez y un jurado formado por veinte atlantes, diez masculinos y diez femeninos.. La sentencia será irrevocable.

Mientras tanto, sólo se alimentarán de harina hecha con los desechos que hay disueltos en el mar y beberán el agua del propio mar. Su organismo se adaptará durante este periodo de tiempo al agua salada de la misma forma que sus pulmones, lo han hecho al oxígeno contenido en el agua del mar.

Aquellas palabras produjeron repulsa en la mayoría de los detenidos, pero pronto se les mandó callar. ¡No tenéis derecho ni a hablar! ¡Sois todos unos asesinos! Gritó la voz del jefe con autoridad.

Luis, además de miedo, sintió nuevamente nauseas al pensar en lo que tendría que comer y beber.

*********

 

 

Y llegó el día del juicio. Todos los inculpados fueron sentados delante del estrado del Juez. Aquello parecía muy solemne; al cabo de un rato, sonó una caracola y al instante una voz dijo: ¡Todos de pie! A continuación, anunció: Sus Altezas Reales: el Rey Neptuno y la Reina Cibeles. Al momento, los reyes  hicieron acto de presencia ocupando dos sitiales, a modo de tronos, situados en el anfiteatro superior de la sala de juicios. Todos se pusieron de pie, incluido el Juez y el Jurado en pleno. Una vez sentados los reyes comenzó el juicio. El primero en hablar fue el fiscal, un tiburón blanco de aspecto agresivo. Señoría, dijo dirigiéndose al Juez, un pez martillo con un ligero rictus cansino, Los acusados son culpables de multitud de delitos, incluidos los de homicidio intencionado que han provocado la ruptura del ciclo del agua tan necesario para todos nosotros. Han aniquilado a multitud de especies de animales y de plantas, haciéndolos desaparecer para siempre de la faz de la Tierra y de las profundidades del mar.

Deseo probar todo esto al jurado mediante fotografías y sobre todo mediante los testigos que presentará este Ministerio Fiscal.

A continuación tomó la palabra una medusa representante de la defensa. Señoría, yo debo decir que no todos los hombres aquí presentes, son responsables por igual de lo que alega el ministerio fiscal, y además yo también presentaré fotografías y testigos de que los hombres también han hecho muchas cosas buenas y productivas para subsanar el daño producido por otros hombres.

Uno y otro debatieron ante el jurado presentando cada uno sus respectivas pruebas y testimonios.

Al final el jurado tuvo que decidir y se retiró a deliberar. No fue fácil tomar una decisión, pues además cada uno de los acusados había intervenido  en distinto grado, en la comisión de los diferentes delitos.

Por fin el jurado se puso de acuerdo y entregó al juez la sentencia de cada uno de los acusados. En esta sesión habían sido juzgadas veinte personas y cada una de ellas escuchó de pie su nombre y su sentencia.

Luis fue condenado a limpiar el fondo del mar durante veinte años, después de los cuales sería devuelto a la superficie.

¡Veinte años! Toda una eternidad. Tendría treinta años cuando terminara su condena. Casi un viejo. Se habría perdido toda su infancia y adolescencia. Posiblemente ya no vería más a sus padres. La imagen de ellos apareció con nitidez en su mente, pero también sus voces: cierra el grifo mientras te lavas los dientes, apaga las luces, date prisa no llegarás hoy al colegio. De pronto comenzó a llorar.

Su compañero de condena era un muchacho algo mayor que él. Los dos fueron alojados en una estrecha habitación acuática en la que sólo había dos colchones de agua y unos recipientes donde recibirían diariamente su ración de harina y de agua.

Los dos muchachos salieron el primer día de la ciudad, por una puerta especial por donde entraban y salían los condenados, al exterior. No necesitaban vigilancia porque no tenían por donde escapar. Les proveyeron de un carromato para recoger la basura, así como de las herramientas necesarias: un rastrillo, una pala, un pico y hasta un aspirador acuático.

La tarea era ardua y sobre todo nauseabunda. Luis comprendía entonces todo lo que le habían enseñado en la escuela y todos los consejos de sus padres, pero ya era tarde. Había oído decir que muchos no lo contaban, pues entre tanta suciedad también cabía la posibilidad de contraer enfermedades, herirse con algún residuo enterrado en el fango, sufrir la picadura de algún animal venenoso o incluso ser atacado por algún animal salvaje de los que vivían fuera de la ciudad.

Cada día que pasaba, era un esfuerzo titánico el que tenían que realizar, pues los detritus, el lodo y los restos de animales y plantas estaban tan pegados al suelo, tan adheridos entre sí, que los dos chicos debían realizar un esfuerzo sobrehumano para despegarlos y depositarlos en el carro para después llevarlos a los contenedores de destrucción. Después otros reos se encargarían de repoblar el suelo marino con animales y plantas regeneradas.

Cuando sólo les faltaba un mes para cumplir la condena, su compañero, Adrián, cayó muy enfermo y tuvo que ser recluido en su habitación sin más ayuda que la que le prestaba Luis cuando venía extenuado de su jornada laboral. Mientras tanto a Luis le acompañaba Juan, otro reo de más o menos la misma edad que él.

A los cinco días de su enfermedad, Adrián murió y aquello fue un duro golpe para Luis. Dejó de comer durante varios días y estuvo también a punto de enfermar. Sólo los cuidados y consejos de Juan le salvaron la vida. La proximidad de su liberación, le sirvió a Juan como estímulo para levantar de nuevo los ánimos de Luis a pesar de que él acababa de comenzar su condena y eso le separaría de su nuevo amigo.

Cuando llegó el último día de su condena,  tuvo que hacer acto de presencia ante el juez que le había acusado. Éste le hizo las preguntas de rigor:

¿Está usted arrepentido de las barbaridades que cometía mientras estaba en la Tierra ? A lo que Luis debería contestar con un SÍ, rotundo.

¿Reconoce haber malgastado litros y litros de agua limpia, convirtiéndola en agua contaminada? Nuevamente, Luis debía responder con otro: SÍ SEÑOR

¿Reconoce, usted también, haber consumido más energía de la que necesitaba para vivir, condenando a otros seres a carecer de ella, teniendo que pasar hambre y frío por su culpa? Otro nuevo SÍ,  fue la respuesta de Luis

¿Reconoce también, que el abuso en el uso de energía cometido por usted ha provocado el aumento de la utilización  de carburantes contaminantes para la Naturaleza ? De nuevo Luis tuvo que admitirlo.

Al final el Juez pronunció las siguientes palabras: Con su trabajo y su esfuerzo, así como con su arrepentimiento, ha redimido usted su culpabilidad, por lo que tiene derecho a regresar a la Tierra , donde esperamos que aplique estos principios a su vida y colabore para que lo apliquen los demás, ya que creemos que ya es consciente que sin esa colaboración, la Tierra será destruida en muy poco tiempo, produciendo la muerte de todos los seres vivos y convirtiéndose en un planeta inhóspito como la Luna.

Luis prometió que así lo haría y se preparó para su regreso. Una vez en su celda, se abrazó a su amigo Juan, rogándole que resistiera y prometiéndole que le esperaría en la Tierra. Las lágrimas de ambos bañaron sus mejillas antes de separarse definitivamente.

 Los guardianes acompañaron a Luis a la puerta principal de la ciudad submarina,  por donde había entrado cuando llegó.

Nada más salir, Luis, notó un ligero impulso que lo elevaba del suelo marino. Muy pronto esa fuerza se fue haciendo más y más intensa y de nuevo le empujó como a un cohete  hacia la superficie.

 

*********

Los gritos y patadas, se oyeron desde la habitación de los padres de Luis, quienes acudieron inmediatamente. Entre gritos y convulsiones,  le oyeron decir muchas frases incoherentes que no parecían tener sentido:

¡Cierra ese grifo, pronto! ¡No enciendas ese fuego, no lo enciendas! Está prohibido cazar ahora ¿No lo sabes? ¡Límpialo bien, por favor! ¡Socorro que me hundo! ¡Ayudadme!

Luis se sintió zarandeado, mientras entreabría los ojos y veía de forma borrosa a sus padres a ambos lados de su cama, mientras le decían:

¡Despierta Luis, estás teniendo una pesadilla! ¡Despierta, por el Amor de Dios!

¿Dónde estoy? Estoy todavía en el mar ¿Dónde está Juan?

Sus padres se miraron atónitos. Su madre siguió hablándole bajito hasta que consiguió que Luis fuera percibiendo la realidad y descubriera que estaba en su casa rodeado de los suyos.

Al día siguiente, Luis contó a sus padres su terrible sueño, quienes le tranquilizaron,  haciéndole ver que tan solo se trataba de eso, de un sueño.

No obstante le recordaron el refrán: “No hay mal que por bien no venga”,  y eso le debía servir para cambiar los malos hábitos  que tanto repercutían en la Naturaleza , sin que él y otras personas como él, se diera cuenta.

Luis, aseguró que había aprendido la lección y a partir de ese día, fue un niño distinto, no sólo en el cuidado del Medio Ambiente, sino en su sentido de la responsabilidad del que tanto había carecido.

 

Fin