El
Desierto (Autor: Horacio Quiroga)
La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía
parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno
Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque
infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit.
El hombre conocía bastante bien su río, para no ignorar dónde se hallaba;
pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre
tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y
Subercasaux no iba solo en la canoa.
La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado
alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y
en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas.
Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo
una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago. Como en toda la tarde, no
se oía tampoco ahora un solo trueno.
Lluvia para toda la noche -pensó. Y volviéndose a sus
acompañantes, que se mantenían mudos en popa:
-Pónganse las capas -dijo brevemente-. Y sujétense bien.
En efecto, la canoa avanzaba ahora doblando las ramas, y
dos o tres veces el remo de babor se había deslizado sobre un gajo sumergido.
Pero aun a trueque de romper un remo, Subercasaux no perdía contacto con la
fronda, pues de apartarse cinco metros de la costa podía cruzar y recruzar toda
la noche delante de su puerto, sin lograr verlo.
Bordeando literalmente el bosque a flor de agua, el remero
avanzó un rato aún. Las gotas caían ahora más densas, pero también con
mayor intermitencia. Cesaban bruscamente, como si hubieran caído no se sabe de
dónde. Y recomenzaban otra vez, grandes, aisladas y calientes, para cortarse de
nuevo en la misma oscuridad y la misma depresión de atmósfera.
-Sujétense bien -repitió Subercasaux a sus dos acompañantes-.
Ya hemos llegado.
En efecto, acababa de entrever la escotadura de su puerto.
Con dos vigorosas remadas lanzó la canoa sobre la greda, y mientras sujetaba la
embarcación al piquete, sus dos silenciosos acompañantes saltaban a tierra, la
que a pesar de la oscuridad se distinguía bien, por hallarse cubierta de miríadas
de gusanillos luminosos que hacían ondular el piso con sus fuegos rojos y
verdes.
Hasta lo alto de la barranca, que los tres viajeros
treparon bajo la lluvia, por fin uniforme y maciza, la arcilla empapada
fosforeció. Pero luego las tinieblas los aislaron de nuevo; y entre ellas, la búsqueda
del sulky que habían dejado caído sobre las varas.
La frase hecha: "No se ve ni las manos puestas bajo
los ojos", es exacta. Y en tales noches, el momentáneo fulgor de un fósforo
no tiene otra utilidad que apretar enseguida la tiniebla mareante, hasta
hacernos perder el equilibrio.
Hallaron, sin embargo, el sulkv, mas no el caballo. Y
dejando de guardia junto a una rueda a sus dos acompañantes, que, inmóviles
bajo el capuchón caído, crepitaban de lluvia, Subercasaux fue espinándose
hasta el fondo de la picada, donde halló a su caballo naturalmente enredado en
las riendas.
No había Subercasaux empleado mas de veinte minutos en
buscar y traer al animal; pero cuando al orientarse en las cercanías del sulky
con un:
-¿Están ahí, chiquitos? -oyó:
-Si, piapiá.
Subercasaux se dio por primera vez cuenta exacta, en esa
noche, de que los dos compañeros que había abandonado a la noche y a la lluvia
eran sus dos hijos, de cinco y seis años, cuyas cabezas no alcanzaban al cubo
de la rueda, y que, juntitos y chorreando esperaban tranquilos a que su padre
volviera.
Regresaban por fin a casa, contentos y charlando. Pasados
los instantes de inquietud o peligro, la voz de Subercasaux era muy distinta de
aquella con que hablaba a sus chiquitos cuando debía dirigirse a ellos como a
hombres. Su voz había bajado dos tonos; y nadie hubiera creído allí, al oír
la ternura de las voces, que quien reía entonces con las criaturas era el mismo
hombre de acento duro y breve de media hora antes. Y quienes en verdad
dialogaban ahora eran Subercasaux y su chica, pues el varoncito -el menor- se
había dormido en las rodillas del padre.
Subercasaux se levantaba generalmente al aclarar; y aunque
lo hacía sin ruido, sabía bien que en el cuarto inmediato su chico, tan
madrugador como él, hacía rato que estaba con los ojos abiertos esperando
sentir a su padre para levantarse. Y comenzaba entonces la invariable fórmula
de saludo matinal de uno a otro cuarto:
-¡Buen día, piapiá!
-¡Buen día, mi hijito querido!
-¡Buen día, piapiacito adorado!
-¡Buen día, corderito sin mancha!
-¡Buen día, ratoncito sin cola!
-¡Coaticito mío!
-¡Piapiá tatucito!
-¡Carita de gato!
-¡Colita de víbora!
Y en este pintoresco estilo, un buen rato más. Hasta que,
ya vestidos, se iban a tomar café bajo las palmeras en tanto que la mujercita
continuaba durmiendo como una piedra, hasta que el sol en la cara la despertaba.
Subercasaux, con sus dos chiquitos, hechura suya en
sentimientos y educación, se consideraba el padre más feliz de la tierra. Pero
lo había conseguido a costa de dolores más duros de los que suelen conocer los
hombres casados.
Bruscamente, como sobrevienen las cosas que no se conciben
por su aterradora injusticia, Subercasaux perdió a su mujer. Quedó de pronto
solo, con dos criaturas que apenas lo conocían, y en la misma casa por él
construida y por ella arreglada, donde cada clavo y cada pincelada en la pared
eran un agudo recuerdo de compartida felicidad.
Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero,
lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el
vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar.
Conoció la necesidad perentoria y fatal, si se quiere
seguir viviendo, de destruir hasta el último rastro del pasado, cuando quemó
con los ojos fijos y secos las cartas por él escritas a su mujer, y que ella
guardaba desde novia con más amor que sus trajes de ciudad. Y esa misma tarde
supo, por fin, lo que es retener en los brazos, deshecho al fin de sollozos, a
una criatura que pugna por desasirse para ir a jugar con el chico de la
cocinera.
Duro, terriblemente duro aquello... Pero ahora reía con
sus dos cachorros que formaban con él una sola persona, dado el modo curioso
como Subercasaux educaba a sus hijos.
Las criaturas, en efecto, no temían a la oscuridad, ni a
la soledad, ni a nada de lo que constituye el terror de los bebés criados entre
las polleras de la madre. Más de una vez, la noche cayó sin que Subercasaux
hubiera vuelto del río, y las criaturas encendieron el farol de viento a
esperarlo sin inquietud. O se despertaban solos en medio de una furiosa tormenta
que los enceguecía a través de los vidrios, para volverse a dormir enseguida,
seguros y confiados en el regreso de papá.
No temía a nada, sino a lo que su padre les advertía debían
temer; y en primer grado, naturalmente, figuraban las víboras. Aunque libres,
respirando salud y deteniéndose a mirarlo todo con sus grandes ojos de
cachorros alegres, no hubieran sabido qué hacer un instante sin la compañía
del padre. Pero si éste, al salir, les advertía que iba a estar tal tiempo
ausente, los chicos se quedaban entonces contentos a jugar entre ellos. De igual
modo, si en sus mutuas y largas andanzas por el monte o el río, Subercasaux debía
alejarse minutos u horas, ellos improvisaban enseguida un juego, y lo aguardaban
indefectiblemente en el mismo lugar, pagando así, con ciega y alegre
obediencia, la confianza que en ellos depositaba su padre.
Galopaban a caballo por su cuenta, y esto desde que el
varoncito tenía cuatro años. Conocían perfectamente -como toda criatura
libre- el alcance de sus fuerzas , y jamás lo sobrepasaban. Llegaban a veces ,
solos, hasta el Yabebirí, al acantilado de arenisca rosa.
-Cerciórense bien del terreno, y siéntense después -le
había dicho su padre.
El acantilado se alza perpendicular a veinte metros de un
agua profunda y umbría que refresca las grietas de su base. Allá arriba,
diminutos, los chicos de Subercasaux se aproximaban tanteando las piedras con el
pie. Y seguros, por fin, se sentaban a dejar jugar las sandalias sobre el
abismo.
Naturalmente, todo esto lo había conquistado Subercasaux
en etapas sucesivas y con las correspondientes angustias.
-Un día se mata un chico -decíase-. Y por el resto de mis
días pasaré preguntándome si tenía razón al educarlos así.
Sí, tenía razón. Y entre los escasos consuelos de un
padre que queda solo con huérfanos, es el más grande el de poder educar a los
hijos de acuerdo con una sola línea de carácter.
Subercasaux era, pues, feliz, y las criaturas sentíanse
entrañablemente ligadas a aquel hombrón que jugaba horas enteras con ellos,
les enseñaba a leer en el suelo con grandes letras rojas y pesadas de minio y
les cosía las rasgaduras de sus bombachas con sus tremendas manos endurecidas.
De coser bolsas en el Chaco, cuando fue allá plantador de
algodón, Subercasaux había conservado la costumbre y el gusto de coser. Cosía
su ropa, la de sus chicos, las fundas del revólver, las velas de su canoa, todo
con hilo de zapatero y a puntada por nudo. De modo que sus camisas podían
abrirse por cualquier parte menos donde él había puesto su hilo encerado.
En punto a juegos, las criaturas estaban acordes en
reconocer en su padre a un maestro, particularmente en su modo de correr en
cuatro patas, tan extraordinario que los hacía enseguida gritar de risa.
Como, a más de sus ocupaciones fijas, Subercasaux tenía
inquietudes experimentales, que cada tres meses cambiaban de rumbo, sus hijos,
constantemente a su lado, conocían una porción de cosas que no es habitual
conozcan las criaturas de esa edad. Habían visto -y ayudado a veces- a disecar
animales, fabricar creolina, extraer caucho del monte para pegar sus
impermeables; habían visto teñir las camisas de su padre de todos los colores,
construir palancas de ocho mil kilos para estudiar cementos; fabricar
superfosfatos, vino de naranja, secadoras de tipo Mayfarth, y tender, desde el
monte al bungalow, un alambre carril suspendido a diez metros del suelo, por
cuyas vagonetas los chicos bajaban volando hasta la casa.
Por aquel tiempo había llamado la atención de Subercasaux
un yacimiento o filón de arcilla blanca que la última gran bajada del Yabebirí
dejara a descubierto. Del estudio de dicha arcilla había pasado a las otras del
país, que cocía en sus hornos de cerámica -naturalmente, construido por él-.
Y si había de buscar índices de cocción, vitrificación y demás, con
muestras amorfas, prefería ensayar con cacharros, caretas y animales fantásticos,
en todo lo cual sus chicos lo ayudaban con gran éxito.
De noche, y en las tardes muy oscuras del temporal, entraba
la fábrica en gran movimiento. Subercasaux encendía temprano el horno, y los
ensayistas, encogidos por el frío y restregándose las manos, sentábanse a su
calor a modelar.
Pero el horno chico de Subercasaux levantaba fácilmente
mil grados en dos horas, y cada vez que a este punto se abría su puerta para
alimentarlo, partía del hogar albeante un verdadero golpe de fuego que quemaba
las pestañas. Por lo cual los ceramistas retirábanse a un extremo del taller,
hasta que el viento helado que filtraba silbando por entre las tacuaras de la
pared los llevaba otra vez, con mesa y todo, a caldearse de espaldas al horno.
Salvo las piernas desnudas de los chicos, que eran las que
recibían ahora las bocanadas de fuego, todo marchaba bien. Subercasaux sentía
debilidad por los cacharros prehistóricos; la nena modelaba de preferencia
sombreros de fantasía, y el varoncito hacía, indefectiblemente, víboras.
A veces, sin embargo, el ronquido monótono del horno no
los animaba bastante, y recurrían entonces al gramófono, que tenía los mismos
discos desde que Subercasaux se casó y que los chicos habían aporreado con
toda clase de púas, clavos, tacuaras y espinas que ellos mismos aguzaban. Cada
uno se encargaba por turno de administrar la máquina, lo cual consistía en
cambiar automáticamente de disco sin levantar siquiera los ojos de la arcilla y
reanudar enseguida el trabajo. Cuando habían pasado todos los discos, tocaba a
otro el turno de repetir exactamente lo mismo. No oían ya la música, por
resaberla de memoria; pero les entretenía el ruido.
A la diez los ceramistas daban por terminada su tarea y se
levantaban a proceder por primera vez al examen crítico de sus obras de arte,
pues antes de haber concluido todos no se permitía el menor comentario. Y era
de ver, entonces, el alborozo ante las fantasías ornamentales de la mujercita y
el entusiasmo que levantaba la obstinada colección de víboras del nene. Tras
lo cual Subercasaux extinguía el fuego del horno, y todos de la mano
atravesaban corriendo la noche helada hasta su casa.
Tres días después del paseo nocturno que hemos contado,
Subercasaux quedó sin sirvienta; y este incidente, ligero y sin consecuencias
en cualquier otra parte, modificó hasta el extremo la vida de los tres
desterrados.
En los primeros momentos de su soledad, Subercasaux había
contado para criar a sus hijos con la ayuda de una excelente mujer, la misma
cocinera que lloró y halló la casa demasiado sola a la muerte de su señora.
Al mes siguiente se fue, y Subercasaux pasó todas las
penas para reemplazarla con tres o cuatro hoscas muchachas arrancadas al monte y
que sólo se quedaban tres días por hallar demasiado duro el carácter del patrón.
Subercasaux, en efecto, tenía alguna culpa y lo reconocía.
Hablaba con las muchachas apenas lo necesario para hacerse entender; y lo que
decía tenía precisión y lógica demasiado masculinas. Al barrer aquéllas el
comedor, por ejemplo, les advertía que barrieran también alrededor de cada
pata de la mesa. Y esto, expresado brevemente, exasperaba y cansaba a las
muchachas.
Por el espacio de tres meses no pudo obtener siquiera una
chica que le lavara los platos. Y en estos tres meses Subercasaux aprendió algo
más que a bañar a sus chicos.
Aprendió, no a cocinar, porque ya lo sabía, sino a fregar
ollas con la misma arena del patio, en cuclillas y al viento helado, que le
amorataba las manos. Aprendió a interrumpir a cada instante sus trabajos para
correr a retirar la leche del fuego o abrir el horno humeante, y aprendió también
a traer de noche tres baldes de agua del pozo -ni uno menos- para lavar su
vajilla.
Este problema de los tres baldes ineludibles constituyó
una de sus pesadillas, y tardó un mes en darse cuenta de que le eran
indispensables. En los primeros días, naturalmente, había aplazado la limpieza
de ollas y platos, que amontonaba uno al lado de otro en el suelo, para
limpiarlos todos juntos. Pero después de perder una mañana entera en cuclillas
raspando cacerolas quemadas (todas se quemaban), optó por cocinar-comer-fregar,
tres sucesivas cosas cuyo deleite tampoco conocen los hombres casados.
No le quedaba, en verdad, tiempo para nada, máxime en los
breves días de invierno. Subercasaux había confiado a los chicos el arreglo de
las dos piezas, que ellos desempeñaban bien que mal. Pero no se sentía él
mismo con ánimo suficiente para barrer el patio, tarea científica, radial,
circular y exclusivamente femenina, que, a pesar de saberla Subercasaux base del
bienestar en los ranchos del monte, sobrepasaba su paciencia.
En esa suelta arena sin remover, convertida en laboratorio
de cultivo por el tiempo cruzado de lluvias y sol ardiente, los piques se
propagaron de tal modo que se los veía trepar por los pies descalzos de los
chicos. Subercasaux, aunque siempre de stromboot, pagaba pesado tributo a los
piques. Y rengo casi siempre, debía pasar una hora entera después de almorzar
con los pies de su chico entre las manos, en el corredor y salpicado de lluvia o
en el patio cegado por el sol. Cuando concluía con el varoncito, le tocaba el
turno a sí mismo; y al incorporarse por fin, curvaturado, el nene lo llamaba
porque tres nuevos piques le habían taladrado a medias la piel de los pies.
La mujercita parecía inmune, por ventura; no había modo
de que sus uñitas tentaran a los piques, de diez de los cuales siete correspondían
de derecho al nene y sólo tres a su padre. Pero estos tres resultaban excesivos
para un hombre cuyos pies eran el resorte de su vida montés.
Los piques son, por lo general, más inofensivos que las víboras,
las uras y los mismos barigüis. Caminan empinados por la piel, y de pronto la
perforan con gran rapidez, llegan a la carne viva, donde fabrican una bolsita
que llenan de huevos. Ni la extracción del pique o la nidada suelen ser
molestas, ni sus heridas se echan a perder más de lo necesario. Pero de cien
piques limpios hay uno que aporta una infección, y cuidado entonces con ella.
Subercasaux no lograba reducir una que tenía en un dedo,
en el insignificante meñique del pie derecho. De un agujerillo rosa había
llegado a una grieta tumefacta y dolorosísima, que bordeaba la uña. Yodo,
bicloruro, agua oxigenada, formol, nada había dejado de probar. Se calzaba, sin
embargo, pero no salía de casa, y sus inacabables fatigas de monte se reducían
ahora, en las tardes de lluvia, a lentos y taciturnos paseos alrededor del
patio, cuando al entrar el sol el cielo se despejaba y el bosque, recortado a
contraluz como sombra chinesca, se aproximaba en el aire purísimo hasta tocar
los mismos ojos.
Subercasaux reconocía que en otras condiciones de vida
habría logrado vencer la infección, la que sólo pedía un poco de descanso.
El herido dormía mal, agitado por escalofríos y vivos dolores en las altas
horas. Al rayar el día, caía por fin en un sueño pesadísimo, y en ese
momento hubiera dado cualquier cosa por quedar en cama hasta las ocho siquiera.
Pero el nene seguía en invierno tan madrugador como en verano, y Subercasaux se
levantaba achuchado a encender el primus y preparar el café. Luego el almuerzo,
el restregar ollas. Y por diversión, al mediodía, la inacabable historia de
los piques de su chico.
-Esto no puede continuar así -acabó por decirse
Subercasaux-. Tengo que conseguir a toda costa una muchacha.
Pero ¿cómo? Durante sus años de casado esta terrible
preocupación de la sirvienta había constituido una de sus angustias periódicas.
Las muchachas llegaban y se iban, como lo hemos dicho, sin decir por qué, y
esto cuando había una dueña de casa. Subercasaux abandonaba todos sus trabajos
y por tres días no bajaba del caballo, galopando por las picadas desde
Apariciocué a San Ignacio, tras de la más inútil muchacha que quisiera lavar
los pañales. Un mediodía, por fin, Subercasaux desembocaba del monte con una
aureola de tábanos en la cabeza y el pescuezo del caballo deshilado en sangre;
pero triunfante. La muchacha llegaba al día siguiente en ancas de su padre, con
un atado; y al mes justo se iba con el mismo atado, a pie. Y Subercasaux dejaba
otra vez el machete o la azada para ir a buscar su caballo, que ya sudaba al sol
sin moverse.
Malas aventuras aquellas, que le habían dejado un amargo
sabor y que debían comenzar otra vez. ¿Pero hacia dónde?
Subercasaux había ya oído en sus noches de insomnio el
tronido lejano del bosque, abatido por la lluvia. La primavera suele ser seca en
Misiones, y muy lluvioso el invierno. Pero cuando el régimen se invierte -y de
esperar en el clima de Misiones-, las nubes precipitan en tres meses un metro de
agua, de los mil quinientos milímetros que deben caer en el año.
Hallábanse ya casi sitiados. El Horqueta, que corta el
camino hacia la costa del Paraná, no ofrecía entonces puente alguno y sólo
daba paso en el vado carretero, donde el agua caía en espumoso rápido sobre
piedras redondas y movedizas, que los caballos pisaban estremecidos. Esto, en
tiempos normales; porque cuando el riacho se ponía a recoger las aguas de siete
días de temporal, el vado quedaba sumergido bajo cuatro metros de agua veloz,
estirada en hondas líneas que se cortaban y enroscaban de pronto en un
remolino. Y los pobladores del Yabebirí, detenidos a caballo ante el pajonal
inundado, miraban pasar venados muertos, que iban girando sobre sí mismos. Y así
por diez o quince días.
El Horqueta daba aún paso cuando Subercasaux se decidió a
salir; pero en su estado, no se atrevía a recorrer a caballo tal distancia. Y
en el fondo, hacia el arroyo del Cazador, ¿qué podía hallar?
Recordó entonces a un muchachón que había tenido una
vez, listo y trabajador como pocos, quien le había manifestado riendo, el mismo
día de llegar, y mientras fregaba una sartén en el suelo, que él se quedaría
un mes, porque su patrón lo necesitaba; pero ni un día más, porque ese no era
un trabajo para hombres. El muchacho vivía en la boca del Yabebirí, frente a
la isla del Toro; lo cual representaba un serio viaje, porque si el Yabebirí se
desciende y se remonta jugando, ocho horas continuas de remo aplastan los dedos
de cualquiera que ya no está en tren.
Subercasaux se decidió, sin embargo. Y a pesar del tiempo
amenazante, fue con sus chicos hasta el río, con el aire feliz de quien ve por
fin el cielo abierto. Las criaturas besaban a cada instante la mano de su padre,
como era hábito en ellos cuando estaban muy contentos. A pesar de sus pies y el
resto, Subercasaux conservaba todo su ánimo para sus hijos; pero para éstos
era cosa muy distinta atravesar con su piapiá el monte enjambrado de sorpresas
y correr luego descalzos a lo largo de la costa, sobre el barro caliente y elástico
del Yabebirí.
Allí les esperaba lo ya previsto: la canoa llena de agua,
que fue preciso desagotar con el achicador habitual y con los mates guardabichos
que los chicos llevaban siempre en bandolera cuando iban al monte.
La esperanza de Subercasaux era tan grande que no se
inquietó lo necesario ante el aspecto equívoco del agua enturbiada, en un río
que habitualmente da fondo claro a los ojos hasta dos metros.
-Las lluvias -pensó- no se han obstinado aún con el
sudeste... Tardará un día o dos en crecer.
Prosiguieron trabajando. Metidos en el agua a ambos lados
de la canoa, baldeaban de firme. Subercasaux, en un principio, no se había
atrevido a quitarse las botas, que el lodo profundo retenía al punto de
ocasionarle buenos dolores al arrancar el pie. Descalzóse, por fin, y con los
pies libres y hundidos como cuñas en el barro pestilente, concluyó de agotar
la canoa, la dio vuelta y le limpió los fondos, todo en dos horas de febril
actividad.