LAS AVENTURAS DE MANDEVILLE

 

 

Cuando era niño mi imaginación íbase tras los inolvidables cuentos de Calleja, que evocaban países maravillosos, con casas de caramelos, ríos de leche y fuentes de vino. A pie juntillas creía estas tonterías y anhelaba porque cualquier día cayese sobre mi casa una lluvia de monedas de oro o cosas por el estilo. Los palacios de cristal, las paredes cubiertas de brillantes, o los poderosos talismanes, a la manera de la linterna de Aladino, que me pondrían en posesión de todo, eran mis sueños infantiles. Los años pasaron y con ellos los cuentos: Caperucita, Gulliver, Aladino, quedáronse en el más escondido rincón de mis memorias y otros nombres y otros cuentos vinieron a poblar la inquietud de mi cabeza juvenil y hoy, este pobre tío lleno de remiendos confunde unos y otros para concluir cosas al parecer descabelladas. Escuchad mis cuentos de hoy. Mucha atención que en el curso de mis palabras, descubriréis cuánta verdad había en los cuentos de Calleja y cómo, sin errar, se pueden confundir con cosas que han pasado aquí y en el mundo entero y que se conocen con el nombre de historias.

En el siglo XIII hubo en Inglaterra un inquieto aventurero, el caballero Mandeville, que aburrido de la vida que llevaba en su tierra, se lanzó por esos mundos en busca de sorpresas. Por varios cuentos sabía la existencia de un país maravilloso, y creyendo en aquellos como yo creía de chiquito, dijo hasta luego a sus padres y hermanos, que se quedaron llenos de lágrimas y con la seguridad de que no volverían a verle, y, sobre una frágil embarcación, se fue mar adentro.

Pasaron muchos años: nadie volvió a saber de Mandeville y parecía que su recuerdo se borraría para siempre de la memoria de los hombres; cuando hete aquí que vino a hacer su aparición en lejanas tierras, en la República de Venecia, vestido de sedas preciosas, adornado con joyas que envidiaban los más poderosos, perfumes que hacían soñar, innumerables esclavos que le hacían honores de rey al ofrecerle, en copas de oro y diamantes, vinos que volvían la boca agua. Imposible que este rey tan poderoso fuese el pobre Mandeville que se fue en busca de aventuras. Nadie le quería reconocer: todos pensaban que era el mismísimo Preste Juan de las Indias, de cuyas tierras venía, o un poderoso enviado de él.

¡El Preste Juan! Locos se volvían todos por conocerle. ¡Qué semidiós tan poderoso sería cuando podía mandar mensajeros cubiertos de oro y pedrerías! Potentados de Venecia y Génova mantenían comercio con el Preste, pero jamás habían logrado conocerle.

Mandábanle mensajeros de todas partes, pero inútil; nadie podía llegar hasta él. Sólo hubo un feliz mortal, Mandeville, que logró penetrar en sus dominios. Contaba aquél cómo las rocas eran un solo diamante; cómo cada año los peces venían a las costas a tributar reverencia al rey de aquellas tierras, que vivía en un palacio cuyas paredes eran de rubíes, zafiros y topacios. ¡Cómo si había árboles que producían cuanto uno quisiera!

La imaginación de los atónitos europeos se volvía loca ante tanta maravilla. Había que ir, costara lo costase, a las tierras del Preste Juan. ¿Pero cómo?

El Mediterráneo era la única vía conocida en el sur; por allí cruzaban los navíos portadores de las riquezas que atrevidos navegantes recogían en las costas asiáticas para traerlas a los mercados de Venecia y Génova. ¿Cómo encontrar un camino que comunicara directamente con las legendarias tierras de Katay y Cipango?

En los conventos, en las academias, diéronse los sabios a estudiar. ¿Se podría llegar directamente a los dominios del Preste Juan? Los más pensaban que era imposible, porque la tierra, según ellos, era un gran plano, y explicaban el día y la noche diciendo que cumplido el medio círculo recorrido por el sol, éste se escondía detrás de una gran montaña y daba origen a la noche. Otros, los menos, de ideas que se creían en contra de las enseñanzas de la Iglesia, defendían que la tierra era esférica y que navegando siempre al occidente encontrarían a muy poca distancia las tierras orientales.

Ved cómo, a partir de la aparición de Mandeville y de conocerse sus viajes y sus tesoros, que no eran sino de cuento, sólo se pensó en buscar el más corto camino para llegar al reino del Preste Juan con otras cosas que os contaré más adelante.

Guillermo Hernández de Alba –Colombia