LA CENICIENTA II

Autor: José Luis Marqués Lledó

 

CAPÍTULO I

El Príncipe de Sajonia

 

La catedral de Colonia estaba a rebosar, habían acudido a la ceremonia gentes de todos los confines de Alemania y no era para menos, se celebraban allí los esponsales entre el barón Schritten y la duquesa  Artikel de Sajonia. La flor y nata de la nobleza europea y las personalidades más destacadas de la burguesía se encontraban presentes.

El barón Schritten, además de pertenecer a la nobleza alemana, era un destacado diplomático conocido en el mundo entero; por ese mismo motivo asistían también, personalidades de la diplomacia internacional y de las finanzas.

En el exterior del templo estaba congregada una multitud incontable de personas de todas las clases sociales que no se querían perder el evento.

  Agitando todo tipo de banderas y pañuelos vitoreaban la llegada en coches descubiertos, tirados por briosos corceles, primero, el barón Schritten, y algo más tarde, la duquesa Artikel de Sajonia, la cual iba ya por su tercer marido; del primero había enviudado rápidamente y del segundo, del que también enviudó, tenía dos hijas : Segismunda y Ludovica.

De la duquesa se decían muchas cosas y no muy buenas por cierto, (murmuraciones infundadas o provocadas, más bien), entre ellas que era una mujer ambiciosa, que había ido escalando puestos en la escala social con sus estratagemas y sus sucesivos matrimonios, aunque también se reconocía, en su favor, que era mujer de gran belleza, lo que había servido a sus intereses en sus anteriores relaciones, y también en ésta, según se decía maliciosamente.

Sin embargo, sus hijas no habían heredado su belleza, pues eran más bien tirando a feillas; eso sí, se arreglaban y acicalaban con gran cantidad de potingues para disimular sus no muy agraciados rostros.

El barón Schritten, también había estado casado anteriormente con una buena mujer que le había dado una hija bellísima, Casandra, la cual había heredado la bondad de su madre aparentemente. Ésta, había muerto muy joven, dejando a Casandra al cargo de su padre, tan sólo con tres añitos.

La crianza de la niña no había sido nada fácil por los numerosos viajes del barón, lo que había obligado a éste a dejar a la niña al cuidado de un preceptor y del ama de llaves, quien era verdaderamente la que había criando a la chiquilla, con toda clase de mimos y caprichos, y eso había configurado su personalidad.

La ceremonia y su posterior celebración se llevaron a cabo con gran esplendor y las fiestas de esponsales duraron una semana en el castillo que el barón poseía en el condado de Spielwiese.

 Una vez acabadas éstas, la calma, la normalidad y el sosiego volvieron al castillo, y el barón y su flamante esposa con sus tres hijas retomaron sus actividades cotidianas, es decir, el barón sus viajes y la ya baronesa a dirigir el castillo y la hacienda de su esposo; pero no sabía lo que le esperaba. Casandra no era tan buena como se decía, ni la baronesa era la mala del cuento, ¡qué va! ¡Ah!, ni sus hermanas Segismunda y Ludovica eran tampoco lo que la gente murmuraba; eran poco agraciadas, eso sí, aunque no tanto como la gente murmuraba, pues eran de una gran belleza interior. Con tanta nobleza, que nada más llegar al castillo lo primero que desearon fue abrazar a su hermana Casandra y ofrecerle su cariño y amistad, pero …¡Qué decepción! Casandra no salió ni siquiera a recibirlas, con gran enfado de su padre el barón, pero esto ya es otra historia.

Transcurridos dos años después del feliz acontecimiento, ya habían surgido los primeros roces entre Segismunda y Ludovica con su hermana Casandra, a quien le gustaba llamarlas “hermanastras”, con el fin de humillarlas y demostrarles su intención de no considerarlas nunca hermanas suyas.

Un día, Casandra vio a su hermana Segismunda con un precioso vestido azul cielo, que la verdad, no le sentaba nada mal, y sintió un arrebato de cólera, tal y como acostumbraba a tenerlos cuando quería salirse con la suya desde muy niña, y de repente la  acusó de habérselo robado.

Segismunda lloró y lloró, intentando demostrar que era suyo y que jamás le quitaría nada a nadie y menos a su hermana, pero no le sirvió de nada.

Casandra, apoyada por su ama de llaves, acusaron a la muchacha de ladrona y de nada valieron sus lamentos. Al final tuvo que quitarse el vestido y dárselo a Casandra.

 Ésta no tuvo la menor intención de ponérselo y demostrando una vez más su ira y su orgullo lo rompió, lo hizo jirones aduciendo que ella jamás se pondría ya una ropa que había sido usada por otra persona.

Casandra y su ama de llaves, humillaron e insultaron a Segismunda, la cual se retiró a su cuarto con gran desconsuelo.

La baronesa, que no estaba en ese momento en el castillo, se irritó sobre manera al enterarse, y defendió a su hija atestiguando que aquel vestido era suyo, y que jamás, sus hijas habían quitado nada a nadie, a lo que Casandra contestó que su padre se enteraría del gran disgusto que Segismunda le había dado. No obstante la baronesa amaba tanto a su marido, que prefirió echar tierra encima de aquel asunto con el fin de no atraer hacia sus hijas la cólera de aquella niña mal criada y la oposición de su marido, pues al fin y al cabo era su hija natural.

 

Para pacificar sus relaciones, la baronesa mandó hacer tres vestidos iguales, cada uno a la medida de cada muchacha y del color que cada una quisiera; sus dos hijas se alegraron mucho y dieron las gracias a su madre, pero Casandra afirmó que jamás aceptaría ningún regalo a la vez que sus hermanas.

Pasaron los meses y aquel asunto quedó aparentemente olvidado.

El barón Schritten regresó de aquel largo viaje cargado de regalos para sus tres hijas y sin hacer ninguna diferencia entre ellas, pero Casandra, se fue a la cocina con los criados y su ama de llaves, donde habitualmente se encerraba por puro deseo, sin hacer mucho caso a los obsequios que su padre le había traído, no así Segismunda y Ludovica que abrazaron al barón, a quien consideraban, ya su padre, con gran fervor y entusiasmo. También para su esposa hubo bonitos regalos que ésta agradeció con sinceridad, temerosa de que Casandra le contara a su padre el incidente ocurrido con el vestido y se lo contara faltando a la verdad, como ya había puesto de manifiesto.

Pues bien, vino a ocurrir un hecho trascendental en la vida del pequeño condado de Spielwiese y por supuesto en el castillo del barón. El Príncipe heredero de Sajonia, estaba recorriendo el país en busca de una esposa, pues ya había cumplido los veintisiete años y debería casarse pronto y dar un heredero a la Corona.

El Príncipe Humberto, pues tal era su nombre, no buscaba sólo belleza en la mujer elegida, sino sobre todo, bondad, nobleza y sinceridad, cualidades éstas, que aún no había encontrado en ninguna muchacha en ninguno de los condados que había visitado con anterioridad. No era imprescindible para él, que la elegida fuera de sangre real, únicamente debería poseer esas cualidades que el Príncipe consideraba imprescindibles en su futura esposa.

  ¿Encontraría esas cualidades en alguna muchacha del condado de Spielwiese? ¿Sería Casandra tal vez? ¿Podría ser la elegida Segismunda? ¿O sería Ludovica, la desposada?

Antes de que viniese el Príncipe Humberto, sus emisarios anunciaron a bombo y platillo su llegada. Todos los nobles se disputaban ser ellos su anfitrión y las mozas del condado soñaban con ser ellas las futuras esposas de ese príncipe azul.

Naturalmente la noticia llegó al castillo de Spielwiese, y Casandra empezó a urdir un plan maquiavélico para enamorar al príncipe, pero sobre todo para que sus hermanas no tuvieran ninguna opción.

Casandra, utilizando sus malas artes y con la ayuda de sus criados, hizo  correr, entre los habitantes de Spielwiese, una historia infundada, según la cual,  la baronesa y sus hijas, se portaban muy mal con ella desde que el barón se había ido de viaje, y le daban tan  mala vida, que la habían convertido en su criada personal, sometiéndola a toda clase de vejaciones, como tenerla encerrada en la cocina entre ollas y fogones y poniéndola el mote de “La Cenicienta”.

 Nada más incierto, pero Casandra tenía un gran poder e influencia entre los habitantes del pueblo, no en vano había nacido allí y era la hija natural del barón a quien todos adoraban. Muy Pronto, Casandra pasó a llamarse, entre las gentes del pueblo: “La pobre Cenicienta” y con este sobrenombre ha pasado a la historia.

¿Lograría la malvada Casandra sus propósitos y se saldría con las suyas? ¿Descubrirán, al final todos, la maldad de Casandra? Aparentemente no, porque la historia pasó a convertirse en un cuento que ha recorrido todo el mundo y que ha hecho enternecer a muchos niños y niñas de distintas generaciones. ¿Pero sucedió así?

 La Cenicienta no es quien dice ser, en el famoso cuento como ahora veremos. Pronto descubriréis de qué es capaz la malvada Casandra y hasta dónde la llevarán sus retorcidas intenciones con la ayuda de otros personajes siniestros como… Pero mejor será que sigamos leyendo esta narración.

 Corría el año del Señor de 1570 cuando el Príncipe Humberto de Sajonia llegó con todo su séquito a la villa de Spielwiese, alojándose en un palacete propiedad de uno de los hacendados del lugar. Todas las autoridades, nobles, y la más alta burguesía, acudieron a recibirle con gran boato y toda clase de halagos, sobre todo aquellos que tenían hijas en edad casadera. Sin embargo, el Príncipe, tras saludar a todos y cumplir el protocolo al que estaba obligado, bajó los escalones del palacio, salió por la puerta principal y saludó al pueblo que se congregaba en los alrededores; es más, hizo algo más que eso, se mezcló con la gente, acarició a los niños y sus guardias personales se las vieron y se las desearon para sacarle de allí. Eso provocó el alborozo de la gente, metiéndoselo en sus corazones para siempre; así pasó a llamarse El Príncipe Humberto, “El querido”.

Después de su llegada triunfal, se reunió con las autoridades de Spielwiese, a quien expuso sus intenciones y escuchó sus propuestas, las cuales eran diversas: debería el Príncipe seleccionar a las muchachas más nobles y elegir entre ellas, dijeron unos, escoger entre aquellas de ascendencia más fértil, que le garantizaran la descendencia, dijeron otros,  y algunos  propusieron escoger entre las más ricas y los menos realizaron un  sinfín de proposiciones a cual más disparatada.

Pero el Príncipe, se mantuvo firme en su idea de elegir, si es que la encontraba en Spielwiese, entre todas las muchachas del pueblo que reunieran las cualidades que él buscaba, sin importarle la clase social a la que perteneciera, por lo que ordenó convocar una recepción, allí mismo, en su palacio para todas las chicas casaderas sin distinción; decisión que no gustó a casi nadie, ni a sus consejeros, ni a los nobles, ni por supuesto a los hacendados del lugar.

Rápidamente se publicó un bando, anunciando el baile que se celebraría en el plazo de tres días. La carrera había empezado y las muchachas casaderas corrían de un lado para otro en busca del mejor vestido, el mejor peinado, el mejor maquillaje, etc.

Así las cosas, una fiebre colectiva recorría cada pequeña aldea, cada casa, cada rincón donde hubiese una muchacha joven, esperando que llegase el gran día, el día de la recepción en que con un poco de fortuna cada una de ellas pudiera ser la elegida.

Mientras tanto, en el castillo de Spielwiese, Casandra preparaba su estrategia particular con la ayuda inestimable de su perversa ama de llaves; las dos invocaban a su hada madrina, la cual era tan perversa como ellas.

Sus dos hermanas, mientras tanto, ultimaban los preparativos, cosiendo, planchando y probándose sendos vestidos que lucirían en la recepción. Ellas habían hablado con Casandra y le habían propuesto acudir juntas, en representación de su padre a la ceremonia, pero Casandra se había negado en rotundo, alegando que allí, la única hija del barón Schritten, era ella y que por consiguiente iría aparte, siendo ella, la que presentara las credenciales del condado de Spielwiese.

Segismunda y Ludovica se habían dado por vencidas con todo el dolor de su corazón, pues su mayor deseo era ser aceptadas por Casandra como hermanas, pero naturalmente no sospechaban lo más mínimo qué estaba tramando su hermana.

Cuando llegó el gran día, Casandra no se levantó de la cama, su cara estaba pálida y decía tener fuertes dolores de estómago; la baronesa decidió entonces llamar al médico, el cual vino rápidamente a reconocer a la enferma. Sugirió que se trataba de una pequeña indigestión y le recetó unas infusiones de poleo y manzanilla, así como una dieta blanda, pidiéndole por favor que no se levantara de la cama en todo el día.

 Sus hermanas subieron a su cuarto para interesarse por su salud y cosa rara, ésta les mostró su agradecimiento, las cogió de las manos y les dijo que lamentaba mucho no poder asistir a la gran recepción del príncipe, a lo que sus hermanas adujeron que tampoco asistirían ellas.

Casandra, con voz melancólica y expresión de tristeza les pidió encarecidamente que fueran, en su nombre y en el de su padre, ya que ella no podría asistir. Tal fue su sentimiento, que Segismundo y Ludovica le prometieron que irían con su madre al evento aunque con gran pesar, e intentarían dejar muy alto el gran nombre del barón Schritten y el del condado de Spielwiese.

CAPÍTULO II

El conjuro

 

El carruaje esperaba a las puertas del castillo, mientras la baronesa y sus hijas se despedían de Casandra. – Nos apena mucho dejarte sola, todavía estamos a tiempo de quedarnos contigo y mandar una misiva de disculpa al Príncipe-

- No, de ninguna manera- contestó Casandra- Vosotras debéis ir en nombre de mi padre, mejor dicho de nuestro padre; sería un agravio para su alteza real, que ningún miembro de la familia Schritten, acudiera a la cita, sabiendo además, como sabe, que el barón tiene tres hijas en edad de contraer matrimonio – No, de ninguna manera, debéis de ir todas y además divertiros, ya que yo no podré. Venga dadme un abrazo y marchaos ya.

Así lo hicieron las tres mujeres, abrazaron a Casandra y salieron del cuarto. Nada más lo hubieron hecho, Casandra saltó de la cama, fue hacia el balcón y permaneció allí hasta que vio como su madrastra y sus dos hijas, subían al coche de caballos y se alejaban del castillo.

A continuación, llamó al ama de llaves, la abrazó y le dio las gracias por la pócima que le había suministrado y que tan buen efecto había provocado aparentemente en su salud, tanto que ni el médico se había dado cuenta. Aparentemente estaba muy mal, pero sólo aparentemente, pues Casandra se encontraba como una rosa y dispuesta a seguir adelante con sus malas artes.

Para llevarlas a cabo, necesitaba la colaboración de alguien más, la colaboración de su hada madrina. ¿Recordáis el hada madrina del cuento de La Cenicienta? Aquélla, era una mujer anciana pero bella y bondadosa ¿recordáis? Pero no así el hada madrina de Casandra a quien conoceremos bien pronto.

Casandra y el Ama de llaves, se reunieron en la cocina, mandaron a los criados que salieran de la estancia y comenzaron el rito para que su hada madrina apareciera; ya lo habían hecho otras veces y siempre había aparecido después de aquella pequeña ceremonia consistente en mezclar ceniza, con cabellos de Casandra, una pata de rana y un líquido humeante, de naturaleza desconocida que había hecho el ama de llaves. Mientras toda aquella mezcla hervía, las dos mujeres pronunciaban una retahíla de palabras incoherentes, difíciles de entender; algo así como rascalá máscala tralará, retruécano, pelícano barbecho preséntate en el lecho y así repetido varias veces. Algo fallaba porque el personaje no se presentaba. Y otra vez: rascalá máscala tralará, retruécano, pelícano barbecho preséntate en el lecho. De repente un humo negro surgió en el centro de la habitación y cuando desapareció, una mujer con traje largo negro y sombrero de pico, apareció ante Casandra y su Ama de llaves. Aquí estoy, mi querida niña para servirte de nuevo -  ¿Cuál es tu deseo esta vez? – Mi deseo querida madrina es hacer que el príncipe Humberto odie a mis hermanastras y a su madre, que queden en ridículo delante de todos y que yo, tu ahijada, luzca esplendorosamente.

Lo que me pides, mi querida Casandra, es muy complicado, pues tengo que usar las malas artes contra ellas y eso, nos está prohibido a las Hadas Madrinas, como tú sabes.

Ya lo sé, mi querida madrina, pero es que esas niñatas me han ofendido, me han humillado y me están quitando el cariño de mi padre, quien se lleva mejor con ellas que conmigo y eso no lo debes consentir, dijo Casandra en tono irritado. 

Está bien, Casandra, haré lo que pueda- Consigue un jirón del vestido que te robaron, un trocito de tela del vestido que llevan tus hermanastras y su madre; caza un ratón y tráemelo- ¡Ah! y una calabaza del huerto. Busca también un par de saltamontes, pero date prisa porque tú debes ir también a la fiesta, ya que serás el artífice mágico de los acontecimientos y encantamientos que allí sucedan.

Al cabo de un rato Casandra, llevó todo lo que le había pedido su hada madrina y ésta pronunció unas palabras mágicas sobre todos aquellos objetos y animalitos y metió todo ello en una caja que cerró y selló. A continuación le pidió a Casandra que llevara aquella caja al baile y la escondiera en un lugar del palacio, sin que nadie lo viese. Por último le dio las siguientes instrucciones y consejos.

Deberás, en primer lugar, dijo el Hada Madrina, llegar algo más tarde del comienzo de la recepción, disculpándote amablemente ante el príncipe y  alegando que tus dos hermanas te han dejado encerrada para que no acudieses. Después te mostrarás esquiva con ellas y les dirás que no deseas, bajo ningún concepto hablarles; eso sí, deberás ser muy amable y cariñosa con el príncipe y con el resto de personalidades allí presentes, pero todo el mundo debe notar tu hostilidad. Luce también tu belleza, mi querida niña, paséate con arrogancia y muéstrate como la digna heredera que eres del barón.

Cuando bailes con el príncipe se cordial, muéstrate bondadosa, sumisa y elegante, porque el príncipe es muy perspicaz e intuye cuando una persona es egoísta, falsa, innoble, etc. Debes ser más lista que él y mostrar las cualidades que el príncipe va buscando en las muchachas de este condado, como ha hecho en otros anteriormente. Sé humilde y sencilla ante él; esconde tus verdaderas intenciones.

¡Descuida madrina! Aseveró Casandra, lo haré exactamente como me dices, ¡haciendo teatro soy única!  Creo que sería una gran actriz.

Muy bien querida ahijada, no lo dudo, pero sigue escuchando el resto de las recomendaciones. Cuando den las doce debes decir en voz baja: ¡Qué se cumpla el sortilegio y a mis hermanas les pase lo que les  deseo!

A continuación ocurrirán una serie de acontecimientos que te harán muy feliz. ¡Anda, ve y diviértete mi querida niña!

A continuación el hada madrina desapareció y Casandra corrió rápidamente a su cuarto para ponerse el vestido más elegante, las joyas más relucientes, sus zapatos de cristal y su brazalete de oro.

Su ama de llaves, mientras tanto, la peinaba delicadamente y untaba sobre su rostro los más caros maquillajes para darle brillo a su cara. la verdad es que la muchacha estuvo espléndida al final del proceso ¡Qué lástima que fuera tan mala! ¡Qué mala, malísima!

A continuación bajaron a las caballerizas, Casandra eligió la mejor carroza, la que usaba su padre en las recepciones oficiales con el escudo heráldico dorado de la familia, en la portezuela. Ella sabía que esta carroza era exclusivamente de su padre, el cual había prohibido su uso para otros menesteres, pero eso no pareció importarle a Casandra. A continuación, desobedeciendo también las órdenes de su padre, eligió los seis corceles de carreras, que no de tiro, que tenía el barón en las caballerizas, pues era muy amante de las carreras de caballos y los criaba y cuidaba con gran esmero, mandando  a los palafreneros que los engancharan a la carroza.

Los pobres palafreneros, se miraron entre sí, pues sabían las órdenes de su señor, pero no se atrevieron a contradecir a aquella niña mal criada y consentida y menos ante la presencia del ama de llaves.

Además del conductor, Casandra, se hizo acompañar de un segundo conductor y dos criados que ocuparon el estribo de la parte trasera de la carroza.

Una vez hecho esto, se despidió de su ama de llaves, con un abrazo y una cómplice sonrisa, se subió a la carroza y dio la orden de partir a gran velocidad hacia el palacio del príncipe Humberto.

¿Qué ocurriría allí? ¿Qué malas artes había preparado la bruja? Enseguida lo veremos, mejor dicho lo leeremos.

 

 

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CAPÍTULO III

La recepción

 

El palacio donde se celebraba la recepción del príncipe Humberto, era un hervidero de carrozas a cual más elegante y majestuosa de la que bajaban preciosas damas, muy jóvenes todas ellas que lucían esplendorosas, pero también acudían muchachas a pie con trajes más humildes, que llegaban al palacio portando sendas invitaciones que les permitían acceder al interior del palacio y mezclarse con las muchachas más distinguidas.

Allí llegaron, aproximadamente a las nueve y media de la noche, la baronesa Schritten y sus dos hijas Segismunda y Ludovica; una vez presentadas las invitaciones, pasaron al interior del palacio y entregaron sus credenciales al chambelán del príncipe.

En el interior del palacio, una orquesta de veinte músicos interpretaba la música más importante entre los clásicos alemanes del siglo XVI: Heinrich Schütz, Giovanni Gabrieli, Monteverdi, etc, añadiendo un clima de sobriedad y majestuosidad al acontecimiento.

Cada nueva muchacha que llegaba al recinto era anunciada por el chambelán independientemente de su origen con la palabra señorita…

Cuando entraron la baronesa y sus dos hijas, fueron presentadas como: Baronesa Schritten, y sus dos hijas, las señoritas Segismunda y Ludovica, seguido de tres golpes secos sobre el suelo, con el bastón de mando del chambelán.

A continuación, se les ofrecía un cóctel que era repartido por una multitud de camareros por toda la sala, de la que pendían resplandecientes  lámparas de cristal de bohemia. Mientras unas departían con otras, el príncipe las atendía a todas alternativamente.

Cuando llegó a la familia Schritten, estrechó las manos de las tres mujeres, a lo que éstas respondieron con una leve inclinación de cabeza. A continuación preguntó por el barón, al que le unía una gran amistad y del que conocía su fama y su prestigio internacional.

Segismunda y Ludovica, se acordaron de su hermana Casandra, la cual se hubiera sentido orgullosa de su padre, de haber oído los halagos del príncipe Humberto y la disculparon ante él, alabándola y ensalzando sus virtudes,  contándole al príncipe su inoportuna enfermedad que todos habían lamentado.

Después de una larga conversación, el príncipe, quedó prendado por la belleza espiritual, naturalidad y bondad que emanaba de las dos muchachas; para nada se fijó en la belleza o fealdad de sus rostros.

Sin embargo, Ludovica, llamó aún más si cabe su atención porque a todo eso añadía su sencillez e ingenuidad, su maravillosa voz, dulce como la de los Ángeles y se dijo así mismo que aquella muchacha era la que llevaba buscando durante bastante tiempo. El príncipe se disculpó ante ellas, al tener que atender a otras jovencitas que le estaban esperando como agua de mayo, pero insistió en que volvería a hablar con ellas, en cuanto se quedara libre.

Todo el mundo, pareció darse cuenta de ese intenso interés del príncipe por Ludovica; hasta su hermana Segismundo y su madre, la baronesa, se dieron cuenta y así se lo hicieron saber a Ludovica, quien se puso roja como un tomate y pidió que la tragase la tierra, tal era su timidez y sencillez.

De repente, se produjo un imprevisto silencio, se oyeron dos golpes secos y el gran chambelán, anunció con voz potente: Señorita Casandra Schritten, hija del barón Schritten y señor del condado de Spielwiese.

En el dintel de la gran puerta de entrada al salón, apareció una bellísima Casandra, que produjo un “ohhhhhhh” prolongado de la concurrencia provocado por la belleza y majestuosidad de la muchacha.

Ni que decir tiene que la baronesa y sus hijas, quedaron estupefactas y no se lo podían creer, pues habían dejado a Casandra enferma en su cama y ahora lucía como si nada hubiera pasado. No obstante reaccionaron con prontitud y acudieron al encuentro de su hermana.

-Querida Casandra- Cuanto nos alegramos de tu pronta mejoría y de que hayas podido asistir y disfrutar de esta maravilla. ¡Ven! Te presentaremos al príncipe, es encantador, amable y muy cariñoso. Seguro que se queda prendado de tu belleza, -le dijeron –

No, contesto Casandra – No os necesito para nada, yo sola me presentaré al príncipe, es más, aquí no os conozco de nada. Yo represento al barón, no vosotras; así que no os acerquéis a mí.

Pero…No les dio tiempo a replicar, Casandra, con una gran sonrisa se fue en busca del príncipe Humberto, dejando con un palmo de narices a las dos hermanas y a su madre. ¿Y ésta es la pobre Cenicienta? dijo la baronesa, más bien parece el mismísimo demonio.

Alteza, dijo Casandra, haciendo una leve genuflexión, mi nombre es Casandra y os pido disculpas por mi tardanza; una fuerza mayor me ha impedido llegar a tiempo y cumplir con el más estricto protocolo, como me tiene enseñado mi padre, el barón Schritten. La sorpresa del príncipe fue mayúscula, pues sabía de la enfermedad de Casandra, pero no obstante la recibió con una amplia sonrisa.

Es un placer para mí conoceros Señorita Casandra, vuestro padre es uno de los mejores amigos del mío, Su majestad el Rey y yo me enorgullezco también de tener su amistad.

¿Pero qué os ha ocurrido? ¿Qué fuerza mayor ha sido esa, que os ha impedido llegar a tiempo?- Me da una cierta vergüenza decíroslo Señor, pero es que mis dos hermanas y su madre, segunda esposa de mi padre, a quien ya habéis conocido, se han encargado de ello.

Pues ¿cómo? –Dijo el príncipe-

Veréis señor, ellas son personas muy celosas y ambiciosas y no deseaban, de ninguna manera, que vos me llegarais a conocer, por lo que me encerraron en la cocina, impidiéndome venir.

Si eso es así, es muy cruel por su parte, además mis criterios son otros, no precisamente la belleza ¿Cómo podían estar celosas de alguien que no conocen? pues yo no he tomado aún ninguna decisión

No lo sé alteza real, dijo Casandra poniendo cara de ingenuidad, como le había recomendado su hada madrina, sólo ellas, que son personas envidiosas, perezosas y ruines saben la verdadera causa; a pesar de su mala acción yo las perdono señor, al fin y al cabo son mis hermanastras. – Serán tus hermanas ¿no? – Bueno… mis hermanas, efectivamente.

- Bien, el caso es que ya estáis aquí y yo he tenido la oportunidad de conoceros y os diré que el barón debe estar muy orgulloso de vos porque sois muy bella. Habéis heredado la belleza de vuestra madre, de quien dicen que su belleza era insuperable y su bondad también. Espero que esta segunda cualidad también la hayáis heredado y ahora perdonadme, pero he de ir a atender al resto de los invitados, -le dijo-

De repente, sonó una música de vals y todos miraron al príncipe ¿A quién sacaría a bailar? Seguro que la elegida tendría muchas probabilidades de ser su prometida. El príncipe Humberto avanzó por el pasillo alfombrado, con paso lento, saludando a unas y a otras y se paró ante Ludovica. – Señorita, ¿me concedéis este baile? – Ludovica se quedó estupefacta, su madre y su hermana mostraron una sonrisa de alegría, pero la cara inexpresiva de Casandra mostró, de repente, una alternancia entre la rabia, el odio, la envidia, los celos y un sinfín de sentimientos negativos encontrados. ¡Era el momento de actuar! Pensó

La pareja formada por el Príncipe y Ludovica, comenzó a girar en la pista central al compás del vals; a continuación otras parejas siguieron a la primera y pronto la pista se convirtió en un hervidero de bailarines, entre ellas Segismunda, que daba vueltas y más vueltas asida a los brazos de un apuesto joven.

De repente ocurrió algo que dejó a todos perplejos, las velas que alumbraban las lámparas del salón se apagaron sumiendo a todos en una total oscuridad. Pero ésta, duró unos pocos segundos, cuando volvieron a encenderse una tremenda carcajada se produjo entre los asistentes: Ludovica, Segismundo e incluso la baronesa lucían sendos vestidos destrozados, hechos jirones, a través de los cuales se veían las enaguas y otras prendas interiores, las pulseras y demás joyas, cayeron al suelo con un gran estruendo convirtiéndose en baratijas e incluso los zapatos de las tres mujeres habían desaparecido transformándose en zapatillas vulgares y corrientes. Casandra había pronunciado las palabras mágicas que su madrina le había recomendado.

Ellas quedaron paralizadas en el centro de la pista, mientras las gentes se retiraban riéndose a mandíbula batiente; incluso el príncipe se separó de Ludovica. Ésta rompió a llorar desconsoladamente y echó a correr escaleras arriba, seguidas de su madre y su hermana.

El príncipe reaccionó con gran rapidez y las siguió también, pero no sólo él, sino un gran número de hombres y mujeres que no se querían perder el desenlace final.

Al salir a la calle, fueron en busca de su carroza, pero ésta, para mayor ridículo,  se había convertido en una carreta tirada por mulas y asnos y el cochero había desaparecido, por lo que la baronesa tuvo que conducir la carreta ella misma, alejándose de allí a paso de su propio nombre, es decir de carreta Las tres mujeres lloraban desconsoladamente mientras se  escuchaban al fondo las carcajadas de todos.

No se lo podían creer, ¿qué les había ocurrido? Aquello era obra de Casandra, seguro, su actitud era altamente sospechosa: primero estaba enferma, luego buena, no iba a ir al baile, luego apareció de repente y por último aquello, la mayor vergüenza que habían pasado jamás.

De pronto Ludovica, se dio cuenta que había perdido en la carrera una de sus zapatilla. ¡Bueno! Para lo que valía, no merecía la pena ni pensar en ella. Siguieron llorando desconsoladamente hasta llegar al castillo.

Una vez allí, las tres se cambiaron de ropa, cogieron sus enseres y las pertenencias que pudieron reunir y llamaron al ama de llaves.

Cuando ésta se presentó, la baronesa le dijo: - ¿Sabéis algo acerca de la rápida mejoría de Casandra? – Tenéis idea de algo fuera de lo normal que haya ocurrido aquí? –No- contestó el ama de llaves. No señora, dijo muy alterada la baronesa. No señora replicó ella.

Está bien, mis hijas y yo, no sufriremos más humillaciones en esta casa, ya se han salido Vds. con la suya. Transmítale a mi esposo que nos vamos del castillo ante unos acontecimientos que han provocado el mayor disgusto y la mayor tristeza en mis hijas y en mí. ¿Debo decirle dónde las puede encontrar, señora? No, decidle solamente, que ya tendrá noticias nuestras. ¡Ah! y también que le amo, sí decidle también que le amo.

Después de esta breve conversación, las tres mujeres pidieron un carruaje de alquiler y se fueron con rumbo desconocido, lo más lejos posible del castillo, le  dijeron al cochero.

 Llegaron a una aldea perdida entre las montañas del condado de Spielwiese; allí alquilaron una pequeña casa donde vivirían en los próximos meses hasta que organizaran de nuevo sus vidas.

Mientras tanto, Casandra, llegaba al castillo toda eufórica y con muchas ganas de ver las caras de su madrastra y sus hijas ¡Cuánto se iba a reír! El ridículo que las había hecho pasar, no se les olvidaría en la vida y además delante del príncipe, quien seguro que las había descartado de su lista de aspirantes. Ella estaba segura de que el príncipe se había fijado en ella, cuya belleza destacaba sobre las demás pero… ¿Para qué querría el Príncipe aquella correosa y sucia zapatilla que su hermana Ludovica había perdido en la escalinata? ¡Bah! Para seguir riéndose de ella, seguro. – pensó -

Entró rápidamente en casa y encontró, muy seria y pensativa a su ama de llaves. Casandra le preguntó el motivo de su seriedad y ésta le contó los últimos acontecimientos: la baronesa y sus hijas habían abandonado el castillo y eso enfadaría muchísimo al barón cuando se enterara y supiera las causas. Aquello se había pasado ya de castaño a oscuro.

¡Eres una preocupona! Chilló casandra entre carcajadas enloquecidas. Si se han ido, mejor, volvemos a estar como estábamos solas con papá, como queríamos. Nos ha salido la jugada redonda. Papá, tú y yo y posiblemente yo sea la próxima princesa de Sajonia, no te alegras por ello. El semblante del ama de llaves, seguía siendo serio y preocupado.

De repente, Casandra reaccionó con otro ataque de histeria gritando: ¡Fuera de mi vista! ¡Si no estás conmigo, estás contra mí! Y ya no te necesito. Mañana muy temprano te vas del castillo y no te quiero ver más por aquí, ¡vete!   ¡Fueraaaaa!

Casandra subió rápidamente a su cuarto se tiró sobre la cama y comenzó a gritar y a patalear como una posesa.

¿Sucederían las cosas como las había planeado Casandra? ¿Sería ella la futura esposa del Príncipe? ¿Dejaría de ver para siempre a su madrastra y a sus hijas? ¿Comprendería su padre lo que había sucedido?

¿Para qué necesitaba a su ama de llaves? Es verdad que la había criado, era su confidente y siempre la había ayudado, pero ahora la había decepcionado y no merecía ya ser su amiga. Además, en un momento de debilidad, podía revelarle a su padre lo que había sucedido en realidad. Lo mejor es que se mantuviera a distancia, a mucha distancia, cuanto más lejos mejor. Así con estos y otros pensamientos parecidos, se fue quedando dormida.

 

 

 

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CAPÍTULO IV

El desenlace

 

Al día siguiente de aquellos acontecimientos, aparecieron por todo el condado de Spielwiese, sendos bandos, en los que se buscaba a la joven que había perdido una zapatilla en las escalinatas de palacio del Príncipe de Sajonia. En los próximos días, los emisarios del príncipe recorrerían todo el territorio, de casa en casa, para poder localizar a la joven propietaria de la zapatilla, a quien el heredero de la corona había decidido hacer su esposa.

Todas las jóvenes leyeron el bando: unas intentaron hacer trampas, buscando la forma de adaptar aquella zapatilla a su pie y otras llenas de sinceridad indicaron al emisario del príncipe que la zapatilla no les pertenecía y que la doncella que buscaban vivía en el castillo de Spielwiese, propiedad del barón Schritten y padre de la muchacha.

Las primeras recurrieron a todo tipo de artimañas para intentar encajar la zapatilla en su pie, pero no hubo manera, cuando encogían los dedos por tener un pie demasiado grande, la zapatilla se encogía y seguía siendo pequeña para la tramposa, si se vendaban los pies intentando agrandar su pie por tenerlo demasiado pequeño, la zapatilla se desprendía del pie y caía al suelo con gran estrépito, mostrando así la trampa que se intentaba hacer.

Cuando hubieron recorrido la mayoría de las casas, acudieron al castillo de Spielwiese y allí encontraron a Casandra convencidos de que ella sería la propietaria de aquella mágica zapatilla.

Cuando se la probaron, la zapatilla encajó perfectamente, pareciendo que había sido hecha a su medida, lo que provocó en la muchacha una gran sonrisa de satisfacción, pero cuando los emisarios iban a reconocerla como la propietaria de la zapatilla y por consiguiente la futura esposa del Príncipe Humberto, aquella zapatilla comenzó a empequeñecer, poco a poco, hasta tal punto, que provocó grandes gritos de dolor en Casandra. Tanto y tanto empequeñeció que redujo el pie de Casandra al tamaño del pie de un bebé, provocándole una profunda cojera que le duraría para siempre y sería el permanente mal recuerdo de sus malas artes.

Cuando la zapatilla hubo reducido el pie de Casandra a un tamaño ínfimo y sus gritos eran ensordecedores, volvió a su normalidad y se desprendió de su pie cayendo al suelo.

Los emisarios quedaron sorprendidos, sin saber muy bien que había ocurrido, pero lo que sí estaba claro era que aquella muchacha tampoco era la elegida, por lo que decidieron marcharse de allí mientras Casandra se retorcía de dolor.

Tan sólo les quedaba una aldea por recorrer, la aldea de las montañas, aunque sería extraño que perteneciera a una de aquellas muchachas, pues la joven que había perdido la zapatilla, no tenía apariencia de vivir entre vacas en aquellas altitudes, pero las órdenes eran muy precisas: Buscad en todos los rincones del condado, y así lo tenían que cumplir y no regreséis hasta que no halláis encontrado a la doncella.

Por fin llegaron a la aldea y de casa en casa fueron probando la zapatilla a todas las muchachas. Ya se iban a dar por vencidos, cuando una de ellas dijo: En aquella casa solitaria, en lo alto de aquel cerro, vive una nueva familia formada por una madre y sus dos hijas, las cuales han  llegado recientemente a esta aldea, señor.

Muchas gracias joven – dijo el emisario –

Llamaron a la puerta y salió a abrir la baronesa. – No – muchas gracias, nosotras no hemos perdido nada, dijo con un poco de sonrojo por la mentirijilla- Lo siento señora, pero la orden real es que debemos probar la zapatilla a todas las jóvenes sin excepción, aunque no la reconozcan como suya. Es una orden del Príncipe Humberto de Sajonia y por lo tanto es una orden del Rey.

Está bien, señor, pasad. – La baronesa hizo salir a sus dos hijas – Las cuales no querían someterse a la prueba pero su madre les repitió, lo que le acababa de decir el emisario real. Y no tuvieron más remedio que acceder.

La primera en probársela fue Segismundo, a quien la zapatilla le quedaba bastante bien aunque con un poquito de holgura.

A continuación, se la probó Ludovica y de pronto la zapatilla se iluminó con un fulgor deslumbrante, adaptándose perfectamente al pie de Ludovica, la cual no salía de su asombro, a pesar de recordar que ella había perdido una zapatilla en las escalinatas del palacio.

La noticia corrió como la pólvora, Ludovica y su familia fueron trasladadas a palacio y muy pronto se anunciaron los esponsales del príncipe Humberto de Sajonia con la baronesa Ludovica Schritten Artikel a la que estaban invitados todos los habitantes del condado de Spielwiese.

Los esponsales fueron memorables por su fastuosidad y el cariño con que los habitantes, conocedores ya, de las malas artes de Casandra, su ama de llaves y su hada madrina habían urdido con su tortuoso plan.

Dice la leyenda que el ama de llaves, se arrepintió sinceramente y pidió perdón públicamente, no así Casandra que juró vengarse, cosa que no consiguió.

Pero y el hada madrina, ¿no tienen castigo las hadas?; pues sí, porque entre las hadas, están prohibidas las malas artes, es decir usar sus poderes para hacer el mal. Así que el consejo superior de hadas madrinas, le  retiró sus poderes y la capacidad para ser madrina de nadie, ni siquiera de Casandra; por ello vagó y vagó por todo el Mundo hasta nuestros días, e incluso hoy en los días de mucho frío cuando sopla el viento , cuando no hay nadie en las calles y el silencio es absoluto, si prestas mucha atención, oirás un murmullo que dice. ¡¡Casandra, Casandra, Casandra!!

Pasados los años, los príncipes Humberto y Ludovica subieron al trono de Sajonia. Su reinado estuvo repleto de justicia y prosperidad por lo que fueron muy queridos por su pueblo y como se dice al final de todos los cuentos: “FUERON FELICES Y COMIERON PERDICES”