EL BÚHO BLANCO

 

 

Cada año nos llevan a unos treinta niños, acompañados por dos maestras, a las Colonias Escolares. Son nuestras vacaciones pagadas por la escuela y es seguro que vamos a estar durante veinte días, felices y contentas, en premio por nuestras excelentes calificaciones y buen comportamiento. Como nosotros vivimos en la costa, hacemos intercambio con otra escuela del interior. Así es que se dispone de un vagón del ferrocarril especial para nosotros y allí en la estación nos despedimos de nuestros padres y hermanos y partimos felices.

Cada una es responsable de su mochila o maleta donde llevamos nuestra ropa atendiendo a la lista dada por la maestra: alpargatas y tenis, toda la ropa interior marcada con el nombre, pantalones largos y cortos, blusas ligeras, un suéter, traje de baño y otras cosas personales como revistas, naipes y juegos.

Llegamos a la escuela, donde nos recibió el cuidador que vivía al lado de la escuela con su esposa y sus cuatro niños, y nos dispusimos a armar los catres de campaña, en las aulas que en esos días se convertirían en nuestros dormitorios. Nos repartieron las sábanas, las almohadas y las cobijas, y nos dieron las instrucciones acerca del uso de los baños, del aseo personal y sobre todo de la conducta que debemos mantener; somos las representantes de la escuela, así es que se espera nuestra mejor disposición.

La escuela era enorme y tenía un jardín muy amplio, con grandes árboles y muchas áreas con pasto y algunos setos de flores. Podíamos ir a donde quisiéramos, sin salirnos de los límites, muy bien establecidos por los muros de piedras bordados de enredaderas. Más allá estaban las canchas de fútbol, donde podríamos jugar cuando quisiéramos.

La "abuelita"; una señora con una cabellera larga y canosa, ordenada en unas trenzas muy bien peinadas, cocinaría para nosotros, desde el desayuno hasta la cena. Cuando volvimos de recorrer el gran patio, ella ya tenía ordenada toda su cocina, con muchas ollas, cucharones de todos tamaños y muchos platos apilados.

La primera noche, algunas de las niñas más chicas, lloraron porque echaban de menos su casa, sus papás y hermanos. Pero la maestra se acercó a cada una de ellas y les contó un cuento hasta que se tranquilizaron y se durmieron profundamente.

Yo me quedé pensando en la gran cantidad de paciencia que se necesita para ser maestra y el enorme gusto por los niños que deben tener.

Al tercer día la maestra consiguió permiso para visitar uno de los ranchos productores de duraznos y hacia allá nos dirigimos. Nos llevaron haber las grandes arboledas donde los árboles plantados a la misma distancia uno de otro, se pintaban de bellos tonos verdes, entre los que sobresalían los colores de las frutas que estaban prontas a madurar.

También vimos las máquinas seleccionadoras donde los frutos caían en diferentes canaletas según su tamaño, de manera que quedaban elegidos hasta los duraznos de exportación. Nos daba gusto saber que esos frutos irían hacia otros países donde niños como nosotros disfrutaríamos de sus agradables sabores; creo que era como un sentimiento de orgullo el constatar que nuestras frutas era requeridas en otros países, por su calidad y sabor.

Al final de la visita nos regalaron seis cajas de duraznos que enviaron hasta la escuela, de manera que cuando llegamos, ya estaba toda esa fruta esperándonos. Podíamos comer lo que quisiéramos, pero estaba estrictamente prohibido desperdiciar la fruta. Si encontrábamos fruta muy madura, tendríamos que colocarla en una caja especial, para que de ella se hiciera mermelada. Esos días comíamos duraznos mañana, tarde y noche, postre de duraznos, jugos de duraznos, mermelada de duraznos, pero todavía me encantan.

Otro día fuimos al río y nos tardamos más de una hora de camino a pie, bajo el sol que estiraba todos sus rayos sobre nosotras; parece que quería saludarnos y estar en nuestra compañía, pero muchas veces buscamos la sombra de los árboles que crecían majestuosos a la vera del camino. El río tenía poco caudal, en las orillas habían muchas piedras redondas y resbalosas y el agua estaba muy fresca, así es que nos acercamos rápidamente a la orilla para refrescarnos un poco, hicimos batallas de agua y todas terminamos bien empapadas, antes de ponernos los trajes de baño.

Más allá había ramas de totora, que son muy flexibles aunque difíciles de cortar. Las arrancamos desde abajo y empezamos a formar un dique para poder tener una poza más profunda donde bañarnos. De un lado nos echábamos al agua y la corriente nos llevaba hasta el otro, sin ningún peligro. Era delicioso mantenernos flotando en esa agua tan cristalina y limpia. Cuando salíamos a secarnos, el mismo sol nos envolvía suavemente.

Allí no había más ruido que los cantos de los pájaros y el mecerse de las hojas de los sauces, cuyas ramas alargadas llegaban hasta el agua. ¡Qué diferencia con la ciudad! Había allí una tranquilidad tan hermosa que todas disfrutábamos.

Había muchas mariposas pequeñas, todas blancas, que parecían danzar entre las pocas flores silvestres que se abrían para mostrar todo su colorido. Las acompañaban algunas libélulas, que parecían helicópteros de colores. Nos encantaba ver las libélulas sostenidas en sus patas muy estiradas, en alguna poza de agua, donde se deslizaban como si estuvieran esquiando; al rato remontaban el vuelo para alcanzar nuevamente a sus amigas las mariposas que ya se habían encontrado con algunas abejas apuradas en recolectar el polen para hacer la miel.

Una noche invitamos a la familia del cuidador e hicimos una representación en el patio de la escuela, donde cantamos, otra dijo un poema y algunas bailaron. Encendimos una fogata donde asamos malvaviscos y contamos cuentos.

De repente, escuchamos un ruido que provenía de un alto pino. Nos sobresaltamos un poco, pero la maestra nos indicó que seguramente se trataba de un búho llamando a su pareja. Nos acercamos más y efectivamente pudimos divisar a un búho blanco que nos miraba fijamente, mientras repetía su Uuuhh varias veces. Por supuesto que estaba de lo más serio y giró su cabeza lentamente. Levantó el vuelo y quedamos asombradas de la majestuosidad con que movía sus enormes alas.

El cuidador nos contó que ese búho era el macho y que esperaba a su compañera que se había marchado a buscar comida mientras él cuidaba el nuevo nido y no había vuelto desde hacía tres meses. Que esas aves sólo tienen una sola compañera de por vida, así es que el macho todavía la esperaba. El cuidador y sus hijos, veían todos los días al búho, que habían bautizado como Blanco por el color tan claro de sus plumas, que justo al atardecer llamaba a su compañera, desde la misma rama del gran pino.

El menor de los muchachos siempre le hablaba a Blanco, diciéndole que ella iba a llegar un día de éstos, que la esperara con paciencia, que algo le habría pasado como se tardaba, pero que iba a llegar, que tuviera calma. Y el búho le miraba fijamente, emitía unos Uuuhh muy suaves y emprendía el vuelo en una nueva búsqueda, para volver minutos después a la misma rama del mismo árbol, a seguir llamando y esperando.

Los búhos son muy útiles para cazar los ratones que se meten en los silos de trigo, donde incluso les dejan un espacio en la parte superior para que puedan entrar. Son muy rápidos para cazar y muy silenciosos, así es que nadie les hace daño, y como les molesta la luz, salen en la noche y en el día parece que siempre estuvieran durmiendo. Pero es muy hermoso verlos levantar el vuelo porque cuando uno no los conoce, no se imagina que tengan las alas tan grandes.

Cada día hacíamos un paseo diferente y siempre volvíamos cantando. Los de pueblo, ya sabían que éramos las niñas de la Colonia Escolar y nos saludaban al pasar. Los de la oficina de Correos también nos esperaban cada viernes, en que íbamos un pequeño grupo a dejar las cartas para nuestras familias, para contarles todo lo bien que estábamos.

También visitamos un vivero de plantas, donde además hacían macetas. Allí nos deleitamos viendo la maestría de los artesanos moldeando el barro e incluso nos permitieron ensayar de mover con el ritmo correspondiente, la gran rueda horizontal donde de un montón de barro, salen piezas tan hermosas y bien hechas.

No pudimos hacerlo con la rueda, pero nos reímos mucho y hasta nos regalaron barro para moldearlo con las manos. Así que al final, teníamos varias figuras que nos permitieron ponerlas al horno y mientras se cocían, fuimos a ver como pintaban las macetas y otros adornos, con pinceles de todos grosores y muchos colores muy llamativos. Ese día llegamos muy contentas y todas nos dormimos pensando en qué lugar de la casa, pondríamos nuestras "obras de arte" hechas de barro.

Otro día fuimos a una granja en el pueblo vecino, donde había un hospital de animales. Allí llegaban todos los animalitos que alguien había encontrado en los caminos o en los campos, y que necesitaban alguna atención especial. Había un perro reponiéndose de una pata que se había lastimado en una pelea, una paloma con un ala vendada porque al parecer había chocado con un camión, un cachorro de zorro que había metido la pata en una trampa y un búho con el ala rota por el golpe de una rama.

El veterinario nos explicó que afortunadamente alguien había encontrado al ave y ésta se había dejado llevar. Esto era raro porque los búhos no se pueden domesticar y como son aves de rapiña, su pico y garras son muy fuertes. Pero esta hembra, por alguna razón, era dócil, como si supiera que allí estaba segura, y que incluso podía sanar de su ala. Que estaba prácticamente sana y que incluso ese día había pensado en dejarla en libertad.

Le comentamos sobre el búho blanco de la escuela que había perdido a su compañera y le preguntamos si podría ser ella. Él afirmó que las posibilidades eran muy altas y hasta nos dijo si queríamos llevarla. Si no era la compañera del búho, ella misma buscaría su hogar.

Por supuesto que estábamos tan contentas, que incluso las maestras estuvieron de acuerdo, así es que nos dieron una jaula con la gran ave en su interior, le pusimos un trapo encima para que no se asustara y, al partir hacia la escuela, todas íbamos con la ilusión de que sí fuera la pareja del búho blanco y nosotras las heroínas que lograríamos juntarlos.

Cuando llegamos a la escuela, llamamos a gritos a los niños del lado para que vinieran a ver lo que traíamos en la jaula. Nos dirigimos al patio y abrimos la puerta, desde donde salió el ave con pequeños brincos, hasta darse cuenta que podía desplegar sus hermosas alas.

Remontó el vuelo y bajó suavemente en la misma rama donde Blanco la esperaba cada día y lanzó un fuerte Uuuhh. A la distancia vimos a Blanco que se acercaba moviendo sus alas con singular rapidez y se posó a su lado.

Intercambiaron muchos saludos refregándose los picos y las puntas de las alas semi abiertas, y remontando el vuelo, partieron juntos hacia el sol que se ocultaba tras los cerros.

Yo me puse a pensar en el gran amor de las aves y en su fidelidad tan entrañable, y me alegré al recordar todas las muestras de cariño que mis padres tienen entre ellos y para nosotros.

Esas vacaciones fueron muy hermosas y aunque no he tenido otra oportunidad de ver tan de cerca otra pareja de búhos, conservo la foto del gran pino con ambas aves y cada vez que la miro, pienso en lo felices de deben estar juntos, con su Uuuhh característico, siempre fieles uno al otro.

Cecilia Poblete Ibaceta - Chilena