Una
fastuosa fiesta se celebraba en la corte real. El monarca esperaba con ansiedad
el momento de la danza, pues era muy amante de la misma.
Quedaban unos minutos para que tuviera lugar la
representación, cuando la bailarina enfermó de gravedad. No se podía desairar
al rey, así que se buscó afanosamente otra bailarina para sustituir a la
enferma, pero sucedió que no pudo ser hallada ninguna. El carácter del rey era
terrible cuando se enfadaba. ¿Qué se podía hacer?
Uno de los ministros resolvió elegir a uno de los
sirvientes y se le ordenó que se disfrazara de bailarina y bailase ante el rey.
El sirviente se disfrazó de bailarina, se maquilló minuciosamente y danzó con
entusiasmo ante el monarca. El rey, satisfecho, dijo:
--Aunque en
algunas actitudes es un poco varonil, se trata de una gran bailarina. Me siento
complacido.
La pregunta
es: Mientras el sirviente interpretaba a la bailarina, ¿dejó de saber que era
un hombre?
Nadie podría contestar, excepto él.