DIAS DE OCIO EN EL YANN
Autor: LORD DUNSANY
Así
bajé a través del bosque hasta la rivera del Yann y encontré, como había
sido profetizado, al barco Pájaro del Río a punto de soltar amarras.
El capitán estaba sentado de piernas cruzadas sobre la blanca cubierta, a su
lado la cimitarra dentro de su vaina enjoyada, y los marineros afanados en
desplegar las ágiles velas para dirigir el barco hacia el centro de la
corriente del Yann, cantando durante todo el tiempo dulces canciones antiguas. Y
el viento fresco del atardecer, que desciende desde los ventisqueros donde
tienen sus moradas montañosas los dioses distantes, llegó súbitamente, como
las buenas nuevas a una ciudad ansiosa, a las velas con forma de alas.
Y así llegamos a la corriente central, donde los marineros bajaron las grandes
velas. Pero yo había ido a dar mis reverencias al capitán, y a consultarle
acerca de los milagros y apariciones de los más sagrados dioses entre los
hombres, cualquiera fuera la tierra de su procedencia. Y el capitán respondió
que venía de la lejana Belzoond, y que adoraba a los dioses más pequeños y
humildes, aquellos que rara vez enviaban la hambruna o el trueno y que eran fácilmente
aplacados con pequeñas batallas. Y yo le conté que venía de Irlanda, que está
ubicada en Europa, ante lo cual el capitán y sus marineros rieron porque,
dijeron, "No hay lugares como ese en todo el País del Sueño". Cuando
acabaron de burlarse de mí, les expliqué que mi imaginación moraba
principalmente en el desierto de Cuppar-Nombo, en una hermosa ciudad llamada
Golthoth la Maldita, que era custodiada completamente por los lobos y sus
sombras, y que ha estado deshabitada por años y años debido a una maldición
dicha en la ira de los dioses y que desde entonces no han podido revocar. Y
algunas veces mis sueños me llevaban tan lejos, hasta Pungar Vees, la ciudad de
los muros rojos donde se encuentran los manantiales, la que comercia con Isles y
Thul. Cuando dije esto me felicitaron por la morada de mis sueños, diciendo
que, aunque ellos jamás han visto dichas ciudades, lugares como esos pueden
bien ser imaginados. Durante el resto de la velada negocié con el capitán la
suma que debería pagarle por el viaje, si Dios y la marea del Yann, nos
llevaban a salvo hasta los arrecifes junto al mar, llamados Bar-Wul-Yann, la
Puerta del Yann.
Y ahora el sol se había puesto, y todos los colores del mundo y del cielo han
conservado un festival con él, y se han escabullido, uno a uno, antes de la
inminente llegada de la noche. Los papagayos de ambas riberas han volado a casa,
hacia la jungla; los monos, en hileras, sobre las altas ramas de los árboles,
estaban en silencio y dormidos; las luciérnagas, en las profundidades del
bosque, iban de arriba abajo; y las grandiosas estrellas salieron brillando para
contemplar la superficie del Yann. Entonces los marineros encendieron las
linternas y las colgaron alrededor del barco, y la luz destelló repentinamente
sobre un Yann encandilado, y los patos que se alimentan a lo largo de sus
cenagosas márgenes se elevaron de súbito, y trazaron amplios círculos en el
aire, y vieron las distantes extensiones del Yann y la niebla blanca que
suavemente cubría la selva, antes de retornar nuevamente a sus ciénagas.
Y entonces los marineros se arrodillaron sobre las cubiertas y oraron, no todos
a la vez, sino cinco o seis por turno. Lado a lado se arrodillaron juntos cinco
o seis, porque sólo oraban al mismo tiempo aquellos hombres con distintas fés,
así ningún dios tendría que oír a dos hombres rezándole a la vez. Tan
pronto como alguno terminaba su oración, otro de la misma fe tomaría su lugar.
De esta forma, se arrodillaba la fila de cinco o seis con las cabezas inclinadas
bajo las flameantes velas, mientras la corriente central del Río Yann los
llevaba hacia el océano, y sus oraciones subían entre las lámparas dirigiéndose
hacia las estrellas. Y detrás de ellos, en el final del barco, el timonel oraba
en voz alta la oración del timonel, que es rezada por todos aquellos que
ejercen su oficio en el Río Yann, cualquiera sea la fe que tuviera. Y el capitán
oraba a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen Belzoond.
Y yo también sentí que podría rezar. Sin embargo, no me gustaba rezarle a un
Dios celoso, allí donde los frágiles y afectuosos dioses, que son adorados por
los paganos, son humildemente invocados; entonces pensé, en cambio, en Sheol
Nugganoth, a quien los hombres de la selva han abandonado desde hace mucho,
quien no es ahora venerado y está solitario; y a él le recé.
Y sobre nosotros rezando, la noche súbitamente cayó, así como cae sobre los
hombres que oran al atardecer y sobre aquellos hombres que no lo hacen; sin
embargo, nuestras plegarias aliviaron nuestras almas al pensar en la Gran Noche
por venir.
Y así el Yann nos condujo magníficamente adelante, pues estaba exaltado por la
nieve derretida que el Politiades le trajo desde las Colinas de Hap, y el Marn y
el Migris estaban engrosados con las crecidas; y nos llevo en su fuerza por Kyph
y Pir, y vimos las luces de Goolunza.
Pronto todos dormíamos excepto el timonel, quien mantenía el barco en la
corriente central del Yann.
Cuando el sol salió el timonel cesó de cantar, pues con el canto alegraba la
noche solitaria. Al cesar la canción súbitamente todos despertamos, y otro tomó
el timón, y el timonel durmió.
Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon. Nos preparamos una merienda, y
Mandaroon apareció. Entonces el capitán comandó, y los marineros soltaron
nuevamente las grandiosas velas, y el barco viró y abandonó la corriente del
Yann y se acercó a un puerto bajo los rojizos muros de Mandaroon. Entonces,
mientras los marineros iban y recogían frutas, yo me dirigí solo a la entrada
de Mandaroon. Unas cuantas cabañas se encontraban fuera de ella, en las cuales
habitaba el guardia. Un vigilante con una larga y blanca barba se encontraba en
la puerta, armado de una herrumbrosa lanza. Usaba unos grandes anteojos, que
estaban cubiertos de polvo. A través de la puerta vi la ciudad. Una quietud
mortal se cernía sobre ella. Los caminos no parecían haber sido hollados, y el
moho era grueso en las entradas de las puertas; en el mercado varias figuras
acurrucadas dormían. Había un aroma a incienso y a amapolas quemadas, y un
murmullo constante de campanas distantes. Le dije al guardia, en la lengua de la
región del Yann, "Por qué todos duermen en esta apacible ciudad?"
Él contestó: "Nadie puede hacer preguntas en esta puerta por miedo a
despertar a las personas de la ciudad. Pues cuando la gente de esta ciudad
despierte, los dioses morirán. Y cuando los dioses mueren los hombres no pueden
soñar nunca más". Y comencé a preguntarle qué dioses eran venerados en
aquella ciudad, pero él levantó su lanza pues nadie debe hacer preguntas allí.
Así que lo deje y volví al Pájaro del Río.
Ciertamente Mandaroon era bella, con sus blancos pináculos despuntando sobre
sus rojizas murallas, y el verde de sus tejados de cobre.
Cuando regresé al Pájaro del Río, descubrí que los marineros habían
retornado al barco. Pronto levamos anclas y navegamos nuevamente, y una vez más
alcanzamos el centro del río. Y ahora el sol se estaba moviendo hacia las
alturas, y allí en el Río Yann nos alcanzó la melodía de aquellas
innumerables miríadas de coros que lo acompañan en su progreso alrededor del
mundo.
Las pequeñas criaturas de muchas piernas habían extendido fácilmente sus diáfanas
alas en el aire, como un hombre reposa sus codos en un balcón, y dieron
jubilosas y ceremoniales alabanzas al sol; o se movían juntas en el aire
oscilando en ágiles e intrincadas danzas; o se desviaban para evitar la
arremetida de alguna gota de agua sacudida por el viento desde una orquídea de
la jungla, templando el aire e impulsándolo delante de ellas, mientras se
precipitaba zumbando, en su prisa, sobre la tierra; sin embargo, todo el tiempo
cantaban triunfalmente. "Porque el día es para nosotras", decían,
" sea que nuestro gran y sagrado padre, el Sol, cree más vida como
nosotras desde el cieno, o si todo el mundo terminase esta noche". Y allí
cantaban todas aquellas notas conocidas por oídos humanos, así como aquellas
cuyas numerosas notas que jamás han sido escuchadas por el hombre.
Para aquellas un día lluvioso habría sido como una era de guerra que desolaría
continentes durante una vida de hombre.
Y también aparecieron, desde la oscura y vaporosa jungla, para contemplar y
regocijarse en el Sol, las gigantes y perezosas mariposas. Y danzaron, pero
danzaron indolentemente, por los caminos del aire, como lo haría alguna altiva
reina de tierras lejanas y conquistadas, en su pobreza y exilio en algún
campamento de gitanos, por el pan para sobrevivir, sin embargo, más allá de
aquello, jamás disminuiría su orgullo de danzar por un momento más.
Y las mariposas cantaron acerca de cosas extrañas y coloreadas, sobre orquídeas
púrpuras y sobre perdidas ciudades rosa, y sobre los monstruosos colores de la
selva descompuesta. Y también ellas estaban entre dichas voces no discernibles
por oídos humanos. Y mientras flotaban sobre el río, yendo de bosque en
bosque, su esplendor era rivalizado por la belleza hostil de los pájaros que se
lanzaban a perseguirlas. O algunas veces se posaban sobre las flores, que parecían
de cera, de la planta que se arrastra y trepa por los árboles del bosque; y sus
alas púrpuras fulguraban desde las flores, como las caravanas que van desde
Nurl a Thace, las brillantes sedas llameando sobre la nieve cuando los astutos
mercaderes las despliegan, una a una, para asombrar a los montañeses de las
Colinas de Noor.
Sin embargo, sobre hombres y bestias, el sol envió somnolencia. Los monstruos
del río, a lo largo de sus márgenes, yacían dormidos en el cieno. Los
marineros armaron una tienda en cubierta, con borlas doradas para el capitán, y
todos se deslizaron, excepto el timonel, bajo una vela que habían colgado como
un toldo entre dos mástiles. Entonces narraron historias, cada una de la propia
ciudad o sobre los milagros de su dios, hasta que todos cayeron dormidos. El
capitán me ofreció el amparo de su tienda de borlas doradas, y allí hablamos
por un rato, él contándome que llevaba mercancía a Perdóndaris, y que llevaría
de vuelta a la hermosa Belzoond cosas relacionadas con los asuntos del mar.
Entonces, mientras miraba a través de la apertura de la tienda a las brillantes
aves y mariposas que cruzaban y cruzaban sobre el río, me dormí, y soñé que
era un monarca entrando a su capital bajo arcos de estandartes, y todos los músicos
del mundo estaban allí, tocando melodiosamente sus instrumentos; pero nadie se
alegraba.
En la tarde, cuando el día refrescó nuevamente, desperté y encontré al capitán
ciñéndose su cimitarra, la que se había quitado para descansar.
Y ahora nos estábamos acercando a la gran corte de Astahan, que se abre sobre
el río. Extraños botes de antaño se encontraban encadenados a las
escalinatas. Al acercarnos vimos el atrio abierto de mármol, donde en tres de
sus lados se alzaba la ciudad sobre columnas. Y la gente de aquella ciudad
paseaba por el patio y las columnas con solemnidad y cuidado, de acuerdo a los
ritos de ceremoniales antiguos. Todo en dicha cuidad era de antigua factura; la
talla de las casas, que, cuando el tiempo las ha quebrado, se han mantenido sin
ser reparadas, era de los tiempos más remotos, y por todas partes había
representaciones en piedra de bestias que hace mucho tiempo dejaron de existir
sobre la Tierra--el dragón, el grifo y el hipogrifo, y las distintas especies
de gárgolas. Nada podía encontrarse en Astahahn, ya fuera material o
costumbre, que fuera nuevo. De esta forma, ellos no tomaron nota de nuestra
presencia, sino que continuaron sus procesiones y ceremonias en la antigua
ciudad, y los marineros, conociendo su tradición, no tomaron nota de ellos.
Pero yo, al acercarnos, me dirigí a uno que se encontraba al borde del agua,
preguntándole qué hacían los hombres en Astahahn y cuál era su mercancía, y
con quién la comerciaban. Él dijo: "Aquí hemos encadenado y esposado al
Tiempo, quien de otra manera asesinaría a los dioses".
Le pregunté qué dioses veneraban en dicha ciudad, y él dijo: "Todos
aquellos dioses que el Tiempo no ha matado aún". Entonces se dio la vuelta
y no diría nada más, y se afanó en comportarse de acuerdo a la antigua
costumbre. De esta forma, de acuerdo a la voluntad del Yann, nos dirigimos hacia
delante y dejamos Astahahn, y encontramos en mayores cantidades a aquellas aves
que hacen de los peces sus víctimas. Y eran de plumaje maravilloso, y no venían
de la jungla, sino que volaban, con sus largos cuellos estirados delante de
ellos, y sus patas descansado hacia atrás en el viento, directamente río
arriba sobre la corriente central.
Y la tarde comenzó a recogerse. Una niebla blanca y gruesa había aparecido
sobre el río, y suavemente se estaba elevando. Se asía a los árboles con
largos e impalpables brazos, elevándose más y más, enfriando el aire; y unas
figuras blancas se alejaban hacia la selva, como si fueran los fantasmas de
marineros náufragos buscando furtivamente a aquellos espíritus del mal que
hace tanto tiempo los hicieron zozobrar en el Yann.
Mientras el sol se hundía detrás del campo de orquídeas que crecía en las
enmarañadas cimas de la selva, los monstruos del río se asomaron, revolcándose,
del lodo en el cual habían descansado durante el calor del día, y las grandes
bestias de la selva bajaron a beber. Las mariposas, hacía poco, se habían ido
a descansar. Y en los pequeños y estrechos estuarios que pasamos, la noche
parecía ya haber caído, a pesar de que el sol, que para nosotros había
desaparecido, aún no se había puesto.
Y ahora los pájaros de la selva vinieron volando a casa, muy por arriba de
nosotros, con la luz del sol resplandeciendo rosada sobre sus pechos, y bajaron
sus alas tan pronto como vieron el Yann, y se dejaron caer sobre los árboles. Y
la mareca comenzó a subir el río en grandes bandadas, todas silbando, y súbitamente
todas virarían e bajarían nuevamente. Y allí, junto a nosotros, estaba el
pequeño y tornasolado turro, con su forma de flecha; y oímos los gritos
variados de las bandadas de gansos, los cuales, según me contaron los
marineros, habían recién llegado cruzando las cordilleras de Lispasian; cada año
venían por la misma vía, cerca de la cima del Mluna, dejándolo a su
izquierda; y las águilas montañesas conocen el camino por el que vienen y, según
los hombres, hasta la misma hora, y cada año las esperan por la misma vía tan
pronto como las nieven caen sobre las Planicies del Norte. Pero pronto estuvo
tan oscuro que no vimos más a esas aves, y sólo oímos el zumbido de sus alas,
y de otras tantas innumerables, hasta que todas se establecieron en las riberas
del río, y fue la hora en que las aves nocturnas salen. Entonces los marineros
prendieron las linternas para la noche, y aparecieron enormes mariposas
nocturnas, aleteando alrededor del barco, y por momentos, sus magníficos
colores eran revelados por las linternas, para pasar nuevamente a la noche,
donde todo era negrura. Y nuevamente los marineros oraron, y posteriormente
cenamos y dormimos, y el timonel tomo nuestras vidas a su cuidado.
Al despertar descubrí que realmente habíamos llegado a Perdóndaris, la famosa
ciudad. Pues allí, a nuestra izquierda, se alzaba una ciudad hermosa y notable,
y de lo más agradable a la vista, luego de la selva, que estuvo tanto tiempo
con nosotros. Y atracamos cerca del mercado, y toda la mercancía del capitán
fue exhibida, y un mercader de Perdóndaris la estaba observando. Y el capitán
tenía en la mano su cimitarra, y golpeaba furiosamente la cubierta con ella, y
las astillas volaban desde los blancos maderos; porque el comerciante le había
ofrecido un precio por la mercancía que el capitán había considerado como un
insulto, hacia sí mismo y hacia los dioses de su tierra, de quienes ahora
hablaba como grandes y terribles y cuyas maldiciones eran espantosas. Sin
embargo, el mercader agitó sus manos, las cuales eran realmente gordas,
mostrando sus rosadas palmas, y juró que no pensaba en sí mismo, sino
solamente en las pobres gentes de las cabañas, más allá de la ciudad, a
quienes él deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin
obtener él ninguna remuneración. Pues la mercancía consistía principalmente
en el grueso toomarund, que en el invierno aleja el viento del suelo, y tollub,
que la gente quemaba en pipas. Entonces el mercader dijo que si ofrecía un
piffek más, la pobre gente se quedaría sin su toomarund para el invierno, y
sin su tollub para las tardes, o de otra forma, él y su anciano padre morirían
de hambre. En ese mismo instante, el capitán llevó su cimitarra hacia su
propia garganta, diciendo que era un hombre arruinado, y que nada más quedaba
para él que la muerte. Y mientras cuidadosamente levantaba su barba con la mano
izquierda, el mercader miró nuevamente la mercancía y dijo que, en vez de ver
morir a un capitán tan valioso, un hombre por el cual había concebido un
aprrecio especial al verlo por primera vez manejar su barco, prefería que él y
su anciano padre perecieran de hambre, por lo que ofreció quince piffeks más.
Cuando dijo esto, el capitán se posternó y pidió a sus dioses que endulzaran
el amargo corazón de este mercader, pidió a sus pequeños dioses menores, a
los dioses que bendicen Belzoond.
Finalmente, el mercader ofreció cinco piffeks más. Entonces el capitán lloró
pues, dijo, había sido abandonado por sus dioses; y el comerciante también
lloró, porque, dijo, pensaba en su anciano padre y en cuán pronto moriría de
hambre, y escondió su rostro sollozante entre sus dos manos, y entre los dedos
miró nuevamente el tollub. Y así la negociación fue concluida, y el mercader
tomó el toomarund y el tollub, pagando por ellos de su grande y tintineante
monedero. Y fueron empacados en fardos nuevamente, y tres de los esclavos del
mercader los cargaron sobre sus cabezas hacia la ciudad. Y durante todo este
tiempo los marineros estuvieron sentados en silencio, las piernas cruzadas en
una medialuna sobre la cubierta, ansiosamente siguiendo el negocio, y ahora un
murmullo de satisfacción se elevó entre ellos, y comenzaron a compararlo con
otros negocios de los que han sabido. Y me enteré por ellos que en Perdóndaris
hay siete mercaderes, y que todos habían acudido al capitán, uno a uno, antes
que las negociaciones comenzaran, y cada uno le había prevenido, privadamente,
en contra de los otros. Y a todos los comerciantes el capitán les había
ofrecido el vino de su propia tierra, que se fabrica allá en Belzoond, pero no
pudo persuadirlos. Pero ahora que el trato estaba hecho, y los marineros estaban
sentados para la primera merienda del día, el capitán apareció entre ellos
con un tonel de vino, y lo espitamos con cuidado y nos divertimos en conjunto. Y
el corazón del capitán estaba contento pues sabía que era honorable a los
ojos de sus hombres, por el negocio que había hecho. De esta forma, los
marineros bebieron el vino de su tierra natal, y pronto sus pensamientos
regresaron a la hermosa Belzoond y a las pequeñas ciudades vecinas, Durl y Duz.
Sin embargo, para mí, el capitán escanció en un pequeño vaso un poco de vino
espeso y amarillo desde una pequeña jarra, que mantenía aparte, entre sus
objetos sagrados. Era grueso y dulce, como la miel, pero había en su corazón
un fuego poderoso y ardiente, que tenía autoridad sobre las almas humanas.
Estaba hecho, me dijo el capitán, con gran delicadeza por el arte secreto de
una familia de seis miembros que moraba en una choza en las montañas de Hiam
Min. Me dijo que una vez, en aquellas montañas, seguía la huella de un oso y
que, súbitamente, se encontró con un hombre de dicha familia que había cazado
al mismo oso, y que se encontraba al borde de un estrecho camino rodeado de
precipicios, y su lanza estaba clavada en el oso, y la herida no era fatal, y no
tenía otra arma. Y el oso se dirigía hacia el hombre, muy lentamente, porque
su herida empezaba a molestarle, aunque no estaba muy cerca. Y lo que el capitán
hizo no lo contó, pero cada año, tan pronto como las nieves se endurecen y es
fácil viajar por el Hian Min, aquel hombre baja al mercado en las praderas, y
siempre deja en la puerta de la hermosa Belzoond una vasija de aquel invaluable
y secreto vino, para el capitán.
Y mientras sorbía el vino y el capitán hablaba, me acordé de las cosas nobles
que hacía tiempo había planificado resueltamente, y mi alma pareció más
poderosa dentro de mí y pareció dominar toda la corriente del Yann. Puede ser
que en ese momento me durmiera. O, si no lo hice, no puedo recordar
minuciosamente cada detalle de las ocupaciones de dicha mañana. Desperté hacia
el atardecer, deseando ver Perdóndaris antes de abandonarla por la mañana, e
incapaz de despertar al capitán, me dirigí solo a tierra. Perdóndaris era de
hecho una ciudad poderosa; estaba cercada por una muralla de gran fuerza y
altura, que tenía caminos huecos para el paso de las tropas, y almenas en toda
su extensión, y quince resistentes torres, una a cada milla, y placas de cobre,
abajo donde los hombres pudieran leerlas, contando en todas las lenguas de
aquellas partes de la Tierra--un idioma en cada placa--la historia de cómo una
vez un ejército atacó Perdóndaris y lo que le sobrevino. Entonces entré a
Perdóndaris y encontré a todos danzando, vestidos en sedas brillantes, tocando
el tam-bang, mientras bailaban. Porque una terrible tormenta los había
aterrorizado mientras yo dormía, y los fuegos de la muerte -decían- habían
danzado sobre Perdóndaris, pero ahora la tormenta se había ido lejos,
saltando, inmensa, negra y espantosa, decían, sobre las colinas distantes, y
que se había girado, gruñéndoles, mostrando sus destellantes dientes, y que
mientras se alejaba, azotó las cumbres hasta que retumbaron como si hubieran
sido de bronce. Y frecuentemente detenían sus danzas alegres y oraban al Dios
que no conocían: "Oh, Dios que no conocemos, Te agradecemos por mandar de
vuelta la tormenta a sus colinas". Y seguí avanzando hasta llegar al
mercado, donde sobre el pavimento de mármol vi al mercader durmiendo y
respirando pesadamente, con su rostro y palmas de las manos hacia el cielo, y
los esclavos lo abanicaban para mantener alejadas a las moscas. Y desde el
mercado llegué a un templo de plata y luego a un palacio de ónix, y había
muchas maravillas en Perdóndaris, y me hubiera quedado para verlas todas; sin
embargo, cuando llegué a la muralla exterior de la ciudad, vi de pronto una
inmensa puerta de marfil. Por un momento me detuve a admirarla, mas cuando me
acerqué percibí la horrorosa verdad. ¡La puerta estaba tallada en una sola y
sólida pieza!
Escapé entonces por la entrada y bajé hacia el barco, incluso mientras corría
creía oír en la distancia, detrás de mí en las colinas, las pisadas de la
temible bestia que dejó caer aquella masa de marfil, y que, tal vez, estuviera
buscando su otro colmillo. Cuando estuve de nuevo en el barco me sentí más
seguro, y no conté nada de lo que había visto a los marineros.
Y ahora el capitán despertaba gradualmente. La noche se estaba enrollando desde
el Este y el Norte, y sólo los pináculos de las torres aún tomaban la caída
luz del sol. Entonces me dirigí al capitán y, tranquilamente, le conté la
cosa que había visto. E inmediatamente me preguntó acerca de la puerta, en voz
baja, para que los marineros no se enteraran; y le conté que el peso era tal,
que no podía haber sido traída desde lejos, y el capitán sabía que no había
estado allí un año atrás. Concordamos en que aquella bestia no podría ser
destruida pon ningún ataque humano, y que la puerta debía ser un colmillo caído,
uno caído cerca y recientemente. Ante esto, decidió que era mejor escapar de
una vez, así ordenó, y los marineros fueron hacia las velas, y otros levaron
el ancla, y justo cuando el pináculo de mármol más alto perdía sus últimos
rayos de sol, dejamos Perdóndaris, la famosa ciudad. Y la noche cayó y cubrió
Perdóndaris y la escondió a nuestros ojos, y, como han sucedido las cosas,
para siempre; pues he oído que algo veloz y sorprendente súbitamente hundió
Perdóndaris en un día--torres, muros y gente.
Y la noche se profundizaba en el Río Yann, una noche toda blanca en estrellas.
Y con la noche emergió la canción del timonel. Tan pronto como terminó de
rezar, comenzó a cantar para darse ánimos a través de la noche solitaria.
Pero primero rezó, recitando la plegaria del timonel. Y esto es lo que recuerdo
de ella, traducida al Inglés, con un pálido equivalente de aquel ritmo que
parecía tan resonante en aquellas noches tropicales.
"Para cualquier dios que escuche
Donde quiera que haya marineros, de río o de tierra; sea oscuro su camino o sea
a través de la tormenta; sean sus peligros las bestias o la roca; o de enemigo
acechando en tierra o persiguiéndolo en el mar; donde sea que el timón esté
helado o el timonel rígido; donde sea que los marineros duerman y el timonel
vigila: guárdanos, guíanos y regrésanos a la antigua tierra que nos ha
conocido: a los lejanos hogares que conocemos.
Para todos los dioses que existen
Para cualquier dios que escuche
De esta forma rezó, y hubo silencio. Y los marineros se tendieron a descansar
en la noche. El silencio se hizo más profundo, y sólo era quebrado por los
murmullos del Yann que, suavemente acariciaba nuestra proa. Una que otra vez algún
monstruo del río tosía.
Silencio y murmullos, murmullos y silencio.
Muchas canciones cantó, contándole al vasto y exótico Yann las pequeñas
historias y menudencias de Durl, su ciudad. Y las canciones brotaban sobre la
negra jungla y subían al frío y claro aire arriba, y las grandes
constelaciones de estrellas que miraban al Yann conocieron los asuntos de Durl y
de Duz, y sobre los pastores que habitaban en los campos intermedios, y de las
manadas que poseían, y de los amores que habían amado, y todas las pequeñas
cosas que deseaban hacer. Y, súbitamente, mientras me arropaba en pieles y
frazadas escuchando esas canciones, y miraba aquellas fantásticas formas de los
grandiosos árboles, parecidos a negros gigantes merodeando en la noche, me quedé
dormido.
Cuando desperté una gran niebla se estaba retirando del Yann. Y la corriente
del río daba tumbos tumultuosamente, y pequeñas olas aparecieron; porque el
Yann había olido, desde la distancia, el antiguo risco de Glorm, sabiendo que
sus frescas cañadas se encontraban adelante, donde encontraría al salvaje y
alegre Irillion, rejocijándose de glaciares. De esta forma, se sacudió el tórpido
sueño que había caído sobre él en la aromática y cálida selva, y olvidó
sus orquídeas y sus mariposas, y pasó turbulento, expectante, fuerte; y pronto
aparecieron destellando, las cumbres nevadas de las Colinas de Glorm. Y los
marineros ya estaban despertando del sueño. Momentos después comimos, y el
timonel se tendió a dormir mientras un camarada lo remplazaba, y todos
extendieron sobre él sus pieles favoritas.
Y en un instante, oímos el sonido del Irillio mientras baja danzando por los
campos de hielo.
Entonces vimos frente a nosotros la hondonada, escarpada y lisa, hacía la cual
el Yann, a saltos, nos conducía. Así dejamos la vaporosa selva y respiramos el
aire de montaña; los marineros se irguieron y tomaron grandes bocanadas de él,
y pensaron en sus lejanas colinas de Acrotia, donde se encontraban Durl y Duz, y
abajo, en la planicie, la bella Belzoond. Una gran sombra se cernió sobre las
colinas de Glorm, pero los peñascos arriba, cual deformes lunas, fulguraban,
casi iluminando la penumbra. Más y más fuerte oímos la canción del Irillion,
el sonido de su danza al bajar de los ventisqueros. Y pronto lo vimos, blanco y
cubierto de brumas, engalanado con delicados y pequeños arcoiris que había
arrancado cerca de la cima, de algún jardín celestial del Sol. Luego se dirigió
hacia el océano junto al inmenso y gris Yann, y la hondonada se ensanchó y se
abrió al mundo, y nuestro tambaleante barco salió a la luz del día.
Toda aquella mañana y la tarde navegamos por las ciénagas de Pondoovery, donde
el Yann se ensanchaba y fluía lenta y solemnemente, y el capitán ordenó a los
marineros tocar las campanas para así vencer la melancolía del pantano.
Finalmente divisamos las Montañas Irusian, que protegen a los poblados de Pen-Kai
y Blut, y las maravillosas calles de Mlo, donde los sacerdotes aplacan con vino
y maíz a la avalancha. Entonces cayó la noche sobre las planicies de Tlun, y
vimos las luces de Cappadarnia. Oímos a los Pathnites golpeando los tambores
mientras pasamos Imaut y Golzunda, luego todos dormimos, excepto el timonel. Y
las villas dispersas a lo largo de las riberas del Yann oyeron toda esa noche,
en la desconocida lengua del timonel, las pequeñas historias de ciudades que no
conocían.
Desperté antes del amanecer con una sensación de infelicidad, antes de
recordar el por qué. Entonces recordé que, en la tarde de aquel día, de
acuerdo a las posibilidades previstas, deberíamos llegar a Bar-Wul-Yann y yo
debería despedirme del capitán y sus marineros. Y yo había apreciado a ese
hombre pues me había convidado con aquel vino amarillo que mantenía apartado
junto a sus objetos sagrados, y me había contado muchas historias acerca de su
hermosa Belzoond, entre las Colinas Acrotas y el Hian Min. Y me habían gustado
las costumbres de los marineros, y las plegarias dichas, lado a lado, al
atardecer, sin jamás desvalorizar al dios extranjero. Y también me gustaba la
tierna manera en que frecuentemente hablaban de Durl y de Duz, pues es bueno que
el hombre ame sus ciudades natales y las pequeñas colinas que las sostienen.
Y llegue a saber quiénes los recibirían al retornar a casa, y dónde
imaginaban que el encuentro sucedería, algunos en un valle de las Colinas
Acrotas, donde el camino sube desde el Yann, otros en la puerta de una de las
tres ciudades, y otros en el hogar, junto a la hoguera. Y pensé en todos los
peligros que nos habían amenazado, a todos por igual, fuera de Perdóndaris, un
peligro muy real, así como las cosas han sucedido.
También pensé en la alegre tonada del timonel en la fría y solitaria noche, y
cómo él había tomado nuestras vidas en sus cuidadosas manos. Y mientras
reflexionaba sobre esto, el timonel dejó de cantar, y miré hacia arriba y
vislumbré en el cielo una luz pálida que había aparecido, y la solitaria
noche había pasado; y el amanecer creció, y los marineros despertaron.
Y pronto vimos la marea del mismo océano avanzando, resueltamente, entre las
orillas del Yann, y el Yann saltó graciosamente y lucharon por un momento;
luego el Yann, y todo lo suyo, fue empujado hacia el norte, por lo que los
marineros tuvieron que izar las velas, y como el viento era favorable, seguimos
adelante.
Y pasamos Góndara y Narl, y Hoz. Y vimos la memorable y sagrada Golnuz, y oímos
a los peregrinos orando.
Al despertar de nuestro descanso del mediodía nos acercábamos a Nen, la última
ciudad del Río Yann. Y nuevamente la jungla nos rodeaba por todos lados, así
como a Nen; mas las grandes cordilleras de Mloon se erguían sobre todas las
cosas, y observaban la ciudad más allá de la selva.
Aquí anclamos, y con el capitán fuimos a la ciudad y supimos que los Errantes
habían venido a Nen.
Los Errantes eran una tribu extraña y oscura que, una vez cada siete años
bajaba desde las cumbres de Mloon, cruzando por un paso que ellos conocen, desde
una tierra fantástica situada más allá. Y toda la gente de Nen permanecía
fuera de su casa, todos maravillándose en sus propias calles. Pues los hombres
y las mujeres de los Errantes estaban amontonados en todas las vías, cada uno
haciendo alguna cosa extraña. Algunos bailaban danzas asombrosas que habían
aprendido del viento del desierto, curvándose y arremolinándose hasta que el
ojo no podía seguirlos. Otros interpretaban en sus instrumentos hermosas y
tristes tonadas, que estaban llenas de horror. ¿Qué almas se las habrán enseñado
mientras vagaban de noche por el desierto? Aquel lejano y extraño desierto del
cual los Errantes provenían.
Ningunos de sus instrumentos eran conocidos en Nen, o en alguna región del Yann;
incluso los cuernos de los que algunos estaban hechos, pertenecían a bestias
que nadie ha visto a lo largo del río, ya que tenían barbas en las puntas. Y
cantaban, en una lengua tampoco conocida, canciones que parecían estar
emparentadas con los misterios de la noche y con el miedo irrazonable que
encanta los lugares oscuros.
Todos los perros de Nen desconfiaban de ellos amargamente. Y los Errantes se
contaban entre sí historias temibles, y aunque nadie en Nen conocía su idioma,
podían distinguir el miedo en los rostros de sus interlocutores, y mientras el
cuento continuaba, ponían los ojos en blanco, en vívido terror, como los ojos
de una pequeña bestia a la que el águila ha atrapado. Luego el narrador de la
historia sonreía y se detenía, y otro contaría su historia, y los labios del
narrador del primer relato temblarían con terror. Y si, por casualidad, una
serpiente mortal aparecía, los Errantes lo felicitarían como un hermano, y
parecería que la serpiente les diera sus felicitaciones antes de seguir
nuevamente. Una vez, la serpiente más fiera y letal del trópico, la enorme
lythra, bajó de la selva y pasó por toda la calle, la calle principal de Nen,
y ningún Errante se alejó de ella, mas tocaron sus tambores sonoramente, como
si hubiera sido una persona de mucho honor; y la serpiente paso entre ellos y no
derribó a ninguno.
Incluso los niños de los Errantes podían hacer cosas extrañas, si alguno de
ellos se encontraba con un niño de Nen, se mirarían uno a otro en silencio,
con ojos grandes y graves; después, el niño de los Errantes sacaría,
lentamente de su turbante, un pez o una serpiente vivos. Los niños de Nen no
podían hacer ninguna de esas cosas.
Cuánto me hubiera gustado quedarme y oír el himno con el que reciben a la
noche, que es contestado por los lobos en las alturas del Mloon, pero nuevamente
era tiempo de levar anclas y que el capitán regresara de Bal-Wul-Yann por la
corriente que va hacia a tierra. Entonces subimos al barco y continuamos río
abajo. Y el capitán y yo conversamos un rato, pues ambos pensábamos en nuestra
separación, la que sería por mucho tiempo, y miramos, en cambio, el esplendor
del sol occidental. Porque el sol era de un dorado rojizo, pero una tenue y baja
bruma cubría la selva, y en ella se depositaba el humo de las pequeñas
ciudades selváticas, y el humo de ellas se reunía en la bruma y formaban una
sola neblina, que se tornó púrpura y era iluminada por el sol, mientras los
pensamientos de los hombres santificaron con cosas grandiosas y sagradas.
Eventualmente, una columna de humo de alguna casa solitaria se elevaba más alto
que el humo de las ciudades, y brillaba solitario en el sol.
Y cuando los rayos del sol estaban casi a nivel, vimos lo que yo había venido a
ver, pues de las dos montañas que se erguían a ambas orillas, salían hacia el
río dos riscos de mármol rosa, resplandeciendo en la luz del sol bajo, y eran
suaves y altos como una montaña, y casi se encontraban, y el Yann paso entre
ellas dando tumbos, y encontró el mar.
Y esta era Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann, y, en la distancia, entre la
abertura de aquellas barreras, vi el indescriptible azul del mar, donde los
pequeños botes de pesca resplandecían.
Y llegó el atardecer y el breve crepúsculo, y la regocijante gloria de Bar-Wul-Yann
se había ido, mas los acantilados rosa aún brillaban, la maravilla más
hermosa que se ha visto--incluso en una tierra de prodigios. Y pronto el crepúsculo
dio paso a las incipientes estrellas, y los colores de Bar-Wul-Yann se fueron
consumiendo. Y la visón de esos riscos era para mí como la cuerda de música
arrancada del violín por la mano de un maestro, y que lleva al Cielo de las
Hadas los espíritus temblorosos de los hombres.
Y a la orilla se anclaron y no fueron más lejos, porque ellos eran marineros
del río y no del océano, y conocían el Yann, pero no las mareas más allá.
Y llegó el momento en que el capitán y yo debíamos separarnos, él para
retornar nuevamente a su hermosa Belzoond, divisable desde las lejanas cumbres
del Hian Min, y yo, para encontrar, por extraños medios, mi camino de vuelta a
aquellos brumosos campos que los poetas conocen, donde se encuentran unas pequeñas
y misteriosas cabañas, desde cuyas ventanas, mirando hacia el oeste, se pueden
avistar los campos de los hombres, y mirando hacia el este, las brillantes montañas
de los elfos, coronadas de nieve, extendiéndose de cadena en cadena hasta la
región del Mito, y más allá, hasta el reino de la Fantasía, que pertenecen
al País del Sueño. No nos encontraríamos por mucho tiempo, quizá nunca, pues
mi imaginación se ha debilitado al pasar de los años, y cada vez son más
infrecuentes mis visitas al País del Sueño. Entonces nos dimos la mano,
torpemente de su parte, pues éste no es el método de saludo en su tierra, y
encomendó mi alma al cuidado de sus propios dioses, a aquellos dioses menores,
los humildes, los dioses que bendicen Belzoond.